domingo, 6 de mayo de 2012

Miremos las nubes


"Todo siguió igual hasta el amanecer. El cielo entero estaba cubierto de nubes aisladas, que se rozaban unas a otras, y de las cuales una parte se disolvía en la capa superior de la atmósfera, mientras la otra bajaba tan hirsuta y cenicienta que a cada momento esperábamos verla bajar en forma de lluvia”.
Goethe. El juego de las nubes, 1825

Estos días de primavera, que fluctúan entre el sol y la lluvia, en los que corren raudas las nubes —negras, blancas y grises— allá arriba en el cielo, invitan a levantar la vista y a jugar a averiguar qué nos sugieren las distintas formas que estas adoptan. Podria ser buena idea salir al campo, por ejemplo, pertrechados con un buen libro bajo el brazo, mejor si es ligero —ligero, en todos los sentidos—, y buscar un buen recodo que nos dejase evadirnos de nosotros mismos. No desentonaría, en absoluto, en medio de la naturaleza, hacernos acompañar de un librito titulado El juego de las nubes, escrito por Goethe. Resulta curioso cómo esta breve colección de anotaciones descriptivas puede producir un efecto tan evocador. Esta obra es un título menor en la brillante trayectoria del autor de Las penas del joven Werther, pero la reciente edición de Nórdica, que le añade al volumen un curioso Tratado de Meteorología, lo ha convertido en un precioso libro que conserva el sabor de la época en que fue compuesto. A ello contribuye, en gran parte, las maravillosas ilustraciones que acompañan al texto, realizadas por Fernando Vicente, que ha optado por una iconografía de inequívoco aire romántico —levitas, chisteras y diligencias, paseantes solitarios y parejas de enamorados, cielos luminosos o crepusculares o envueltos en tinieblas— para ilustrar con calidez unos textos donde no se registra presencia humana y en los que el propio observador, como corresponde a un trabajo de campo, se esconde detrás de lo observado. En cuanto a la traducción, está en las buenas manos de Isabel Hernández, traductora de Heine, Schiller y Kafka.

Miremos las nubes. Se aprende tanto de nuestra insignificancia...
 

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