lunes, 30 de septiembre de 2013

Otoño se escribe con K


Este Otoño -el segundo Otoño del Infierno, después del primero y exitoso dedicado a Flaubert- será K.

K de absurdo. K de inquietante. K de perturbador.

Ya saben, vayan preparando papel y lápiz. Comenzamos el 14 de octubre. En breve, toda la información.

Les espero.

martes, 24 de septiembre de 2013

Pasatiempos para conciliar el sueño


«Al contemplar aquello que no poseemos, es fácil que surja en nosotros la idea: «¡Ah, si esto fuera mío!», que nos haga conscientes de nuestra carencia. En vez de ello, deberíamos preguntamos frecuentemente: «Y ¿qué tal si esto no fuera mío?»; me refiero a que cada cierto tiempo deberíamos esforzarnos en pensar en aquello que poseemos como si ya lo hubiéramos perdido; y hablo de cualquier cosa: bienes, salud, amigos, amante, esposa, hijo, caballo y perro; pues casi siempre sólo la pérdida nos muestra el valor de las cosas. Pero si las contemplamos como nos lo sugiere la regla aquí propuesta, su posesión nos alegrará directamente mucho más que antes, y en segundo lugar haremos todo lo posible para evitar su pérdida, es decir, no arriesgaremos nuestro patrimonio, no irritaremos a nuestros amigos, no pondremos a prueba la fidelidad de nuestra esposa, no descuidaremos la salud de nuestros hijos, etc. A menudo tratamos de iluminar lo sombrío del presente especulando sobre posibles oportunidades favorables, y al hacerlo inventamos toda suerte de esperanzas quiméricas y preñadas de desengaño, el cual se presenta tan pronto aquéllas se estrellan contra la realidad. Sería mucho mejor concentrar nuestra especulación en las múltiples adversidades a las que estamos expuestos, lo que daría pie a medidas para prevenirlas o, en caso de que no llegasen a materializarse, a agradables sorpresas.»
Aforismos sobre el arte de vivir. Arthur Schopenhauer. Trad. de Fabio Morales. Ed. Alianza

Imagen: Sleeping woman. Adrien De Witte, 1879

jueves, 19 de septiembre de 2013

Arte en lugar de pestiños


Para quien quiera resarcirse del sufrimiento infringido a su cuerpo y a su espíritu por la reciente y canturreada versión para celuloide de Los miserables, de Víctor Hugo, tiene ahora la oportunidad de intentar suplantar de su memoria el recuerdo de aquel tostón desmelenado y atronador con estas otras imágenes -sombrías y bellísimas- con las que Gabriel Pacheco ha ilustrado este clásico de la literatura para la editorial Teide. 

Como siento debilidad por este artista, no me he de esforzar mucho en decir que me parece uno de los ilustradores más geniales que existen en el panorama terráqueo (más allá de los límites de nuestro planeta no me atrevo). La fuerza y elocuencia de sus lápices, en un estilo diferente del que nos tiene acostumbrados, se comprueban con solo echar un vistazo a este su nuevo trabajo.

Esto sí es arte, y no verte, querido Russell Crowe -y perdóname-, desgañitándote.


martes, 17 de septiembre de 2013

Nuestro más común error


«Un punto importante de la sabiduría de la vida consiste en hallar la recta proporción entre el cuidado que prestamos al presente y el que dedicamos al futuro, de modo que ninguno de los dos anule al otro. Muchos viven demasiado sumidos en el presente: son los frívolos; otros piensan demasiado en el futuro: son los pusilánimes y aprehensivos. Rara vez se encuentra a alguien que guarde el justo equilibrio. Aquellos que por sus deseos y esperanzas sólo viven en el futuro, que miran siempre hacia adelante y se lanzan impacientes hacia lo que viene, creyendo que les habrá de traer la verdadera felicidad y, mientras tanto, dejan pasar el presente sin prestarle atención o disfrutarlo, son comparables, no obstante su previsión petulante, a esos asnos a los que en Italia se les ata a la cabeza, para que aceleren su trote, un palo del que cuelga un haz de heno que ven continuamente ante sus ojos y creen poder alcanzar. Pues se engañan a sí mismos con respecto a su propia existencia, ya que viven siempre sólo ad interim ["de forma provisional"], hasta que mueren. Por consiguiente, en vez de ocuparnos exclusiva e incesantemente de planes y previsiones para el futuro o, alternativamente, entregarnos a la nostalgia del pasado, jamás deberíamos olvidar que sólo el presente es real y está asegurado, mientras que el futuro casi siempre termina siendo diferente de como nos lo habíamos imaginado; y, de hecho, también el pasado lo fue; ambos tienen, en términos generales, menos importancia de lo que parece. Pues la distancia, que empequeñece los objetos ante la vista, los agranda para el pensamiento. Sólo el presente es verdadero y real: constituye el tiempo empleado efectivamente, del que depende exclusivamente nuestra vida. Por eso, deberíamos brindarle siempre una cálida acogida, disfrutando consciente y plenamente cada hora llevadera y libre de contrariedades o de sufrimientos inmediatos, sin empañarla con caras amargadas por el hecho de que no se hayan cumplido nuestras expectativas o estemos preocupados por el futuro. Es un disparate, en efecto, renunciar a una buena hora presente, o arruinarla deliberadamente con disgustos sobre lo ocurrido o con temores sobre lo que vendrá. (...)

Con este propósito deberíamos ponderar constantemente que el día de hoy viene sólo una vez y no regresa jamás. Es cierto que nos figuramos que volverá mañana; pero se trata sólo de una ilusión, porque mañana es un día diferente, que también viene sólo una vez. Nosotros, olvidando que cada día es una parte integral y, por lo tanto, irremplazable de la vida, lo concebimos como si estuviera subsumido en ella del mismo modo en que los individuos se subordinan a un concepto genérico. También valoraríamos y disfrutaríamos más el presente si en los días buenos y saludables nos acordásemos de cómo, en la enfermedad o en la aflicción, el recuerdo nos hace representarnos cada hora transcurrida sin dolor y privaciones como un paraíso perdido, una especie de amigo que poseíamos sin saberlo. En lugar de ello, malgastamos nuestros días propicios sin reparar siquiera en que existen; y sólo cuando llegan los malos añoramos su regreso. Con rostro agrio dejamos que pasen, sin disfrutarlas, mil horas alegres y gratas, para luego, en tiempos difíciles, llorar su pérdida con vana nostagia. Pero deberíamos venerar cualquier tiempo presente que sea medianamente llevadero, cuyo transcurso ahora presenciamos con indiferencia o incluso aceleramos para que termine pronto, y deberíamos estar siempre conscientes de que fluye en este preciso instante hacia esa apoteosis del pasado en la cual, bañado por una luz intemporal, habrá de ser conservado para siempre en la memoria, para que cuando ésta, sobre todo en horas difíciles, quiera alzar el telón, pueda manifestarse como objeto de nuestra más entrañable añoranza.»

Aforismos sobre el arte de vivir. Arthur Schopenhauer. Trad. de Fabio Morales. Ed. Alianza

Ilustración de Aoki Tetsuo

viernes, 13 de septiembre de 2013

Delicatessen otoñal
("Harriet" de Elizabeth Jenkins)


Miren ustedes que les diga una cosa, acérquense aquí, vengan, vengan..., no teman, que nos les voy a cobrar el iva, acérquense despacito, su oído aquí junto a mis labios... aaaaahí, un poco más arriba, eeeeeso es..., ahora atentos, escuchen bien, que les que voy a dar un buen consejo literario, qué digo un consejo, un favor enorme, una muestra de cordial amistad de las que no se olvidan, un detalle de los que se graban indeleblemente en el corazón, un soplo que les reportará unas cuantas horas de gran bienestar y activación imaginativa intraneuronal. En realidad con pocas palabras bastan, yo diría que una, pero voy a ser generoso con ustedes, les daré un par de palabras más, lo que viene siendo un tres por uno, para que no se me enfaden, anda, y me vengan luego quejándose de que nos le aporté la suficiente información.

Escuchen bien porque no lo voy a repetir:

HARRIET

Deletreo:

H - A - R - R - I - E - T

Con eso debería bastar, ya ustedes son grandecitos y avezados en la telemática y pueden ampliar contenido en google y demás buscadores, pero como he prometido regalarles otras dos palabras clave, ahí van:

RARA AVIS.

Sí, sí, no pongan esa cara: Rara avis. Así, tal como suena. Que si ya está, ¿dicen? Sí, ya está, ¿acaso quieren más? Lo demás, el argumento, las frases de promoción y todas esas cosas a las que soy alérgico se lo pueden mirar en la web de Alba: aquí.

Desde luego, si esta editorial no existiera, nuestras vidas serían más tristes y sosas, de eso no cabe duda. Y si no existiese esta colección, habría que inventarla, tampoco cabe duda de eso. 

Basada en un hecho que conmocionó a la sociedad victoriana, una ficción de suspense mayúsculo, con una prosa efervescente y una edición impecable. Delicatessen otoñal.  

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Homeopatía literaria

"Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo...", escribía Borges en un potente y musical poema. Y seguía: "un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta....".

Para todos aquellos que hemos dejado de creer que la felicidad se vaya a presentar en nuestras cortas vidas con cartelería en color y obertura de fanfarria, en lugar de en forma de homeopáticas bolitas de subrepticia y disgregada -pero intensa- alegría, que es como en realidad lo hace, el mes de septiembre nos ofrece una poderosa razón para avivar nuestra agostada jovialidad veraniega: R.I.P ha vuelto; sí nuestro Reginald Iolanthe Perrin está aquí de nuevo.

El lector que ya vivió las desventuras de este  ejecutivo cuarentón, deprimido y hastiado de todo y de todos, cuya principal obsesión durante las desternillantes trescientas y pico páginas de Caída y auge de Reginald Perrin era lograr ser otro, borrar su pasado, empezar de nuevo, dispone ahora de un nuevo lunch -o brunch, según se mire- de diversión, de gozo, de lúcido hazmerreír, de corrosivo humor, de profundo estoicismo.

Sí, vuelve nuestro singular antihéroe, nuestro patético, nuestro iluminado, nuestro entrañable "cortapichas".

Todo está dispuesto y planificado para que con El regreso de Reginald Perrin se repita -¿por qué no?- la esplendidez de la primera entrega: la firme y desinhibida mano de David Nobbs en la escritura, la impecable traducción de Julia Osuna (que no lo habrá tenido nada fácil, supongo, con estas novelas repletas de giros y guiños, con la dificultad de verter al español la coloquialidad de muchos diálogos, buscando de manera natural fórmulas equivalentes sin que chirríen, algo que consigue, supera Julia con pasmoso aplomo) y, por supuesto, la (me quito el sombrero) inconmensurable labor en la edición de Impedimenta.
"Para mí el problema de la identidad no es saber quién soy, sino saber demasiado bien quién soy: soy Reginald Iolanthe Perrin. Pato Patoso Perrin, Felpudo Coco Perrin. Soy absurdo, luego existo. Existo, luego soy absurdo".
Absurdo, divertido, lúcido y mediocre Perrin.

Bolitas de sana lectura homeopática.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Posible es todo


«Los Cirenaicos piensan que no todos los males provocan la aflicción, sino sólo los inesperados e imprevistos. Sin duda éste es un aspecto que debe tenerse en cuenta en relación con el aumento de la aflicción; es evidente que todos los males imprevistos nos parecen más graves. De aquí que con razón se alaben aquellos versos que dicen:
Yo, cuando los engendré, sabía que iban a morir y para un destino semejante los he criado. Cuando luego los mandé a Troya para defender a Grecia, sabía que los mandaba a una guerra  mortífera, no a un banquete.
Por esa razón, esta reflexión anticipada sobre los males futuros suaviza el momento en que se nos presentan, al prever su llegada con mucha anticipación. De aquí que se alaben con razón las palabras de Teseo en Eurípides; yo podría, como hago a menudo, traducirlas en latín: 
Recordando las palabras que había oído yo a un hombre sabio, meditaba en mi interior las desgracias que me sobrevendrían: o una muerte prematura, o la huida dolorosa del exilio, o pensaba siempre en algún gran mal, para que, si me llegaba alguna calamidad enviada por el azar, al cogerme desprevenido no me desgarrara mi imprevista preocupación.
Esto es lo que dice Teseo que había oído a un sabio, pero en realidad Eurípides está hablando de su propia experiencia personal. De hecho él había sido discípulo de Anaxágoras, del que se cuenta que, cuando se le comunicó la muerte de su hijo, había dicho: «Sabía que lo había engendrado mortal». Lo que indican estas palabras es que a quienes no han meditado sobre estos sucesos les resultan dolorosos. Por ello no cabe la menor duda de que los males que no se han previsto se consideran más graves. Por consiguiente, aunque esta circunstancia no es la única que origina la aflicción mayor, sin embargo, dado que la previsión y la preparación del espíritu contribuyen a la disminución del dolor, el ser humano debería meditar siempre en todas las cosas humanas. Indudablemente en esto consiste la sabiduría superior y divina, en captar y en estudiar en profundidad las vicisitudes humanas, en no admirarse de nada cuando sucede y en pensar, antes de que suceda, que no hay nada que no pueda suceder.
Por esa razón, todos, cuando están en el culmen de la prosperidad, precisamente entonces, deben meditar en su interior cómo soportar las tribulaciones. Cuando se regresa de un viaje, siempre hay que pensar en los peligros y en los daños, o en un delito cometido por el hijo, o en la muerte de la esposa, o en una enfermedad de la hija, que son desgracias comunes todas, para que ninguna de ellas le resulte nueva a nuestro espíritu; cualquier bien que se presente inesperado, considéreselo como una ganancia».
Marco Tulio Cicerón. Disputaciones tusculanas, III, 14, 28-30. Ed. Gredos

Imagen: Escultura  de Arno Breker

jueves, 5 de septiembre de 2013

Rechace imitaciones

En pleno auge de lo digital y de lo intangible y de lo virtual y de los ebooks y de las tabletas y de las gafitas de google, mi querida Alba editorial (mi debilidad, saben) saca esta preciosidad. Una agenda genuinamente literaria, con seriedad y rigor pero también con sentido del humor.

Sugerentes ilustraciones, citas inspiradoras y efemérides originales de los autores más destacados de la literatura universal. Frases como «No sé hablar lo suficientemente bien para ser ininteligible» (Jane Austen) o como «Béseme, y béseme fogosamente, pero sin que se me caiga el gorro de algodón» (Stendhal) iluminan las semanas de 2014. Y día a día sabremos también por qué encontraba Voltaire cara la Enciclopedia, cuándo nació el doctor Watson, compañero de Sherlock Holmes, qué dijeron las primeras críticas de Drácula o Cumbres Borrascosas, cuáles fueron las últimas palabras de Heine o de Ibsen, qué escribió Sofia Tolstói en su diario el día en que la abandonó su marido, en qué fecha partió de casa Jane Eyre rumbo al internado de Lowood o en qué día transcurre La señora Dalloway de Virginia Woolf. 

Que alguien quiere saber cómo pasó Emily Dickinson los últimos veinte años de su vida. Pues abra la agenda literaria. 

Que uno siente interés por lo que sucedió el día en que Paul Verlaine bebió demasiado. Pues acuda a la agenda literaria.

Que otro arde en deseos por conocer qué llevó a un sobrino de Jules Verne a disparar a su tío. Pues consulte la agenda literaria.

Lo de menos es lo de más. Lo de más es esa exquisitez con la que trabaja esta editorial. Su profesionalidad, su línea, su silenciosa y obstinada tarea de luchar, en su sector, contra lo ordinario, lo facilón, la horterada.

Rechace -también en esto, como en tantas otras cosas- imitaciones.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Suicidios y antisuicidios

 
Me pregunto, leyendo La verdad sobre el caso Harry Quebert, si el acto mismo de su lectura no constituirá una forma extravagante de suicidio, como sucede con algunos de los saltos al vacío que protagonizan los personajes de Suicidios ejemplares, de Vila-Matas. No hablo de suicidio estético (que también), sino de una forma de inmolación cósmica, de negación vital, de atónita y abrupta claudicación. Hay algunos lectores que me dicen que la novela les resulta entretenida. Aún así hay entretenimientos más sutiles y lustrosos, diría yo: los solitarios, los puzzles, los sudokus, por ejemplo. Hasta contar musarañas sería un entretenimiento más estimulante que esta morralla. 

Luego abordo Intemperie, de Jesús Carrasco, que leo con ganas, con entusiasmo, al principio. Pero alcanzo la mitad del libro deshecho, abotargado de tanto exceso de vocabulario agro que el escritor rebusca intencionadamente para -supongo- parecer ser más escritor, y esto me impide ver en él -lo siento- un texto fresco, literatura auténticamente de hoy, con enjundia, brío, innovadora. Todo lo contrario. Parece un texto escrito hace 70 años. Y yo odio ese otro poco imaginativo modo de suicidio que es escribir hoy como lo haría un escritor en 1913 o en 1950 o -casi- en 1970. Y a mitad de la novela -más bien nouvelle- es un demasiado descaro de calco del estilo de Faulkner el que detecto como para no sentirme decepcionado, por más que la trama me interese. A mí no me la dan con queso. Carrasco debería revisarse, por ejemplo, cualquier relato de Algunos muchachos o de Historias de la Artámila, de la Matute (escritora que me vino a la cabeza leyendo Intemperie, y no Delibes, como se ha dicho insistente y extravagantemente), para darse cuenta de cómo las palabras están hechas para el escritor, no el escritor para las palabras. Y eso es lo que hace que una obra llegue, venza, perdure; lo otro es exhibicionismo. Y sólo los genios hacen arte del mero exhibicionismo.

Me reconcilio con la literatura directa, sin poses, sin pretenciosidades, sin -casi diría- ruido y escaparates leyendo a Pablo d'Ors y su inolvidable Andanzas del impresor Zollinger. Un libro efectivo, imaginativo y precioso. Una lección de cómo escribrir desde la humildad. Y de cómo plasmar de manera fácil lo difícil. Después de esta entrañable nouvelle, le he leído su Biografía del silencio, para mí ya un libro de cabecera, de los de mesilla de noche, para abrir al azar por una página, leer un fragmento y dejar reposar nuevamente. Tengo pendiente su El estupor y la maravilla, que no he podido comprar, alquilar, robar aún, pero lo haré, seguro. Segurísimo. Los libros de d'Ors son también, siguiendo el hilo que nos trae, una forma de suicidio positivo, un antisuicidio, un suicidio abortado.

Otro antisuicidio me viene de la magistral prosa de Julián Ayesta y su Helena o el mar del verano, de la que se ha dicho que es una de las obras más hermosas de la literatura española de posguerra, y a mí me parece que no está mal -ni exageradamente- dicho.

A todo esto, los relatos de Suicidios ejemplares, de don Enrique, los leí en estado de éxtasis frayluisleoniano en una noche de agosto. Algunos de ellos los volví a leer a la mañana siguiente -después de un continental desayuno. Y los volveré a leer más veces. Es lo que tienen los grandes libros: no se gastan, no dejan nunca de decir lo que tienen que decir.

Bienvenidos de nuevo a El Infierno.

Imagen: El extravagante suicidio del idealista, ca. 1920