lunes, 4 de junio de 2012

Recuerdos de una luz azul con London


Ordenando estos días mi biblioteca, me he topado de pronto con un viejo ejemplar de La llamada de la selva, de Jack London. Me recuerdo leyendo ese libro, hace ahora treinta y un años. Sé la fecha exacta porque yo mismo la anoté en la portada. Está escrita a lápiz 1981, solo el año y la acompaña lo que pretende ser una firma: mis dos nombres y mi primer apellido, con las tres jotas, a modo de anzuelo, unidas toscamente con un trazo por encima. 

Me recuerdo leyendo de mañana, antes de ir al colegio, con una luz vivísima cayendo en diagonal sobre mi cama. Debía ser abril o quizá mayo. Intentaba arañar unos minutos al deber inexcusable de la escuela y detener el tiempo entre mis manos en compañía del perro Buck, por los páramos nevados de Alaska. Es este, ahora que lo pienso, uno de mis recuerdos primeros y sin duda el más intenso relacionados con el placer de la lectura. Antes hubo otros, eso seguro, pero, tal vez por la escasa intensidad de lo leído o por mi poca atención al hecho mismo de leer, no han dejado huella en mi memoria y, al intentar recordarlos, solo veo ante mí una masa informe, sin color ni contorno.

London —mi querido London— fue el primero, con La llamada de la selva. Años más tarde conocí esta obra con otros títulos, como La llamada de la naturaleza y La llamada de lo salvaje, pero yo siempre preferí el de mi edición, con ese término selva tan sonoro y remoto, anunciando aventuras. Sí, London y sus paisajes nevados; London y sus personajes al límite, desarraigados; London, el escritor borracho, libre, suicida. Después llegué a leer otras muchas obras suyas. Su Colmillo Blanco, su Peregrino de las estrellas, su Lobo de mar, sus inolvidables relatos del Yukón o de los Mares del Sur..., y, más tarde aún, su Martin Eden, esa conmovedora autobiografía novelada que tradujo con hilo fino Marta Salís hace unos años, y a la que persuasiva e insistentemente tuve que convencer para tal fin (a su vez, ella tuvo que convencer a Luis Magrinyá, de Alba Editorial, para que la incluyese en su selecta colección de clásicos, que es donde debía estar, y donde está).

Ahora, al ordenar mi librería, me he topado de pronto con este viejo ejemplar de Bruguera, y me recuerdo allí, sobre la cama, ajeno a todo mis padres merodeando en la cocina, mis hermanos desperezándose del sueño, tan solo con ojos y atenciones para Buck, al que alentaba a tirar fuertemente del trineo para ganar la apuesta en Dawson City, o a vengar, salvaje, la muerte de su amo Thorton a manos de los jheevas.

Mi ejemplar de la edición de Bruguera
Qué felicidad, extraña y secreta, camino de casa, aquel sábado por la mañana porque era sábado, me acuerdo bien con mi libro (ya era mío) palpitante de vida entre mis manos. Pagué por él ciento veinticinco pesetas, el precio también viene en la portada. Ningún viaje a Alaska fue jamás tan asequible, especialmente para un niño de once años. 

El libro, ya ajado y amarillento, con esa llamativa cubierta que miré tantas veces, sigue aquí conmigo, a buen recaudo, superviviendo a los naufragios de todas mis mudanzas. Pero Buck, y Thorton, y las montañas nevadas, y aquella luz limpísima y azul que traspasaba mi cuarto, ¿adónde fueron?


Imagen entrada: Jack London en Wake Robin Lodge, Glen Ellen, California, 1906

7 comentarios:

  1. Excelente texto, Jesús.
    Para mí también Jack London es un autor ligado a mi infnacia y juventud, y me sería imposible separar mis primeros recuerdos como lector de libors como "La llamada de la selva" y "Colmillo blanco". SOn textos tan profundos en contenido como aparaentemente sencillos en su forma, por lo que a veces es equivocado tenerlos como libros juveniles. Son libros para siempre, creo yo, son clásicos.
    Lo dicho, gracias por alegrarme un lunes con un regalo tan particularmente emotivo.
    Cordiales Saludos.

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  2. Extraordinario relato. Enhorabuena? Después de un día horrible, con visitas de personas indeseables, que tranquilidad lee este texto. Barbusse sorprende cada día.

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  3. Coincido con los comentarios anteriores: el texto es precioso. Medido y emotivo, sin caer en ese envoltorio cursi o impostado tan frecuente cuando se habla de las experiencias de la infancia. Yo fui mas de Salgari y de piratas, pero la experiencia es parecida. Felicidades por el blog, Jesús J. Pelayo. Tendrá una seguidora acérrima.

    un saludo,
    Carmen Pérez Villalta

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  4. No voy yo a ser menos y no voy a dejar de comentar este bonito texto que hoy nos regala Barbusse desde su nuevo y flamante escritoro balzaquiano....

    Pd: Antonio Luis, ¿nosotros no leiamos nada?. Sólo nos limitábamos a desperezarnos del sueño.....

    Un saludo

    Ramon J. Pelayo

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  5. Que maravilla poder leer unos recuerdos con sentimientos similares. Este libro llegó a mis manos, gracias a mi hermano, con una edad similar y también fue de los primeros que recuerdo disfrutar.

    Gracias por compartir esos recurdos.

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  6. Gracias a todos por los comentarios. Me alegra que haya gustado.
    Seguimos en el infierno.

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  7. Como me incorporé tarde al blog, me detengo a veces en entradas pasadas. Esta es muy emocionante. Tal cual.

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