martes, 14 de agosto de 2018

Nada dorado puede permanecer

Fotograma de la película islandesa Heartstone, 2016

Nature’s first green is gold,
Her hardest hue to hold.
Her early leaf’s a flower;
But only so an hour.
Then leaf subsides to leaf,
So Eden sank to grief,
So dawn goes down to day
Nothing gold can stay.

Robert Frost, Nothing gold can stay, 1923


De la naturaleza el primer verde es oro,
su matiz más difícil de asir;
su más temprana hoja es flor,
pero por una hora tan sólo.
Luego la hoja en hoja queda.
Así se abate el Edén de tristeza,
así se sume en el día el amanecer.
Nada dorado puede permanecer.

Traducción de Miguel Martínez-Lage

martes, 7 de agosto de 2018

El don más preciado

Los arqueólogos descubren en Delfos la estatua de Bitón, 1894 

Cuenta Heródoto* que los gemelos Cleobis y Bitón eran naturales de Argos, contaban con suficientes medios de vida y, además, poseían un vigor corporal de una proporciones tales, que ambos eran a la par campeones atléticos. Es el caso que, con ocasión de celebrar los argivos una fiesta en honor de Hera, su madre tenía que ser ineludiblemente trasladada en carro al santuario, pero sus bueyes no habían regresado del campo a la hora debida. Entonces los jóvenes, como el tiempo apremiaba, se uncieron ellos mismos a la gamella y arrastraron el carro, sobre el que iba su madre, llegando al santuario después de haber recorrido cuarenta y cinco estadios. Y, una vez realizada esta proeza a la vista de todos los asistentes, tuvieron para sus vidas el fin más idóneo y en sus personas la divinidad hizo patente que para el hombre es mucho mejor estar muerto que vivo. Resulta que los argivos, rodeando a los muchachos, los felicitaban por su fuerza; y, por su parte, las argivas lo hacían con su madre por tener unos hijos como aquéllos. La madre, entonces, exultante por la proeza y los elogios, pidió con fervor a la diosa, en pie ante su imagen, que concediera a Cleobis y Bitón, sus hijos que tanto la habían honrado, el don más preciado que alcanzar puede un hombre. Tras esta súplica y una vez concluidos los sacrificios rituales y el banquete, los muchachos se echaron a descansar en el propio santuario y ya no se levantaron: ese fue el fin que tuvieron. Y los argivos mandaron hacer unas estatuas de ellos y las consagraron en Delfos, pues habían sido unos hombres excepcionales. La diosa entendió que el mejor regalo que puede desear un hombre es morir sin sufrimiento**.

* Heródoto, Historia, Libro I, 31, trad. de Carlos Schrader
** Esta frase es un añadido de Barbusse

jueves, 2 de agosto de 2018

Maestro Battiato



E il mio maestro mi insegnò com’è difficile trovare l’alba dentro l’imbrunire.
[Y mi maestro me enseñó qué difícil es encontrar el alba dentro de las sombras.]
F. Battiato, Prospettiva Nevski


Hoy, que se especula sobre el estado de salud de Franco Battiato, il mio maestro, bueno es recordar un magnífico texto que Antonio Romero escribió, en estado de gracia, hace un año y que se titula La posible carta de Battiato que nunca llegué a leer. En él retrata, de manera admirable, lo que ha supuesto en su vida el maravilloso legado musical e intelectual de este inmenso e irrepetible artista. Las sensaciones, las observaciones y los respetuosos agradecimientos que plasma Antonio en su artículo son también los míos (al igual que los de miles y miles de personas a los que Battiato ha ido seduciendo, haciendo suyos, a lo largo de su larga carrera musical). También yo, como Antonio, puedo decir que tuve el privilegio de ver al maestro en vivo y en directo. Fue en el otoño de 2006, en un Palacio de Congresos de Granada abarrotado hasta el gallinero, y donde, también como le ocurrió a él, tuve la inefable sensación de que el artista siciliano, sentado allí sobre una alfombra persa y moviendo místicamente sus manos en el aire, cantaba solo para mí. 

Der Schmerz, der Stillstand des Lebens Lassen die Zeit zu lang erscheinen, canta Battiato en L'Oceano di Silenzio. [El dolor, la inmovilidad, hacen que la vida parezca demasiado larga]. 

Salud, Maestro.