lunes, 6 de octubre de 2014

Otoño Tolstói 3. Una broma estúpida y cruel

Lev Tolstói en su estudio. Ilya Repin, 1891

«Mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir; de hecho, no podía no respirar, no comer, no beber y no dormir. Pero no había vida en mí porque no tenía deseos cuya satisfacción me pareciera razonable. Si deseaba algo, sabía de antemano que de ello no resultaría nada, tanto si se realizara como si no.

Si un hada se me hubiera aparecido y me hubiera ofrecido hacer realidad mis deseos, no habría sabido qué pedir. Si en los momentos de embriaguez tenía, no digo deseos, sino la costumbre de antiguos deseos, en los momentos de lucidez sabía que éstos no eran más que un embuste, que no había nada que desear. Ni siquiera podía desear conocer la verdad, pues adivinaba ya en qué consistía. La verdad era que la vida es un absurdo. Era como si hubiera vivido mucho tiempo y, poco a poco, hubiera llegado a un abismo y ahora viera claramente que delante de mí no había nada excepto mi ruina. Y, sin embargo, no podía detenerme, ni dar vuelta atrás, ni cerrar los ojos para no ver que delante no había más que el engaño de la vida y de la felicidad, y los sufrimientos verdaderos y la muerte verdadera: el aniquilamiento completo.

La vida me aborrecía, y una fuerza irresistible me arrastraba a despojarme de ella. No se puede decir que quisiera matarme. La fuerza que me arrastraba fuera de la existencia era más poderosa, más absoluta, más general que cualquier deseo. Era una fuerza parecida a mi antigua aspiración a la vida, sólo que se producía en sentido inverso. Aspiraba con todas mis fuerzas a desembarazarme de la existencia. La idea del suicidio se me ocurrió con tanta naturalidad como antes las ideas de mejorar mi vida. Esa idea era tan tentadora que tenía que emplear ardides conmigo mismo para no llevarla a cabo demasiado apresuradamente.

Tolstói y familia enYásnaia Poliana
No quería precipitarme únicamente porque quisiera desenmarañar mis pensamientos; si no lo conseguía, siempre estaría a tiempo. Y he aquí que yo, un hombre feliz, saqué una cuerda de mi habitación, donde me desvestía solo cada noche, para no colgarme de un travesaño que había entre los armarios. Y dejé de ir de caza con la escopeta para que no me tentase ese medio demasiado fácil de quitarme la vida. Yo mismo no sabía lo que quería: me daba miedo la vida y luchaba por desembarazarme de ella y, al mismo tiempo, esperaba algo de ella.

Y esto aconteció en un momento en que estaba rodeado de lo que se considera la felicidad completa; eso fue cuando aún no cumplía cincuenta años. Tenía una buena esposa, amante y amada, buenos hijos, una gran hacienda que, sin esfuerzo por mi parte, aumentaba y prosperaba. Era respetado más que nunca por amigos y conocidos, los extraños me colmaban de elogios, y podía considerar, sin temor a exagerar, que había alcanzado la celebridad. Además, no estaba enfermo ni física ni mentalmente; al contrario, gozaba de un vigor mental y físico que rara vez he encontrado en las personas de mi edad. Físicamente, podía segar al mismo ritmo que los campesinos. Intelectualmente, podía trabajar ocho o diez horas seguidas sin resentirme por el esfuerzo. Y a tal estado llegué que ya no podía vivir; y, temiendo la muerte, debía emplear ardides conmigo mismo para no quitarme la vida.

Ese estado de ánimo podía expresarse de la siguiente manera: "Mi vida es una broma estúpida y cruel que alguien me ha gastado". Aunque yo no reconociera la existencia de ningún alguien que me hubiera creado, esa noción según la cual alguien se habría burlado de mí de manera cruel y estúpida trayéndome al mundo era, para mí, la más natural.»

Extracto de Confesión, Lev Tolstói, 1882. Trad. de Marta Rebón
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ACTIVIDAD 3:

A mediados de la década de 1870, después de escribir Guerra y Paz y Anna Karénina, Tolstói sufrió una tremenda crisis existencial que plasmó en un libro impresionante por su intensidad y dramatismo, Confesión, y que se saldó con una conversión espiritual que habría de transformar para siempre su vida y su pensamiento. Como ha dicho Stefan Zweig, pocos artistas de la era contemporánea -quizá solo Dostoievski- han hurgado tanto en el alma humana. Nos centraremos en un fragmento de este texto especialmente revelador de cómo se sentía el escritor por aquellos años. Lee dicho extracto (que se adjunta como fuente) y razona sobre las siguientes cuestiones: 1. ¿Qué simbolizan las dos gotas de miel de la fábula? 2. ¿Cómo explica Tolstói, uno de los mejores artistas de su tiempo, el hecho de que el arte ya no le motive ni le aporte consuelo? 3. El autor llega a decir que "no podía encontrar placer en la vida sabiendo que existían la vejez, el sufrimiento y la muerte." ¿Encuentras dicha actitud razonable? Valórala, contraponiéndole lo que decían los estoicos acerca de que "es precisamente el conocimiento de la muerte lo que nos hace apreciar la vida y considerar como un regalo cada nuevo día que se nos concede." 4. Describe brevemente las cuatro salidas vitales que plantea Tolstói y explica por qué ninguna le conforta. 5. Escoge un párrafo del texto con el que estés de acuerdo y otro con el que no, y justifica por qué.

FUENTE RECOMENDADA PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:

¡¡Envía esta actividad a elinfiernodebarbusse@gmail.com, junto con las restantes propuestas que encontrarás en Otoño Tolstói, antes del 18 de octubre y entra en el sorteo de varias de sus obras más emblemáticas!!

7 comentarios:

  1. Ante la ausencia de comentarios, entiendo que todo el mundo está pensando como hincarle el diente a esto....o soy yo solo?
    Menuda actividad. El verdadero Barbusse ha hecho acto de presencia.

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  2. Se eleva el nivel jajaja es vedad.

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  3. A mi lo que no me deja contarme en nada son las dos gotas de miel. Sr.. Brbusse esta actividad porque no la anula?

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  4. Concentrarme que ya ni acierto con el teclado.

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  5. Pónganse a trabajarla, y dejen de quejarse, que esta actividad es la columna vertebral de este Otoño.

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  6. Yo ya le estoy hincando el diente... Y las muelas!!!!!

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