jueves, 17 de agosto de 2017

Viajar al Más Allá


Tartessos me fascina. Tartessos sin cursivas (esto es, la primera y más enigmática civilización conocida en el occidente europeo) y Tartessos con cursivas (es decir, este libro que firma Alberto Porlan tras más de 30 años dedicados a la investigación sobre el tema, y para el que solo se me ocurren dos calificativos que le hagan justicia: brillante y apasionante).

Desde el libro de Adolphe Schulten (1945, 2ª ed.) y posteriormente el de Juan Maluquer (1970),  no se había publicado nada sobre la civilización tartésica tan relevante y que mereciera prestarle tanta atención. A diferencia de los dos autores anteriores, Porlan rechaza razonadamente la hipótesis tradicional que ubica a Tartessos en la desembocadura del Guadalquivir (de ahí el subtítulo de la obra, un nuevo paradigma) y sitúa en tierras gaditanas la ciudad y el territorio tartessio. Concretamente en el sector occidental del estrecho de Gibraltar, lo que equivale a decir en las primeras aguas atlánticas. Sigue así la corriente antigua que encabezaran Pytheas, Eratóstenes y Dionisio Periegeta, que continuaron Ausonio y Sidonio Apolinar y que retomó siglos después el cosmógrafo holandés Abraham Ortelius, máximo exponente de la cartografía de su tiempo.

El libro está profusamente ilustrado con imágenes explicativas.

Porlan relaciona la información histórica que nos transmite Heródoto con el periplo anónimo griego del siglo VI a.C. por las costas españolas que sirvió a Avieno para redactar su Ora Maritima, único documento histórico disponible para fijar la localización de Tartessos. En esta parte el ensayo se torna fascinante: el autor desmenuza con meticulosidad de cirujano los versos de la Ora Maritima y, para perplejidad del lector, las descripciones de Avieno, debidamente analizadas y contextualizadas, encajan como un puzzle con la configuración geográfica que encontramos en la zona que comprende desde el cabo Trafalgar hasta Tarifa (en el litoral), y desde la marisma de Barbate hasta la partidera de aguas de dicho río (en el interior), que son los límites propuestos por el autor para el terriorio tartésico.

Tartessos guarda una estrecha relación con el Más Allá de los griegos, algo que no resulta nada extraño. Occidente era para ellos un misterio, lo desconocido. Por eso se transformó en leyenda. El control de esta parte de las tierras lo ejercían los semitas desde antes de Homero, así que los recuerdos de las primitivas exploraciones del fin del mundo que hicieron sus antepasados, los cretenses y micénicos del segundo milenio, se habían convertido para ellos en mitología. Llegó la escritura y terminó fijando unos relatos orales que se transmitían de generación en generación como orgullosas pruebas de la audacia helena y valiosísimos conocimientos acerca de la geografía del fin del mundo. Sobre esos datos físicos se superpuso la noción metafísica de que las almas de los difuntos, que ya no pertenecen a este mundo, viajaban a Occidente en busca del otro. La noción religiosa se enganchó al conocimiento geográfico, y el fin del mundo, con sus accidentes auténticos y hasta con algunos de sus nombres, pasó a ser la salida mística que nos espera a todos los mortales: el paso al Más Allá. En este sentido, resulta increíble las coincidencias que existen entre numerosos topónimos actuales de la zona donde Porlan ubica Tartessos con los que aparecen en los mitos griegos referidos al Otro Mundo. Como el propio autor dice: "Sólo el desinterés por lo que no resulta 'científico' explica que nunca se haya realizado una comparación entre la geografia mítica que transmite Homero y la geografía real, a escala humana, de las primeras tierras oceánicas. De haberse efectuado ese análisis es probable que al analista le hubieran llamado la atención las notorias coincidencias que se acaban de exponer. Y algunas más que se verán después."

Laguna de La Janda, antes de su desecación.

El libro culmina con una teoría sencillamente extraordinaria. La posibilidad de que Pitágoras de Samos formara parte del grupo de griegos de la Jonia que visitaron oficialmente Tartessos en el siglo VI a.C. (presumía el filósofo de haber estado en el Más Allá y haber regresado al mundo de los vivos para contarlo). Asimismo, como ya hiciera Schulten, Porlan propone que el relato de Platón sobre la Atlántida tuvo su origen en el conocimiento que este tenía de Tartessos a partir de los informes que sobre el terreno había elaborado la citada embajada jónica.

En este sólido e impresionante ensayo publicado por la editorial Libros de la Herida, Alberto Porlan nos conduce por las múltiples sendas del laberinto tartessio (la mitológica, la filológica, la toponímica, la geográfica y la histórica) y argumenta que todas ellas convergen en la que él llama isla H, una isla fluvial a 25 km del litoral atlántico y a 40 del Mediterráneo, con una superficie de 75 hectáreas, situada en el término municipal de Medina Sidonia, muy cerca de donde estuvo la laguna de la Janda (desecada en su totalidad en 1967). Es ahí donde podría estar enterrada Cartare o Eritia (según su nombre púnico o griego), la ciudad principal de Tartessos. Y es ahí donde habría que excavar para que hablaran -o no- las piedras.

Mientras tanto, en unos días pondré rumbo al Más Allá. Para volver, espero. Como Pitágoras.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Lo que es justo y correcto



Emerson es de esos autores que hay que tener siempre entre dedos y bajo atenta y vigilante mirada.

«Para estar en soledad las personas necesitan retirarse tanto de su habitación como de la sociedad. No estoy solo mientras leo o escribo, aunque nadie esté a mi lado. Pero si alguien quiere estar realmente solo que mire a las estrellas. Los rayos que provienen de esos mundos celestes le separarán de lo que toca. Podríamos pensar que la atmósfera se hizo transparente con la finalidad de dar al hombre, a través de los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime. ¡Qué grandes parecen desde las calles de las ciudades!»

Dejarse llevar por su ritmo y por su sabiduría es un regalo que, por sí solo, celebra y justifica el hecho de haber aprendido a leer. En una tarde lluviosa de invierno, junto a una chimenea, o en un claro día de verano, a la orilla de un río o al pie de un árbol, la lectura de Emerson es tan reconfortante y amplificativa que difícilmente se desvanece luego en nuestra memoria.

«Las estrellas inspiran cierta reverencia porque aunque siempre están presentes, son inaccesibles, pero todos los elementos naturales dejan una impresión semejante, cuando la mente está abierta a su influencia. La naturaleza nunca muestra una apariencia mezquina. Ningún hombre sabio vulnera su secreto, ni sacia su curiosidad desvelando toda su perfección.

La naturaleza no se convierte en juguete para un espíritu elevado. Las flores, los animales, las montañas, reflejan la sabiduría de su mejor momento, tanto como habían deleitado la sencillez de su infancia.»
 
Verdad, Bondad y Belleza, la tríada esencial platónica, impregna toda su obra, especialmente la que dedicó de manera tan admirable a la relación del hombre con la naturaleza. Verdad, Bondad y Belleza que es lo mismo que decir Filosofía, Ética y Arte.

«Para hablar claro, pocos adultos son capaces de ver la naturaleza. La mayor parte de las personas no ven el sol, o al menos su visión es superficial. El sol solo ilumina el ojo humano pero brilla en la mirada y el corazón del niño. El amante de la naturaleza es aquel cuyos sentidos internos y externos están realmente ajustados entre sí; aquel que retiene el espíritu de la infancia aunque llegue a la edad adulta. Su relación con el cielo y la tierra se convierte en su alimento diario. En presencia de lo natural, un delicioso sentimiento salvaje recorre a las personas a pesar de sus penas. La Naturaleza dice «esta es mi criatura» y a pesar de sus impertinencias disfrutará conmigo. No solo el sol o el verano, sino que cada momento y estación rinde su tributo de deleite. Cada momento, cada cambio corresponde a un estado diferente de la mente, desde el mediodía jadeante a la tenebrosa medianoche. La naturaleza es una configuración que se adapta así de bien tanto a la comedia como a la tragedia. Con buena salud, el aire es un acicate de increíbles virtudes. En el crepúsculo, atravesando un simple campo, charcos de nieve, bajo un cielo nublado, sin que cruzara por mis pensamientos nada de especial fortuna, disfruté de una alegría perfecta, una emoción vecina al temor. También en los bosques el hombre puede dejar atrás su edad, como la serpiente su piel, y ser un niño a pesar del tiempo. En los bosques se siente la eterna juventud. En estas plantaciones de Dios reina el decoro y la santidad, y se celebra un festival perenne en el que el invitado no podría cansarse de ello ni en mil años. En los bosques regresamos a la razón y la fe. Si me fijo bien, siento que nada malo puede acontecer en mi vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad que la naturaleza no pueda reparar. Sobre la tierra desnuda —con mi cabeza bañada por el aire libre e inmerso en el espacio infinito—, desaparece todo rastro de egoísmo. Me convierto en un transparente globo ocular; no soy nada; veo todo; las corrientes del Ser Universal me atraviesan; soy parte o partícula de Dios. El nombre del amigo cercano suena entonces ajeno y accidental: ser hermano o conocido, dueño o sirviente, es entonces una nimiedad y un trastorno. Soy amante de la belleza incontenible e inmortal. En la naturaleza salvaje encuentro algo más amado y afín que en las calles o las aldeas. En la tranquilidad de un paisaje, y especialmente en la lejana línea del horizonte, el hombre observa algo tan hermoso como su propia naturaleza.»

Emerson es de esas lúcidas mentes que avisaron del batacazo que el hombre podía estar a punto de darse si seguía gastando esa soberbia de creerse dueño de todo, el único ser creado a imagen y semejanza de Dios, el rey del mambo. Y eso un ser que le ha vuelto la espalda a todo lo que no sea su propio interés, que depreda y utiliza lo que se le ponga por delante, que no tiene el más mínimo respeto por el resto de criaturas vivas que con él comparten y lo comparten en usufructo el mundo.

«La mayor delicia que proporcionan los campos y bosques es la sugerencia de la oculta relación entre humanos y plantas. Ni estoy solo, ni soy ningún extraño. Me saludan y yo a ellos.

En medio de la tormenta el balanceo de las ramas es a la vez para mí nuevo y antiguo. Me sorprende, y a la vez no me es desconocido. El efecto que produce es el mismo que cuando un pensamiento elevado, o una intensa emoción me embarga, siento que es justo y que ocurre lo correcto.»

La edición de los dos hermosos textos que el pensador de Concord dedicó a la Naturaleza los ha reunido la editorial La Línea del Horizonte en un precioso volumen, con excelente traducción de Salvador Sediles y de Carlos Muñoz Gutiérrez, quien firma además una espléndida introducción titulada "El Virgilio americano".