jueves, 27 de febrero de 2014

El inolvidable Augusto


«Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el bastón derecho, con la mano palma abajo y abierta, y dirigiendo los ojos al cielo, quedose un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No era que tomaba posesión del mundo exterior, sino que observaba que llovía. Al recibir en el dorso de la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna, sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.

"Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas -pensó Augusto-, tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye la belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios, pretendemos abrirlo, como un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males."
Díjose así y se agachó a recogerse los pantalones. Abrió el paraguas por fin y se quedó un momento en suspenso y pensando: "y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquierda?" Porque Augusto no era un caminante sino un paseante de la vida. "Esperaré a que pase un perro -se dijo- y tomaré la dirección inicial que él tome."

En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.

Y así una calle y otra y otra.

"Pero aquel chiquillo -iba diciéndose Augusto, que más bien que pensaba, hablaba consigo mismo-, ¿qué hará allí, tirado de bruces en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga, de seguro! ¡La hormiga, ¡bah!, uno de los animales más hipócritas! Apenas hace sino pasearse y hacernos creer que trabaja. Es como ese gandul que va ahí, a paso de carga, codeando a todos aquellos con quienes se cruza, y no me cabe duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que hacer, hombre, qué ha de tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento. Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al rollo majadero, para que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago? Y nosotros, ¿qué nos importa que trabaje o no? ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo, el de ese pobre paralítico que va ahí medio arrastrándose... Pero ¿y qué sé yo? ¡Perdone, hermano! -esto se lo dijo en voz alta-. ¿Hermano? ¿ Hermano, en qué? ¡En parálisis! Dicen que todos somos hijos de Adán. Y éste, Joaquinito, ¿es también hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable automóvil, ruido y polvo! ¿Y qué se adelanta con suprimir así las distancias? La manía de viajar viene de topofobia , y no de filotopia; el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega. Viajar..., viajar... ¡Qué chisme molesto es el paraguas!... Calla, ¿qué es esto?"

Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entrado la garrida moza que le llevara imantado tras sus ojos. Y entonces se dio cuenta Augusto de que la había venido siguiendo. La portera de la casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió a Augusto lo que entonces debía hacer.» 
(Miguel de Unamuno. Niebla)

Imagen: René Magritte. Las vacaciones de Hegel, 1958

viernes, 21 de febrero de 2014

El terror permanente


«Mi vida diaria es una especie de letargo desdeñoso, exento de virtudes y vicios. No pertenezco al mundo, sino que soy un divertido y a veces disgustado espectador suyo. Detesto al género humano y sus pretensiones y suciedades... Resulta muy extraño que yo, tipo nórdico de casi seis pies de alto y  tez pálida -el tipo de conquistador y hombre de acción-, tenga tendencia al análisis pasivo y al estudio de las impresiones como un mediterráneo de ojos grandes, bajito y moreno... Mis notas dominantes son la inutilidad y la ineficacia. Jamás llegaré a nada, porque no me importa lo bastante la vida y el mundo como para intentar...» 

El autor de esta confidencia biográfica, Howard Phillips Lovecraft, fue un ser extrañísimo. Más raro que un perro verde. Casi un extraterrestre. Su literatura no le va a la zaga en cuanto a singularidad, pero es de una belleza  sobrecogedora. 

Lovecraft visto por J.K. Potter
Aún recuerdo el terror que me invadió leyendo hace muchos años El color que surgió del cielo. Esa mezcla de pesadilla y de locura con ramalazos de ciencia ficción me produjo un miedo denso e inexplicable, un miedo que me impregnaba, difícil de sacudirse del cuerpo. La misma sensación renovada sentí con El que susurra en la oscuridad, El ser en el umbral, El horror de Dumwich, La llamada de Cthulhu...

No podría expresar claramente en qué consiste la habilidad de este escritor para lograr ese efecto: quizá las precisas y plásticas descripciones de ambientes, quizá las situaciones surgidas de una imaginación tan fecunda como peculiarísima, quizá la exacta selección de cada palabra y de su potencial representativo. Probablemente sea la suma de todo ello. En cualquier caso, el resultado que provoca -hablo por mí- es el de un terror envolvente -cósmico, se ha dicho-, de los que te hacen volverte para mirar alrededor y comprobar que todo está en su sitio. 

La obra de este genio nacido en Providence se ha reeditado sin descanso. Sus obras forman parte de una literatura permanente. Es ya, sin ninguna duda, un clásico de la literatura. Valdemar ha publicado hace tiempo toda su narrativa en dos pesados (de peso) volúmenes. Ahora Acantilado acaba de editar El caso de Charles Dexter Ward -y anuncia para marzo la aparición de En las montañas de la locura-, mientras que Periférica lo ha hecho con  El resucitador

El terror de primera categoría está -sigue estando- servido.


jueves, 20 de febrero de 2014

El papel adjudicado


«Recuerda que eres actor de un drama, con el papel que quiera el director: si quiere uno corto, corto; si uno largo, largo; si quiere que representes a un pobre, represéntalo con nobleza: como un cojo, un gobernante, un particular. Eso es lo tuyo: representar bien el papel que te han dado; pero elegirlo es cosa de otro.» 

(Epicteto. Enchiridion. Trad. de Paloma Ortiz)

Imagen: Gabriel Pacheco. Lo specchio delle immagini, 2013.

lunes, 17 de febrero de 2014

Señalamientos


Interesante novedad que no les voy a recomendar por no haberla leído aún -luego pasa lo que pasa-, pero que sí me doy la venia para señalársela. Me atrae de ella su planteamiento argumental porque permite a su autor hablar sobre temas importantes como son la verdad y la mentira, la manipulación de la opinión pública, la falta de criterio personal para juzgar hechos y comportamientos, la verdadera identidad de cada persona. La novela es la primera de su autor y ganó el Premio Goncourt el año pasado. Edita Nórdica y traduce Gallego Urrutia. Profesa inclinación también por esta obra mi sentido olfativo, al que tengo en gran estima. Ahí queda, por si les sirve de algo. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Hoy no existe París


Hoy no existe París, porque estoy solo.
Hoy no es verdad toda esta luz, cernida
por los verdes castaños
del boulevard; no es cierta
esta gris claridad que lentamente
gotea, ni el mojado
paragüas que camina apresurado,
ni la mujer lejana, inexistente,
que me roza, dejándome
un poco de humedad cerca del hombro.

Hoy no existe París porque no tengo
a quien decirle: "Estas son las piedras
de Saint Germain des Prés"; o sólo:
"rue Bonaparte"; o, acaso:
"aquélla es la Cité": "éste es el Sena".
Y no tengo un portal, una escalera
donde esperar a alguien; y no puedo
impacientarme porque tarde alguien;
y quisiera poder decir a alguien:
"¿por qué tardaste" o "¿qué hacemos ahora?".

Algo, una brizna de belleza, un tallo,
un pezón, una yema
que tímida se asoma entre el vaho infinito,
un poco nada más de luz, es mucho
para tan sólo un hombre en una calle.
Porque es extenso el reino inalcanzable
y, cuando alguna vez, se acerca y rasga
su veladura, convergiendo, como
los rayos a través de un prisma, en sólo
un pedazo de piel humana, es tanto
que convierte en pavesas
todo un presente, un cuerpo, un desamparo.

Sobre los techos de París, ondea
mi corazón como un deshilachado
estandarte. Columnas
de ruido ascienden de las plazas. Bullen
miradas, pechos, íntimos encajes
detrás de las persianas, por las altas
buhardillas. Y estoy fuera.
Y estoy perdido y fuera y anochece.
Borbotea la vida como en una
redoma inmensa, y yo la miro, inmóvil,
abrazado al cristal, externo, y nada
me da su calor.
Por las aceras
nadie saca una mano del brillante
impermeable, nadie
asoma una palabra a la que pueda
asirme para andar. Y el gris se adensa.
Y los anuncios que se encienden hacen
más palpable la irrealidad, más cerca.

Hoy no existe París porque estoy solo.
Porque la gente gesticula dentro
de las lunas de los cafés, en medio
de la prisa del metro, y yo no tengo
una voz cerca que me diga algo
como "sigue lloviendo", o "¿qué día es hoy?";
una voz que pueda
templar un poco esta frialdad cortante.
Tanta belleza es nada
y qué más da, si se anda así, pegado
a las paredes, solo, recogiendo
murmullos por los parques, vida ajena,
aliento ajeno que se va y no alcanza
a empañar nuestros mínimos cristales.
Hoy no existe París. Rafael Guillén

Imagen: París nevado. Lee Miller, 1945

miércoles, 5 de febrero de 2014

La profundidad de la piel


Me van a llamar fetichista (háganlo), me van a llamar friki (adelante), me van a llamar desnortado (no se lo echo en cara), pero les confieso que solo por esta descomunal portada me haría ahora mismo con este libro. Y la cosa es que, además, resulta que es de Willa Cather (la gran narradora de los pioneros americanos, la serena luminosidad literaria). Y, encima, una Willa Cather inédita en español -la última obra que escribió la escritora de Nebraska-, con una historia, en esta ocasión, ambientada en Virginia. 

Que me dejo llevar por los accesorio, dicen. Es posible. Lo más profundo es la piel, decía Paul Valéry. Por eso llámenme con todos los sinónimos posibles de la desmesura (vamos, busquen en el diccionario de Maria Moliner), mientras deciden -yo lo haría- si pinchar aquí para saber más de esta edición. Y aquí para saber más sobre Cather en esta estupenda entrada de un blog vecino.

martes, 4 de febrero de 2014

El conocimiento de los árboles


«Diferenciar el hombre de palabras del de obras. Es única precisión, assí como la del amigo, de la persona, o del empleo, que son mui diferentes. Malo es, no teniendo palabra buena, no tener obra mala; peor, no teniendo palabra mala, no tener obra buena. Ya no se come de palabras, que son viento, ni se vive de cortesías, que es un cortés engaño. Caçar las aves con luz es el verdadero encandilar. Los desvanecidos se pagan del viento; las palabras han de ser prendas de las obras, y assí han de tener el valor. Los árboles que no dan fruto, sino ojas, no suelen tener coraçón. Conviene conocerlos, unos para provecho, otros para sombra.»
Oráculo manual y arte de prudencia. Baltasar Gracián. Huesca, 1647

Imagen: Le banquet. René  Magritte, 1957