viernes, 26 de junio de 2015

El champán nunca en jarra de cerveza

Un libro para leer detenidamente y saborear, para reconocerse humano.

No, no, tranquilidad, que no perecí ahogado por el chapuzón de salutación estival del pasado domingo, por mucho que algunos lo auguraran y se mofaran de mi estilo natatorio, o por lo muy cruelmente fría que estuviera el agua, que lo estaba (he de reconocerlo). 

No. Sigo vivo. 

Y sigo aquí, disfrutando la candencial belleza del Anton Reiser, leyendo párrafos como este:
A ciertas horas, Anton Reiser buscaba otra vez su amada soledad, aunque ahora tuviese un amigo. Y cuando hacía buen tiempo iba por las tardes al prado que había junto al río, a las afueras de Hannover, y buscaba un sitio donde, entre guijarros, corría un claro arroyo que acababa vertiendo sus aguas en el río que por allí pasaba. Como se dirigía allí tantas veces, aquel sitio se había convertido para él en una especie de hogar en plena naturaleza. Y se sentía, en efecto, como en casa, cuando se sentaba allí y no estaba constreñido por paredes ni muros, sino que disfrutaba sin fin de todo lo que le rodeaba.
O como este: 
A veces se afanaba durante horas enteras tratando de saber si era posible pensar sin palabras. Y así dio con el concepto de "existencia" como límite del pensar humano, y todo le pareció oscuro y árido, y entonces veía a veces la breve duración de su existencia, y la idea, o más bien la no-idea, del no ser estremecía  su espíritu. No podía explicarse que él existiera ahora realmente y que alguna vez no hubiera existido: así, sin apoyo ni guía, vagaba errante por los caminos de la metafisica. 
O este otro:
Los monólogos de Hamlet le hicieron fijar la atención por primera vez en la totalidad de la vida humana; ya no pensaba que estaba solo cuando se sentía atormentado, agobiado, maniatado. Reiser empezó a ver en ello el destino general de la humanidad. 
O este:
Le emocionaron a Anton las palabras dirigidas a los hipócritas que observan diligentemente todas las prácticas exteriores de la religión  y llevan en el pecho un corazón hostil.
O bien: 
Con la lectura se le había abierto de golpe un mundo nuevo encontrando en él un gusto que le resarció en cierto modo de todo lo desagradable de su mundo real. Cuando en su entorno sólo había gritos y reproches y discordia familiar, y cuando él buscaba en vano un compañero de juegos, se precipitaba sobre su libro. 
O también: 
Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venían a la pluma las siguientes palabras. "¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Por eso, se podían leer aquellas palabras en varios trocitos de papel que él había desechado, al no ser posible seguir escribiendo en ellos como hubiera querido.
 O este también: 
Tampoco llegaba a comprender entonces por qué aquellos altos árboles, que aislados y dispersos aquí y allá por el prado, proyectaban su sombra con el sol del mediodía, le hacían un efecto tan extraño y maravilloso. No caía en la cuenta de que era precisamente el hecho de que esos árboles estuviesen solos, a intervalos grandes e irregulares, lo que daba a aquel paraje el aspecto solemne y mayestático que siempre le causaba tan honda emoción. Cuando él paseaba bajo esos árboles solitarios, su propia soledad adquiría un carácter en cierto modo sagrado y venerable. Siempre que caminaba bajo aquellos árboles, volaba con el pensamiento a temas sublimes, moderaba el paso, inclinaba la cabeza, y todo su ser era más grave y solemne. Luego se perdía en el bosquecillo vecino y se sentaba a la sombra de un arbusto, donde, con  el ruido de la cercana cascada, se entregaba a agradables fantasías o leía. 
O:
El artificioso entramado que es una vida humana consta de una  cantidad infinita de pequeñeces, la cuales resultan ser extraordinariamente importantes dentro de ese entramado, por insignificantes que parezcan en sí mismas.

Que ¿por qué me demoro tanto? 

Porque el libro lo pide. Lo exige. Exige una lectura detenida y atenta, apaciguada y sensible. Es un libro para degustar y saborear. Para reconocerse humano. Y me habla tanto de mí, a mí mismo, así, al oído, susurrando, quedamente. Los libros no son salchichones (aunque algunos parecen creer que sí), cada uno exige un ritmo, una mirada, una aproximación. Y por encima de eso está esto: nunca debe beberse el champán en jarra de cerveza, ¿no les parece?

11 comentarios:

  1. En fin, en previsión de que hiciese Vd. algún comentario como el anterior ya lo tenía apartado en la que he dado en llamar "La mesita del Infierno". Qué verano se nos avecina, qué ganas de que llegue el Otoño!!!

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  2. Y qué bonitos son los libros de esta colección. Con permiso, os recomiendo LA RUSA, de GIB MIHAESCU, un desconocido total y una novela, para mi gusto, preciosa.

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    1. Desde luego. Yo los querría todos. (Ojalá estuviera en esa colección los "Cuadros de viaje" de Heine.) Están excelentemente editados.

      En cuanto a "La Rusa" ya te he oído varias veces hablar de él. Y está en mente.

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  3. Vaya parece que está encantado con el libro. A lo cual me sumo, porque esta obra, Anton Reiser, la conozco y me enamoré de ella hace muchos años.

    Me atrevo a proponerle algo: si tuviera que escribir una breve frase o eslogan publicitario en la solapa de esta obra qué pondría?

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    1. Un refugio donde olvidarse de tanta horterada y de tanta estupidez como nos circunda.

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    2. jajajaja

      Tiene su punto, sí.

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  4. Hola Barbusse,
    Curiosamente he leído una novela recientemente donde el protagonista bebía champán en jarras de cerveza, y no es otra que la divertidísima "Lionel Asbo. El estado de Inglaterra" - Martin Amis. ¿Has sacado de ahí la referencia? Oye, que cosa más curiosa porque si no lo has leído y lo haces en un futuro seguro que recordarás esta anécdota. Saludos.-

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    1. Lo desconocía absolutamente, Krust, te lo aseguro. Gracias por el curioso aviso.

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  5. Este me interesa mucho.

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  6. Me encanta el párrafo final, Exige una lectura detenida y atenta, apaciguada y sensible. Es un libro para degustar y saborear. Para reconocerse humano. Y me habla tanto de mí, a mí mismo, así, al oído, susurrando, quedamente. Los libros no son salchichones (aunque algunos parecen creer que sí), cada uno exige un ritmo, una mirada, una aproximación.
    Hay libros que son así, lectura lenta, y otros son de lectura rápida. Como ocurre con la fast food y la slow food, hay slow reading y fast reading. Pero ojo, que no se me entienda mal, porque yo precisamente soy de las que pruebo de todo, dependiendo del momento y del estado de ánimo.
    El verano, con su tranquilidad, es el momento ideal para lecturas más complejas que nos procuran horas de delicia.

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