miércoles, 27 de junio de 2012

Igual que Dan Brown, pero al revés


En alguna ocasión he comentado aquí la capacidad asombrosa de Dickens para crear personajes. Me pregunto dónde radica el secreto para dar voz a tantos y tantos caracteres tan nítidamente reconocibles en una misma novela, y aun en el conjunto de toda su obra, sin que el lector termine confundido o llegue a perderse en la narración. Las grandes dotes de observación y economía descriptiva del escritor inglés son probablemente la clave. Homero y los aedos griegos, a fin de que su audiencia recordase los numerosos héroes y seres mitológicos que poblaban sus extensos poemas épicos, adjudicaban a cada personaje un epíteto, que iba unido siempre a su nombre ("Aquiles, el de los pies ligeros", "Héctor, domador de caballos") y que servía para caracterizarlo, calificarlo y aislarlo del resto. Dickens va más allá del primitivo epíteto, por supuesto, pero emplea un método que nos lo recuerda, ya que, por lo general, hace equivaler cada personaje a una particularidad o característica propia –no necesariamente física– que lo identifica unívocamente y que sirve al lector como clave nemotécnica de su personalidad. Esos rasgos característicos pueden ser desde gestos y muletillas verbales hasta conductas, tics, costumbres y manías varias, en ocasiones llamativas o extravagantes. Podemos ver lo que digo en este divertido fragmento de La pequeña Dorrit (Alba, 2012), en el que el personaje de Barnacle hijo es dibujado por Dickens con chispeante gracia a partir de tres pinceladas básicas que aluden a la finura de su bigotito, la manía de acercarse tanto a la estufa y, sobre todo a la batalla que ha de librar constantemente con un indomable monóculo. Dickens es un perspicaz observador, único en el detalle y con una gran experiencia en las relaciones humanas. Eso hace que sus personajes se plasmen muy bien en la imaginación del lector y, como consecuencia, perduren en su memoria a corto y largo plazo. Y, ahora, el fragmento: 
«Clennam manifestó su interés por consultar con este Barnacle hijo y lo encontró chamuscándose las pantorrillas frente al fuego paterno y apoyando la columna vertebral en la repisa de la chimenea. (...) Este Barnacle, que sostenía la tarjeta de Clennam en la mano, tenía un aspecto juvenil y el bigotito más sedoso que tal vez se haya visto nunca. En la joven barbilla crecía una pelusa tan suave que parecía un pajarillo que estuviera echando las plumas; un observador compasivo habría alegado que, si no hubiera estado chamuscándose las pantorrillas, habría muerto de frío. Le colgaba del cuello un monóculo buenísimo, pero lamentablemente tenía unas órbitas tan planas y unos párpados tan débiles que no se sostenía cuando se lo colocaba sino que se le caía sobre los botones del chaleco con un repiqueteo que le molestaba sobremanera.
  –¡Ah, sí, bueno, mire! Mi padre no está y no estará hoy –dijo Barnacle hijo–. ¿Puedo ayudarlo en algo?
  (¡Clic! Cayó el monóculo. Barnacle hijo se sobresaltó y lo buscó a tientas, sin encontrarlo.)
 –Es usted muy amable –contestó Arthur Clennam–. Sin embargo, desearía ver al señor Barnacle.
  –Pero, sí, bueno, mire; no tiene cita previa –dijo el joven Barnacle.
  (Para entonces había encontrado el monóculo y se lo había puesto.)
  –No, una cita es justo lo que desearía.
  –Ah, si, bueno, mire, ¿es un asunto oficial? –pregutó Barnacle hijo.
  (¡Clic! El monóculo volvió a caerse. Barnacle hijo se sumió en un estado de búsqueda durante el cual el señor Clennam consideró innecesario contestar.)
 –¿Se trata de algún asunto de tonelaje náutico –preguntó Barnacle hijo al observar el bronceado del visitante– o algo parecido?
  (Hizo una pausa esperando la respuesta, se abrió el ojo derecho con la mano y se metió la lente de modo tan inflamatorio que el ojo empezó a llorarle terriblemente.)
  –No –contestó Arthur–, no tiene nada que ver con el tonelaje.
  –Ah, sí, bueno; entonces, será un asunto particular, ¿no?
  –No estoy muy seguro, está relacionado con un tal señor Dorrit.
  –Sí, bueno, mire: lo mejor es que se pase por nuestra casa, si le pilla de camino. Es el número 24 de Mews Street, en Grovesnor Square. Mi padre tiene un leve ataque de gota que lo ha obligado a quedarse en casa.
  (El mal aconsejado joven Barnacle se estaba quedando ciego por culpa del monóculo, pero le daba vergüenza seguir manipulándolo)
  –Muchas gracias, pasaré ahora mismo, buenos días.
  El joven Barnacle pareció desconcertado al oírlo, ya que nunca había pensado que le hiciera caso.
  –¿Está usted seguro –preguntó cuando Clennam se dirigía hacia la puerta, poco dispuesto a renunciar al brillante negocio que se le había ocurrido– de que no tiene nada que ver con el tonelaje naval?
  –Segurísimo.
  Con esa afirmación, y algo intrigado por lo que habría pasado si hubiera sido un asunto relacionado con el tonelaje, el señor Clennam se retiró para seguir con sus investigaciones.»

¿Ven? Incluso la literatura es empírica, científicamente demostrable. Por este, y por numerosos motivos más, que hoy no vienen al caso, Dickens es Dickens y Dan Brown o Matilde Asensi –por poner dos ejemplos al azar– son eso. Solo eso. Y ya es mucho. 

Imagen: Dickens en su estudio de Gads Hill, ca. 1875

9 comentarios:

  1. La primera vez que me acerqué a Dickens me pregunté como podía haber tardado tanto. Maravilloso Dickens.

    Hablando de otra cosa, ya tengo Otra vuelta de tuerca en mis manos. Ha llegado en perfecto estado.
    Muchísimas gracias de nuevo.

    ResponderEliminar
  2. Y no sólo los personajes, y ¿los lugares?, por ejemplo: " un largo pasillo (!que enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de Peggotty hasta la puerta de entrada . Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese es un sitio en el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí y sólo un quinqué lo alumbra debilmente?.
    saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Antonio Luis, el párrafo que transcribes ¿a que novela de Dickens pertenece?

      Eliminar
    2. A David Copperfield. Te aconsejo la leas este verano, se te quedará en la memoria para siempre.
      Un saludo

      Eliminar
    3. Gracias por tu consejo,A.Luis. Entre tú recomendación de hoy y la entrada de Barbusse de 9 de junio, mucho me temo que pese a mi, también, actual "estado galdosiano" tendré que ahorrar unos eurillos para comprarme este verano esta novela.

      Eliminar
  3. Maravilloso, A. Luis.
    Que me perdone quien me tenga que perdonar (supongo, y si no, que se fastidie), pero... ¡ya nadie escribe así (ni puede ni sabe)!
    Saludines.

    ResponderEliminar
  4. Estimado Barbusse;

    Reconozco, como bien decías en tu entrada de Eca de Queirós, ser una de esas seguidoras de El Infierno que, con posterioridad a los comentarios aportados en él, en ocasiones, utilizo mis "propios mecanismos de exploración"(¡bendito Google!)para leer alguna cosilla más al respecto.

    Hoy he hecho lo propio con "David Copperfiel" y he leído(lo de saber pronunciarlo ya es otro cantar) un término que desconocía y me parece interesante compartir con los seguidores de El Infierno(pese a que la mayoría ya lo conocerán, debido al alto nivel cultural de todos los seguidores, por supuesto...) El término en cuestión es : BILDUNGSROMAN.

    ¿Lo conocían?

    Parece ser que la novela "David Copperfield" se considera una Bildungsroman. Y como tal, posee de principio a fin un tema principal; la disciplinación de la vida emocional y moral del héroe de la novela. Aprendemos a ir en contra de "el primer impulso erróneo del corazón indisciplinado", un motivo que se repite a través de todas las relaciones y los personajes de la novela.

    Ahora que sé que se trata de una Bildungsroman, ¡aún me seduce más la novela!

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, Magdalena, bildungsroman es un término alemán que designa este tipo de novelas de aprendizaje vital. Hoy en día se las conoce en español como novelas "de iniciación". David Copperfield es una novela de iniciación en toda regla, la mejor escrita y las más perfecta, sin duda alguna. Hasta Freud estaba prendado de ella, con lo severo y enrevesado que era.

      Me alegra mucho que ustedes exploren sobre lo que aquí se dice, porque, entre otras cosas, ya saben que yo no digo todo, ni lo mejor, sino lo que me interesa. Ustedes son inteligentes y saben expandirse.

      Solo me queda decirte, Magdalena, que si compras David Copperfield también tienes la edición de bolsillo de Alba, muy digna y manejera, y más económica que la de tapa dura, con la misma excelente e inigualable traducción de Marta Salís.

      Será la mejor opción de lectura que tengas para este verano, de eso puedes estar segura.

      Un saludo,

      Eliminar