miércoles, 30 de enero de 2013

El síndrome de Ícaro


Leo estos días a Zweig. No sus novelas, sino su luminoso ensayo La lucha contra el demonio, sobre la caída hacia arriba de tres genios literarios: Hölderlin, Heinrich von Kleist y Nietzsche. Sí, la caída hacia arriba, ¿de qué otra manera podría expresarse? Man kann auch in die Höhe fallen, so wie in die Tiefe. ("Se puede caer también en la altura, igual que se puede caer en el abismo"). 

Ellos tres son ejemplos de lucidez aniquiladora. Holderlin terminó sus últimos treinta y siete años de vida en una torre a orillas del Neckar privado por completo de sus facultades mentales. Kleist se suicidió de un pistoletazo, junto a su amante, a orillas del Wansee berlinés (esto de quitarse la vida al lado del río vestía mucho en el Romanticismo). Y Nietzsche quedó condenado a recibir los golpes -como martillos- de las verdades que había descubierto, en medio de  la más abrumadora soledad. Cual Ícaro, estos tres creadores alemanes se elevaron tanto de lo cotidiano intentando comprender la realidad, que se precipitaron hacia la nada, autodestruyéndose. 

En Pessoa encuentro una frase que no desentonaría mucho si apareciera escrita en un hipotético epílogo al libro de Zweig: "Es de comprender de lo que sobre todo nos cansamos. Vivir es no pensar".

A imitación de Kleist, Zweig se quitó la vida junto a su joven secretaria Charlotte Altman un día de febrero de 1942. Lo hizo en Petrópolis, Brasil, lejos de su amada Europa. Descubrió que era mentira lo que siempre había creído y en lo que había confiado: que un mundo basado en la cultura y la comprensión humana es posible.

Tres Ícaros, más su biógrafo, hacen cuatro Ícaros.

Este admirable ensayo está publicado en Acantilado. Yo lo leo en ebook, aunque sigo sin acostumbrarme.

Imagen: Heinrich von Kleist, por Takis Vorini, 2011

miércoles, 23 de enero de 2013

El Ilich que esperaba


Había que acudir a Alianza (que lo incluye en un volumen junto con Hadyi Murad), o a la nada fiable versión de la editorial Juventud, o al inencontrable —y más feo, imposible, de veras— ejemplar de la Biblioteca Básica Salvat (que, por cierto, es el que yo tengo), o a la edición escolar de Siruela, para leer en español esta obra del gran maestro ruso Tolstói. Pero tenemos la suerte ahora de disponer de una excelente edición de Nórdica, con ilustraciones de Comotto y, lo que es más importante, con una nueva y tranquilizadora traducción del siempre brillante Víctor Gallego.

Hacía mucho tiempo que esperaba a que alguna editorial diera este paso y se propusiera sacar a la luz una edición a la altura de este clásico entre clásicos, de esta nouvelle sacudidora, que hiere como arma blanca.

La muerte de Iván Ilich es un libro de una grandiosa y sobria humanidad. Un libro auténtico. Un libro para siempre. Uno —¿definitivamente?; sí, definitivamente— de los libros de mi vida.


lunes, 21 de enero de 2013

Donaciones y contagios


De mi abuelo Vero: el buen carácter y la serenidad.
Así comienza Marco Aurelio sus Meditaciones
De la reputación y memoria legadas por mis progenitores: el carácter discreto y viril.
Es uno de los arranques literarios más honestos que conozco.
De mi madre: el respeto a los dioses, la generosidad y la abstención no sólo a obrar mal, sino incluso de incurrir en semejante pensamiento; más todavía, la frugalidad en el régimen de vida y el alejamiento del modo de vivir propio de los ricos.
Una incomparable muestra de gratitud a la vida.
De mi bisabuelo: el no haber frecuentado las escuelas públicas y haberme servido de buenos maestros en casa y el haber comprendido que, para tales fines, es preciso gastar en largueza.
Lo que hemos heredado de nuestros padres, abuelos, tíos.
De mi preceptor: el no haber sido de la facción de los Verdes ni de los Azules, ni partidario de los parmularios ni de los escutarios; el soportar las fatigas y tener pocas necesidades; el trabajo con esfuerzo personal y la abstención de excesivas tareas, y la desfavorable acogida a la calumnia.
Lo que hemos asumido como propio de los más cercanos amigos, también de aquellos que no lo han sido tanto, de los que alguna vez estuvieron ahí e influyeron en nosotros, a veces sin que hayamos sido plena y certeramente conscientes.
De Diogneto: el evitar inútiles ocupaciones; y la desconfianza en lo que cuentan los que hacen prodigios y hechiceros acerca de encantamientos y conjuración de espíritus, y de otras prácticas semejantes...
Lo que somos y cómo somos, lo que debemos a unos y a otros, en una enorme lección de humildad, y de análisis contenido y detenido.
De Rústico: el haber concedido la idea de la necesidad de enderezar y cuidar mi carácter, el no haberme desviado a la emulación sofística, ni escribir tratados teóricos ni recitar discursillos de exhortación ni hacerme pasar por persona ascética o filántropo con vistosos alardes...
Ejercicio de reconocimiento de identidad, de aceptación estoica es lo que hace Marco Aurelio.
De Apolonio: la libertad de criterio y la decisión firme sin vacilaciones ni recursos fortuitos...

¡Cómo me gustaría empezar un libro así!

Si tuviera que elegir un comienzo, hoy, al menos, elegiría éste.

La gran obra de Marco Aurelio, Meditaciones, escrita en griego helenístico en la década de 170, es una de las joyas literarias del legado grecolatino, una obra escrita de manera exquisita y con infinita ternura. Hay una magnífica edición en Gredos, con traducción de R. Bach Pellicer.

Imagen: El doble secreto. René Magritte. 1927

viernes, 18 de enero de 2013

De castillos y jardines


Lo releo con devoción, con emoción, con diversión, con erosión. ¡Cuánto me hace reír! (no sonreir). Jamás confesó Voltaire haberlo escrito, tal fue su controversia. En la portada figuraba como autor un tal Señor Doctor Raplh (uno de los cerca de cien seudónimos conocidos del filósofo y escritor francés). Cándido es feliz en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronckh, hasta que éste lo echa de allí a patadas y empellones por intentar complacer los deseos epidérmicos de su regordeta y coloradota hija, la señorita Cunegunda. A partir de ahí, Cándido recorrerá el mundo y verá y conocerá humanas monstruosidades. "Preciso es que los hombres hayan corrompido un poco la naturaleza, porque no habiendo nacido lobos, lo son en efecto",  llegará a decir Pangloss, el antiguo tutor de Cándido en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronckh, arrepentido de haber sentenciado que el nuestro es el mejor de los mundos posibles y que todo tiene una justificación. Más vale refugiarnos en nuestros pequeños deberes, en las minúsculas e insignificantes ocupaciones que nos procuran alegría. Mantegamos la cabeza ocupada y dediquémonos a cultivar nuestro jardín, porque la felicidad no la vamos a encontrar fuera. Cándido -en francés, Candide-, uno de mis clásicos preferidos.

lunes, 14 de enero de 2013

Grandes desesperanzas


"A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada", decía en cierta ocasión Winston Churchill. También yo me como ahora mis palabras por respeto al lector habitual de este blog y también, por qué no, a modo de reparación del desequilibrio de mi primer impulso alabador de la edición de Grandes esperanzas, el clásico de Dickens que Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores han sacado a la luz hace escasamente un mes. Y es que no es oro todo lo que reluce. Ni oro, ni plata, ni bronce (hablando con símil olímpico). Que los "circulares" y "galácticos" tienen en su haber ediciones impecables y una trayectoria sólida y respetada en esto de la literatura al alcance de todos, eso no se lo niega nadie, pero lo que no es de recibo (en todo caso el recibo es de 38 monedas de euro al cambio de hoy) es que se rescate este clásico de Dickens para celebrar las cinco décadas de existencia de una empresa que es referente en la venta de libros en España, que dicha obra se vista con unas maravillosas ilustraciones encargadas ex profeso al genial Ángel Mateo Charris, que se imprima tan cuidadosamente en formato generoso, que se encuaderne en tapa dura y se remate con guardas de fantasía y sedosa cinta punto de lectura... ¡y que resulte que todo ese impecable y rutilante ropaje esté al servicio de una traducción tan farragosa, torpe, oscura, sintácticamente diabólica e incompresible para el lector como la que incluye! Por favor, señores, la ocasión (y el precio) merecían haber encargado una traducción de nuevo cuño o, en su defecto, haber elegido de entre las que ya existen, alguna algo más entonada, no pido mucho, ya ven: véase la de Ramón Berenguer, en Alba Editorial, o la de María Engracia Pujals, en Cátedra. Pero no, optan por la de Vallvé (que ya ha venido circulando y damnificando al sufrido lector a través de la ediciones de Backlist y Espasa Calpe/Austral), una de las más obtusas e inaprensibles. ¿Cómo leer a Dickens así? ¿Cómo captar su total y extensa sutileza, su esplendoroso humor, su observadora composición de caracteres, su finísima ironía? Las grandes esperanzas se han tornado (¡cómo lo siento!) en grandes -mayúsculas, más bien- desesperanzas. Una pena.

Imagen: Ilustración de Ángel Mateo Charris

jueves, 10 de enero de 2013

El flechazo de Harold Bloom


Permanecía sin traducir al español este The Woodlanders del sombrío, pesimista y tortuoso Hardy hasta que ahora Impedimenta se ha encargado de ofrecérnoslo con ese buen hacer y esa estética suya tan característica por la que en reiteradas ocasiones he confesado mi más consciente debilidad. Hardy fue un gran creador de personajes que luchan denodadamente contra un destino hostil y trágico, pese a los momentos de irónica alegría que estos puedan llegar a vivir puntualmente, y que, en definitiva, no dejan de ser más que eso: momentos de calma que anticipan o entreveran severas infelicidades. Su admirable interpretación anímica del paisaje es otra de sus grandes y acertadas recurrencias. Está muy presente -de manera especialmente enfatizada- aquí, en este obra a la que el escritor inglés consideraba como su favorita. 

El profesor y crítico literario Harold Bloom siempre recuerda haberse enamorado de la literatura a partir de su flechazo con Grace Melbury, la joven protagonista de Los habitantes del bosque. Tal es la carnalidad con la que dota Hardy a su personaje, la misma que insufló a Jude el oscuro o Tess de los d'Uberville, otros dos de sus grandes caracteres, que dan nombre a sendas obras mayores.

"Una de las más hermosas novelas de la narrativa inglesa", dejó dicho de esta obra Arnold Bennett, una voz nada sospechosa de faltarle o fallarle el criterio artístico. Podrán dar cuenta del grado de exactitud de dicha aseveración mediante un rápido y sencillo trueque de 19 monedas de euro en cualquier establecimiento autorizado. O bien, si esto no es posible, esperando a que su biblioteca más cercana hospede un ejemplar en sus estantes. O bien, si finalmente tampoco eso fuera posible, hurtándolo de manera ágil y precisa, a la par que elegante, durante un despiste de su librero habitual (o mejor, no habitual). De esto último, se agradece que omitan la fuente inspiradora. Gracias.   

viernes, 4 de enero de 2013

Feliz 98


Don Pío, ¿me oye usted, don Pío?..., escúcheme: ¿cómo he podido estar tanto tiempo sin leerle?, ¿cómo he podido ignorar días y meses y años ese calmante pesimismo -que también es el mío-, esa visión mortal de España, tan valiente, tan -en el fondo- apesadumbrada que retrata usted como un grande en El árbol de la ciencia? ¡Me duele España!, decía su coetáneo don Miguel, haciéndose portavoz de lo que ustedes, los de la generación del 98, sentían en lo más hondo de sus interioridades. ¡Ya sé que les duele España! Pues que sepa que a mí también me duele España, téngalo claro, aunque ya dudo si tanto como antes, cuando era menos angustioso y menos pro-huraño y menos escéptico de todo y hacia todos. Entonces todavía sonreía condescendientemente viendo tanta orejera en rostro humano, tanto desfile de borregos a dos patas, tanta ignorancia y al mismo tiempo -es lo terrible- tanto enorgullecimiento de la propia ignorancia. ¡Tanto toro, tanta fiesta, tanta gaita! ¡Tanta ridiculez de machito ibérico!... Paleto ibérico, en puridad. 

Ya no, ahora no, y quizá no definitivamente. Ya no me río. Por eso me siento tan impresionado, tan mecido, tan acogedoramente resguardado, podría decir, por su literatura. Ustedes, los que radiografíaron la España de aquellos primeros años del XX radiografiaron la España de siempre, la de entonces, la de antes y la de hoy. Todo se repite, o nunca nada cambió en realidad. La España moralmente esclerotizada, inmunizada contra el saber, anoréxica de inquietudes. En continua grisura y desaliento.

Usted, y don Miguel, y don Ramón María y don José -auténtico póquer de ases- vénganse conmigo. Tendrán, les prometo, una destacable presencia este año en este Infierno. Se lo merecen. Quizá nosotros, los españoles del 2013 no los merezcamos -seguro que no- y estemos más en la sintonía del estúpido anuncio del fiambre Campofrío. Qué le vamos a hacer. Como usted mismo dijo "Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos". Pero mientras tanto, déjeme a mí, al menos, el consuelo de referir sus talentos, aún vivos, ya por siempre.

Respetuosamente. 

[Transcripción de un texto manuscrito de Barbusse, sin data; al final, de manera casi ilegible, aparece esta anotación: Camino de perfección de Pio Baroja - La voluntad de José Martínez Ruiz (Azorín) - Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán - Amor y pedagogía de Miguel de Unamuno.]