martes, 22 de mayo de 2012

A la verdad por el absurdo

Lo diré brevemente y solo una vez, para no cansar, Basara es muy bueno. Tiene la extravangancia de lo genial, sin artificialidades forzadas. Es mordaz, incisivo, desinhibido, nada pretencioso (esto último se lo agradezco en el alma, porque soy alérgico a dicho virus, tan propio de pavoneadores literarios y otros pretendidos "talentos" narrativos que despuntan con una primera obra y con –aparentemente– mucho que contar, para luego hundirse en el más absoluto de los olvidos).

Cómo un libro con un título tan horrendo como este puede ser tan estimulante como para dejarme pegado al sillón todo el santo domingo, no lo sé. A Basara lo conocí a través de una breve referencia que Enrique Vila-Matas dejaba caer, de pasada, en uno de sus  artículos. Y, como lo que subraya Vila-Matas siempre es objeto de mis pesquisas, el viernes me acerqué a mi proveedor de libros habitual (calle Doctor Burgos Canals, 17), y compré esta Guía de Mongolia, y he aquí que resulta ser el libro mas sorprendente, chispeante, desconcertante, inadmisible, surrealista y lúcidamente divertido que he podido leer en años. Perdida la ilusión por encontrar a autores nuevos que me sorprendan, genuinos, diferentes a los demás, la recupero ahora con Svetislav Basara, este escritor serbio que la editorial Minúscula se está encargando de dar a conocer en España (acaba de salir, por cierto, hace unas semanas otro título suyo, Peking by night).

La realidad y el sueño, lo auténtico y  lo suplantado, lo objetivo y lo manipulado, la identidad personal y las raices biograficas, el escepticismo creativo y aun biológico son temas que están presentes en esta singular lectura. Presidida por una aguda cita de Carlos Fuentes ("Pero la razón, ni tarda ni perezosa, nos indica que, apenas se repite, lo extraordinario, se vuelve ordinario, y apenas deja de repetirse, lo que antes pasaba por hecho común y corriente ocupa el lugar del portento."), a la que se vuelve en varios momentos de la novela, Guía de Mongolia es un intento –corrijo, ni siquiera es un intento, más bien una autoterapia– de explicar lo incomprensible del ser humano por la vía del absurdo. Porque solo a través del absurdo –como se dice en la contraportada del libro– puede accederse a ciertas verdades, entre ellas –añado yo– el grado de ridiculez que podemos alcanzar si nos tomamos demasiado en serio. El humor es, una vez más, la máxima expresión de la inteligencia.

[Fragmento]:
«En fin, todo esto no son más que descripciones de las capas más profundas de mi personalidad, a la que he llegado en el curso de las investigaciones arqueológicas del alma correspondiente. Me he callado algunas partículas doradas encontradas entre las gruesas capas del fango. Dios me las tiró como a un perro –lo que soy básicamente–, para consolarme, aunque no me lo merecía. Y para que no haya malentendidos, explico las razones por las que en el fondo soy un perro: deambulo sin objetivo, estoy lleno de pulgas por dentro, y a pesar de todo soy fiel. ¡Fiel! Exagero. Más bien soy una hiena. Por lo demás, en la superficie soy un hombre como los demás. Incluso peor; a causa de las mencionadas excavaciones de capas diluvianas de la psique, estoy más hueco por dentro que otros. Sin embargo, resulta que por dentro siempre hay algo diferente, lo afirmo y lo afirmaré, a pesar del peligro de exponerme a la cólera de las feministas, los izquierdistas, los liberales y la pléyade de alcaldes belgradenses. Conocí a una serie de personas que por dentro –igual que yo era una hiena– eran zorros, halcones, cornejas, bulldogs, pelotas de fútbol, acuarios, y yo qué sé más. Digamos que empecé a escribir porque en mi juventud temprana, mientras todavía no me había corrompido, tuve cierto parecido con un portaplumas. Nunca tendré claro por qué empecé a escribir. Por ambición desde luego que no. Jamás, excepto en mis fantasías juveniles, cuando quise ser astronauta, tuve ambición alguna, no aspiré a ninguna carrera. Solo deseaba que me dejaran en paz. Que me dejaran vivir sin proyecto alguno. ¡Pero ni hablar! Este mundo es precisamente horrible porque nadie deja en paz a nadie, porque en el fondo de nuestras almas todos somos tiranos y reformadores, en pocas palabras: porque cada uno de nosotros tiene la idea alocada de rehacer todo el universo –ni más ni menos– de acuerdo con sus convicciones y necesidades.»

Guía de Mongolia. Svetislav Basara. Trad. de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Timohir Pistelek. Ed. Minúscula.

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