jueves, 26 de junio de 2014

Ana María en su galaxia

La escritora, en los años 70, firmando ejemplares de sus libros

Me impresionó Primera memoria y luego ya no paré. Me leí casi toda su obra: Fiesta al Noroeste, Los soldados lloran de noche, La trampa, Los hijos muertos, Algunos muchachos, Los niños tontos, Historias de la Artámila y La torre vigía (una de las que más me gustan). La única que no -por mi alergia a las hadas- es Olvidado rey Gudú, que la escritora consideraba lo mejor de su producción y en cuya escritura -interrumpida por una fuerte depresión- invirtió más de dos décadas.   

Potencia estilística, imaginación inagotable, pasión por la vida, un lirismo que le salía a borbotones. La voz literaria de Matute exploró nuestras contrariedades y nuestras sinrazones, aquello que circula por nosotros debajo de la superficie. Abanderada de la infancia sin papanaterías ni cursiladas, dio vida a niños asombrados y terribles, y a niñas igual de asombradas y perspicaces. La extrañeza del mundo, que admiraba y le sobrecogía al mismo tiempo, le hizo hacerse continuas e incontestadas preguntas. Ella misma era consciente de su sensibilidad valiente, de su rareza insólita: "Yo me he caído de alguna galaxia", decía.

Toda la vida escribiendo, Ana María nos concede, tras su muerte, un último regalo literario. En septiembre se publica Demonios familiares, una novela que ya tenía corregida en su totalidad y que comienza así: "Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad." 

Hoy la literatura española es un poco más pobre.  

miércoles, 25 de junio de 2014

Técnicas básicas de mundología


 
«Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.»

Julio Cortázar
"Instrucciones para subir una escalera"
En Historias de cronocopios y de famas, 1962

Imagen: Eadweard Muybridge. Man ascending stairs, 1884-85

lunes, 23 de junio de 2014

Canción de invierno y de verano



Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen
con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas
bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
— rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.


Canción de invierno y de verano.  Ángel González


Imagen: Beach days, ca. 1900

lunes, 16 de junio de 2014

Dublineses, cien años


Ayer cumplió cien años. Un libro con un puñado de cuentos que demostraban que se podía narrar lo intrascendente, la nada. Que intentaban capturar, como una foto, un instante del tiempo.

Solo por el relato Los muertos valdría la pena acercarse a esta magnífica obra. Ese final -lacerante, intensamente revelador- jamás se olvida. Mejor pasar audaz al otro mundo en el auge de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Voz poética, hondura.

Y luego, ese juego con la imagen de la nieve como metáfora de lo efímero y banal de nuestra existencia. Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ven­tana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había lle­gado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz cor­va y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos. De este cuento, John Houston hizo una intimista y magistral película, que yo siempre he visto sobrecogido.

Joyce. Dublineses. Huyan, si pueden, de la traducción de Cabrera Infante.  

viernes, 13 de junio de 2014

Garantía certificada


El mismo año en que recibió el Premio Nobel, es decir, en 1962, John Steinbeck publicó la que sería su última obra (murió seis años después): Viajes con Charley. Se trata de la crónica del viaje que emprendió a lo largo de Estados Unidos montado en su furgoneta (una autocaravana muy particular fabricada especialmente para la ocasión), a la que llamó Rocinante, y en compañia de su perro Charley. Con el deseo de encontrar una parte importante de su propia identidad  -se dio cuenta de que a sus casi sesenta años apenas conocia nada de su país-, el escritor emprende un periplo de miles de kilómetros por carreteras secundarias que él mismo justifica de la siguiente manera:

«Mi plan era claro, conciso y razonable, creo yo. He viajado por diversas partes del mundo durante muchos años. En Estados Unidos vivo en Nueva York, o me voy a Chicago o a San Francisco. Pero Nueva York no es más los Estados Unidos de lo que París es Francia o Londres es Inglaterra. Así que descubrí que no conocía mi propio país. Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es, en el mejor de los casos, un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Sabía de los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país.» 

A lo largo y ancho de treinta y cuatro estados de la Unión, Steinbeck descubrirá paisajes asombrosos, y gentes sencillas y humildes que nunca han oído hablar ni saben nada de él. Crónica y testimonio, viaje y búsqueda, huída y reencuentro, esta obra, traspasada de reflexiones y enseñanzas sobre la vida, la naturaleza y el ser humano, viene con garantía certificada de vibrante y destilada literatura. 

Gracias, Nórdica, por cuidarnos.

jueves, 12 de junio de 2014

MARavilloso


Telegrama: 

Publicado libro antología relatos mar. -STOP-. Marta Salís a cargo. -STOP-. De Colón a Baroja, de Defoe a Dhal. -STOP-. London y Melville, Tolstoi y Kafka, Rilke y Conrad, y un largo etcétera. -STOP-. Ya tienen lectura para estas vacaciones. -STOP-. Y para siempre. -STOP-. Usted verá lo que hace. -STOP.- Cada cual es responsable de lo que se pierde.- STOP-. Edita Alba. 

martes, 10 de junio de 2014

Madrid como costumbre


Sol y calor en Madrid, pero también un ligero viento que disipa con eficacia las inequívocas insinuaciones de la transpiración. Riadas de gente entre casetas abarrotadas de libros. Unas mejor y otras peor, claro. De sobresaliente la de Acantilado (donde adquiero los Cuentos contados dos veces de Hawthorne) o la de Contexto Editorial (que aglutina a Nórdica, Sexto Piso, Asteroide, Impedimenta y Periférica). Próxima al fenómeno poltergeist la de Alfaguara, en la que un amigo pregunta por El Club Dumas de Arturo P.-R. (autor insignia de la editorial) y se columpian diciendo que no saben, que no lo tienen, que si algo de los  derechos, que creen, que les parece recordar que es de otra editorial, les suena Seix Barral (?), "pregunte usted en su caseta, a ver", dicen, con incomprensible titubeo labiocular.

Por allí veo a Chirbes, haciendo doblete en sendas casetas firmando su Crematorio y En la orilla, y más allá a Mario Vaquerizo (no sé lo que firma) y Risto Mejide. Confusión de sentimientos. ¿Quién esta detrás de esa riada de lectoras de todas las edades? El gran churrero de libros: Federico Moccia. Más allá, la Grandes (con sinuosa cola de manolitas y manolitos esperando firma) y, unos cuantos puestos después, Vila.Matas -impresiona su cara de impreciso mamífero-, al que observo cruzado de brazos y dispuesto a ejecutar una dedicatoria gráfica de esas que tan bien se le dan (no me he traído su Suicidios ejemplares para que me estampara una firma, una pena). Lástima también que estaba por allí Julio Llamazares -autor de ese sobrecogedor relato sobre la soledad en un pueblo del Pirineo aragonés que es Lluvia amarilla- y al que no pude ver.

Paso por el lado de Pisón y Tizón, de Millás y de Jon Bilbao, de Julia Navarro e Isaac Rosa, de Miguel Ríos (sí, Miguel Ríos) y de García Montero. Veo a Javier Sierra dedicando alegre su, por cierto interesante, libro sobre los cuadros del Prado, mientras que Anna Gavalda departe con sus numerosos adeptos. Al lado de la caseta de Benjamín Prado, me encuentro a un José Luis Garci, ataviado con gafas de sol azules y chaqueta de lino fino, que mira pensativo al infinito. Enfrente, Pedro J. Ramírez, de anaranjado ágata. Es el momento de pararme en Visor y hablar con Luis Alberto de Cuenca que acaba de sacar poemario (Cuaderno de vacaciones). Lo compro, me lo llevo a casa, firmado (un encargo).

Tras dejar atrás a John Connolly, que más parece un cantante de soul que un prolífico escritor de novela negra, saludo y converso con Enrique Redel, que no para ni un momento, atento como un maitre a que todo esté en orden en su casa de Impedimenta. Hablamos de la feria y de Murdoch, de Katrochvil y de Cartarescu, autor éste del que adquiero su Nostalgia (hace tiempo que este libro me rondaba, y ahora me encuentra). De repentina casualidad descubro la atractiva edición en tapa dura de Los viajes de Gulliver (obra imprescindible donde las haya), que acaba de sacar Sexto Piso y que incluye la exquisita traducción de Antonio Rivero Taravillo y las ilustraciones -realmente divertidas y muy apropiadas para el sarcasmo de Swift, la verdad- de Javier Sáez Castán. Aprovecho para preguntar al editor acerca de la próxima (más bien futura) edición de Moby Dick a la que está poniendo imágenes el gran Gabriel Pacheco. Tiempo al tiempo, despacio, vale, pero no quitaré ojo.     

Busco la caseta 57 donde Javier Marías -sin duda, el mejor escritor presente en la feria- está firmando sus libros y hago cola (es larga, pero fluida) para que me estampe una dedicatoria manuscrita en mi ejemplar de Los enamoramientos. Así lo hace. Todo bien, amable, elegante, británico, tranquilo, zurdo. Me pregunto -mientras estoy en la cola- cuándo publicará libro nuevo, que ya va para tres años que no lo hace (justo hoy me entero de que este próximo septiembre sacará su novela Así empieza lo malo, título que, como es habitual en él, está sacado de un verso de Shakespeare, de Hamlet concretamente).

Javier Marías firmando sus libros en la Feria

Antes de salir del Retiro, me paso de nuevo (ya lo había hecho a la entrada) por la caseta de Pretextos y me llevo (con traumatismo monetario grado 2 para el bolsillo) una novela que no conocía y que me ha salido al encuentro de manera fortuita (un flechazo, vamos) por recomendación del propio editor. Se trata de Verano tardío, de Adalbert Stifter, un autor austríaco que conozco de dos obritas extraordinarias (El solterón y El sendero del bosque). Ésta, sin embargo, es una novela de largo recorrido (un tocho), un "Bildungsroman" o novela de aprendizaje de esas que a mí me fascinan y para las que habrá tiempo de hablar aquí. Dejo en esa misma caseta, con todo el dolor de mi corazón pero con alivio de mi cuenta corriente, otra opción maravillosa: Anton Reiser de Karl Philipp Moritz. Pero otra vez será. Tal vez el año que viene, porque he decidido hacer de Madrid, en junio, una costumbre.

martes, 3 de junio de 2014

La inadvertida felicidad



«He observado en las vicisitudes de una larga vida que las épocas de los más dulces gozos y de los placeres más vivos no son, sin embargo, aquellas cuyo recuerdo me atrae y afecta más. Estos cortos momentos de delirio y de pasión, por vívidos que puedan ser, no son, sin embargo, y de ahí su vividez misma, más que puntos desparramados en la línea de la vida. Son demasiado escasos y demasiado rápidos para constituir un estado, y la felicidad que mi corazón echa de menos no está compuesta de instantes fugaces, sino de un estado simple y permanente que nada tiene de vivo en sí mismo, pero cuya duración acrecienta el encanto hasta el punto de encontrar en él por fin la felicidad suprema.
Todo está en flujo continuo sobre la tierra. Nada en ella guarda una forma constante y fija, y nuestros afectos que se vinculan a las cosas exteriores pasan y cambian necesariamente como ellas. Siempre por delante o por detrás de nosotros, recuerdan el pasado que ya no es o previenen el futuro que con frecuencia no será; no hay ahí nada de sólido a lo que el corazón pueda ligarse. Tampoco aquí abajo hay otra cosa más que el placer que pasa; en cuanto a la felicidad que dura, dudo que sea conocida. Apenas hay en nuestros goces más vivos un instante en que el corazón pueda verdaderamente decirnos: "Quisiera que este instante durara siempre". ¿Y cómo se puede llamar felicidad a un estado fugaz que nos deja además el corazón inquieto y vacío, que nos hace añorar alguna cosa anterior, o desear alguna futura?

Pero si es un estado en el que el alma encuentra un asiento lo suficientemente sólido para descansar toda entera y reunir allí todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni de saltar sobre el porvenir; en el que el tiempo no sea nada para ella, en el que el presente dure siempre sin marcar, no obstante, su duración y sin huella alguna de sucesión, sin más sentimiento de privación ni goce, de placer ni pena, de deseo ni temor que el único de nuestra existencia, y que este sentimiento sólo pueda colmar toda entera... mientras tal estado dure, quien se encuentre en él puede llamarse feliz no de una felicidad imperfecta, pobre y relativa, tal la que se encuentra en los placeres de la vida, sino de una felicidad suficiente, perfecta y plena, que no deja en el alma ningún vacío que ella misma sienta la necesidad de colmar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, tumbado en mi barca que dejaba a la deriva al gusto del agua, o sentado al borde del lago agitado, o en cualquier parte, a orillas de un bello río o de un arroyuelo murmurando entre guijarros».

(Jean-Jacques Rousseau. Las ensoñaciones del paseante solitario, 1782)

Imagen: Caspar David Friedrich. Kreidefelsen auf Rügen (detalle), ca. 1818