jueves, 12 de julio de 2012

¿Volver?

«No he podido resistir al deseo de visitar el colegio en que transcurrió mi niñez. "No entres en esos claustros —me decía una voz interior—, vas a destruirte una ilusión consoladora. Los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos engrandecidos los recuerdos de cosas que en la realidad son insignificantes." Pero yo no he atendido esta instigación inter­na; insensiblemente me he encontrado en la puerta del colegio; luego he subido lentamente las viejas escaleras. Todo está en silencio; en la lejanía se oye el coro mo­nótono, plañidero, de la escuela de niños.
Siento una opresión vaga cuando en­tro en el largo salón con piso de madera, en que mis pasos hacen un sordo ruido: como en mi infancia, me detengo emocio­nado. Levanto los ojos: a lo lejos, al otro lado del patio, en el observatorio, el ane­mómetro con sus cacitos sigue girando. No ha parado desde entonces: corre siem­pre, siempre, sobre la ciudad, sobre los hombres, indiferente a sus alegrías y a sus pesares.
He subido las mismas escaleras, ya desgastadas, que tantas veces he pisado para subir al dormitorio. Aquí, en un rellano, había una ventana por la que se columbraba el verde paisaje de la huerta; yo echaba siempre por ella una mirada hacia los herrenes y los árboles. Ahora han cubierto sus cristales con papel de colores. Ya no se ve nada; yo he sentido una indignación sorda. Luego, cuando he querido penetrar en el salón de estudio, he visto que ya no está donde se hallaba; lo han trasladado a una sala interior. Desde sus ventanas ya tampoco se apa­centarán las infantiles y ávidas imagina­ciones con el suave y confortante panorama de la vega: los ojos, cansados de las páginas áridas, no podrán ya volverse hacia este paisaje sosegado y recibir el efluvio amoroso y supremamente edu­cador de la Naturaleza...
¿Tenía yo razón para volverme a in­dignar? Sí, yo me he vuelto a indignar en la medida discreta que me permite mi pequeña filosofía. Y después, cuando ha tocado una campana y he visto cruzar a lo lejos una larga fila de colegiales con sus largas blusas, yo, aunque pequeño filósofo, me he estremecido, porque he tenido un instante, al ver estos niños, la percepción aguda y terrible de que "todo es uno y lo mismo", como decía otro filósofo, no tan pequeño: es decir, de que era yo en persona que tornaba a vivir en estos claustros: de que eran mis afanes, mis inquietudes y mis anhelos que volvían a comenzar en un ritornelo doloroso y perdurable. Y entonces me he alejado un poco triste, cabizbajo, apo­yado en mi indefectible paraguas rojo.»
(De Las confesiones de un pequeño filósofo. Azorín, 1904)

Ilustración: Gabriel Pacheco, de la obra Taller de corazones, 2010.

2 comentarios:

  1. Maravilloso fragmento de una pequeña joya como son Las confesiones de un pequeño filosofo. Cómo con tan pocas (y minuciosamente escogidas )palabras se puede decir tanto. Eso es solo patrimonio de los grandes y Azorin, sin duda, es uno de ellos.

    Pd: También recomiendo Castilla, y "La voluntad". ¡Obras maestras!

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    1. Ramón: estaba esperando tu comentario, estaba al caer. Y, además, en estos términos de admiración. Azorín forever. :p

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