lunes, 30 de abril de 2012

Defensa del oblomovismo

«(...) Oblómov es un joven y desvalido aristócrata, incapaz de hacer nada con su vida. Duerme mucho, bosteza continuamente dentro de su bata deshilachada. No hace nada, pero es que nada. Encogerse de hombros es su gesto preferido. Es de esa clase de personas que tienen la costumbre de irse a dormir antes de fatigarse. Estar tumbado cuanto más tiempo mejor parece su única aspiración, su modesta aunque envenenada rebeldía. A lo largo de toda la novela de Goncharov, el joven Oblómov raramente deja su habitación, donde permanece tumbado en un diván intentando evitar las propuestas y las obligaciones que le llegan del exterior, y sólo hasta muy avanzado el libro no le veremos, por primera vez, salir de la cama. Ha perdido la costumbre de moverse, de vivir, de ver gente, le parece que se ahoga en medio de la multitud. Es alguien que dio por terminada hace tiempo su vida en sociedad, y vive literalmente como un joven tumbado o, mejor dicho, como un muerto: la vida fluye pero sólo a su lado, sólo al lado de su diván, en realidad la vida nunca ha pasado por él.

Amado por Olga, ésta desiste de su empeño en llevarlo al altar cuando comprende que el joven elegirá siempre el reposo si ha de decidir entre el reposo y ella. Tal convicción la lleva entonces a casarse con Stolz, amigo de infancia de Oblómov y contrapunto exacto de este, porque es un trabajador infatigable y un entusiasta de Europa y del progreso y un tipo absolutamente convencido de que lo natural es vivir… La novela de Goncharov –en realidad irresumible como todas las buenas novelas- fue durante tiempo vista como una crítica de la nobleza rusa y del régimen zarista, pero lo que ha perdurado del libro no ha sido su conciencia política, sino el talento del autor al crear el paradigmático personaje de Oblómov, de quien en el libro se nos explica, con moroso detalle y mucha gracia, su desdichada forma de ser. ¿Desdichada? Quizás sea al revés y Oblómov, alejado de toda acción, sea un alma feliz, completamente feliz.

Su inmovilismo atrae a muchas almas hoy más que nunca. Hoy, cuando la crisis empieza a propiciar una modesta pero envenenada rebelión, en el fondo inquietante para el poder económico: la silenciosa rebelión de los oblomovs que surgen de entre las gavillas de jóvenes tumbados por el paro. La consigna es apartarse, hacer uso del ‘derecho de irse’ que reclamaba Baudelaire. Para ejercer ese derecho y afiliarse al oblomovismo la solución más práctica es quedarse quieto, descubrir que para huir de un lugar lo mejor es quedarse en él. En la novela de Goncharov la acción está prácticamente ausente de ella, y aún así parece que pase algo, quizás sea sólo la vida pasando al lado de la trama. El muy casero protagonista y cansado héroe de la nada no inicia jamás una acción ni actividad alguna que no sean sus vodevilescas disputas con su criado Zakhar en pasajes haraganes, pasajes del libro lógicamente gandules, pues éstos no hacen más que describir las monótonas jornadas de un indolente, de un ser abúlico, no nacido siquiera para hacer novelas: “Escribir de noche –pensó Oblómov– ¿cuándo dormirá? Seguramente gana más de cinco mil al año. ¡No está nada mal! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento… Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!”.

Me parece que Oblómov acertó de lleno. ¿Qué es eso de comerciar con la inteligencia? ¿Cómo no darle la razón a este ocioso ruso tumbado, al joven que inspiró aquel sorprendente grafiti de Guy Debord en un muro del Quartier Latin de París en los años 50? Ese grafiti decía: “No trabajéis nunca”.

¿Y quién, al fin y al cabo, no es oblomovista? ¿Quién no intuyó alguna vez que ser ocioso es precisamente aquello con lo que sueña todo el mundo, “pues todo lo que el hombre hace es un intento por recuperar el paraíso perdido”? ¿Y quién no sospecha que los seres humanos lo que realmente ambicionan es la paz y el descanso?

(De "El joven tumbado (Oblómov)". Enrique Vila Matas, El País, Babelia, marzo 2012)

Oblómov, de Iván A. Goncharov, está publicado en español por Alba (arriba en la imagen) y Debolsillo, con la excelente traducción, ambas ediciones, de Luisa Kúper de Velasco. Oblómov es de esos libros -y personajes- que no se olvidan.

Los comienzos (revelados)


Estas son las diez obras cuyos comienzos se dejaron caer por aquí ayer. Como ven, fáciles, incluso para un niño de cuatro años (¡Llamen inmediatamente a un niño de cuatro años!): 

1. Cela. La famila de Pascual Duarte, 1942
2. Sábato. El túnel, 1948
3. Homero. Odisea, ca. 750 a.C.
4. Camus. El extranjero, 1942
5. Salinger. El guardián entre el centeno, 1951
6. Kafka. La metamorfosis, 1915
7. Vargas Llosa. Los cachorros, 1967
8. Melville. Moby Dick, 1851
9. García Márquez. Cien años de soledad, 1967
10. Dickens. David Copperfield, 1850

sábado, 28 de abril de 2012

Los comienzos


La primera frase de un libro anticipa el nivel y el pulso que la obra pretende mantener hasta el final, mostrando a los lectores su carta de presentación y anunciando la solidez y lo apasionante del camino literario que le queda por delante a quien quiera aventurarse por sus páginas. Hay comienzos que son como antiguas letanías, como frases musicales tan bien construidas, tan reconocibles, que forman ya parte, por sí mismas, de nuestras señas de identidad literarias y de nuestra cultura en general. No todas las obras con un buen arranque consiguen mantener el nivel a lo largo de toda su extensión, pero sí, desde luego, unas cuantas de aquellas obras que se reconocen como maestras y que están en la memoria de todos.

Aquí abajo dejo diez de esos inolvidables comienzos, que no han perdido ni un ápice de su rotunda firmeza. ¿Los identificas?

1. «Yo señor no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.»
2. «Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.»
3. «Dime, Musa, del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.»
4. «Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: ‘Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame.’ Nada quiere decir. Tal vez fue ayer.»
5. «Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo eso de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás idioteces, estilo David Copperfield...»
6. «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.»
7. «Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas...»
8. «Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, con muy poco o ningún dinero en el bolsillo y sin nada en tierra que me interesara, creí que podría ir a navegar por ahí, y ver la parte acuática del mundo.»
9. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»
10. «Si llegaré a ser el héroe de mi propia vida  u otro ocupará ese lugar, lo mostrarán estas páginas.»

 Ilustración: Marcapáginas y puzzle. Instituto de Letras Catalanas. 2010

viernes, 27 de abril de 2012

Una joya recién impresa

Dedicada al rey Jacobo I de Inglaterra, Macbeth es, en palabras de A. W. Schlegel la más vigorosa obra de Shakespeare: «La poesía trágica no había producido nada más grandioso ni más terrible».
   Escrita en prosa y en verso hacia 1606, Macbeth profundiza sobre la legitimidad del poder, la ambición humana y los designios del destino, en una de las tragedias más lúcidas que el dramaturgo inglés haya legado a la historia de la literatura.
   Acaba de aparecer esta maravillosa edición de mano de Libros de Zorro Rojo, ilustrada por el genial artista italiano Ferenc Pintér, con una precisa traducción de Ángel-Luis Pujante y un revelador prólogo de Borges. El argentino nos advierte: “Lo vivido siempre corre el albur de incurrir en lo pintoresco; Macbeth está muy lejos de ese peligro. La obra es la más intensa que la literatura puede ofrecernos y esa intensidad no decae. Desde las palabras enigmáticas de las brujas (Fair is foul and foul is fair) que, de manera bestial o demoníaca, trascienden la razón de los hombres, hasta la escena en que Macbeth muere acorralado y peleando, el drama nos arrebata como una pasión o una música”.
   Las ilustraciones, de una enorme potencia visual, hablan por sí mismas, apoyando al texto y no solapándolo. Como muestra, esta selección:



 

 


En resumen: una joya que huele a tinta recién impresa.

jueves, 26 de abril de 2012

Dos piezas maestras del sarcasmo


«La idea que preside Del asesinato considerado como una de las bellas artes recuerda la de Una modesta proposición destinada a evitar que los niños de Irlanda sean una carga para sus padres y el país en que Swift proponía una solución radical al exceso de niños irlandeses: cocinarlos y comérselos. El propio De Quincey menciona este antecedente para justificarse ante quienes lo acusaban de una extravagancia de mal gusto; nadie pensará seriamente en comerse a un niño, dice, y en cambio existe una tendencia universal a examinar los asesinatos, incendios y otros desastres desde el punto de vista estético. Pero el argumento puede volverse contra él porque tiene doble filo. En efecto, la monstruosidad del texto de Swift realza su indignación contra los explotadores de Irlanda; quienes se escandalizan de que se hable de niños asados, y sin embargo toleran perfectamente el sufrimiento y la muerte de niños ya no figurados sino reales, son las primeras víctimas de la sátira; el arma feroz del humor sirve para un combate moral y también social y político. Por el contrario, lo escandaloso en De Quincey es que el humor gira en torno a sus obsesiones sin llegar a expresarlas claramente y podría interpretarse como una adulación al gusto por la violencia. El mismo no debía sentirse muy seguro de sí a juzgar por sus muchas advertencias y explicaciones, pero el tema lo preocupaba y después del primer artículo que le dedicó (y además de las muchas ilusiones al asesinato que se encuentran en su obra) volvió a él, como forzado, en dos ocasiones, dándole cada vez un tratamiento distinto. Lo que ahora leemos como un libro son dos artículos, publicados por primera vez en el Blackwood's Magazine los años 1827 y 1829, y un Post scriptum que añadió De Quincey en 1854 al recogerlos en la edición de sus Obras Completas. El primer artículo se presenta como una conferencia sobre el tema leída como las actas de una cena conmemorativa del club; el Posty scriptum es el relato de tres crímenes. Los dos artículos son una pieza clásica del humorismo inglés. Hay en ellos páginas de gracia e inteligencia, como la famosa observación, [tantas veces citada]:
"Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento."
Por el contrario, tampoco faltan momentos en que un temblor nervioso, casi histérico, traiciona la voz del escritor —pienso en el encuentro entre el aficionado y el panadero de Mannheim— y al terminar la lectura nos queda la impresión que algunos aspectos no fueron resueltos artísticamente, como el desaforado personaje Sapo-en-el-pozo, en quien acaso lo siniestro y lo cómico no llegan a fundirse del todo. Tal vez De Quincey, detenido menos por temor al público que por la barrera de sus propias represiones, no se aventuró lo bastante lejos. En cambio en el Post scriptum (que es la mitad del libro) al contar los asesinatos de Williams y los M'Kean en tono ya no humorístico sino trágico, logró al fin la obra maestra, el definitivo exorcismo de sus fantasmas. Si hasta entonces lo defendió la risa, De Quincey depone ahora sus defensas, en vez de eludir el horror le hace frente y se atreve a contemplarlo con la mirada sin párpados del visionario.
 
Engañado por el título el lector puede creer que en Del asesinato... encontrará esos pulcros crímenes de las viejas novelas policiales en que se escamotea el dolor y la angustia de la muerte para convertirla en cifra de un tranquilo problema intelectual. Nada de eso. A De Quincey no le interesa el asesinato por su abstracción sino por su tremenda materialidad; censura expresamente el envenenamiento —novedad lamentable traída sin duda de Italia— y elige como modelo del género las violencias de Williams, que fulminaba a sus víctimas de un mazazo antes de degollarlas. A lo sumo concede que el misterio es un elemento valioso y recuerda, entre otros ejemplos, el asesinato del rey Gustavo Adolfo de Suecia, muerto cuando mandaba una carga de caballería en la batalla de Lützen, crimen cumplido a plena luz y en medio de la matanza general de la guerra, tal como en el Hamlet hay una tragedia dentro de la tragedia. De Quincey formula en los artículos varias de estas observaciones llenas de agudeza pero en el Post scriptum intenta algo más, una verdadera recreación de los asesinatos; antes narraba brevemente los hechos y los juzgaba desde fuera, ahora el drama se desenvuelve ante nosotros en el teatro de su imaginación. Al leer la primera escena, que transcurre en un barrio popular de Londres un sábado por la noche, recordamos que en sus Confesiones de un opiómano inglés De Quincey cuenta que solía tomar opio ese día y, poseído por la droga, recorría las mismas calles, precisamente por esos años, a fin de observar a la muchedumbre de los trabajadores londinenses en su noche libre del fin de semana. Es seguro que al escribir estas páginas debió evocar sus experiencias y preguntarse si alguna vez no se cruzó con el temible asesinato abriéndose paso entre la gente.»

(Del prólogo de Luis Loayza a: Thomas De Quincey. Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Ed. Alianza.)

miércoles, 25 de abril de 2012

Un nuevo Márai en las librerías

Nuevo Márai en las librerías y aún tengo pendiente la lectura del anterior, La gaviota, del que se hicieron  muy buenas críticas, tras la decepción que supuso el anterior al anterior, Los rebeldes. Seguir el rastro a este nuevo título parece obligado. Duda: ¿será un nuevo y agradable hallazgo o el resultado de exprimir demasiado la producción literaria del escritor húngaro? 
   Liberación es una novela de Sándor Márai que permaneció inédita hasta 2000, cuando se cumplió el centenario del nacimiento del autor y que ahora publica en España la editorial Salamandra. Escrita entre julio y septiembre de 1945, Liberacion narra la devastación de la guerra y demuestra que Márai ya en septiembre de 1945, cuando ponía punto final a este breve libro, no albergaba ninguna ilusión sobre la nueva época que inauguró en su país la llegada de las tropas rusas.
   La novela cuenta la historia de Erzsébet, una joven que trata de asegurar un nuevo escondite para su padre, un célebre hombre de ciencia, astrónomo y matemático, a quien persiguen la Gestapo y los cruces flechadas por sus conocidas simpatías liberales. Tras hallar refugio para ambos, Erzsébet permanece escondida durante las cuatro semanas que durará el asedio del Ejército Rojo, que lleva en las inmediaciones de Budapest desde noviembre. En ese rincón oscuro de caos y hacinamiento, Erzsébet nunca deja de creer que se producirá la «liberación», que los rusos no tardarán en llegar y que todo cambiará. La madrugada del 19 de enero, aparece ante la puerta del refugio el primer ruso, pero nada será como Erzsébet ha imaginado.  

Baños de mar

«Mi padre creía que cada año había que hacer una cura de baños de mar. Y nunca fui tan feliz como en aquellas temporadas de baños en Olinda, Recife.
   Mi padre también creía que el baño de mar saludable era el que se tomaba antes de la salida del sol. ¿Cómo explicar lo que yo sentía como un regalo inaudito, salir de casa de madrugada y coger el tranvía vacío que nos llevaría a Olinda todavía en la oscuridad?
   Por la noche me acostaba, pero el corazón se mantenía despierto, expectante. Y de puro alborozo me despertaba a las cuatro y pico de la madrugada y despertaba al resto de la familia. Nos vestíamos deprisa y salíamos en ayunas. Porque mi padre creía que tenía que ser así: en ayunas.
   Salíamos a la calle oscura, recibiendo la brisa que precedía a la madrugada. Y esperábamos el tranvía. Hasta que a lo lejos oíamos su ruido acercándose. Yo me sentaba en el extremo de un asiento, y empezaba mi felicidad. Atravesar la ciudad oscura me daba algo que nunca volvería a tener. En el mismo tranvía el día clareaba y una luz trémula de sol escondido nos bañaba y bañaba el mundo.
   Yo lo miraba todo: la escasa gente en la calle, el paso por el campo con sus animales: «¡Mira, un cerdo de verdad!», grité una vez, y la frase deslumbrada se convirtió en una de las bromas de mi familia, que de vez en cuando me decía riendo: «Mira, un cerdo de verdad».
   Pasábamos junto a hermosos caballos que esperaban de pie el amanecer. No conozco la infancia de los otros. Pero ese viaje diario hacía de mí una niña llena de alegría. Y me sirvió como una promesa de felicidad para el futuro. Mi capacidad para ser feliz se revelaba. Yo me aferraba, dentro de una infancia muy infeliz, a esa isla encantada que era el viaje diario.
   En el mismo tranvía empezaba a amanecer. Mi corazón latía con fuerza al acercarnos a Olinda. Al final saltábamos e íbamos andando hacia las cabinas, pisando un terreno que ya era de arena mezclada con plantas. Nos cambiábamos de ropa en las cabinas. Y nunca un cuerpo floreció tanto como el mío cuando salía de la cabina sabiendo lo que me esperaba.
   El mar de Olinda era muy peligroso. Dábamos algunos pasos en un fondo plano y de repente caíamos en una sima de dos metros, calculo.
   Otras personas también tenían fe en los baños al amanecer. Había un socorrista que, por una miseria, acompañaba a las señoras al baño: abría los dos brazos y las señoras, una en cada brazo, se agarraban a él para luchar contra las fortísimas olas del mar.
   El olor a mar me invadía y me embriagaba. Las algas flotaban. Oh, ya sé que no llego a transmitir lo que de vida pura comportaban esos baños en ayunas, con el sol levantándose todavía pálido en el horizonte. Ya sé que estoy tan emocionada que no consigo escribir. El mar de Olinda tenía mucho yodo y era muy salado. Y yo hacía lo que siempre hice después: sumergía las manos como un cuenco en las aguas y acercaba un poco de mar a mi boca: yo bebía diariamente el mar, hasta tal punto quería unirme a él.
   No estábamos mucho. El sol ya había salido del todo y mi padre tenía que trabajar temprano. Nos cambiábamos de ropa y la ropa quedaba impregnada de sal. El pelo salado se me pegaba a la cabeza.
   Entonces esperábamos, expuestos al viento, la llegada del tranvía de Recife. En el tranvía la brisa secaba mi pelo, duro de sal. A veces lamía mi brazo para sentir la capa de sal y de yodo.
   Llegábamos a casa y sólo entonces desayunábamos. Y cuando recordaba que al día siguiente el mar se repetiría para mí, me ponía seria de tanta ventura y aventura.
   Mi padre creía que no se debía tomar enseguida un baño de agua dulce: el mar debía permanecer en nuestra piel durante algunas horas. Sólo contra mi voluntad tomaba una ducha que me dejaba limpia y sin mar.
   ¿A quién tengo que pedir que en mi vida se repita la felicidad? ¿Cómo sentir con la frescura de la inocencia el sol rojo saliendo del mar?¿Nunca más?
   Nunca más.
   Nunca.»

Clarice Lispector. Aprendiendo a vivir y otras crónicas. (Ed. Siruela)

Más que un juego de palabras


«Lo que siento no lo hago. Lo que hago no lo pienso. Lo que pienso no lo siento. De lo que sé soy ignorante. De lo que siento no ignoro. No me entiendo y actúo como si me entendiese.»

Clarice Lispector. Donde se enseñará a ser feliz (Ed. Siruela)

martes, 24 de abril de 2012

Paseos por Londres

«El encanto de Londres no es fácil de definir; es un poco como las mezclas de té que los "connosieurs" elaboran minuciosamente a partir de innumerables variedades alineadas en sus grandes cajas cuadradas sobre los mostradores de Fortnum and Mason; no procede de sus monumentos, que no poseen nada verdaderamente destacable, ni de sus perspectivas, generalmente mediocres, sino de todo lo demás: de las calles, las casas, los comercios, la gente, de esas hileras de bellos edificios que bordean una plaza sembrada de árboles centenarios, con sus puertas de madera lacadas uniformemente en rojo o verde oscuro y sus aldabas de metal dorado; de sus calles en semicírculo donde las antiguas cocheras para carruajes hoy se han convertido en los estudios lujosos de la bohemia dorada y de la intelligentsia; de esos miradores tras los cuales se distingue vagamente el contorno cosido de un sofá Chesterfield, el reflejo de un fuego en una chimenea, un juego de té de una finura extrema; de esos parques, donde el domingo por la mañana, oradores de cualquier tipo y de cualquier procedencia se suben a cajas de detergente para exhortar a las masas a que anden en bicicleta, a que rechacen lo atómico o el ejército, a que resuelvan la crisis recuperando los periódicos viejos, a que no fumen, a comer ensalada, a rezarle a Dios, a creer en el Mesías, a amar a los corderos o practicar la meditación trascendental; de esas tiendas ascentrales donde, a lo largo de cinco o seis generaciones, vendedores de estilo impecable, siguen proponiendo mercancias únicas en el mundo, como Fribourg & Treyer, proveedores de tabaco para aspirar de sus Majestades los reyes de Hannover y Bélgica y de sus Altezas reales los duques de Sussex y de Cambridge, y la duquesa de Kent, a lo alto de Haymarket, donde se encuentran no solamente varios cientos de variedades de tabacos cada uno con un aroma más sutil que el anterior, sino también maravillosas tabaqueras, minúsculas cucharillas de plata, y enormes pañuelos de cuadros; de esos pubs inimitables, todos en madera, cuero y cobre, cuyos relojes adelantan siempre cinco o diez minutos para permitir a los clientes pedir una última pinta a la hora fatídica del cierre; colegiales con gorras y chaquetas, chicas con vestidos largos o minifalda, indias bonitas con saris, la ropa, las flores y los peces rojos de Portobello, la lluvia, la niebla, los Bobbies y los Beefeaters, los fish and chips, los House Guards y su impasibilidad legendaria, los preciosos coches, las viejas bicis, las señoras con traje de chaqueta de tweed verde dando de comer a los pájaros, las familias de picnic sobre el césped de Hyde Park...»
 
Georges Perec. Lo infraordinario (Ed. Impedimenta)