sábado, 14 de julio de 2012

Cerrado por vacaciones


El infierno de Barbusse se toma un descanso por vacaciones. (Se oyen gritos de protesta in crescendo: "Fuera", "Esto es un abuso", "Pero quién se ha creído este que es", etc.). Vale, bueno, no se lo tomen así. El infierno volverá a estar activo en septiembre y vendrá cargado de nuevas y espectaculares informaciones, notas, reseñas y textos para compartir con todos ustedes. (De nuevo un clamor de protestas airadas "¿Hasta septiembre tendremos que esperar?, "¡Un mes y medio de vacaciones, esto es una ignominia!", "¿Cómo vamos a superar este vacío?").

Bueno, pues... lean, paseen, mediten, respiren, vivan. 
¡Que pasen un estupendo verano!
Hasta pronto.

viernes, 13 de julio de 2012

Los veranos


¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.
Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos solo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.
Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!
(Los veranos. Francisco Brines)

Imagen: Niños en la playa. Joaquín Sorolla, 1911 

jueves, 12 de julio de 2012

¿Volver?

«No he podido resistir al deseo de visitar el colegio en que transcurrió mi niñez. "No entres en esos claustros —me decía una voz interior—, vas a destruirte una ilusión consoladora. Los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos engrandecidos los recuerdos de cosas que en la realidad son insignificantes." Pero yo no he atendido esta instigación inter­na; insensiblemente me he encontrado en la puerta del colegio; luego he subido lentamente las viejas escaleras. Todo está en silencio; en la lejanía se oye el coro mo­nótono, plañidero, de la escuela de niños.
Siento una opresión vaga cuando en­tro en el largo salón con piso de madera, en que mis pasos hacen un sordo ruido: como en mi infancia, me detengo emocio­nado. Levanto los ojos: a lo lejos, al otro lado del patio, en el observatorio, el ane­mómetro con sus cacitos sigue girando. No ha parado desde entonces: corre siem­pre, siempre, sobre la ciudad, sobre los hombres, indiferente a sus alegrías y a sus pesares.
He subido las mismas escaleras, ya desgastadas, que tantas veces he pisado para subir al dormitorio. Aquí, en un rellano, había una ventana por la que se columbraba el verde paisaje de la huerta; yo echaba siempre por ella una mirada hacia los herrenes y los árboles. Ahora han cubierto sus cristales con papel de colores. Ya no se ve nada; yo he sentido una indignación sorda. Luego, cuando he querido penetrar en el salón de estudio, he visto que ya no está donde se hallaba; lo han trasladado a una sala interior. Desde sus ventanas ya tampoco se apa­centarán las infantiles y ávidas imagina­ciones con el suave y confortante panorama de la vega: los ojos, cansados de las páginas áridas, no podrán ya volverse hacia este paisaje sosegado y recibir el efluvio amoroso y supremamente edu­cador de la Naturaleza...
¿Tenía yo razón para volverme a in­dignar? Sí, yo me he vuelto a indignar en la medida discreta que me permite mi pequeña filosofía. Y después, cuando ha tocado una campana y he visto cruzar a lo lejos una larga fila de colegiales con sus largas blusas, yo, aunque pequeño filósofo, me he estremecido, porque he tenido un instante, al ver estos niños, la percepción aguda y terrible de que "todo es uno y lo mismo", como decía otro filósofo, no tan pequeño: es decir, de que era yo en persona que tornaba a vivir en estos claustros: de que eran mis afanes, mis inquietudes y mis anhelos que volvían a comenzar en un ritornelo doloroso y perdurable. Y entonces me he alejado un poco triste, cabizbajo, apo­yado en mi indefectible paraguas rojo.»
(De Las confesiones de un pequeño filósofo. Azorín, 1904)

Ilustración: Gabriel Pacheco, de la obra Taller de corazones, 2010.

miércoles, 11 de julio de 2012

Lo pagadero o El amor tuneado

«Un león, enamorado de la hija de un labrador, la pidió por esposa. El labrador, que no se atrevía a entregar a su hija a una fiera, ni tampoco podía negarse por el miedo que le tenía, se le ocurrió lo siguiente: como el león lo apremiaba continuamente, le dijo que lo consideraba digno de desposar a su hija, pero que no se la podía dar a menos que se dejara arrancar los dientes y cortar las uñas, porque esto es lo que le daba terror a la muchacha. El león, por amor, se dejó hacer las dos cosas, entonces el labrador, perdido todo el respeto hacia él, en cuanto se presentó lo echó a palos.»
(El león enamorado. Fábulas. Esopo. Trad. de Pedro Bádenas. Ed. Gredos)
Todas las fábulas terminan con una moraleja. Aquí he prescindido de ella, porque creo que es mucho más interesante dejar que la imaginación trabaje a la plasmación objetiva, general e inamovible de una sentencia con un único significado. Además, en este caso la moraleja sería doble, ¿no les parece?, dependiendo de si interpretamos la fábula desde el punto de vista del león o de la hija del labrador. Los curiosos, no obstante, disponen de múltiples ediciones de las fábulas de Esopo donde pueden leer la moraleja. Yo, si me permiten un consejo, no lo haría.

Ilustración de Gustave Doré, 1868

lunes, 9 de julio de 2012

La Bovary se hace un lifting


Hay quien dice que los clásicos de la literatura deberían traducirse cada nueva generación, porque el lenguaje envejece y la traducción de una obra hecha hace veinte años puede revelarse hoy como acartonada o demasiado postiza. Lástima no poder leer en inglés y en francés, en ruso o en italiano, y prescindir de la traducción. Hay una expresión italiana, un juego de palabras, que ha hecho fortuna en todo el mundo: Traduttore, traditore. Fácil de traducir al castellano: traductor, traidor. Refleja la absoluta imposibilidad de conseguir una traducción fiel al original, o más aún, que la fidelidad no existe, que toda traducción, en última instancia, es una obra de creación. El que no lo crea, que pruebe a comparar distintas ediciones de obras traducidas, que observará notorias diferencias. Como lo de leer las obras originales no entra dentro de mis posibilidades, tengo que conformarme con las versiones españolas de los traidores traductores. El truco para no pasarlo demasiado mal es claro: confiar en los mejores traidores, en los traidores con clase, que los hay, y excelentes. Puestos a traicionar, que la traición merezca la pena, ¿no les parece?

Al hilo de esto, una última tendencia que se está poniendo de moda desde alguna editorial es el replanteamiento y nueva traducción de algo tan delicado como son los títulos de obras clásicas entre clásicas. Si hace poco Papá Goriot de Balzac, se transformó en El pobre Goriot, el Bel ami de Maupassant se bautizó como Buen amigo, y Los monederos falsos de Gide fue fulminado en favor de Los falsificadores de la moneda, el próximo otoño tendremos ocasión de conocer un lifting nominal de la obra maestra de Flaubert y de la literatura francesa, ya que la sempiterna Madame Bovary pasa a ser, por arte de magia de la traición, La señora Bovary. Y todo por el (¿inútil?) afán de cambio de costumbres de una gran traidora, María Teresa Gallego Urrutia, traductora de estas obras para la editorial Alba. Gallego se ha propuesto ser extremadamente precisa con la lengua y ha preferido retar al peso de la tradición editorial y a los hábitos del público lector poniendo los puntos sobre las íes. Prefiere ser fiel y valiente con su oficio y dejarse de vicios arrastrados con el tiempo y de gestos de cara a la galería. Si Madame Bovary es, en español, La señora Bovary, pues es La señora Bovary, y punto, por muy conocida que sea la anterior versión. Ahora bien, cualquiera es el guapo que se acostumbra al nuevo título. ("¿Has leído Madam..., digo La señora Bovary?") Nos va a costar más que cuando cambiamos de pesetas a euros, o cuando, dentro de poco, volvamos de nuevo a las pesetas. Supongo que es cuestión de plantar hoy la semilla de los nuevos títulos y que, dentro de varias generaciones, terminen por asentarse y germinar en el consciente -y en el subconsciente, lo que es más difícil- de la audiencia lectora. Yo desde luego, no me acostumbraré, lo sé, y seguiré llamándolos por su título de siempre. La rutina es difícil de cambiar y requiere de mucho y constante entrenamiento.

Ya puestos, y sin ánimo de incordio, la traductora podría haber sido aún más atrevida y haber titulado La señora de Bovary, ya que Bovary es el apellido del marido de la protagonista (Emma Rouault, de soltera) y, en español, el apellido del marido va unido al nombre de la mujer mediante la preposición "de". En caso contrario, parece que Emma es Bovary de nacimiento. Todavía hay tiempo para pensárselo.

Imagen: Cromolitografía. Mitad siglo XIX

jueves, 5 de julio de 2012

Ovejas, cabras y amigos

«Pero a menudo (vuelvo a Escipión, que siempre hablaba de la amistad) se quejaba de que los hombres fueran más diligentes en cualquier otra cosa: podían decir cuántas ovejas y cabras tiene cada uno, pero no cuántos amigos; ponen cuidado al hacerse con aquéllas, pero a la hora de elegir amigos, no hay, diríamos, señales ni marcas que permitan juzgar cuáles son aptos para la amistad. Por tanto, hay que elegir a los que sean firmes, estables y constantes: este tipo escasea mucho. Además, es difícil juzgar, si no se les ha probado y, por otro lado, sólo puede probárseles dentro de la propia amistad.  Así que la amistad va por delante del juicio sobre ella y elimina la posibilidad de experimentar. Es prudente, en consecuencia, sujetar el ímpetu del cariño, como se sujeta un carro, que se usa una vez que se han probado los caballos; pues igual las amistades, deben usarse una vez que se ha puesto a prueba de alguna forma el comportamiento de los amigos.
Muchas veces, con poco dinero se percibe cuán ligeros son algunos; otros, a los que no mueven cantidades pequeñas, se reconocen en las grandes. Si bien es cierto que existen algunos que consideran una mezquindad preferir el dinero a la amistad, ¿dónde encontraremos a alguien que no anteponga a la amistad los cargos públicos, las magistraturas, la capacidad de mando, el poder o las riquezas y que, puestas ante él todas estas cosas de un lado y, de otro, las reglas de la amistad, no prefiera con mucho aquéllas? Y es que, a la hora de despreciar el poder, la naturaleza es débil; incluso cuando se ha conseguido a costa de la amistad, piensan que se borrará el recuerdo, porque la amistad se ha relegado por una causa importante. Y así, los amigos verdaderos se encuentran muy difícilmente entre aquellos que andan metidos en cargos públicos. Desde luego, ¿cuándo puedes encontrar a alguien que en la aspiración a un cargo público anteponga la elección de un amigo a la suya propia? Dejando esto a un lado, ¡qué penoso, qué difícil le parece a la mayoría la participación en las desgracias de los demás! No es fácil encontrar personas que descienden a ellas, aunque con toda razón decía Ennio:

Un amigo cierto se descubre en situaciones inciertas.

En cambio, hay dos circunstancias que dejan en evidencia la ligereza y la poca solidez de la mayoría: despreciar al amigo en la prosperidad y abandonarlo en la desgracia. Así que quien en ambas situaciones es capaz de mantenerse sólido, constante y firme en la amistad, ese debe ser considerado un tipo de hombre extraordinariamente infrecuente y casi divino.»
(Lelio o de la amistad. Cicerón. Trad. de Mª Esperanza Torrego. Alianza Editorial)

Este es un fragmento de la obra De amicitia, un breve tratado escrito por Cicerón en el año 44 a.C. y uno de mis textos clásicos latinos preferidos. Junto con algunos capítulos de Ética a Nicómano, de Aristóteles, y algunos Moralia de Plutarco, conforma el corpus literario más importante y transcendente que nos ha legado la Antigüedad sobre el tema de la amistad. Conocido también como Laelius, el tratado, en forma de diálogo, está dirigido a Ático y tiene lugar supuestamente en el 129 a. C., poco antes de la muerte de Escipión Emiliano. El interlocutor es Lelio, amigo íntimo de Escipión, y sus dos yernos, C. Fannio y el augur Quinto Mucio Escévola. En este tratado, Lelio discute sobre los fundamentos de la relación amistosa y los principios que deben gobernarla. Cicerón se expresa aquí certero y elocuente, con una prosa incisiva y apaciguadora a la vez, enormemente efectiva. 
 
Ilustración de entrada: Gabriel Pacheco

miércoles, 4 de julio de 2012

Un libro oxigenado
("Una temporada para silbar" de Ivan Doig)

Una temporada para silbar, Ivan Doig. Ed. Asteroide
Hablaba el otro día con D. sobre los mecanismos para encontrar un libro de divulgación científica en el que estaba interesada -ella es docente-, cuando me vino a la cabeza recomendarle una lectura con la que seguro -estoy convencido- va a disfrutar mucho este verano. D. no tiene mucho tiempo para leer ficción, demasiado tiene con abordar páginas y esquemas y experimentos y fórmulas y cuadros sinópticos de literatura científica, árida y aburrida -aunque ella diga que no- y cumplir, de ese modo, con las exigencias de su exitosa y -aunque ella vuelva a decir que no- satisfactoria actividad docente. Por ello, cualquier recomendación literaria que se le haga a D. debe atenerse a tres principios básicos. El primero, que sea jugosa; el segundo, que proporcione una evasión inteligente, exenta de las idioteces propias de la literatura de supermercado tipo matildeasensiana o julianavarriana; y el tercero, y sobre todo, que sea estimulante, emocionalmente hablando. Esos tres ingredientes, que no son pocos (en realidad constituyen el nirvana para cualquier lector exigente de cualquier época), son garantía más que suficiente para que D., a vuelta de lectura, te agradezca sinceramente el detalle de aconsejarle un título, en sintonía con sus gustos y personalidad, de entre la confusa marabunta impresa que suponen las listas de novedades literarias.

Y hete aquí que estos tres preceptos básicos los cumple de sobras Una temporada para silbar, el título que le recomendaba el otro día a D. El autor, Ivan Doig, considerado uno de los mejores cronistas contemporáneos del Oeste americano, pone su elegante y cristalina prosa al servicio de una historia deliciosa por su ternura y entrañables protagonistas.

“No cocina, pero tampoco muerde”. Así comienza el anuncio en el que Rose Llewellyn, una viuda de “buenas costumbres y disposición excepcional”, se ofrece en el otoño de 1909 como ama de llaves; la frase capta de inmediato la atención de Oliver Milliron, un viudo con tres hijos y poca maña en las tareas domésticas, que la contrata para poner un poco de orden en su casa de Marias Coulee, Montana. Y así comienza también la inolvidable temporada que Rose y su hermano Morris, un dandi sabelotodo, pasarán en este pueblo de granjeros. Cuando la maestra local se escapa con un predicador, Morris se verá obligado a aceptar su puesto; sus particulares métodos de enseñanza marcarán para siempre a los jóvenes alumnos de la escuela rural. Ni ellos ni la familia Milliron ni el pueblo de Marias Coulee volverán a ser los mismos tras la llegada de Rose y Morris.

La novela de Doig es, principalmente, una reflexión sobre la infancia y el papel que la educación escolar juega en ella, pero exenta de buenismos, cursilerías y sermones políticamente correctos. Fluida, bien escrita, optimista, casi carismática, es esta una obra oxigenada, una ventana de aire puro y refrescante, un punto de referencia del buen gusto literario y un antídoto contra tanta horterada como abarrota los anaqueles de nuestras sufridas librerias. Horteradas, ay, que incluso muchos llegan a confundir con Literatura.

martes, 3 de julio de 2012

El corta y pega de Balzac


Luego dicen que los escritores pretecnológicos no tenían mérito. Y más aquellos obsesos de la perfección que hacían de las pruebas de imprenta auténticos cuadros abstractos. Nada de cortar y pegar,  remplazar en bloque o hacer copia de seguridad. A pelo...

En la imagen: pruebas de imprenta de Eugénie Grandet con correcciones manuscritas de su autor, Honoré de Balzac, 1833.

lunes, 2 de julio de 2012

Menú de lecturas para este verano


Para este verano, que se presenta muy caluroso, me he seleccionado un menú variado de lecturas, a base de unos sustanciosos primero platos del XIX, con La pequeña Dorrit, de Dickens (plato ya servido, que degusto actualmente) y las Novelas cortas, de Turgueniev (un libro que he regalado en varias ocasiones, ejem, pero no había tenido la oportunidad de disfrutarlo personalmente). Ambos volúmenes los edita "Santa María de" Alba.

De entremés, algo con sabor a paprika, como El lecho de Procusto (mi segunda incursión en la literatura rumana, después de Caragiale), escrito por Camil Petrescu, conocido como el Proust centroeuropeo. Lo edita Gadir.

Buenos y jugosos segundos platos, refrescantes, de sabor anglosajón: La formación de una marquesa, de Frances Hodgson Burnett (en la colección rara avis, de Alba, again) y La nube púrpura, de M.P. Shiel, un libro entre la aventura y el relato apocalítpico que edita Javier Marías en su Reino de Redonda, y al que he ido postergando mucho tiempo, demasiado tiempo. 

Y de postre, dos recomendaciones que me vienen de un vecino de aquí al lado (el blog La medicina de Tongoy): Los mutilados, de Hermann Ungar, un libro turbulento y sombrío (la alegría de la huerta, vaya), editado por Siruela; y la enigmática primera novela de Julien Green, El viajero sobre la tierra, que rescata y adecenta, con nueva traducción, la pequeñita Editorial Automática.    

Pues eso, que cada uno haga su lista, que la mía -a priori y casi seguro (si no se cruza otra apetencia visible o tangible en el camino, algo que es probable y, además, posible)-, es ésta.