viernes, 29 de junio de 2012

La turbadora mirada de Carson


«En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir. No le queda más que una salida, alojar su amor en el corazón del mejor modo posible; tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño, suficiente. Este amante del que hemos hablado no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda; puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la Tierra. Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Se da por ejemplo el caso de un hombre que es ya un abuelo que chochea, pero sigue enamorado de una chica desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una mujer perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado, y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor. Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.»
 (De La balada del café triste. Carson McCullers. Seix Barral)
Imagen: Los amantes (segunda versión). René Magritte, 1928

miércoles, 27 de junio de 2012

Igual que Dan Brown, pero al revés


En alguna ocasión he comentado aquí la capacidad asombrosa de Dickens para crear personajes. Me pregunto dónde radica el secreto para dar voz a tantos y tantos caracteres tan nítidamente reconocibles en una misma novela, y aun en el conjunto de toda su obra, sin que el lector termine confundido o llegue a perderse en la narración. Las grandes dotes de observación y economía descriptiva del escritor inglés son probablemente la clave. Homero y los aedos griegos, a fin de que su audiencia recordase los numerosos héroes y seres mitológicos que poblaban sus extensos poemas épicos, adjudicaban a cada personaje un epíteto, que iba unido siempre a su nombre ("Aquiles, el de los pies ligeros", "Héctor, domador de caballos") y que servía para caracterizarlo, calificarlo y aislarlo del resto. Dickens va más allá del primitivo epíteto, por supuesto, pero emplea un método que nos lo recuerda, ya que, por lo general, hace equivaler cada personaje a una particularidad o característica propia –no necesariamente física– que lo identifica unívocamente y que sirve al lector como clave nemotécnica de su personalidad. Esos rasgos característicos pueden ser desde gestos y muletillas verbales hasta conductas, tics, costumbres y manías varias, en ocasiones llamativas o extravagantes. Podemos ver lo que digo en este divertido fragmento de La pequeña Dorrit (Alba, 2012), en el que el personaje de Barnacle hijo es dibujado por Dickens con chispeante gracia a partir de tres pinceladas básicas que aluden a la finura de su bigotito, la manía de acercarse tanto a la estufa y, sobre todo a la batalla que ha de librar constantemente con un indomable monóculo. Dickens es un perspicaz observador, único en el detalle y con una gran experiencia en las relaciones humanas. Eso hace que sus personajes se plasmen muy bien en la imaginación del lector y, como consecuencia, perduren en su memoria a corto y largo plazo. Y, ahora, el fragmento: 
«Clennam manifestó su interés por consultar con este Barnacle hijo y lo encontró chamuscándose las pantorrillas frente al fuego paterno y apoyando la columna vertebral en la repisa de la chimenea. (...) Este Barnacle, que sostenía la tarjeta de Clennam en la mano, tenía un aspecto juvenil y el bigotito más sedoso que tal vez se haya visto nunca. En la joven barbilla crecía una pelusa tan suave que parecía un pajarillo que estuviera echando las plumas; un observador compasivo habría alegado que, si no hubiera estado chamuscándose las pantorrillas, habría muerto de frío. Le colgaba del cuello un monóculo buenísimo, pero lamentablemente tenía unas órbitas tan planas y unos párpados tan débiles que no se sostenía cuando se lo colocaba sino que se le caía sobre los botones del chaleco con un repiqueteo que le molestaba sobremanera.
  –¡Ah, sí, bueno, mire! Mi padre no está y no estará hoy –dijo Barnacle hijo–. ¿Puedo ayudarlo en algo?
  (¡Clic! Cayó el monóculo. Barnacle hijo se sobresaltó y lo buscó a tientas, sin encontrarlo.)
 –Es usted muy amable –contestó Arthur Clennam–. Sin embargo, desearía ver al señor Barnacle.
  –Pero, sí, bueno, mire; no tiene cita previa –dijo el joven Barnacle.
  (Para entonces había encontrado el monóculo y se lo había puesto.)
  –No, una cita es justo lo que desearía.
  –Ah, si, bueno, mire, ¿es un asunto oficial? –pregutó Barnacle hijo.
  (¡Clic! El monóculo volvió a caerse. Barnacle hijo se sumió en un estado de búsqueda durante el cual el señor Clennam consideró innecesario contestar.)
 –¿Se trata de algún asunto de tonelaje náutico –preguntó Barnacle hijo al observar el bronceado del visitante– o algo parecido?
  (Hizo una pausa esperando la respuesta, se abrió el ojo derecho con la mano y se metió la lente de modo tan inflamatorio que el ojo empezó a llorarle terriblemente.)
  –No –contestó Arthur–, no tiene nada que ver con el tonelaje.
  –Ah, sí, bueno; entonces, será un asunto particular, ¿no?
  –No estoy muy seguro, está relacionado con un tal señor Dorrit.
  –Sí, bueno, mire: lo mejor es que se pase por nuestra casa, si le pilla de camino. Es el número 24 de Mews Street, en Grovesnor Square. Mi padre tiene un leve ataque de gota que lo ha obligado a quedarse en casa.
  (El mal aconsejado joven Barnacle se estaba quedando ciego por culpa del monóculo, pero le daba vergüenza seguir manipulándolo)
  –Muchas gracias, pasaré ahora mismo, buenos días.
  El joven Barnacle pareció desconcertado al oírlo, ya que nunca había pensado que le hiciera caso.
  –¿Está usted seguro –preguntó cuando Clennam se dirigía hacia la puerta, poco dispuesto a renunciar al brillante negocio que se le había ocurrido– de que no tiene nada que ver con el tonelaje naval?
  –Segurísimo.
  Con esa afirmación, y algo intrigado por lo que habría pasado si hubiera sido un asunto relacionado con el tonelaje, el señor Clennam se retiró para seguir con sus investigaciones.»

¿Ven? Incluso la literatura es empírica, científicamente demostrable. Por este, y por numerosos motivos más, que hoy no vienen al caso, Dickens es Dickens y Dan Brown o Matilde Asensi –por poner dos ejemplos al azar– son eso. Solo eso. Y ya es mucho. 

Imagen: Dickens en su estudio de Gads Hill, ca. 1875

martes, 26 de junio de 2012

A propósito de Eça de Queirós

Sí, miren, sí. Bonita cubierta, ¿eh?

(Les dejo un rato para que se recreen...)

Vale, ¿ya?

Seguimos.

Habrán reconocido que esta obra de aquí al lado es otro nuevo y potencial impedimento para ahorrar unos eurillos, y con respecto a mí, la excusa perfecta para hablar un poco –sin ánimo de querer decirlo todo, que es el secreto, según Voltaire, para no convertirse en un plasta– de uno de los mejores novelistas de todos los tiempos: el portugués José Maria Eça de Queirós. Seguro que no le han leído nada, ¿me equivoco? ¿...? Lo suponía. Y eso que es de aquí al lado, de nuestro país vecino, de la tierra que comparte con España esta península con forma de piel de toro extendida, o eso dicen. Pues que sepan que se pierden a un escritor de raza, de los de fuste, de los que escriben como si lo narrado hubiese ocurrido ayer por la tarde, o esta misma mañana.

De este crack con monóculo, bigote de puntas atusadas e impecable chaqueta de paño verde inglés, les apuntaré solo –y seguramente de manera torpe y deshilachada– unas breves notas, para que cada uno amplíe conocimientos por su cuenta, porque sé, me consta, que los lectores de este blog tienen sus propios mecanismos de exploración ampliativa a partir de lo aquí leído. Lo primero y fundamental es que Eça de Queirós (o Queiróz, usando la grafía con la que también pueden encontrarlo) es un escritor como la copa de un pino. Se ha comparado a Galdós, aunque no siempre esto ha sido bien recibido. Borges, por ejemplo, cuando alguien le dijo que Galdós era, en su opinión, mejor novelista que Eça de Queirós, le contestó lacónica pero contundentemente: "mi sincero pésame". Al margen de estos juicios comparativos –piques entre literatos que dan mucho juego pero aportan poco–, lo que está claro es que la literatura de Eça ha ido in crescendo con el tiempo y cualquiera que se acerque a sus obras hallará una narrativa de enorme fuerza, frescura y viva penetración. Cualquier página suya impresiona, ante todo por su prosa de sabio ritmo. Estilista refinadísimo, se ha dicho de él que si hubiese nacido en Inglaterra o Francia habría sido tan conocido como Dickens o Balzac (lo mismo ocurriría con Galdós, todo sea dicho de paso). Con Dickens comparte, además, el sentido del humor, la ironía y la enorme capacidad para crear personajes de una pieza, de los que se salen del libro, a los que dota de un hálito humano y de una carnalidad difícilmente olvidables.


Refinado, elegante y cosmopolita (su carrera diplomática le permitió viajar por Europa, África, y América), el autor portugués escribió una amplia obra narrativa, entre la que destaca la excepcional Los Maia, considerada como su obra más lograda, donde narra la decadencia de una saga familiar aristocrática portuguesa a lo largo del tiempo. Compite por el top de su maestría literaria la novela El primo Basilio, una historia de adulterio ambientada en Lisboa, que algunos historiadores de la literatura con nada sospechoso criterio, como José María Valverde y Martín de Riquer, consideran una de las mejores novelas jamás escritas. Otros títulos de su admirable obra son La capital (tronchantes son las jugarretas que le hacen a su patético protagonista, el pálido y  meláncolico Artur Corvelo, poeta provinciano aspirante a hacerse un nombre en la sociedad literaria lisboeta), La reliquia (inteligente y divertidísima parodia de la devoción religiosa y de sus efectos sociales), La ilustre casa de Ramires (donde relata las aventuras de un hidalgo del siglo XIX con problemas para reconciliarse con la grandeza de su linaje), y El misterio de la carretera de Sintra (una estimulante incursión en la novela de género policíaco). De no menor calidad literaria son sus cuentos y sus nouvelles, como El mandarín, una maravillosa fábula moral sobre el servilismo del dinero, que Borges admiraba.

En nuestro país, Eça  tuvo dos destacados valedores: Valle Inclán, a principio del siglo XX, que lo tradujo a nuestra lengua, y posteriormente, Carmen Martín Gaite, en los años 70. Su obra en España está hoy accesible, bien traducida y cuidada gracias a editoriales como Acantilado (que ha rescatado gran parte de sus títulos), Pretextos, Alba y Siruela. Ahora se suma Impedimenta, con este libro sobre las crónicas egipcias que escribió Eça de Queiroz en 1869 a propósito de su viaje para la inauguracion del canal de Suez, la mayor obra de ingeniería de su época, que cautivaría la imaginación de todo Occidente. 

Cualquiera de estos libros de Queirós, da igual por donde empiecen, créanme, les hará entrar directa e inmediatamente en el selecto club de fans de este grande entre grandes de la literatura. Y entrarán, pero ya no saldrán.  

lunes, 25 de junio de 2012

Shakespeare como medicina

«Y en el lomo, en letras doradas brillantes, leí: 'William Shakespeare / El mercader de Venecia'. Lo abrí. Me di cuenta en el acto de que era una obra de teatro. A los diez años, odiaba las obras de teatro. Desde que a los seis años había empezado como zanahoria de áspero papel crepé el 'día de la salud' en el Santísimo Rosario, había participado con timidez y renuencia en las torturadoras obras navideñas y los festivales de primavera.

    El mercader de Venecia
    William Shakespeare
    Acto primero. Escena primera
    Venecia
    Entran Antonio, Salarino y Solanio 
    ANTONIO. En verdad no sé por qué estoy tan triste...

   En verdad no sé por qué estoy tan triste... 
   Volví a leerlo. Nueve palabras sencillas de una y dos sílabas; por supuesto, no sabía lo que significaba 'en verdad', claro que no era imprescindible. No cambia nada en la oración enunciativa simple, una declaración que no podría describir mejor al niño que la leía. De pronto la pequeña vidriera me pareció mucho más viva iluminada por los últimos rayos del sol invernal.
Creo que cuanto más confuso está uno por dentro, más necesita confiar en algo externo. Yo me moría por apoyarme en algo más grande que yo, y era evidente que William Shakespeare comprendía lo que era sufrir sin saber por qué.
   El silencio era la norma en nuestra casa. Procurábamos eludir por todos los medios el tema del que más necesitábamos hablar. Les pasa a muchas personas. Shakespeare se convirtió en mi lenguaje secreto, un idioma cuneiforme antiquísimo que de alguna forma me hacía más visible a mí mismo. Aún hoy lo compruebo continuamente. Cuando una frase ilumina la sala con alguna verdad arrolladora, veo a la gente estremecerse ante la confirmación. 'Sí', dicen. '¡Eso es! ¡Eso es exactamente lo que pienso! ¿Cuándo lo escribió?'
   Mi entusiasmo por Shakespeare no tenía nada que ver con su posición en la cumbre de la literatura inglesa, por supuesto, ni siquiera con el hecho de que él también hubiera nacido en una ciudad llamada Stratford. Yo no sabía nada sobre su persona, y no me importaba. Shakespeare era como mirar fijamente los calendarios religiosos, como la misa en latín. La poesía se convirtió en un lugar hermoso para esconderme de mi vida y de mis padres, un lugar al que sabía que no me seguirían nunca.»
(Salvar la vida con Shakespeare. Bob Smith. Ed. Galaxia Gutenberg)

La obra de la que extraigo este fragmento demuestra hasta qué punto Shakespeare fue un genio que abordó las principales cuestiones y preocupaciones que atañen al ser humano, esa "demasiado sólida masa de carne". El libro entrevera con gran inteligencia y medida sensibilidad extractos de las principales tragedias shakesperianas con la propia (y dura) biografía del autor, y con su enriquecedora experiencia en centros de ancianos en los que pasó varios años leyendo y divulgando las obras del dramaturgo inglés. Bob Smith escribe muy bien y sabe además lo que quiere contar, por eso el libro es bueno, sin solemnidades ni cursilerías, tan fáciles de encontrar las obras que relatan experiencias personales. Galaxia Gutenberg lo editó en España con el aterrador título de Salvar la vida con Shakespeare, traducción, hemos de suponer, del título original, Hamlet's dresser. Tal desatino se compensa, en cierto modo, con la atractiva y adorable cubierta.

Shakespeare: tres gotitas al día, mañana, tarde y noche, con el estómago vacío. 

viernes, 22 de junio de 2012

El exilio interior (con Bucarest de fondo)


Mi amiga M., que tiene particular inclinación hacia las literaturas recónditas, en especial la centroeuropea, me insistía en leer este libro. "Léelo, léelo". Bueno, no lo decía así, porque mi amiga M. es sutil y te va ganando sin forzamientos ni perentorias, pero yo lo entendía de ese modo. Y decodificaba el significado del significante de sus palabras como: "Léelo. Deberías leerlo". En realidad, solo empecé a sentir una cierta curiosidad por este libro cuando mi amiga M., hablando del mismo, deslizó en su conversación ciertos términos clave: literatura rumana, decadencia, bohemia, Bucarest, principios del siglo XX, personajes terribles. Fue entonces, y solo entonces, lo reconozco, cuando abrí un poco más mis oídos y el nervio auditivo transmitió certeramente a mi cerebro sensitivos impulsos de creciente interés, que me hicieron claudicar, finalmente, a la reiterada recomendación literaria de mi amiga M.

Y he aquí que me embarco en esta novela de título enigmático y rimbombante, que me recuerda, al ponunciarlo, una grave melodía barroca para fagot: Los depravados príncipes de la Vieja Corte. Su autor, Mateiu I. Caragiale, fue un dandy solitario y perfeccionista, invisible socialmente, que enarboló el lema vital de "Cave, age, tace" ("Vigila, trabaja, calla"). Tardó diez años en acabar esta obra de ambiente urbano y personajes atípicos, más lírica que épica, y con la que llegó a romper moldes en el panorama de la literatura rumana de su época, anclada en un monótono realismo de ambiente histórico y rural. 

Obra crepuscular y absolutamente decadente, relata la historia de un inédito trío de poetas del vicio, Pasadia, Pantazi y el propio narrador, entregados a la bohemia de un mundo a la deriva con el impagable apoyo, en calidad de maestro de ceremonias en la depravación, del crápula Pirgu. Personajes humanos y dantescos, repulsivos e inolvidables que recorren las calles y las plazas, las tabernas y los antros, los parques y los tugurios del Bucarest de la primera década del siglo XX, en busca de un pasado aristocrático y refinado que han perdido para siempre. La ciudad, Bucarest, sin duda un personaje más, y cuya constante presencia en la narración constituye uno de sus grandes atractivos, se nos presenta como una extraña y grotesca mezcla de refinamiento y erudición, de balcanismo y occidentalismo. Una ciudad que asiste al ocaso de su belle époque (el estallido de la I Guerra Mundial era inminente) y que vive las últimas horas de lo que vino en llamarse «el pequeño París», una auténtica «edad de oro» para el subconsciente colectivo.

Considerada por la crítica de su país como la mejor novela rumana del siglo XX, es esta una obra de lenguaje modernísimo, dúctil, rico en matices, y un ritmo musical poderosamente evocador. Solo así, mediante los matices, pueden hacerse creíbles unos caracteres tan en declive, tan autodestructivos, al margen ya de un mundo, prosaico y banal, que no les pertenece. Y es que cuando el entorno resulta incomprensible y ajeno, y ya poco o nada queda en él en lo que reconocerse, quizá el mejor escape posible sea el exilio voluntario, pero no un exilio físico ni traslativo, sino un repliegue interior, personal e íntimo. Justamente este exilio interior es el que buscan (y encuentran) los Pasadias y los Pantazis que recorren las páginas de esta novela extraña, sombría y de singular e inexplicable encanto.  


[Fragmento]:
  «Bajo los altos árboles, al atardecer, aquel desconocido paseaba su melancolía. Sus pasos eran graves, apoyado en aquel bastón de madera de cerezo, recorriendo el parque a paso lento, fumando y deteniéndose de vez en cuando asaltado por sus pensamientos.
  ¿De qué índole serían estos, que lo conmovían hasta las lágrimas?
  El cielo ya se había cubierto de estrellas cuando aquel soñador se aprestaba a proseguir sin prisa alguna su camino. Se dirigía a cenar. A medianoche se dejaba caer de nuevo por alguna tasca en la que echar un trago y quedarse el mayor tiempo posible, hasta que cerraran. Y luego merodeaba por las callejuelas esperando el alba.
  Ya he mencionado que por todas partes nos encontrábamos. Y tanto me había acostumbrado a su presencia, que si por casualidad un día no lo veía, lo echaba en falta. Divisándolo una vez en la estación, mientras tomaba el tren rumbo a Arad, me invadió un cándido desaliento, al pensar que tal vez mi amigo desconocido, aquel hombre que contemplaba con tierna mirada el cielo, los árboles, las flores y los niños, podía irse para siempre.
  Difícilmente hubiera caído en el olvido, pues su recuerdo estaba ya estrechamente ligado a Cismegiu, parque al que guardaba enorme fidelidad incluso en la estación de las grandes lluvias que cayeron en aquel estío, antes de la aparición del cometa. En aquella explosión de vegetación ebria de humedad, el parque, completamente desierto, desvelaba al anochecer una belleza insospechada, cuando el cielo se despejaba por un instante. Y en la tarde más maravillosa de todas, me llevé la agradable sorpresa de volver a encontrar a mi amigo en el gran puente del lago.
  Apoyado en la frágil baranda, fijaba su mirada en los blancos destellos del vespertino lucero que acababa de aparecer. Al yerme con un cigarro encendido, vino a pedirme fuego y aquel fuego fue suficiente para derretir entre nosotros cualquier forma de hielo.
  Me enteré entonces de que yo tampoco le era un completo desconocido, habida cuenta de la asiduidad con la que nos veíamos. También él esperaba la ocasión de poder presentarse y le daba las gracias a las circunstancias por habérsela concedido justo en aquel atardecer.
    -Ante la Belleza -precisó él- la soledad se hace insoportable, y esta noche es tan hermosa, amigo mío, una noche de fábula y ensueño. Una noche que, como suele decirse, se repite; desde siempre, los maestros de antaño se han deleitado en los misterios de su arte representando leyendas sacras, pero rara vez su más afinado pincel logró darles la nítida sombra en toda su transparencia azulada. Es la noche del destierro de  Agar, la noche de la huida a Egipto. Es como si, presa de la fascinación, hasta el tiempo hubiera detenido su discurrir. Y no hay brisa alguna en el aire diluido, como no hay ningún murmullo en la hojarasca ni estremecimiento alguno en el resplandor del agua...»
(Los depravados príncipes de la Vieja Corte. Mateiu I. Caragiale. Trad. de Rafael Pisot y Cristina Sava. Ed. El Nadir)

Imagen de entrada: Strada Franklin, con el Ateneo de fondo, Bucarest, ca. 1910 

jueves, 21 de junio de 2012

Libros de los que se habla (mucho y bien)


Se habla y se habla de este libro. Sin haberlo leído, les pongo sobre la pista, para que luego, pasado el tiempo, no me recriminen la omision. Como siga por este camino, se va a convertir en el bestseller alternativo de este verano. Presenta buenas bazas, a saber:   

- Es british en fondo y forma, por los cuatro costados (ya saben mi debilidad).
- Argumento chispeante, travieso y, a priori, muy divertido. 
- Lo más aguerridos hipercríticos alternativos hablan bien de él.
- A lectores de reconocida fiabilidad estética y poco dudoso buen gusto les entusiasma. 
- Lo escribe la sobrina de Robert Louis Stevenson, algo de él llevaría en los genes.
- La cubierta es deliciosa.
- Y, la más importante, lo edita Alba (en su nueva colección rara avis).

El libro de la señorita Buncle, más detalles, aquí

miércoles, 20 de junio de 2012

La perpetua simulación

«Es motivo de preocupaciones nada trivial también si te acicalas exageradamente y a nadie te muestras con naturalidad, como es la vida de muchos, fingida, dispuesta para ostentarla; pues uno se atormenta con la cotidiana observación de su persona y tiene miedo de que lo sorprendan con otro aspecto del que suele. Y nunca nos libramos de esta inquietud, desde el momento en que pensamos que nos valoran cada vez que nos ven; en efecto, sobrevienen muchas circunstancias que nos desnudan contra nuestra voluntad y, aunque tenga éxito tanto esmero de uno mismo, no es una vida amena o sosegada la de los que siempre viven tras de una máscara. Por el contrario, ¡cuánto placer entraña la sencillez sincera y carente de adornos, que no tapa nada con su conducta! También esta vida, sin embargo, corre el riesgo del menosprecio, si todo a todos está patente; pues hay quienes aborrecen todo cuanto han contemplado bien de cerca. Pero tampoco tiene la virtud peligro de desacreditarse ofreciéndose a las miradas, y es preferible ser menospreciado por tu sencillez que ser atormentado por una perpetua simulación. Pongámosle, sin embargo, un límite: es muy distinto que vivas sencillamente o descuidadamente.»
(De Sobre la tranquilidad del espíritu. Séneca. Trad. de Juan Mariné Isidro. Ed. Gredos.)

Imagen: Representación de una comedia romana (Fresco).

martes, 19 de junio de 2012

El hombre de la pipa en Acantilado

Hay noticias que te alegran el día y que te colocan una sonrisa, de efecto prolongado, justo encima de la boca del estómago. Bueno, un poco más arriba o un poco más abajo, tampoco hay que ser tan anatómicamente precisos. Más o menos por ahí, ya se hacen una idea. 

La cuestión es que la editorial Acantilado anuncia la publicación de la obra completa de Georges Simenon, uno de los maestros indiscutibles de la literatura policiaca europea del siglo pasado y, para algunos, uno de los grandes de la literatura, sin más. El autor belga escribió, entre novelas y relatos, más de 400 títulos, por lo que hemos de deducir que lo de "obra completa" debe ser un error o, en su defecto, una insólita osadía editorial. El desembarco simenoniano acantiloide comienza en septiembre, con cuatro primeros títulos: Los vecinos de enfrente, La casa del canal, El perro canelo, y El gato.

Las cifras altas acompañaron a Simenon tanto en su carrera profesional (9.000 personajes creados, 550 millones de ejemplares vendidos) como personal (decía haberse acostado con 30.000 mujeres, aunque este dato permanece sin contrastar).

Creador del comisario Maigret, se ha dicho que en sus novelas lo de menos es descubrir al asesino, lo que importa es el dolor del hombre en soledad. Con el pretexto de la investigación detectivesca, su literatura trata temas como la inadaptación, el fracaso, los sueños imposibles que acaban en angustia; historias de desasosiego, de tristeza final y compasión inútil. Tenía una regla de oro con todas las criaturas: comprender y no juzgar.

Pues eso, ya lo saben: el hombre de la pipa es de Acantilado. (Sonrisa estomacal, o similar).

lunes, 18 de junio de 2012

Bonito día de verano para leer a James


Hoy es el día fijado para el Sorteo del libro Otra vuelta de tuerca, de Henry James, en la fantástica edición de Siruela. Ayer a las 23.59 h. se cerró el plazo para recibir las respuestas a las tres preguntas formuladas sobre el mismo y que son las siguientes:

Pregunta 1:¿Qué importante escritor calificó Otra vuelta de tuerca como la 'mejor historia de fantasmas de la literatura'? Respuesta: Jorge Luis Borges

Pregunta 2: En Otra vuelta de tuerca hay una referencia a una novela de terror, de Ann Radcliffe, la cual influyó en James, y fue muy estimada por él y otros muchos escritores del XIX, como Byron, Jane Austen y Wilkie Collins. ¿Cuál es su título? Respuesta: Los misterios de Udolfo

Pregunta 3: A juzgar por el comportamiento de la institutriz de Otra vuelta de tuerca, ¿qué enfermedad nerviosa le atribuyen a este personaje algunos estudiosos de la obra, como es el caso de la profesora de literatura Magdalena Cueto? Respuesta: Histeria

En el sorteo entran 27 números, correspondientes a 9 seguidores que han contestado correctamente. Tanto los números como los participantes pueden consultarse aquí. En esa misma dirección se publicará, a partir de las 18:00 h., el nombre del ganador del premio.

¡Suerte a todos!

Resultado del sorteo:
Celebrado el sorteo, ha resultado ganadora Mari Carmen Legaz. ¡Felicidades, Mari Carmen, que disfrutes de tan magnífica lectura! Me pondré en contacto contigo para la gestión del envío. En cuanto al resto de participantes, darles las gracias por su interés en el sorteo de esta excelente obra de Henry James. Para paliar un poco su mal sabor de boca, les puedo anticipar que habrá un nuevo sorteo en fechas navideñas, con una obra sustanciosa y de lectura muy apetecible. Asimismo, habrá alguna otra sorpresa antes de dichas fechas. Nos vemos en El infierno.

domingo, 17 de junio de 2012

Tonto es el que escribe tonterías

Ayer, durante un agradable aunque ciertamente cálido paseo matinal, recalé en una céntrica librería de la ciudad, entre cuyos atiborrados estantes -en los que se exhibían impúdicamente ingentes cantidades (toneladas, casi) de solemnes memeces impresas-, pude encontrar un librito (no llega a las 70 páginas), cuyo título fue para mí casi como una revelación místico-tántrica, porque no pudo ser más oportuno: Las novelas tontas de ciertas damas novelistas. ¡Caramba!, murmuré, verbalizando mi sorpresa, ante semejante súbita materialización de mi pensamiento. En un primer momento, pensé que se trataba de una obra reciente (quiero decir, salida de la pluma de algún removedor de conciencias contemporáneo que ponía de vueltas y media el deprimente panorama literario español -o mundial, que para el caso es lo mismo-, exclusivamente atendiendo a lo femenino, eso sí), pero pronto salí de dudas, al ver que su autor, en este caso, autora, es mi vieja conocida George Eliot, la gran escritora inglesa decimonónica, llamada Mary Anne Evans, pero disfrazada para los asuntos literarios con semejante seudónimo.

Sabía que Eliot es autora de algunas novelas espléndidas de ambiente rural, como El molino del Floss y Middlemarch, y que la hipercrítica Virginia Woolf llegó a decir de ella que era "una de las pocas autoras del XIX que escribía como una verdadera adulta", lo que no es decir poco. Dispuesto a indagar, miré la contracubierta del libro, editado impecablemente -como siempre- por Impedimenta, y leí la información promocional: "Punzante, entretenidísima y profundamente lúcida, George Eliot parodia las tópicas novelas que dominaban los listados de ventas de su tiempo, con sus encantadoras y hermosas heroínas, y sus previsibles y azucarados finales." ¡Ja, los listados de ventas de su tiempo!, me dije, esta vez evitando la verbalización. No quiero ni pensar lo que escribiría la pobre Eliot si pudiese levantarse de su tranquila y discreta parcelita del londinense camposanto de Highgate, donde descansa eternamente, y se asomara a la céntrica librería de la calle Obispo Hurtado, atestada de idioteces impúdicamente editadas, impúdicamente mostradas, impúdicamente compradas e impudicamente -sospecho- leídas. En esto, abro el libro y leo que Eliot define "novela tonta" como "un género con muchas subespecies que, según la calidad concreta de la tontería que predomine en ellas, pueden ser superficiales, prosaicas, beatas o pedantes". ¡Esto promete! A estas alturas mi interés por este librito se ha acrecentado tanto que, sin partir de una original pretensión de compra, salgo de la libreria con el hallazgo en la mano.

Y, mientas prosigo mi agradable aunque ciertamente cálido paseo matutino, juego a barruntar cómo habría titulado hoy Eliot su breve ensayo, pues seamos considerados y equitativos y justos, no nos engañemos: ni varones ni féminas se escapan a la actual y compulsiva producción creativa de majaderías literarias. ¿Quizá lo bautizaría como Las novelas tontas de ciertas damas y caballeros novelistas? ¿Tal vez Las novelas tontas de ciertas damas y damos novelistas? ¿Más bien como Las novelas tontas de ciertas/os damas/os novelistas/os? ¿O, al reves, dando prioridad a la hembra: Las novelas tontas de ciertos/as damos/as novelistos/as? Debido a la ignorancia en esto de las nuevas concordancias de género, me rindo y, ya por la tarde, sucumbo a la lectura de este irónico, agudo y cómplice librito, escrito por quien fue una dama de la literatura inteligente, despreocupada de la tontería de lo politicamente correcto.  

viernes, 15 de junio de 2012

Sorteo Otra vuelta de tuerca. Pregunta 3



Ya falta menos. Esta es la tercera y última pregunta para entrar en el sorteo del libro Otra vuelta de tuerca, de Henry James, que se realizará el 18 de junio. Ahí va:

A juzgar por el comportamiento de la institutriz de Otra vuelta de tuerca, ¿qué enfermedad nerviosa le atribuyen a este personaje algunos estudiosos de la obra, como es el caso de la profesora de literatura Magdalena Cueto?

Como siempre, la respuesta hay que enviarla a la dirección de correo electrónico elinfiernodebarbusse@gmail.com, junto con las respuestas a las otras dos preguntas (si no lo habéis hecho ya), antes del 17 de junio a las 23:59 h.

Las bases del consurso y el acumulativo de preguntas, lo tenéis en el enlace "Sorteo de Verano" que veréis debajo de "Mi perfil", en la columna de la derecha. 

¡Suerte!

jueves, 14 de junio de 2012

Dos caras del mismo London

Hablaba el otro día de Jack London, y voilá, dos rescates literarios de primera, que huelen todavía a tinta, y que cualquier londonadicto no debería dejar pasar.


El primero de ellos, El lobo de mar, es un clásico de la narrativa norteamericana y de la literatura del mar. Relata el fortuito encuentro entre dos personajes que representan visiones opuestas de la condición humana: Humphrey van Weyden, joven intelectual, refinado e idealista que, tras naufragar a bordo de un ferry en aguas del pacífico, es rescatado por un barco dedicado a la caza de focas y capitaneado por Wolf Larsen, el prototipo de "lobo de mar", cruel, despiadado y sin escrúpulos. Sometido a su tiránica autoridad, el joven descubrirá la dureza y la impiedad de un mundo primitivo que sin embargo le ayudará a consumar su aprendizaje moral. Lo edita Mondadori en su colección Grandes Clásicos, y nos llega en traducción del acreditado Javier Calvo. 


El segundo título es La peste escarlata. Su acción se desarrolla en 2072, sesenta años después de que una implacable epidemia, llamada Muerte Roja, diezmara la raza humana reduciendo a los sobrevivientes a un nuevo primitivismo salvaje y violento. Un viejo maestro sobreviviente de la pandemia intentará desesperadamente recuperar e inculcar los valores perdidos a sus nietos en un largo y difícil camino hacia el conocimiento. Relato post-apocalíptico que inauguró el género de novela catástrofe, y que ha dejado honda huella en numerosos autores, sin ir más lejos el contemporáneo Cormac McCarthy, que plasma un universo parecido en La carretera. Clásico memorable sobre la fragilidad de la civilización, en ella London exhibe toda la desesperanza de su época y anticipa el crecimiento de un capitalismo feroz. Editado por Libros del Zorro Rojo, con la calidad, el gusto y la factura (esto, en su doble sentido) a los que nos tiene acostumbrados, incluye unas impactantes ilustraciones del artista argentino Luis Scafati. 

Dos obras -dos caras del mismo London-, que nos aguardan pacientes, sin prisa, pero sin pausa. 

miércoles, 13 de junio de 2012

La ignorancia disfrazada

«Pues tú tienes siempre un libro en la mano y estás constantemente leyendo, pero no entiendes ni jota de lo que lees; escuchas moviendo las orejas como un burro cuando oye la lira. Porque si el haber adquirido libros fuera señal evidente de que es un hombre culto su propietario, la posesión de ellos sería costosísima, y exclusiva de vosotros, los ricos, dado que sería posible comprarlos en el mercado despreciándonos a nosotros, los pobres.

Así las cosas, ¿quién podría rivalizar acerca de su nivel cultural con comerciantes y libreros, que tienen y venden tantísimos libros? Pues, si quieres corroborar esta opinión, verás que, en lo que a nivel cultural se refiere, no son ellos mucho mejores que tú; antes bien hablan con tosquedad como tú, cerrados de entendederas, como es lógico que sean, gentes que no han podido distinguir lo exquisito de lo vulgar. Y fíjate que tú tienes dos o tres libros que les has comprado, mientras que ellos están noche y día con libros que pasan de mano en mano. ¿Qué provecho sacas comprando, a no ser que pienses que hasta las estanterías son cultas porque contienen tantísimas cantidades de escritos de los antepasados?

Y, ahora, si te parece, contéstame; o mejor, como te va a resultar imposible, afirma o niega moviendo la cabeza a lo que te pregunte. ¿Si alguien que no supiera tocar la flauta comprara las flautas de Timoteo o las de Ismenias, que el propio Ismenias se compró en Corinto por siete talentos, sería por el hecho de comprarlas capaz de tocar o, por el contrario, en nada le aprovecharía el haberlas comprado por no conocer la técnica para poderlas tocar?

Razón llevas al negar con la cabeza. Ni siquiera comprando las flautas de Marsias o de Olimpo sería capaz de tocar sin haber aprendido antes. ¿Y qué, si alguien, no siendo Filoctetes, comprara el arco y las flechas de Heracles con la intención de poder tensarlo y disparar las flechas certeramente? ¿Qué opinión te merece ese hombre? ¿Crees que hará alguna exhibición digna de un arquero? También ahora has hecho bien negando con la cabeza. Precisamente, por eso, el que no sabe pilotar una nave y el que no se ha ejercitado en montar a caballo, si el primero tomara una nave formidable, terminada en sus últimos detalles para ofrecer la mayor belleza y seguridad, o si el segundo comprara un caballo persa o un Centauro, o un caballo de marca, se demostraría, creo yo, que ninguno de los dos sabría qué hacer con ninguna de las dos cosas.

¿Afirmas ahora con la cabeza? Toma nota y asiénteme también a lo que voy a decirte a continuación. Si alguien, como tú, sin cultura, comprara muchos libros, ¿no daría pie a que se burlaran de él a costa de su incultura? ¿Por qué vacilas en asentir también a esto? Ésa, creo, es la prueba más evidente y cada uno de los que lo ve inmediatamente recita en voz alta aquel dicho popular: "¿Qué tiene que ver un perro con una bañera?"»

(Contra un ignorante que compraba muchos libros. Luciano de Samósata. Trad. José Luis Navarro González. Ed. Gredos.)

Imagen: Los arqueros. El coronel Acland y Sydney Señor. Joshua Reynolds, 1770

martes, 12 de junio de 2012

Moby Dick y el arte de la poda


Moby Dick es la historia de una obsesión. Olvidémonos ya de ballenas y de barcas. Es irritante, hasta el picor, ese empeño en venderlo como un libro de aventuras -con la consiguiente frustración del desorientado lector- y, lo que es más urticante, como lectura infantil o juvenil, cuando, en realidad, se trata de un libro de contenido complejo -como la mente humana-, indescifrable, inasible, monstruoso. Melville, con pulso shakespeariano, secuestra la mente del lector hasta hacerle comulgar con las ruedas de molino de su loco protagonista, Ahab. Capítulos breves nos conducen -sin retorno- hacia el fantasmagórico imaginario de un monomaníaco al borde de la destrucción.

Hace no mucho, Rosa Montero, en un artículo que pretendía ser una defensa de los textos clásicos, afirmaba que a todas las novelas -subrayaba, entre otras, Moby Dick- les sobran páginas y que mejoran sustantivamente si nos saltamos, sin remordimientos de conciencia, aquellos pasajes, incluso capítulos enteros, que nos aburren o nos resulten plúmbeos, "hasta alcanzar de nuevo" -decía- "una zona más sustanciosa". La escritora madrileña no llegaba a precisar cuantas páginas exactamente le sobran a la obra de Melville -tampoco nos desvelaba si sus propios libros ya salen de imprenta con el desmoche hecho por su mano-, pero sí nos iluminaba con una utilísima fórmula de carácter práctico, al afirmar que "por lo general, cuanto más gordo es el libro, más páginas habría que tirar". Con esta premisa, hay que ser poco lince para percatarse de que al tocho que relata las aventuras de Ahab en busca de su ballena le sobran, a ojo de buen cubero y tirando por lo bajo, unas trescientas o cuatrocientas páginas. (Con el desecho, tal vez alguna editorial avispada pudiera hacer negocio publicando un manual para sadomasos del aburrimiento crónico o una guía de cabecera - cabezada, más bien- para contumaces insomnes. Ojo, yo aviso.) 

Con todos los respetos para la antiplúmbea Montero, y puesto que opinar está exento de impuestos, al menos de momento, es mi opinión que su opinión es una opinión poco fundamentada. En realidad, deja entrever no haber entendido nada -pero nada de nada- de esta novela, y sospecho que de alguna más. Vaya por delante que cada uno es libre de hacer con sus libros lo que quiera o pueda (hay quien los empieza por el final, otros que abandonan su lectura a la primera señal de estragamiento literario, y otros que, aunque bostezen como marmotas desde las primeras páginas, luchan denodadamente, entre ronquido y bostezo, por acabarlos. Ahora bien, una cosa es el modo de empleo particular y subjetivo, la intimidad que uno alcance con unas páginas impresas, y otra intentar confundir todo y a todos.

No digo yo que un tijeretazo bibliográfico pudiera ser perfeccionador y embellecedor de algunas obras, pero no es el caso que nos ocupa. Y es que las digresiones, citas, alusiones, descripciones referencias y extractos que acompañan y se imbrican (a la perfección, por cierto) en Moby Dick, son elementos que están ahí, no porque a Melville le diera el volunto de rellenar compulsivamente páginas y páginas una tarde de desmelene mental transitorio, mientras se fumaba plácidamente un canuto de adormidera salvaje (no cultivada, quiero decir) en el jardín de su casa de Pittsfield, Massachussets, sino porque, como creador -como Autor, con mayúsculas-, consideró que todo eso tenía que estar en su obra, que eran ingredientes necesarios (ne ce sa ri os) para alcanzar el objetivo que perseguía, que no es otro que el de transferirnos a nosotros, lectores, la obsesión que atenaza a Ahab, que le perturba, que le enferma. Todo contribuye a una: hacer que la obsesión del capitán se convierta en obsesionante para el lector. Hacer de su obsesión nuestra obsesión. Difícil reto, ¿verdad? Y, sin embargo, lo logra. ¡Vaya si lo logra! Y lo logra así, de esa manera, con dichas premisas, y no con la pretendida y ansiada poda de la que hace apología Rosa 'Manostijeras'. Quitémosle también, ya puestos, los aburridos trinos y mordentes a las Variaciones Goldberg de Bach, o el monótono blanco y negro a la hitchcockniana Psicosis, o los pesados hierros y soldaduras a la Torre Eiffel. Empiezo a creer, como Dantzing, que no solo hay libros que no están al alcance de algunos lectores, sino también lectores que no están a la altura de determinados libros.

Quienes no hayan leído aún Moby Dick son altamente afortunados, porque tienen por delante un placer intenso y refinado. Ahora que Valdemar ha publicado una nueva edición de la obra en español, que aspira a ser la definitiva, y que incluye las cerca de trescientas impresionantes ilustraciones que Rockwell Kent hizo para la histórica edición americana de 1930, puede ser buen momento para acercarse a este texto monumental, a este hito de la imaginación del siglo XIX. Y hágame un favor, cuando lo haga -si lo hace-, anote cuántas páginas se ha saltado. Quizá, entre todos los lectores, pudiéramos hallar una media exacta para conocimiento de futuras generaciones.

Imágenes: Ilustración de Rockwell Kent para la edición de The Lakeside Press de Chicago, 1930; y Cubierta de la edición de Valdemar.

lunes, 11 de junio de 2012

En espera de dueño..., y de lector

Esta tarde he ido a ver a mi librero (calle Doctor Burgos Canals), al que le tenía encargados varios títulos, entre ellos, el ejemplar de Otra vuelta de tuerca que se sorteará el próximo lunes 18. Como podéis ver, es precioso, con sus elegantes guardas interiores en color amarillo, y haciendo perfecta combinación cromática con la cubierta. En fin, en espera de dueño..., y de lector.

Lo que sucede detrás de las ventanas


Pocas pistas habría que dar sobre la obra a la que ilustra esta imagen de Scafati, ¿verdad?

sábado, 9 de junio de 2012

Los mejores bestsellers para este verano


En la lista de top ventas literarios, no verá estos dos títulos. Verá, probablemente, el enredo de Mendoza, el jardín de Kate Morton, o los chismes monárquicos de Pilar Eyre. Y, a lo mejor, usted ha llegado a pensar y planificar y casi comprar (no quiero ni imaginármelo) alguno de dichos libros para ensalzar lúdicamente este verano y aliviar -todo es posible, si se escoge bien- las horas más cálidas de las tórridas mañanas de julio, o las detenidas tardes estivales en agradable penumbra, o las algo más livianas y frescas noches agosteñas, cuando se puede respirar y dejarse llevar por la imaginación, en compañía de una grata lectura. Me parece una feliz tarea la de planificar lecturas próximas, pero, ¡cuidado!, hay libros que más que relax producen neuralgia, grima más que confort, malestar más que placer. Por eso, yo me atrevo a darle una vuelta de tuerca a su inicial propósito, y recomendarle dos magníficos bestsellers (más de 100.000 ejemplares vendieron en su tiempo) de alguien que, un 9 de junio, tal como hoy, pero de 1870, falleció rodeado de las más extraordinarias muestras de cariño y admiración popular jamás testimoniadas. Pocas veces la muerte de alguien que se dedica a la literatura ha dejado tantos regueros de lágrimas y tanto sentimiento de orfandad entre ricos y pobres, entre mujeres y hombres, entre ingleses y el resto de los mortales (esto último, todo un logro). 

No encontrará estas dos obras, ya le digo, entre las reflectantes listas de superventas y, tal vez, usted, tentado por la publicidad, o el llamativo envoltorio, o el boca a boca de los tenores huecos, caiga (la carne es débil) y tire su tiempo y su dinero -libremente, eso sí- en la última patochada con la habitual etiqueta de "imprescindible obra maestra".

Hágame caso. Me lo agradecerá, pasado el tiempo. Acérquese a estas dos obras vivas, inmarcesibles, memorables. A Dickens le bastan un par de páginas para hacer que un personaje se salga de la historia y se instale cómodamente en nuestro salón. Su prosa es una riada de fluidez narrativa, de encanto y humor, de nervio y perspicacia, de fino tino descriptivo. Es un animal literario. Un genio. Un gigante.

En una reciente entrevista, a propósito de la Feria del Libro de Madrid, le preguntaban a Carlos Ruiz Zafón qué autor le gustaría que le dedicase un ejemplar. Y respondió: "Si tuviese una máquina del tiempo, Dickens. A ver si así se me pegaba algo." ¿Lo ve?, hasta los autores más comerciales tienen, a veces, fría lucidez y buen gusto.

Busque estas dos ediciones de Alba, quien sabe buscar, encuentra. Y cuando, en mitad de la lectura, levante la mirada para saborear tal o cual observación, tal o cual párrafo, entonces sonreirá, cómplice, y se acordará de los tenores huecos. 

Bye, Ray


Murió Bradbury el pasado 5, pero nos queda su enérgica obra. Sus mejores títulos, los de los años 50, el angustioso y poético Crónicas marcianas, y el distópico y pesadillesco Farenheit 451. Los dos, con memorables comienzos: «Un minuto antes era invierno en Ohio.» y «Era un placer quemar.», respectivamente. Borges lo admiraba («¿Cómo pueden tocarme estas fantasias y de una manera tan íntima?») y así lo dejó escrito («¿Qué ha hecho este hombre de Illinos, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y soledad?»). Escritor autodidacta, fue maestro indiscutible de la ciencia ficción. Trató de la soledad y del tedio, del vértigo y del vacío. Desafió al futuro. También son excelentes El hombre ilustrado, de 1951, y Las doradas manzanas del sol, de 1953. Sería una injusticia, amén de sonrojante, que sus libros no formaran parte de nuestra biblioteca. «Autor de Farenheit 451», reza su epitafio (breve y preciso, como el «Luchó en Maratón», de Esquilo). Humilde, humanista, humano. Un asteroide lleva su nombre. Hasta siempre, Ray.

Imagen: Ray Bradbury en Hollywood, California, 1966

viernes, 8 de junio de 2012

Sorteo Otra vuelta de tuerca. Pregunta 2


Vamos con la segunda de las preguntas del sorteo del libro de Henry James: 

En Otra vuelta de tuerca hay una referencia a una novela de terror, de Ann Radcliffe, la cual influyó en James, y fue muy estimada por él y otros muchos escritores del XIX, como Byron, Jane Austen y Wilkie Collins. ¿Cuál es su título?

Como siempre, la respuesta hay que enviarla a la dirección de correo electrónico elinfiernodebarbusse@gmail.com, desde hoy mismo, o bien esperar a que se formulen las tres preguntas y contestarlas en un mismo correo, pero siempre como fecha tope el 17 de junio.

Las bases del consurso y el acumulativo de preguntas, lo tenéis en el enlace "Sorteo de Verano" que veréis debajo de "Mi perfil", en la columna de la derecha. 

¡Suerte!

jueves, 7 de junio de 2012

Elocuentes silencios
("Silencio en Milán" de Anna Maria Ortese)

Si mezcláramos en una coctelera la introspección reveladora de Clarice Lispector, la prosa poética de Ana María Matute y la conciencia social de Carmen Martín Gaite, tendríamos algo parecido a Anna Maria Ortese, esta inclasificable escritora italiana de la que Minúscula acaba de poner en la calle su Silencio en Milán (1958), después de que hace algunos años publicara su excelente El mar no baña Nápoles. La editorial cumple su número cincuenta y lo celebra con este libro exquisito, una delicia que prueba lo que es editar aunando buen gusto y rigor.

¿Qué contiene este Silencio? Seis relatos, presididos por la premisa que la propia Ortese quería para su escritura: «Atrapar una imagen y reproducirla viva, grande, colorida, con todos los caracteres precisos de la realidad y todas las deliciosas vacilaciones de lo irreal.» A Ortese le interesa la otredad, eso está claro. Su atención se dirige a personajes que están al borde mismo del desarraigo, del hastío, de la soledad. Personajes que están ahí, bajo el mismo cielo y bajo el mismo techo que los demás, en la misma riada de la vida que nos lleva, pero cuyas opiniones, y aun ellos mismos, no cuentan. El matiz de «al borde de» es importante, porque el lector asiste, como testigo exclusivo, al momento mismo en que se produce esa fractura existencial. Excluídos (forzadamente o por voluntad propia), al margen, seres que no entienden el mundo y que, por primera vez, toman conciencia de ello con una serena intensidad. «¿Qué era él, entonces?», se pregunta Antonio en el relato El desempleado. Y continúa: «Mientras andaba de prisa, pese a que no necesitaba hacerlo, hacia el final de la calle, sintió como un destello que le atravesaba la cabeza. Pero, como siempre, le duró apenas una fracción de segundo, y así se truncó de nuevo su esperanza de comprender su relación con la ciudad, con la vida.» Alberto y Masa, los jóvenes hermanos protagonistas del impresionante La mudanza, se debaten entre sus últimas esperanzas de ser felices («Lo de aquí era un sueño. Este desierto no era la vida. Pasaría. Había que ser valiente. Pasaría.») o sucumbir, definitivamente, a la inapetente y tediosa realidad que les circunda («Seguían viviendo por timidez, por no molestar, como la Tierra sigue girando monótona en el pálido invierno»).

Alguien podría llamarse a engaño, por lo dicho, y creer que la literatura de Ortese es sombría y deprimente, cuando es todo lo contrario. Es luminosa y cálida, tierna, bellamente descriptiva, dotada de una exquisita elegancia. También hay en ella un cierto estoicismo, una aceptación vital y una moderación expresiva muy gratas. En estaciones de tren, en apartahoteles, en locales nocturnos, en modestas viviendas, en internados..., ahí donde la vida bulle, sobre hombres y mujeres —vidas insignificantes, sencillas y complejas al mismo tiempo—, es donde, sensible e íntima, la escritora italiana detiene su mirada, antes de que el silencio lo inunde todo. El silencio vespertino y misterioso de Milán.

martes, 5 de junio de 2012

El tiempo otorgado


«Engendrados para un tiempo cortísimo, obligados a ceder rápidamente la plaza al siguiente, contemplamos este albergue provisional. Estoy hablando de nuestras vidas, que es cosa sabida que se desarrollan a increíble velocidad. Cuenta los siglos de las ciudades: verás qué poco tiempo llevan alzadas incluso las que se envanecen de su antigüedad. Todo lo humano es fugaz y perecedero, ocupante de una ínfima porción del tiempo sin fin. Esta tierra con sus ciudades y países, sus ríos y el cerco del mar, la consideramos como un punto si la comparamos con el universo: nuestra vida ocupa menos espacio que un punto si se confronta con todo el tiempo, cuya dimensión es mayor que la del mundo, en vista de que éste se mide repetidas veces dentro del espacio de aquél. ¿Qué importa entonces prolongar algo cuyo aumento, sea del tamaño que sea, no distará mucho de nada? Únicamente de una forma es mucho lo que vivimos: si es suficiente. Ya puedes citarme varones longevos y de ancianidad transmitida en la tradición, y echarme la cuenta de los ciento diez años de cada uno: cuando pongas tu atención en todo el tiempo se quedará en nada la diferencia entre la vida más corta y la más prolongada, si consideras cuánto vivió uno cualquiera y lo comparas con cuánto dejó de vivir. Por ende, tu hijo murió en su sazón; vivió, en efecto, cuanto debía vivir, no le quedaba ya nada más. No es para los hombres única la vejez, como tampoco para los animales: a algunos los agota en catorce años y para ellos es una edad avanzadísima ésta que para el hombre sería la primera. A cada uno se le ha otorgado una distinta capacidad para vivir. Nadie muere demasiado pronto, porque no iba a vivir más de lo que vivió. Para cada uno hay marcada una linde: siempre permanecerá donde fue colocada y no la moverán más adelante ni el empeño ni el favor. Tómalo así: tú perdiste a tu hijo según lo que estaba previsto; tuvo lo suyo y

alcanzó la meta del tiempo otorgado

Así pues, no hay razón para que te apesadumbres diciéndote: “Pudo vivir más”. Su vida no quedó truncada, ni el azar se ha entremetido nunca con los años. Se entrega lo que se prometió a cada uno: los hados andan su camino y no añaden nada ni quitan a lo prometido una vez. Inútiles son los deseos y los afanes: cada cual tendrá lo que su primer día le asignó. Desde aquél en que vio la luz por vez primera, emprendió el viaje hacia la muerte y se acercó más a su destino, y los mismos días que se añadían a su adolescencia se restaban a su vida. Todos nos movemos en este error de no creer, si no es cuando somos ancianos y caducos, que nos dirigimos ya hacia la muerte, cuando lo cierto es que nos llevan a ella la infancia y la juventud, cualquier edad.»

(De Consolación a Marcia. Séneca. Trad. de Juan Mariné Isidro. Ed. Gredos) 

Ilustración: The marriage of Heaven and Hell. William Blake.

lunes, 4 de junio de 2012

Recuerdos de una luz azul con London


Ordenando estos días mi biblioteca, me he topado de pronto con un viejo ejemplar de La llamada de la selva, de Jack London. Me recuerdo leyendo ese libro, hace ahora treinta y un años. Sé la fecha exacta porque yo mismo la anoté en la portada. Está escrita a lápiz 1981, solo el año y la acompaña lo que pretende ser una firma: mis dos nombres y mi primer apellido, con las tres jotas, a modo de anzuelo, unidas toscamente con un trazo por encima. 

Me recuerdo leyendo de mañana, antes de ir al colegio, con una luz vivísima cayendo en diagonal sobre mi cama. Debía ser abril o quizá mayo. Intentaba arañar unos minutos al deber inexcusable de la escuela y detener el tiempo entre mis manos en compañía del perro Buck, por los páramos nevados de Alaska. Es este, ahora que lo pienso, uno de mis recuerdos primeros y sin duda el más intenso relacionados con el placer de la lectura. Antes hubo otros, eso seguro, pero, tal vez por la escasa intensidad de lo leído o por mi poca atención al hecho mismo de leer, no han dejado huella en mi memoria y, al intentar recordarlos, solo veo ante mí una masa informe, sin color ni contorno.

London —mi querido London— fue el primero, con La llamada de la selva. Años más tarde conocí esta obra con otros títulos, como La llamada de la naturaleza y La llamada de lo salvaje, pero yo siempre preferí el de mi edición, con ese término selva tan sonoro y remoto, anunciando aventuras. Sí, London y sus paisajes nevados; London y sus personajes al límite, desarraigados; London, el escritor borracho, libre, suicida. Después llegué a leer otras muchas obras suyas. Su Colmillo Blanco, su Peregrino de las estrellas, su Lobo de mar, sus inolvidables relatos del Yukón o de los Mares del Sur..., y, más tarde aún, su Martin Eden, esa conmovedora autobiografía novelada que tradujo con hilo fino Marta Salís hace unos años, y a la que persuasiva e insistentemente tuve que convencer para tal fin (a su vez, ella tuvo que convencer a Luis Magrinyá, de Alba Editorial, para que la incluyese en su selecta colección de clásicos, que es donde debía estar, y donde está).

Ahora, al ordenar mi librería, me he topado de pronto con este viejo ejemplar de Bruguera, y me recuerdo allí, sobre la cama, ajeno a todo mis padres merodeando en la cocina, mis hermanos desperezándose del sueño, tan solo con ojos y atenciones para Buck, al que alentaba a tirar fuertemente del trineo para ganar la apuesta en Dawson City, o a vengar, salvaje, la muerte de su amo Thorton a manos de los jheevas.

Mi ejemplar de la edición de Bruguera
Qué felicidad, extraña y secreta, camino de casa, aquel sábado por la mañana porque era sábado, me acuerdo bien con mi libro (ya era mío) palpitante de vida entre mis manos. Pagué por él ciento veinticinco pesetas, el precio también viene en la portada. Ningún viaje a Alaska fue jamás tan asequible, especialmente para un niño de once años. 

El libro, ya ajado y amarillento, con esa llamativa cubierta que miré tantas veces, sigue aquí conmigo, a buen recaudo, superviviendo a los naufragios de todas mis mudanzas. Pero Buck, y Thorton, y las montañas nevadas, y aquella luz limpísima y azul que traspasaba mi cuarto, ¿adónde fueron?


Imagen entrada: Jack London en Wake Robin Lodge, Glen Ellen, California, 1906

viernes, 1 de junio de 2012

Sorteo 'Otra vuelta de tuerca'. Pregunta 1


Ahí va la primera de las tres preguntas que habrá que contestar para entrar en el sorteo del libro de Henry James: 

¿Qué importante escritor calificó Otra vuelta de tuerca como la 'mejor historia de fantasmas de la literatura'? 

Recuerdo que la respuesta se debe enviar a la dirección de correo electrónico elinfiernodebarbusse@gmail.com, desde hoy mismo, o bien esperar a que se formulen las tres preguntas y contestarlas en un mismo correo, pero siempre como fecha tope el 17 de junio.

Las bases del consurso, aquí.

¡Suerte!