martes, 30 de enero de 2018

De nuestra invisibilidad

Hombre viejo en traje militar (Detalle), Rembrandt, 1631 

Dice el libro* que en Living Time  [El tiempo vivo], el psicólogo Maurice Nicoll, discípulo de P. D. Ouspensky, hace la particular observación de que nuestro "verdadero yo" es en realidad invisible. Podemos ver los rostros de las personas, oír sus voces, observar sus movimientos y sentir su tacto, pero nunca las veremos a ellas de verdad. Y eso también es aplicable a nosotros mismos. Puedo ver mi cara en un espejo y oír mi voz en una grabadora, pero ¿realmente soy yo ése? Nicoll dice que no. El "verdadero yo" es ese extraño que habita en nuestro mundo interior (otra metáfora) y al que de vez en cuando entrevemos (otra metáfora), pero al que más a menudo damos por supuesto. Tal vez pensemos que este discurso sobre un "yo invisible" es a su vez una metáfora, pero hay al menos una experiencia de nuestra "invisibilidad" que todos compartimos. Desde que tenemos dos o tres años hasta que envejecemos y morimos, sentimos aquel "yo" que habita un espacio metafórico detrás de nuestros ojos. En su paso del niño pequeño al octogenario fatigado, el cuerpo físico sufre una inmensa cantidad de cambios, algunos de ellos con resultados visibles. De hecho, sabemos que las células de nuestro cuerpo, y los átomos y las moléculas que conforman dichas células, han cambiado numerosas veces a lo largo de nuestra vida, y que a decir verdad no somos los mismos "cuerpos" con los que empezamos. Pero nuestro yo interior mantiene una curiosa persistencia. También él cambia, por supuesto. ¿Pero quién no se ha dicho, al mirarse en el espejo, y ver un rostro desgastado de mediana edad: "Pero si aún me siento como si tuviera veinte años"? ¿Y quién no ha maldecido los estragos del tiempo, cuyas huellas vemos en cada arruga y en cada hueso dolorido o articulación que cruje, y no ha sentido que aquel espantajo de carne vieja y cansada no es su "yo auténtico"? El "yo auténtico" no es aquel cuerpo doliente, arrastrado por la corriente del tiempo. Es otra cosa. Y esa "otra cosa" es la consciencia.

* Una historia secreta de la consciencia, Gary Lachman, Atalanta, 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario