lunes, 21 de diciembre de 2015

Feliz Navidad y año 2016

El abuelo de Barbusse saludando con música la Navidad, se ve que aquel año tampoco hacía frío.

El abuelo de Barbusse tocaba la flauta (aquí lo ven recibiendo con sus notas la mañana de Navidad -¿o era de año nuevo?-, en un retrato hecho en Leipzig en 1899). Y no debía de hacerlo mal, a juzgar por la atención con que lo mira el gorrioncillo que se ha posado en su mesa (bueno, en realidad más que gorrioncillo, gorrionazo, todo sea dicho, que está el pobre de buen año, se ve que estas aves en Leipzig se alimentan bien).

A lo que vamos, que me disperso. Se preguntarán ustedes que a qué viene esta inopinada nota biográfica sobre el pariente de mi representado hum y sobre las costumbres nutricionales de la población plumífera de Lepizig y alrededores. Pues a que dentro de unos días será nuevamente Navidad. Y dentro de otros pocos días después, año nuevo. Y, más tarde aún, la noche de Reyes. Y que, como siempre pasa, uno tiene la encomienda -siguiendo instrucciones de mi cliente- de hacerles llegar una felicitación apropiada para estas fechas (él se quita de en medio, ya saben, tendrá mucho que hacer, digo yo, en fin, no me tiren de la lengua, que pueden salir culebras). Y como me deja decidir a mí, y eso de los arbolitos repletos de regalos ya está un poco visto, y lo del paisaje nevado es, a tenor del clima que tenemos, ciencia ficción, pues he decidido, le guste o no a monsieur Barbusse (si le gusta, bien, y si no, que lo hubiese hecho él, que siempre tiene uno que cargar con el encarguito y además con las posibles críticas que conlleva el susodicho), he decidido hum endosarles la imagen de su señor abuelo tañendo el instrumento al que era tan aficionado. Así mato dos pájaros -sin animo de ofender a nuestro querido y verriondo gorrión- de un tiro: les felicito a ustedes y, de paso, enternezco a mi representado, a ver si de ese modo me sube un poco mis honorarios fijos, que este hombre es un rácano de campeonato.   

¡No me digan que no es bonito el retrato! Al reverso del mismo, Barbusse anotó a mano una cita del escritor Isaac Muñoz que dice: "Hay que amar francamente, con absoluta conciencia de nuestro amor, las raras y bellas cosas que nos compensan de lo amargo y de lo feo".

Sin más, y arrodillándome a sus pies (este hombre me hace hacer unas cosas), les transmito a todos ustedes, en nombre del señor  Barbusse y en el mío propio, una Feliz Navidad y un feliz año 2016.

E. Duvenand, secretario-albacea de monsieur Barbusse.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Clásicos para regalar esta Navidad, 4
(«Don Quijote de la Mancha», de Miguel de Cerbantes)


Uno, que se crió con el Quijote de la serie de dibujos animados de principios de los ochenta, es decir, con un Quijote en colores, que transmitía una atinada visión cómica del personaje y de la obra en sí (muchos se empeñan todavía en obviar esto, cuando esto es lo esencial de la novela de Cervantes, el humor), pues, claro, cuando uno ve y tiene en sus manos los dos radiantes volúmenes que acaba de editar Reino de Cordelia, se te viene inevitablemente a la memoria aquel otro Quijote -por mor del estilo gráfico de Miguel Ángel Martín, muy de cómic, que es el ámbito del que proviene-, sin mencionar, esto es aparte, la cara de rana afónica o renacuajo escocido que se te queda ante lo apabullante del producto.

Y es que estamos ante una edición de Don Quijote que, no por entrar sin anestesia por la vista, deja de ser rigurosa y cuidada. Y no solo eso, sino, además, novedosa, audaz, desencorsetada y fresca (se ha llegado a calificar de pop, aunque no llego a entender -ay mis cortas luces- qué se quiere decir con eso). Sea como sea, es importante saber que esta edición mantiene íntegro el texto original, que ha sido cotejado con las principales ediciones aparecidas en vida del autor y contrastado con las más importantes publicadas entre 1738 y 2015. También, que se ha puesto al día de acuerdo con las últimas normas ortográficas de la Real Academia. Que, por primera vez, el libro se ha versiculado para facilitar la rápida localización de citas y pasajes, y se explican o resuelven más de cuarenta problemas textuales originales. Que se incluye asimismo cientos de breves notas concisas y claras sobre términos o palabras en desuso. Que, además, se ha elaborado un dramatis personae donde se clasifican todos los personajes... Y, finalmente, en un alarde de lealtad documental, sus editores han decidido escribir el apellido del autor con "b", Cerbantes, respetando la voluntad de don Miguel, que siempre firmó así, según consta en sus manuscritos. Todo esto en cuanto al texto, cuyo cuidado ha estado a cargo de Pollux Hernández y Emilio Pascual, es decir, en buenas manos, nada de extravagancias.

En cuanto al aspecto visual, nada menos que 150 ilustraciones a color de Miguel Ángel Martín (muchísimas intercaladas en el texto, no solo a página completa, lo que implica más trabajo, y más fino, de maquetación) completan la excelencia de la edición, le aportan vigor estético y convierten estos dos volúmenes en una joya, en una atractivísima manera de acercarse, entrar, dejarse llevar, picotear, demorarse, quedar atrapado, gozar, en definitiva, por primera o por vigesimotercera vez de este clásico entre clásicos.

No obstante, no se confundan. La amabilidad -casi inocencia- gráfica de Martín es solo aparente, formal. Sus dibujos, de linea clara y definidos por una paleta de colores vivos, son de una versatilidad verdaderamente apabullante para transmitir detalles o escenas tanto serenas y divertidas, como violentas, crudas o turbadoras (las hay también en este Quijote).

El Quijote es un libro que celebra la vida y la alegría. Lo que nos dice y nos vuelve a decir cada vez que nos adentramos en sus páginas es que la risa es la forma más elevada de sabiduría, la risa fraternal y compasiva, ahuyentadora de la muerte. Y es que si algo tiene el humor de Cervantes (o Cerbantes) es su profunda humanidad, que toca todo, que comprende, al fin, todo, nuestra ridiculez y nuestras ilusiones, nuestras vanidades y nuestras desdichas. Es así como lo ha entendido  Reino de Cordelia, que nos ofrece esta preciosa edición, un verdadero disfrute textual y visual. Esto debe ser cosa de encantamiento.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Clásicos para regalar esta Navidad, 3
(«Cuentos inquietantes», de Edith Wharton)


Fíjense en que, aunque lo propio y característico de la naturaleza es el cambio, el ser humano, que es naturaleza en estado puro y duro (le guste o no), a lo que más teme es precisamente a la transformación, quizá porque se pasa la vida clasificando, categorizando y catalogando las cosas y las personas, y cuando algo no le encaja en esos conjuntos, a los que estima exactos y permanentes, se desestabiliza, se acongoja, se inquieta. Es justo ese sentimiento, el de la inquietud, generada por acontecimientos que suponen cambios, rupturas de nuestros esquemas mentales, o intrusiones en el estable discurrir de nuestras vidas, el que suscitan los diez cuentos de Edith Wharton que Impedimenta ha reunido, en una soberbia edición, bajo el acertadísimo título de Cuentos inquietantes

No esperen, por tanto, una pléyade de apariciones sobrenaturales (las hay también, ¡ojo, eh!, en esto no defrauda a los entusiastas de lo incorpóreo), pero el espectro de circunstancias y contingencias en las que las personas podemos sentir desasosiego, o sencillamente terror, es tan diverso que, en este sentido, la colección de cuentos que ahora se nos presenta constituye un verdadero muestrario de nuestros miedos, en su más diversa índole. 

Muchos de estos relatos eran inéditos en castellano. Yo tan solo conocía el titulado "Después", que ya se recogía en Relatos de fanstamas, una antología de los cuentos de terror de la autora que Alianza publicó en los ochenta, y de cuya traducción se encargó Paco Torres Oliver (tenía una cubierta muy bonita, donde aparece la imagen de una palmatoria del derecho y del revés; se acordarán quienes lo hayan tenido en sus manos).

La escritora, y ¿nieve de verdad?
Al margen de su exquisita prosa, en estos cuentos que ahora se presentan en la versión de la solvente Lale González-Cotta (que ya tradujo, de Wharton, La solterona y Madame de Treymes, también para Impedimenta), uno de los aspectos que resutan más destacables e interesantes es, sin duda, la eficaz combinación -aparentemente contradictoria- de los elementos inquietantes o turbadores con la ironía y con la comicidad, algo que no es habitual ver de la mano.

De su autora, poco nuevo hay que decir, que se trata de la maravillosa Edith Wharton, escritora neoyorquina, amiga, admiradora y heredera estilística de Henry James y, consecuentemente, una maestra en el uso del lenguaje y en la caracterización psicológica de los personajes. Baste recordar sus magníficas novelas La casa de la alegría (1905), Ethan Frome (1911) y Las costumbres nacionales (1913), por citar solo tres.  

De nuevo Impedimenta (Deo gratias) se saca de la chistera otro libro absolutamente delicioso. Nunca paren, sigan, sigan.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Clásicos para regalar esta Navidad, 2
(«Robinson Crusoe», de Daniel Defoe)


Muchas veces hemos hablado aquí del Robinson Crusoe, de lo que tiene de clásico atemporal, de sus numerosas ediciones, de sus traducciones -para todos los gustos, incompletas o completísimas, adobadas o escrupulosas-, de los diversos e insignes artistas que han ilustrado su páginas... Siempre es una buena ocasión para hablar de este libro, en realidad, pero hoy más.

Del Robinson siempre me ha fascinado su obsesiva acumulación de detalles con las que Defoe intenta dotar de verosimilitud al relato, pero también expresar, de manera inmejorable, el sentimiento de la importancia de cada objeto, de cada operación, de cada gesto en la situación del náufrago. Esto es lo que da profundidad al relato, y carnalidad y verdad humana al personaje. Lo decía muy bien Italo Calvino (inevitable acudir a él cuando se habla de novelas con mayúsculas) en su Por qué leer los clásicos
«Minuciosas hasta el escrúpulo son las descripciones de las operaciones manuales de Robinson: cómo excava su casa en la roca, la rodea de una empalizada, construye una barca que después no consigue transportar hasta el mar, aprende a modelar y a cocer vasijas y ladrillos. Por este empeño y placer en referir las técnicas de Robinson, Defoe ha llegado hasta nosotros como el poeta de la paciente lucha del hombre con la materia, de la humildad, dificultad y grandeza del hacer, de la alegría de ver nacer las cosas de nuestras manos. Desde Rousseau hasta Hemingway, todos los que nos han señalado como prueba del valor humano la capacidad de medirse, de lograr, de fracasar al "hacer" una cosa, pequeña o grande, pueden reconocer en Defoe a su primer maestro.»
Una preciosa ilustración de Carybé para la edición
Bien, a lo que vamos. Siempre es noticia que un clásico sea noticia (al menos para mí), y ahora las extrañas y sorprendentes aventuras del famoso náufrago son noticia porque tienen un nueva edición de mano de Libros del Zorro Rojo. Y ¡menuda edición!

La editorial argentina Viau publicó en 1945 una primera tirada (limitada a ochocientos ejemplares) del Robinson, que incluía dos platos fuertes: el primero, la traducción de Julio Cortázar, que se convertiría con el tiempo en clásica,  y, el segundo, más de setenta preciosas ilustraciones en blanco y negro y nueve láminas a color del artista argentino-brasileño Carybé. Pues bien, esta excepcional edición es la que recupera ahora la editorial catalana para que, a cambio de un buen batacazo a la visa o al cerdito de arcilla, podamos disfrutar de semejante maravilla bibliográfica.

Robinson Crusoe es la primera gran novela moderna -y acaso la más importante- sobre cómo afrontar y gestionar la soledad, lo que no es poco (por no decir que es todo -o casi todo- lo que de verdaderamente imprescindible necesita saber el hombre). Esto no lo dice Calvino, sino yo, aunque perfectamente lo pudo decir él. Del mismo modo que perfectamente puedo decir yo aquello suyo de que "Robinson Crusoe es indudablemente un libro para releer línea por línea, haciendo cada vez nuevos descubrimientos."

Mankell, en ese admirable testamento literario que es Arenas movedizas, escribía que lo único que le proporcionaba cierto cálido bienestar durante su grave enfermedad, haciendo que se olvidara momentáneamente de ella, era la lectura de aquellos libros que ya había leído. Es -decía- como volver a encontrar tu yo más íntimo, incontaminado, en ellos. El Robinson Crusoe fue uno de los últimos libros que pudo releer antes de morir. Lo destacaba como el libro más importante de su vida, el libro máximo. Si lo hubiera conocido Betteredge, le habría dado un abrazo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Clásicos para regalar esta Navidad, 1
(«Las aventuras de Tom Sawyer», de Mark Twain)


Se ha dicho de este libro que es «solar», algo que no sé muy bien qué quiere decir, pero me encanta porque me permite fantasear con interpretaciones interesantes. Imagino que quien lo bautizó de ese modo quería dar a entender que se trata de un libro que ilumina, acaricia, alegra, divierte, da calor (o, mejor, calidez), aporta vitamina D, celebra la vida...

Estos son los libros que, con el tiempo, uno quisiera tener siempre a mano, en la mesilla de noche, debajo de la cama, en la almohada. Para dejarnos alumbrar siempre, en lo grisáceo de nuestro ocaso, por esa vitalidad que encierran, que transmiten, como amuletos contra el dolor y la tristeza.

La editorial Sexto Piso acaba de publicar en su coleccion Ilustrados una nueva edición de este clásico universal, Las aventuras de Tom Sawyer, mientras prepara para principios de año nuevo el volumen de las de Huckleberry Finn. Si a ello sumamos que para esta edición se ha encargado una nueva traducción, a Mariano Peyrou, y unas formidables -como siempre- ilustraciones a Pablo Auladell, pues qué quieren que les diga. Que ustedes, lectores que persiguen buenos libros en buenos recipientes, están de triple enhorabuena.

Mark Twain, quien se inspiró en vivencias personales para alumbrar la mayoría de las travesuras y los personajes que pueblan esta obra, dijo de ella que era «un himno escrito en prosa», es decir, un canto emotivo y vitalista, no exento de nostalgia dedicado a ese verano eterno e invencible que es la infancia.

Ah, infancia, luz, amistad, vida.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Dolor y música

Blackie Books conquista con esta edición de las memorias de Rhodes

Si hay unas memorias recientes que alternen, sin remilgos ni victimismos, oscuridad y luz, estas son las del concertista de piano James Rhodes, que acaban de publicarse en España, de la mano de la interesantísima editorial Blackie Books, bajo el título Instrumental. Memorias de música, medicina y locura.

Hay en este libro mucho de insoslayable sufrimiento, de dolor y de efectos secundarios: a Rhodes lo violaron reiteradamente desde los seis años hasta los diez, lo internaron en un psiquiátrico, fue drogadicto y alcohólico, se intentó suicidar cinco veces, se casó y tuvo un hijo, cuya custodia perdió. Ahí es nada. Pero también hay en él una sinceridad apabullante, que empieza en el lenguaje mismo -inmediato y duro- en que está escrito. Y también hay verdad (con mayúscula, no de cartón piedra). Y vida, vida que puede masticarse, esa que a veces cuenta contigo / a veces ni te mira (como dice la canción de Dani Martín). Y, sobre todo y ante todo, hay un apasionado y monolítico amor a la música (clásica, para más señas), en especial a Bach, porque fue quien salvó a Rhodes de la autodestrucción (a los siete años descubrió casualmente una grabación de la Chacona en re menor para violín y le cambió la vida: fue consciente del poder calmante, protector y, a largo plazo, curativo del arte de los sonidos). No me extraña. Si Bach no es Dios (perdonen la blasfemia), al menos se le parece mucho. Lo sabe quien se acerca a él desde dentro, interpretándolo, o desde fuera, escuchando atentamente cualquiera (da igual cuál) de sus piezas. Jamás se ha compuesto una música tan bella, tan espiritual, tan perfecta.

James Rhodes: "Bach, literalmente, me salvó la vida"
Cada capítulo (o tema, como lo llama Rhodes) de este libro valiente y desgarradoramente humano va introducido por un breve y sentido alegato de una obra musical. Las piezas de las que habla son mayormente movimientos concretos de conciertos o sinfonías que conforman el canon musical personal que el autor ha ido conformado durante sus años de oyente y de concertista: Schubert, Shostakóvich, Beethoven, Ravel, Schumann, Bruckner.., y, por supuesto, Bach.

Refiriéndose a Beethoven, Rhodes cita unas palabras de e. e. cummings que perfectamente se le podrían aplicar a él: "Ser únicamente quien eres, en un mundo que hace todo lo posible, continuamente, por convertirte en todos los demás, implica luchar la batalla más difícil que puede librar cualquier ser humano, y no dejar nunca de hacerlo".

En ello está.