miércoles, 19 de septiembre de 2012

Interruptus homo lector

Soy un poco como Montaigne. Me dejo llevar por el libre y caprichoso discurrir de mis deseos de lectura, sin importarme gran cosa interrumpir súbitamente un libro y claudicar al reclamo de otro. Con un texto entre manos, se me cruza otro y luego otro, y se terminan por entreverar a guisa de potaje bibliográfico. A Dickens se le cruza Hesse, a Hesse, Cervantes. Intimando con Cervantes, puede aparecer la insolencia de Hamsun. A Goethe le puede violentar Pessoa (mi Pessoa). Y así. Yo no sé si esto es signo de la edad. La verdad es que no me recuerdo, de más joven, infringiendo esa conducta que casi todo el mundo ostenta por mandamiento, la de practicar una lectura continuada y firme hasta el final, sin otras ingerencias textuales. Libro que se empieza, libro que se acaba. Así leía yo a mis veinte, treinta años. A no ser que el libro fuese insoportable, aburrido o pretencioso, o las tres cosas, o simplemente mal traducido. Decía Montaigne que "si un libro me aburre, tomo otro; si un libro me resulta demasiado difícil, no me muerdo las uñas por las dificultades que encuentro en él. Después de uno o dos intentos, renuncio, pues mi cabeza actúa solo al primer impulso. Si no comprendo un punto a primera vista, es inútil repetir los esfuerzos, sólo consiguen hacerlo más oscuro". Y apuntalaba: "No tengo necesidad de sudar por los libros, y puedo dejarlos cuando quiera". Esa libertad absoluta debería ser la primera norma del buen lector. Cualquier persona puede comprenderla y asumirla, porque la vida es breve y el arte es largo, y además no importa, como decía Machado, pero mi caso es distinto. A diferencia de Montaigne, me noto evolucionado hacia una especie de inédito lector, aquel que aun disfrutando de un buen libro es capaz de dejarlo en stanby al ponérsele los ojos como chiribitas con otro que invade con señales la corteza cerebral y tienta indefectiblemente a la infidelidad, a la felicidad. Así que este interruptus homo lector que soy es capaz de llevar dos, tres, incluso cuatro lecturas paralelas, como un moro en el harén, como un turco en el serrallo, eligiendo la compañía de una concubina diferente dependiendo del día de la semana, del momento del día. Una bibliopatía más. He de poner remedio, he de poner remedio. Mejor, voy a proponerme esto: voy a...  [Transcripción de una anotación de Barbusse manuscrita a lápiz, resto ilegible]

Imagen: Montaigne. Grabado de Alejandro García Restrepo.

7 comentarios:

  1. Maravilloso Montaigne y excelente entrada. Aunque tu desvario e intercambio de libros a modo de digresion literaria, a intervalos transitorios lo sigo viendo caótoco. caprichoso e impetuoso.

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    1. Lo sé, Nacho, sé que es caótico e impetuoso este trastorno de Barbusse. De ahí que sea una bibliopatía. Remedios buscaremos. Aunque tù también entreveras, eso sí, ponderada y equilibradamente, con un previo análisis concienzudo de compatibilidad. Y en absoluto llegas a tres o cuatro voces. Eso ya es polifonía. Y casi locura.
      Au revoir.

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  2. La verdad es que estos síntomas que presenta Barbusse, son una verdadera bibliopatía o una alteración bibliopatíca. debo considerar sin embargo, conociendo al Sr. Barbusse que van muy en consonancia con su personalidad.
    Yo, sin embargo si empiezo un libro intento terminarlo por todos los medios, aunque no me guste, por fidelidad al autor o a la compra realizada, me niego a ver que estoy leyendo una porquería, y esto no deja de ser otra bibliopatia cualquiera.
    Ahora mismo estoy leyendo un titulo y se me ha propuesto la lectura conjunta de Trafalgar y no puedo compatibilizar los dos, seria una traición a mi actual lectura.
    un saludo para barbusse.

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    1. >por fidelidad al autor o a la compra realizada>

      Antonio Luis: esta bibliopatía tuya es casi peor que la mía. jajaja

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  3. Pero esas costumbres de lector abren una puerta muy interesante: ¿Qué siente al volver a, por ejemplo, Michelet, después de estar leyendo a Bacon, y de nuevo a Hesse? No importa si has terminado o no el libro, creo que todos los autores se contrastan y enriquecen al solaparse.
    Tolkien, que no soportaba corregir examenes, intercalaba cada ejercicio que le corregía a un alumno con la lectura de un poema de alguno de sus autores preferidos, o con un fragmento de buena prosa ¿Qué notas le pondría a los pobres alumnos? Las comparaciones son odiosas.

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    1. Menos mal que alguien me comprende. En efecto, se trata de buscar focos de luz. Gracias, Mónica.

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  4. A raiz de lo comentado por Mónica, en lo que estoy totalmente de acuerdo, me viene a la cabeza un recuerdo de mi profesor de Biología (D. Luis C.) el cual mientras explicaba la mitosis y la meiosis, se levantaba, se dirigia a un cuarto anexo al aula y ponia en el tocadiscos a Schuman y sobre todo a Chopin. Ante nuestra cara de asombro contestaba "que el cerebro humano tiene muchisimas puertas por las cuales es mejor que entre lo bueno que lo malo, y por eso es conveniente tenerlas siempre abiertas" (sic)
    Un saludo a todos

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