miércoles, 27 de marzo de 2013

Bennett, el arte sin afectación

Arnold Bennett ejemplifica como pocos al escritor de gran éxito en vida que es relegado a un segundo plano tras su muerte y que, solo mucho tiempo después, es «redimido» por un nutrido grupo de avispados lectores. La razón de su olvido no tiene nada que ver, como ocurre en otros casos, con la discreta calidad o el escaso interés de su obra, sino más bien con los avatares de la historia de la literatura. Sus orígenes humildes, su manera de entender el arte, y el hecho de ser el epígono de la gran generación de escritores realistas victorianos le granjearon la enemistad de los que por aquel entonces se erigían en dioses del Olimpo literario. T. S. Eliot, George Bernard Shaw, Ezra Pound, E. M. Forster, D. H. Lawrence y, especialmente, Virginia Woolf le dedicaron acerbas críticas y afilados dardos envenenados. El calificativo más tibio con que la autora de Las olas le obsequió es el de «hortera de la literatura».

Una de las razones por las que Bennett sufrió más desprecio fue por su proclamada anti-intelectualidad. Siendo él mismo un intelectual, no ejerció nunca como tal, ni alardeó de ello. Concebía la literatura, y el arte en general, como un medio de ganarse la vida, no más trascendente que cualquier otro. Era alérgico a las solemnidades, remilgos y afectaciones con que los creadores y críticos literarios revisten el oficio de escritor. Para potenciar aún más su posición de hombre de a pie, alardeaba de su gusto por el dinero, los barcos, las multitudes, los excursionistas playeros, el periodismo y la publicidad, algo que erizaba el vello de los intelectuales canonizados.

En una época en que el incremento de la población se veía como una amenaza de la intrusión de la vulgaridad en cualquier ámbito humano y esto no excluía, por supuesto, al arte, Bennett apostó por mediar entre la cultura refinada y la de bajo nivel. Creía que los intelectuales debían de escribir de tal manera que atrajesen a un público más amplio y no veía por qué había que considerar automáticamente una basura lo que era del agrado de las masas. Según él no había ninguna diferencia esencial entre el lector popular y el refinado. En un artículo titulado "Fame and Fictions", de 1901, decía:
«El arte no es sólo un elemento de la vida; es un elemento de todas las vidas. La división del mundo en dos clases, una de las cuales tiene el monopolio de lo que se denomina «sentimiento artístico», es arbitraria y falsa. Todos somos más o menos artistas; o lo que es lo mismo: no hay persona que carezca por completo de esa facultad de poetizar que, al ver la belleza, la crea, y que, cuando es suficientemente poderosa y capaz de expresarse, da lugar al compositor musical, el arquitecto, el escritor imaginativo, el escultor o el pintor. Quienes ignoran persistentemente esta verdad obvia son causa de muchos equívocos y más de una amargura. La culpa es, en origen, de la minoría, de las personas más artísticas, que han impuesto una distinción artificial a la mayoría, los menos artísticos.»

El exclusivismo de la minoría intelectual, concluye Bennett, ha dividido el mundo en dos campos hostiles, y seguirá dividido hasta que la minoría haga un esfuerzo por entender a la mayoría, iniciando así una «democratización del arte». Bennet creía firmemente en el poder de la educación para cerrar dicha brecha. Su aportación personal, además de sus propios novelas, era la reseña de libros, que educaba el gusto del público inglés. Introducía a sus lectores en las obras de la literatura moderna que consideraba auténticamente valiosas sin adoptar un tono condescendiente o elitista. La lista de escritores a los que elogió refuta al instante cualquier acusación de incultura: Turguéniev, Stendhal, Dostoievski, Chéjov, Maupassant, Proust, Joyce, Faulkner, Gide, etc. En realidad, nada más lejos de los gustos de un hortera de la literatura; en esto iba bastante mal encaminada la señora Woolf.

La defenestración de Bennett por parte de la élite intelectual vanguardista de preguerra fue decisiva para el injusto desplazamiento de su nombre del estante rotulado como “buena literatura», al que sin duda pertenece por méritos propios. Es por esto por lo que no ha tenido la fortuna editorial de otros grandes novelistas coetáneos, como Jospeh Conrad y H.G. Wells, por ejemplo, enormemente populares. Fue solo en la última década del XX, sesenta años después de la muerte de Bennett –¡menudo tirón de orejas merece la señora Woolf y compañía!– cuando su obra comienza de nuevo a despertar la atención de los editores, en gran parte debido al crítico John Carey, quien en su libro Los intelectuales y las masas (1992) habla de Bennett apasionadamente. A partir de entonces, las continuas reediciones de sus obras han tenido una excelente acogida por parte del público lector en el ámbito anglosajón. En España, sin embargo, aún está por redescubrirse la valía de este gran escritor, que cultivó como pocos el humor, la ironía y la elegancia británicas. En nuestras librerías sólo está disponible, de momento, su novela Cuento de viejas, publicada en 2011 por RBA. Otros títulos suyos solo son encontrables en librerías de antigüo y ocasión, en ediciones de hace más de treinta años. Dejemos tiempo al tiempo y esperemos que alguna perpicaz editorial tome la feliz decisión de dar a conocer decididamente a este excepcional escritor a los lectores españoles.

La calidad, como la verdad, siempre sale a flote, por muchas virginias woolf que intenten desvirtuarla, taparla o hundirla. Al final, lo que queda es la obra, la obra desnuda, descontextualizada. Y es la obra la que invade o no la sensibilidad del lector, la que, por su propia fuerza, pervive o sucumbe. Los calificativos, las ridiculizaciones o las interpretaciones ajenas quedan siempre al margen. Lo dijo de manera admirable el propio Bennett, por boca de Priam Farll, el entrañable personaje de su inolvidable novela Enterrado en vida: «En arte, nada vale ni nada cuenta sino la obra misma, y (…) no hay cantidad de charla inepta que pueda afectar positivamente, en bien o en mal, el valor de una obra de arte ante el mundo.»

[Este texto es la contribución de El infierno de Barbusse al homenaje que hoy, 27 de marzo de 2013, la Arnold Bennett Bloggers Assembly dedica al escritor inglés, una plausible iniciativa de Elena Rius, de Notas para lectores curiosos, y José C. Vales, de Las luciérnagas no usan pilas.]

10 comentarios:

  1. Señalas muy bien lo que a mí me parece una de las facetas mas reivindicables de Bennett: su ausencia de esnobismo y su afán por compartir los privilegios y placeres del arte y de la cultura con la mayoría. Sólo por eso ya merecería ser mucho más recordado de lo que es.

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    1. Es la historia eterna de la humanidad, el elitismo y la apertura hacia los que no han podido tener tantas oportunidades. Esto último a veces no se perdona, como ocurre con Bennett. Su formación estoica está detrás de su postura vital y profesional. Su alergia a la solemnidad y no tomarse nada en serio es el primer principio de esa filosofía.

      Gracias, Elena. El infierno de Barbusse siempre estará cuando se le llame para este tipo de iniciativas con pies y con cabeza. Enhorabuena a ti y a José por la inicitativa.

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  2. Jesús, llevo ya varios meses removiendo Roma con Santiago (o mejor Aribau con Rda Sant Antoni) para tratar de hacerme con "Enterrado en Vida" -el argumento no me puede apatecer más- con resultado infructuoso. Y ahora... esto. Que manera de ponernos los dientes largos sabiendo que se trata de un manjar cuya degustación, hoy por hoy, nos está prácticamente vedada.

    Estoooo... ahora que no nos oye nadie... ¿la novela se puede bajar de alguna parte en PDF?

    Bueno, que mi contribución al día Bennett no puede ir más allá de proclamar mis ganas tremendas de meterle la pala a "Enterrado en Vida".

    Me paso a echarles un vistazo a los blogs de Rius y Vales, que quiero seguir enterándome de más cosas sobre Bennett. Un saludo.

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    1. Jajaja. Hola Julián, a menos que sepas inglés no podrás bajarte nada de la web.

      Enterrado en vida es, desde luego, un clásico de la comedia inglesa. Y su protagonista, Priam Farll, uno de mis personajes favoritos. Ya digo que la calidad sale siempre a flote. Es cuestión de aguardar mirando la superficie del agua y dejar que surja. Seguro que algún buen editor, con criterio y buen gusto, se arremanga.

      Un abrazo.

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  3. Me ha gustado tu apasionada defensa del Bennett popular que sabía que la literatura no es algo trascendente en la vida y desde luego, no debe servir para separar aún más las clases sociales. Su debate continúa vigente hoy en día.
    Saludos.

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    1. Me alegro de que te guste. Así es, la literatura es para la vida, no la vida para la literatura. Aunque también Bennett decía que qué vida más pobre la de aquel que no frecuente los libros. Pues sí.

      Un saludo.

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  4. Qué difícil es escribir bien y ser "popular", escribir sobre lo cotidiano sin ser banal, ser profundo sin caer en la pomposidad. Bennett fue un gran democratizador de la cultura, un hombre que creía, como señalas, que todo el mundo debe tener acceso a ella y todos se enriquecerían gracias a ella. Celebro la vehemencia con que defiendes ese aspecto tan característico de nuestro autor.
    Por curiosidad, ¿sabes qué palabra empleó Woolf y que has (o han) traducido como "hortera"?
    Un saludo.

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    1. Gracias, niño vampiro.

      En cuanto a la palabra exacta que usa Woolf, siento no poder aclararte. La he tomado de la traducción del libro de John Carey, "Los intelectuales y las masas" (Ed. Siglo XXI, trad. de José Luis Gil Aristu, 2009), p. 84 citando textualmente a Woolf ("The essays of Virginia woolf, vol. III, 1919-1924, Hogarth Press, Londres, 1988.)

      La mejor manera de averiguarlo sería acudir a la edición original inglesa del libro de Carey ("The Intellectuals and the masses", Faber and Faber Limited, 1992), al que he intentado acceder, pero sin éxito.

      Un saludo.

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  5. He leído bastante de Bennett estos últimos meses gracias a la iniciativa de Elena, pero no entrado mucho con su biografía. Me han gustado especialmente sus artículos, en los que he descubierto a ese escritor y a ese hombre que nos has presentado hoy, que estaba por encima de las etiquetas y que debería encontrarse entre los "educadores" porque facilitaba con sus opiniones y su forma llana de ver el día a día el acceso a la cultura.
    Bennett me ha atrapado completamente.
    Un saludo.

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    1. De esos "educadores" -visto el panorama desesperada y, este sí, verdaderamente hortera que nos rodea-, haría falta hoy una buena ración.

      Saludos.

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