viernes, 2 de febrero de 2018

Teoría de la estupidez humana

El pelele (Detalle), Francisco de Goya, 1791-1792 

Dice el libro* que la humanidad se encuentra -y sobre esto el acuerdo es unánime- en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad. Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en una situación deplorable. El pesado fardo de desdichas y miserias que los seres humanos deben soportar, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad organizada, es básicamente el resultado del modo extremadamente improbable -y me atrevería a decir estúpido- como fue organizada la vida desde sus comienzos. 

Desde Darwin sabemos que compartimos nuestro origen con las otras especies del reino animal, y todas las especies -ya se sabe- desde el gusanillo al elefante tienen que soportar sus dosis cotidianas de tribulaciones, temores, frustraciones, penas y adversidades. Los seres humanos, sin embargo, poseen el privilegio de tener que cargar con un peso añadido, una dosis extra de tribulaciones cotidianas, provocadas por un grupo de personas que pertenecen al propio género humano. Este grupo es mucho más poderoso que la Mafia, o que el complejo industrial-militar o que la Internacional Comunista. Se trata de un grupo no organizado, que no se rige por ninguna ley, que no tiene jefe, ni presidente, ni estatuto, pero que consigue, no obstante, actuar en perfecta sintonía, como si estuviese guiado por una mano invisible, de tal modo que las actividades de cada uno de sus miembros contribuyen poderosamente a reforzar y ampliar la eficacia de la actividad de todos los demás miembros. 

La estupidez humana se rige por cinco leyes fundamentales, que son: 

1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
4. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.
5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Por deducción, de la tercera ley, pueden establecerse dos factores a considerar cuando se explora la conducta humana:

a) Beneficios y pérdidas que un individuo se causa a sí mismo; y
b) Beneficios y pérdidas que un individuo causa a los otros

Creando un gráfico en el que se coloca el primer factor en el eje x y el segundo en el eje, se pueden obtener cuatro grupos de individuos:

Fuente: Wikipedia

1) INTELIGENTES: benefician a los demás y a sí mismos.
2) INCAUTOS o desgraciados: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.
3) ESTÚPIDOS: perjudican a los demás y a sí mismos.
4) MALVADOS o bandidos: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.


*Carlo Cipolla. Le leggi fondamentali della stupidità umana, 1988 (ed. en español, 1996)

4 comentarios:

  1. Muy muy bueno. Y de rabiosa actualidad, como suele decirse.

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  2. Esta entrada debe uno llevarla consigo en su bloc de notas para recordarla por lo menos una vez a la semana, que digo yo, una vez al final de cada día y sacar conclusiones sobre la estupidez, ajena y propia, claro está.
    un saludo, veo que sus entradas últimas tienen un toque filosófico-práctico que creo son muy útiles para los tiempos que corren.
    Le envío un fuerte abrazo desde Las Palmas de Gran Canaria, que para la estupidez definitiva se ha puesto a nevar, donde vamos a llegar¡¡

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    1. Ajena y propia, tú lo has visto muy bien, A. Luis. Pues la segunda ley no deja lugar a duda. Un abrazo.

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  3. No podía comentar, a ver si lo consigo...
    Fascinante...
    Lo he leído en el trabajo para todos y nos ha resultado fascinante, después de un día extraño, intenso, y plagado de estupideces.
    La ley número dos es la que más me aclara a mi el tema.
    Yo siempre había oído que era mejor un malvado que un estúpido.

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