lunes, 24 de julio de 2017

Homo umbilicus

Egon Schiele, Autorretrato con el ombligo al aire, 1911

Pienso en estos días en lo estimulante que resulta la idea de una teoría de la evolución de las especies inacabada o errónea, incluso fracasada, en la iluminadora visión de que el hombre es solo un eslabón en la cadena de la evolución biológica y que aún está en pleno proceso de desarrollo hacia estadios más perfeccionados, estadios en los que adquirirá más consciencia de su propia condición, de su supremacía, de su responsabilidad y -si así lo quiere- de su enorme capacidad (casi milagrosa) de cuidar y respetar el mundo que habita y a las personas -especialmente a las más débiles- que con él lo comparten. 

Es plausible y consolatorio (aunque esto último solo sirva para que los escépticos, como yo, acerca de las buenas intenciones del ser humano nos autoengañamos) aquello que Skolimowski, en su espléndido y necesario ensayo La mente participativa, comenta sobre Koestler: 

«Arthur Koestler ha insistido en que la evolución cometió un error al desarrollar tanto nuestras capacidades intelectuales y tan poco nuestro sentido moral. Creía que ésta sería la causa de nuestra perdición y anduvo desesperado debido a este "desliz". Pero la desesperación no ayuda; es muy probable que la próxima fase de nuestro desarrollo evolutivo consista precisamente en desplegar un espectro de sensibilidad que facilite la adquisición de un sentido más profundo de la moral, una compasión más verdadera y un entendimiento más hondo de todo lo que existe, incluyéndonos a nosotros mismos.»

Sí, es bonito. Pero me temo que del homo sapiens al homo sensibilis o al homo moralis queda mucho. A lo mejor queda tanto que nunca tendrá lugar. De momento, día tras día, año tras año, hecho tras hecho, lo que vamos es hacia la consolidación del homo umbilicus (es decir, el señor o la señora que se dedica a mirarse a jornada completa su santo ombligo, anhelando que a él o a ella el mundo no le importune), o hacia el homo destructor, que es la eterna y, nunca abiertamente confesada, genuina vocación del bípedo implume.