miércoles, 25 de abril de 2012

Baños de mar

«Mi padre creía que cada año había que hacer una cura de baños de mar. Y nunca fui tan feliz como en aquellas temporadas de baños en Olinda, Recife.
   Mi padre también creía que el baño de mar saludable era el que se tomaba antes de la salida del sol. ¿Cómo explicar lo que yo sentía como un regalo inaudito, salir de casa de madrugada y coger el tranvía vacío que nos llevaría a Olinda todavía en la oscuridad?
   Por la noche me acostaba, pero el corazón se mantenía despierto, expectante. Y de puro alborozo me despertaba a las cuatro y pico de la madrugada y despertaba al resto de la familia. Nos vestíamos deprisa y salíamos en ayunas. Porque mi padre creía que tenía que ser así: en ayunas.
   Salíamos a la calle oscura, recibiendo la brisa que precedía a la madrugada. Y esperábamos el tranvía. Hasta que a lo lejos oíamos su ruido acercándose. Yo me sentaba en el extremo de un asiento, y empezaba mi felicidad. Atravesar la ciudad oscura me daba algo que nunca volvería a tener. En el mismo tranvía el día clareaba y una luz trémula de sol escondido nos bañaba y bañaba el mundo.
   Yo lo miraba todo: la escasa gente en la calle, el paso por el campo con sus animales: «¡Mira, un cerdo de verdad!», grité una vez, y la frase deslumbrada se convirtió en una de las bromas de mi familia, que de vez en cuando me decía riendo: «Mira, un cerdo de verdad».
   Pasábamos junto a hermosos caballos que esperaban de pie el amanecer. No conozco la infancia de los otros. Pero ese viaje diario hacía de mí una niña llena de alegría. Y me sirvió como una promesa de felicidad para el futuro. Mi capacidad para ser feliz se revelaba. Yo me aferraba, dentro de una infancia muy infeliz, a esa isla encantada que era el viaje diario.
   En el mismo tranvía empezaba a amanecer. Mi corazón latía con fuerza al acercarnos a Olinda. Al final saltábamos e íbamos andando hacia las cabinas, pisando un terreno que ya era de arena mezclada con plantas. Nos cambiábamos de ropa en las cabinas. Y nunca un cuerpo floreció tanto como el mío cuando salía de la cabina sabiendo lo que me esperaba.
   El mar de Olinda era muy peligroso. Dábamos algunos pasos en un fondo plano y de repente caíamos en una sima de dos metros, calculo.
   Otras personas también tenían fe en los baños al amanecer. Había un socorrista que, por una miseria, acompañaba a las señoras al baño: abría los dos brazos y las señoras, una en cada brazo, se agarraban a él para luchar contra las fortísimas olas del mar.
   El olor a mar me invadía y me embriagaba. Las algas flotaban. Oh, ya sé que no llego a transmitir lo que de vida pura comportaban esos baños en ayunas, con el sol levantándose todavía pálido en el horizonte. Ya sé que estoy tan emocionada que no consigo escribir. El mar de Olinda tenía mucho yodo y era muy salado. Y yo hacía lo que siempre hice después: sumergía las manos como un cuenco en las aguas y acercaba un poco de mar a mi boca: yo bebía diariamente el mar, hasta tal punto quería unirme a él.
   No estábamos mucho. El sol ya había salido del todo y mi padre tenía que trabajar temprano. Nos cambiábamos de ropa y la ropa quedaba impregnada de sal. El pelo salado se me pegaba a la cabeza.
   Entonces esperábamos, expuestos al viento, la llegada del tranvía de Recife. En el tranvía la brisa secaba mi pelo, duro de sal. A veces lamía mi brazo para sentir la capa de sal y de yodo.
   Llegábamos a casa y sólo entonces desayunábamos. Y cuando recordaba que al día siguiente el mar se repetiría para mí, me ponía seria de tanta ventura y aventura.
   Mi padre creía que no se debía tomar enseguida un baño de agua dulce: el mar debía permanecer en nuestra piel durante algunas horas. Sólo contra mi voluntad tomaba una ducha que me dejaba limpia y sin mar.
   ¿A quién tengo que pedir que en mi vida se repita la felicidad? ¿Cómo sentir con la frescura de la inocencia el sol rojo saliendo del mar?¿Nunca más?
   Nunca más.
   Nunca.»

Clarice Lispector. Aprendiendo a vivir y otras crónicas. (Ed. Siruela)

8 comentarios:

  1. Gracias, Esther, me alegra que te guste.

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  2. Gracias anónimo. Es el primer texto que leí de esta enorme escritora. Y me sentí desbordado. Luego llegaron sus cuentos y me quedé boquiabierto.

    Un consejo: al hacer los comentarios, hacedlo como nombre/URL. Dejáis la URL en blanco y ponéis vuestro nombre. Así sabré a quién me dirijo.

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    Respuestas
    1. Cual es el libro de cuentos?

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    2. Ramón:

      Son los "Cuentos reunidos", editados por Siruela.

      Subiré una entrada en el blog sobre ellos en breve.

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