martes, 30 de abril de 2013

Desgarros vitales
("Diccionario del diablo" de Ambrose Bierce)

Leo estos días anómalos -postinvernales o preprimaverales, según se mire- a un escritor también anómalo. Leo a pequeños sorbos, con precautoria delectación y no muy avanzada la tarde -como si tomase un café con leche-, vayamos a que, como me ocurre con la cafeína, una dosis tan concentrada de afilado sarcasmo me destroce la noche con ramalazos de insomnio. El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce es de un pesimismo atroz, sin paliativos, pero estoico e iluminador, sapiencial. Es, junto con Aforismos sobre el arte de vivir, de Schopenhauer, y el Libro del desasosiego, de Pessoa, uno de los libros más severamente escépticos sobre el hombre, sobre su pretendida humanidad hacia sus semejantes.

Bierce definió al optimista como "un defensor de la doctrina de que lo negro es blanco". Su visión sombría y desolada procede de su biografía que, desde muy temprano, estuvo marcada por los rasgos más ruines de la naturaleza humana. Después vino la guerra -participó al lado de los federales en la Guerra Civil americana-, cuyos horrores terminaron convirtiéndose en la educación más demoledora que jamás pudiera haber recibido. Y, más tarde, las constantes disputas con sus jefes, sus frecuentes ataques de asma, el divorcio con su mujer y la pérdida de sus dos hijos en siniestras circunstancias terminaron por hacer de él un individuo asocial y resentido.

Su Diccionario del diablo es agrio y terrible, pero también estimulante, divertido e inteligente. Sabemos que muchas de sus definiciones son exageraciones, pero también sabemos que detrás de una exageración hay siempre algo de verdad. A veces, mucho de verdad. En ocasiones, casi toda la verdad. Por eso, al leerlo, sonreímos, aunque sea una sonrisa amarga o helada. Pieza maestra de la literatura satírica de todos los tiempos, el Diccionario es un refugio acogedor para días anómalos, ya sean éstos elongaciones del invierno o borrones de la primavera. 


Algunos ejemplos de entradas que podemos encontrar en este diccionario son:

Amabilidad
Un breve prefacio a diez volúmenes de exigencias.

Amistad
Un barco lo suficientemente grande como para llevar a dos cuando hace buen tiempo, pero sólo a uno cuando hace malo. 

Amor
Locura temporal que se cura con el matrimonio o separando al paciente de aquellas influencias que causaron su enfermedad.

Anormal
Que no responde a los valores estándar. En cuestiones de pensamiento y conducta, ser independiente es ser anormal y ser anormal significa ser despreciado por todos. 

Antipatía
El sentimiento que nos inspira el amigo de un amigo.

Aplausos
Moneda con que el populacho paga a aquellos que le hacen reír y a quienes luego devoran.

Celoso
Preocupado de forma innecesaria por conservar algo que solo se puede perder si no vale la pena tenerlo. 

Compasión
Progresiva desaparición de la capacidad de disculpar que surge al comprobar los resultados. 

Distancia
Lo único que los ricos dan de buena gana a los pobres para que la hagan suya y la mantengan.

Dolor
Incómodo estado mental que puede tener un orígen físico, por algo que se le está haciendo al cuerpo, o puede ser puramente psicológico, provocado por la buena suerte de los demás. 

Dos veces
Una vez más de lo estrictamente necesario.
 
Entusiasmo
Una cierta disfunción nerviosa que se da entre los jóvenes y personas sin experiencia. La pasión que antecede a un desengaño. 

Felicidad
Una sensación agradable que se tiene cuando se contempla el sufrimiento de otra persona. 

Hacerse amigo
Favorecer la futura aparición de un desagradecido. 

Hipócrita
Alguien que, afirmando tener virtudes por las que no muestra ningún respeto, consigue el objetivo de parecer ser lo que detesta. 

Hombre
Especie animal  tan sumida en la ensimismada contemplación de lo que piensa que es, que a menudo se olvida de plantearse lo que evidentemente debería ser. 

Imprudente
Poco sensible al valor de nuestros consejos.

Inhumanidad
Uno de los rasgos distintivos y característicos de la humanidad.

Magnífico
Algo que posee una grandeza o esplendor muy superior al que el espectador está acostumbrado; como las orejas de un burro respecto a las de un conejo, o la belleza de un gusano luminoso frente a uno común. 

Novia
Una mujer con grandes esperanzas de felicidad en su pasado.

Paz interior
Estado mental producido por la contemplación del desasosiego de un vecino. 

Pesado
Persona que habla cuando preferirías que escuchase.

Placer
La forma menos odiosa de desánimo. 

Política
Un conflicto de intereses que se enmascara como una discusión de principios. La utilización de los asuntos públicos para obtener beneficios privados. 

Precio
El valor de algo, más una cantidad razonable por el desgaste que sufre la conciencia antes de pedirlo. 

Prelado
Un alto representante de la Iglesia con un grado de santidad superior y una preferencia por las comidas grasas. Alguien perteneciente a la aristocracia celestial. Uno de los nobles del Altísimo.

Propiedad
Cualquier cosa material, sin demasiado valor, que A puede conservar para exacerbar la avaricia de B. El objeto de la breve rapacidad y la larga indiferencia del hombre.

Realmente
Aparentemente.

Religión
Una hija de la Esperanza y el Miedo que explica a la Ignorancia la naturaleza de lo Inefable.

Sin amigos
Estado en el que no se deben favores a nadie. Desprovisto de fortuna. Adicto a decir la verdad y al sentido común.

Sincero
Idiota y analfabeto.

Solo
Mal acompañado.

Teléfono
Un invento del diablo que pone fin a alguna de las ventajas de conseguir que una persona desagradable se mantenga a distancia.

Trabajo
Uno de los procesos por el que A obtiene bienes para B.

Vanidad
El tributo que presta un idiota a los méritos del tonto más cercano.

Verdad
Mezcla ingeniosa de nuestros  deseos y la apariencia de las cosas.

Viejo
Desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo a los gustos populares, como un libro antiguo.


Diccionario del Diablo. Ambrose Bierce. Trad. de Aitor Ibarrola-Armendariz. Alianza Editorial.

viernes, 26 de abril de 2013

La Jackson y su castillo
("Siempre hemos vivido en el castillo" de Shirley Jackson)


Aprovecho esta visión que el ilustrador asturiano Pablo García hace de la escritora americana Shirley Jackson, para reiterarles, de manera amistosa -aún no barajo la posibilidad de emplear métodos más contundentes-, mi recomendación de Siempre hemos vivido en el castillo, quizá uno de los libros que más intenso y prolongado buen sabor de boca me ha dejado de todo lo que leí en el ya pasado 2012. La novela, editada por Minúscula, es sencillamente espléndida. Quien insiste, no es traidor (o algo así era el refrán, ¿no?). 

Más de mi parecer, aquí

miércoles, 24 de abril de 2013

Dar o Un año de infierno


Un día como hoy, hace justo un año, nació este blog. Lo inauguré con un texto sobre Londres, de Perec, extractado de su libro Lo infraordinario. Para celebrar el primer aniversario infernal, les ofrezco hoy este enérgico y estimable texto de Fromm, texto que, según mi criterio -criterio que puede estar equivocado, pero que al fin y al cabo es el mío-, les puede ser de recreación y provecho. Espero que lo disfruten.


«¿Qué es dar? Por simple que parezca la respuesta, está en realidad plena de ambigüedades y complejidades. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa "renunciar" a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la orientación receptiva, experimenta de esa manera el acto de dar. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa. La gente cuya orientación fundamental no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega generalmente a hacerlo. Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar, y creen que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar alegría.

Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.

(...)

En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales. La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita.»

Erich Fromm. El arte de amar, 1959


Imagen: Proyección horizontal. Henri Roger Viollet, 1893

viernes, 19 de abril de 2013

Nunca es tarde para Virginia

Se acerca el Día del Libro (ya saben, el 23 de abril, por aquello de que Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día, mentira cochina, porque una cosa es el calendario juliano y otra el gregoriano, con su lógico desfase clásico; de todas formas para los seguidores de este blog todos los días son días del libro, así que hoy va bien esta entrada) y todos los blogs de literatura les recomendarán alguna obra más o menos novedosa, más o menos decente, más o menos estimulante. 

Yo no les voy a recomendar un título específico, sino una colección completa que acaba de renovar la editorial Lumen y que está dedicada a una escritora enorme, fundamental, exquisita, de las que debería sonrojar no haber leído a cualquiera que se considere un buen lector. Se trata de la Biblioteca Virginia Woolf, que, con un diseño precioso y con extremado cuidado interior (traducción, papel, maquetación), pone a disposición de todos los lectores, desde hace unos días, joyas como Las olas (uno de mis libros favoritos de toda la producción literaria universal de cualquier siglo), el imponente Al faro, pasando por La señora Dalloway, Entreactos, Los años, etc. 



 

Tranquilos, que no les voy a cobrar por esta sugerencia, aunque debería, no crean (hay recomendaciones literarias más beneficiosas que cualquier movimiento filantrópico monetario a nuestro favor), porque, entre otras cosas, si conocen la obra de la Woolf, ya saben  de lo que les hablo, y ya saben que estoy hablando de algo con lo que merece la pena reencontrarse periódicamente, como una medicina que nos inyectara una buena dosis de elegancia, sensibilidad y penetración psicológica, y, si no la conocen -la obra de Woolf, digo-, entonces es que tienen un problema, y un problema grave. Un problema que -yo que ustedes- me lo haría mirar. Sin Virginia Woolf no se entendería la literatura que se ha escrito durante el siglo XX. Ni los mediocres imitadores que le han sucedido y que van de renovadores. No, la verdadera renovación la hizo ella -junto con algunos otros escritores, como Joyce (a pesar de que éste no me guste en exceso) o Mansfield (con la que se me cae la baba)-, y es ella, Woolf, la que pone de manifiesto con relieve excelso y con una prosa poética conmovedora e inmarcesible aquello de que la literatura sirve para comprender mejor que, en efecto, el mundo, las personas son -somos- definitivamente incomprensibles.     

lunes, 15 de abril de 2013

Tan simple, tan difícil

«No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, sino quiere los sucesos como suceden y vivirás sereno.»
EPICTETO. Ἐγχειρίδιον

Máxima del Enchiridon o Manual, de Epicteto, que tengo subrayada hasta la mella. La dificultad de lo simple. (¿Alguna vez podré llegar a ello?. Duda severa.)

Imagen: On watch. Eilif Peterssen, 1889

jueves, 11 de abril de 2013

English by the four sides

Imbuido como estoy, atrapado como me hallo, abducido como me encuentro, seducido como me diagnostico, y anonadado como me reconozco con la lectura de mi Tristram Shandy (que ya les adelanto que es el libro más asombroso y admirable que he descubierto hace muchos años, quizá décadas), les tengo a ustedes algo descuidados sobre avisos, apuntes, notas y circunloquios literarios. Así que hoy toca señalarles con el dedo una novedad de Libros del asteroide que no  debería (querría yo) pasarles de largo, sobre todo si es usted de los que siente inclinación por el carácter y forma de vida de los que les gusta el té (con una nube de leche, claro) acompañado de pastas, la hora o'clock y los minuciosos partes periódicos con la prevision meteorológica. 

Se trata de Un paraíso inalcanzable, de John Mortimer, un libro english por los cuatro costados y del que tanta gente con criterio y de nada dudoso gusto está hablando tan festivamente. Irónica, inteligente, mordaz y muy divertida (se dice), esta novela retrata la vida de un pequeño pueblo rural próximo a Londres entre la posguerra y el advenimiento del tatcherismo. Personajes y situaciones inolvidables (se recalca). Jovialidad y sorna (se comenta). Humanidad y humor (se sentencia). 

Yo les señalo (señalador de libros que merecen la pena debería ser una profesión reconocida) y ustedes ya, aquí, se informan (deberían).

viernes, 5 de abril de 2013

Vidas, opiniones y alguna confusión


¡Cuánta gana tenía de leer este libro! 

He tenido, tengo y tendré tantas y tan buenas referencias y opiniones sobre la que es considerada una obra capital de la literatura inglesa y, en general, de la literatura, a secas.

Insólita, anómala, satírica, paródica, pícara y cómica, la obra fue tan mal recibida en su tiempo por la crítica como adorada -en su tiempo y despúes-, por ríos, mares de lectores que la tienen por su novela favorita, como obra de mesilla de noche, para tenerla a mano y alegrar con ella el espíritu de las turbiedades y de las hostiles groserías del mundo exterior. Samuel Johnson dijo refiriéndose a ella que «Nada extravagante puede perdurar». Se equivocó por completo, claro, pues ha sido todo lo contrario.     

Así que, me he dicho, "de hoy no pasa". Consecuencia: meterme en la primera librería que tenía de camino para hacerme con un ejemplar (digno) de La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Tenía la posibilidad de elegir entre dos ediciones, cada una con sus pros y contras. La primera la de Alfaguara, de decente tamaño de letra y generoso formato, sin rozar lo inconveniente por exagerado, lleva, además, la célebre y premiada traducción de Javier Marías, defensor y promotor acérrimo de la obra. Sólo un pero, que las notas al texto van al final de la obra, y eso resulta un poco incómodo.


La otra edición es la de Cátedra, formato bolsillo, más manejera, con la traducción de José Antonio López de Letona, que fue la primera publicada en España de esta obra, y que me da la impresión, por lo que he podido ojear, que también es bastante solvente. Desventajas: letra lilliputiense; bueno, no tanto, pero no apta para mi consumo. Eso sí, las notas van a pie de página, un detalle.


Comparación de precios: Cátedra 14, Alfaguara, 23. La diferencia está ahí, claro, pero tampoco escatimo cuando estoy en pleno proceso de compra de una buena edición de una buena obra. No me disuade, por si solo, ese aspecto.

Conclusión: confusión.
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Finalmente, me he decidido a llevarme la edición de Marías. Creo que he acertado.

Les contaré. 

lunes, 1 de abril de 2013

El indomable Jack London


El vagabundo de las estrellas podría pasar por ser uno de los libros más verdaderamente antisistema que hayan sido escritos nunca. Podría competir con él, quizá, aunque en un tono muy distinto, eso sí, La conjura de los necios, del malogrado genio John Kennedy Toole. En esta extraordinaria y rara novela (rara por su fuerza imaginativa, por lo inusual de sus planteamientos y por su insólita y adusta sinceridad), Jack London narra la historia de Darrell Standing, un preso injustamente condenado a muerte, por una de esas leyes de su tiempo tan reales como absurdas, que, siendo repetidas veces sometido a la tortura de una especie de camisa de fuerza, logra escapar mentalmente rememorando las diversas encarnaciones que ha tenido a lo largo de los siglos: un espadachín en la Francia barroca, un niño mormón en una caravana acosada por los indios, un marinero inglés, perdido en la remota Corea, un náufrago refugiado en un minúsculo islote del Pacífico, o un vikingo que llega a formar parte de la guardia de Pilatos en la Palestina de Cristo.

London nos ofrece una buena reflexión sobre la vida y la libertad del ser humano, sobre su capacidad de decisión, y sobre la posibilidad de elegir ser feliz más allá de las dificultades. Pero sobre todo es este libro un compendio de lo vulnerable y repetidamente intrascendente que es el hombre -y lo ha sido siempre- en el mundo. Y también de la inmensa capacidad de liberación que supone la fábula, el relato, la literatura misma.

El vagabundo de las estrellas es la última novela que escribió London, poco antes de romper con el partido socialista americano y suicidarse en su rancho Glen Ellen, en California. Este gigante de la narración, al que los pazguatos de la literatura artrítica han querido rebajar etiquetándolo de escritor juvenil (y, ¿saben que les digo?, que ¡ojalá todos los escritores fueran escritores juveniles!), es en esta novela más libre y pesimista que nunca. «El individuo humano no ha hecho progreso moral alguno en los últimos diez mil años», afirma. Y también aquí, es más que nunca visionario de la endeblez con que las sociedades han cimentado su altas y rutilantes torres de mentira y las consecuencias de ello: «He oído que Europa está en crisis desde hace dos años, y que hubo despidos masivos, y que ahora les llega el turno a los Estados Unidos. Eso significa que pronto puede haber una crisis económica, tal vez un ataque de pánico financiero, y que habrá más parados el próximo invierno, y que las colas del pan serán largas...».

Necesitamos que nos cuenten historias. Necesitamos ficción. Necesitamos salir de esta estúpida y abrumadora realidad.

Necesitamos -ahora quizá más que nunca- al indomable Jack London.