lunes, 10 de diciembre de 2018

Comedia, de Dante Alighieri
(Clásicos para regalar esta Navidad, 2)



Este volumen de Acantilado es el mejor regalo que puede recibir cualquier lector del siglo veintiuno interesado en una de las obras literarias más relevantes e influyentes de todos los tiempos: la Comedia, de Dante Alighieri. Esto también es válido para quien ya conozca la obra, porque hacer una relectura en esta exquisita edición es una garantía de satisfacción del cien por cien, tal es la calidad de su factura.

El principal ingrediente de su excelencia es la traducción que nos ofrece el profesor José María Micó (Premio Nacional de Traducción en 2006). Ha optado éste por una versión poética no rimada (¡gracias!), sino en verso libre, muy musical, nítida y elegante, expresiva en nuestro idioma y con una gran fidelidad al texto original. Según ha comentado el profesor en alguna entrevista, su principal preocupación era hacer una traducción "legible, cercana y fiel". Y a fe que lo ha conseguido, la prueba es que se lee con una gran fluidez, como si de un texto narrativo se tratase. No puedo decir lo mismo de algunas otras versiones que intenté leer en el pasado y que me echaron para atrás, como la de Ángel Crespo (liosa, pese a su fama), la de Luis Martínez de Merlo (enrevesada e incómoda), o la de Abilio Echeverría (artificial, por su demasiada dependencia de la rima).

La versión de Micó es bilingüe, pero, al contrario que otras ediciones, que presentan el texto original y la traducción en páginas encaradas (algo que personalmente detesto), aquí los versos originales de Dante van discretamente colocados a pie de página y en letra más pequeña, para no entorpecer la mirada del lector.

Otro acierto, en mi opinión, es la ausencia de notas explicativas (de nuevo, gracias). Micó suple esto con breves y muy bien elaboradas introducciones a cada canto -que yo aconsejo leer después, y no antes, de cada canto-, y un útil glosario razonado de personajes, obras y lugares citados, que va al final del libro.

En cuanto a sus características físicas, pese a sus casi mil páginas y a su encuadernación en tapa dura, el volumen es ligero y manejable, así que no se preocupen, que no van a tener que entrenar bíceps para sostenerlo. La clave de ello es el papel (según los editores, el mejor que han usado nunca en un libro), de bajo gramaje, pero de una gran resistencia y suavidad al tacto.

Borges reiteraba su fascinación por la Comedia. La obra más perfecta de la humanidad, llegó a decir sobre ella. También el profesor Micó va en esta línea. Él dice que “es un libro infinito, perfecto, en él está todo, todo lo que despliega el universo, por eso durante tantos siglos lo han acompañado múltiples interpretaciones, desde las más filosóficas a las esotéricas. Es una reflexión de la condición humana, un viaje intemporal a un mundo irreal”. La verdad es que no es de extrañar. En mi caso, ha sido suficiente con leer un par de cantos (por no decir uno solo) para declararme adicto a Dante, a su viaje iniciático, a la belleza de sus versos, al fascinante poder de su imaginación. 

Si usted va a leer la Comedia (o Divina Comedia, como la bautizó Bocaccio), bien en la Lectura ilustrada que se va a realizar aquí a partir de enero, o bien más adelante, por su cuenta, cuando a usted le venga en gana (tampoco hay que dar tantas explicaciones), no lo dude, hoy por hoy la edición, con mayúsculas, es ésta. Que sí, que cuesta un dinero, que es cara, que vale un pico y medio. Lo admito. Pero ya que uno se da un lujo, mejor que sea por la puerta grande, ¿no le parece?

Quizá alguien que le quiere bien, quizá usted mismo, se lo regale en estas navidades. Sea como sea, obligatorio. 

martes, 4 de diciembre de 2018

A mitad del camino de la vida...



El señor Barbusse tiene un deber pendiente con la Comedia (o Divina Comedia) de Dante Alighieri, uno de los monumentos de la literatura universal, fusión magistral de mitología clásica y cristiana, y perfecto compendio de cómo el hombre medieval concebía el mundo.

El deber pendiente al que se refiere Barbusse no es otro que el de leer el gran poema de Dante, pese a que -todo hay que decirlo- ocasiones para hacerlo no le han faltado. Pero ahora sí. Ahora es el momento perfecto. ¿Y por qué ahora es el momento perfecto? Pues porque acaba de publicarse una edición, la de Acantilado, que es francamente extraordinaria, como también lo es la traducción que ha realizado para ella el profesor José María Micó. 

Se dice que la Divina Comedia es a la Edad Moderna lo que la Odisea a la Antigüedad. Así que, si este año ha sido Homero el que ha pasado una temporadita por aquí, compartiendo unas semanas muy agradables con nosotros, en 2019 es el turno de Dante.

El señor Barbusse va a realizar una lectura atenta, cómoda y, por supuesto, ilustrada, valiéndose para ello del enorme caudal de imágenes que los versos de Dante han inspirado a numerosos artistas a lo largo de estos últimos siete siglos.

Comenzará la lectura el 21 de enero y discurrirá sin prisa, pero sin pausa. Más información, para los interesados que deseen seguirla, a principio de año.  

¿Se atreven?


© de la imagen: Eric Armusik, Dante's Inferno Painting Series
Reproducido con permiso del autor

viernes, 30 de noviembre de 2018

El Horla, de Guy de Maupassant
(Clásicos para regalar esta Navidad, 1)


«Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo; pero, ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual enturbia un miedo opaco y misterioso». Así se expresaba Guy de Maupassant acerca de sus temores personales, los mismos que supo plasmar, como pocos, en algunos de sus relatos, entre ellos los que recoge este precioso volumen recién publicado por Libros del Zorro Rojo. Los tres títulos que incluye son Aparición, La cabellera y el memorable El Horla, que da título al libro y que, particularmente, es uno de mis relatos preferidos de la literatura del miedo de todos los tiempos. Esta preciosa edición incluye la traducción de Mauro Armiño y unas extraordinarias e inquietantes ilustraciones del artista argentino Mauro Cascioli. Todo se conjunta armoniosamente en este libro para conformar un producto de mucha calidad. 

lunes, 26 de noviembre de 2018

La luna, de Jules Cashford:
Una joya de la mitografía



En verdad -muchas veces me lo pregunto-, no sé por qué me atrae tanto la mitología. Debe ser -y esto lo siento como algo inconsciente-, porque en ella encuentro una nada despreciable porción de verdad. Verdad sobre el ser humano y su relación con el mundo que habita. Verdad sobre cómo el hombre ha construido realidades a partir de metáforas. Verdad sobre cómo detrás de cada una de esas metáforas (o mitos) hay un miedo, un anhelo o un abismo ante el vacío. Sí, definitivamente se comprenden muchas cosas sobre nuestras neuras a través de los mitos. Lo expresa bien esto Jules Cashford en este descomunal libro sobre la luna que acaba de publicar Atalanta: «Uno de los descubrimientos de la psicología en el último siglo ha sido el de mostrar que los mitos estructuran nuestro pensamiento, tanto si somos conscientes de ello como si no. Todos nosotros, en cuanto especie, cultura e individuos, tenemos un relato sobre el mundo en que vivimos, el lugar que ocupamos en él y el propósito que nos guía. [...] Lo que los mitos tienen en común es que siempre son construcciones de la psique humana. Deben serlo, porque el mundo no es un hecho dado, sino algo que habitamos por medio de la interpretación».

La influencia de la luna sobre la cabeza de las mujeres. Anónimo, S. XVII (en La Luna, J. Cashford)

¿Y cuál es la interpretación fundamental -cabría preguntarse- asociada con el mito de la Luna? La de la muerte y el renacimiento. Las gentes del pasado remoto percibían el crecimiento y la mengua del satélite como el desarrollo y la agonía de un ser celestial, cuya muerte iba seguida por su renacimiento en forma de luna nueva. De ahí que la Luna ofreciera una imagen visible de esperanza, era, como señala Cashford, «la luz que brillaba  en las tinieblas de la psique humana». Se convirtió en un símbolo de transformación.

Se propone -y consigue- Cashford con su libro dos objetivos fundamentales: primero, explorar los mitos, símbolos e imágenes poéticas de la Luna a modo de estudio de la historia de las ideas desde los tiempos de los primeros seres humanos hasta el presente; y, segundo, preguntarse lo que estos relatos e imágenes revelan sobre la consciencia humana. Este último aspecto, claro, es muy importante, porque, como dice la autora, «no sabemos cómo se forja una mitología, ya sea nueva o antigua. Sin embargo, mediante la comparación de mitos de diversas épocas y culturas, hemos aprendido que todos ellos nos revelan nuestros más profundos anhelos y creencias, ofreciéndonos por lo tanto un medio de aprehender y conocer nuestro propio ser».

Las fases de la luna. Andreas Cellarius, 1660 (en La Luna, J. Cashford)

Es curioso que muchas personas cultas (o, al menos, consideradas como tales) opinen que el mito es una forma de pensar superada por el pensamiento reflexivo, cuando, en realidad, se trata de un pensamiento de carácter especulativo, «el impulso vital y original de la filosofía», en palabras de Cashford. Habría que recordarles a esas personas que el pensamiento reflexivo, lo estrictamente racional, no nos ha sido mucho más útil que lo especulativo para despejar dudas sobre la triple cuestión existencial, esto es, quiénes somos, qué hacemos en este microgranito de arena del universo y dónde vamos después de aquí (si es que vamos). Ni la filosofía ni la mitología, con sus distintos lenguajes, resuelven las grandes incógnitas, es cierto. Tal vez, como decía Virginia Woolf, lo único que consiguen es rascar un poco la cal de la pared. Pero ya sólo el intento, esa cal desprendida, vale mucho, porque expresa nuestro deseo de participación en el mundo, nuestro empeño por alcanzar alguna certeza en relación a qué pintamos aquí.

Dante y Beatriz en el cielo de la luna (en La Luna, J. Cashford)

La luna, símbolo de transformación es un libro enciclopédico, monumental, que nos permite abordar su contenido por una triple vía. Una primera, la más racional y ordenada, sería realizar una lectura del texto principal de la obra, con el apoyo del material gráfico ilustrativo que ofrece. Una segunda vía, más intuitiva y libre, consistiría en leer las más de doscientas imágenes (grabado, dibujo, pintura, fotografía) incluidas en el volumen, y no necesariamente en el orden en que aparecen, para después, y solo después, profundizar en su conocimiento a través de las explicaciones aportadas en el texto. Una última vía emprendería una lectura indirecta (y sumamente interesante) del tema propuesto por Cashford a partir de las citas con que la autora va espigando el discurso de la obra. Y en este sentido, el volumen y la variedad de referencias que Cashford maneja es sencillamente apabullante: abarca el ámbito de la filosofía y de la ciencia, del arte y de la religión, de la literatura y de la arqueología.

La luna saliendo del mar. Caspar David Friedrich, 1822 (en La Luna, J. Cashford)

No se puede dejar de mencionar la afinidad que la obra de Cashford guarda, tanto desde el punto de vista conceptual como metodológico, e incluso estético, con ese prodigio de libro que es Imagen del mito, de Joseph Campbell, también editado por Atalanta hace algunos años. Y hay una afinidad más entre ambos libros: uno y otro son joyas de la mitografía, compendios de la cultura espiritual del homo sapiens, que es -su trayectoria lo confirma- mucho menos sapiens de lo que se creía.

Precisamente fue Campbell quien afirmaba que uno de nuestros problemas en la actualidad es que no estamos familiarizados con la literatura del espíritu. Nos interesan las noticias del día y los problemas de la hora. Y poco o nada de los valores eternos que están en el centro de nuestras vidas. Sin embargo -decía-, cuando uno envejece, y todas las preocupaciones cotidianas han sido atendidas, y uno se vuelve hacia el interior, si no sabe dónde está o qué es, lo lamentará. Y en este sentido, los mitos han sido, son y seguirán siendo nuestros aliados para relacionarnos con el enigma del ser, con el prodigio de la existencia.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Clausura Otoño Shelley

Ilustración de Bernie Wrightson


Las olas se lo llevaron rápidamente, perdiéndose en la oscura lejanía.
Mary Shelley, Frankenstein


Con esta imagen de la Criatura alejándose en la oscuridad, se clausura hoy el Otoño 2018, dedicado a Mary W. Shelley. Quiero agradecer a todos los participantes su amable y resolutiva  dedicación a lo largo de estos casi dos meses de atenta lectura. 

Miremos cara a cara a nuestros monstruos, parece decirnos Mary desde el fondo de su corazón de niña. No huyamos, no salgamos despavoridos. Al fin y al cabo, lo que éstos nos tienen que decir, nos lo van a decir de todas formas, por las buenas o por las malas. Y, a lo mejor -casi seguro-, para sorpresa nuestra, lo que nos dicen no es tan terrible como imaginamos. 

Ponemos aquí fin a un otoño más. Felicidades a todos. 

lunes, 12 de noviembre de 2018

El estupor y la maravilla, de Pablo d'Ors
Desaprender la mirada


Pablo d'Ors tiene la virtud de escribir sobre asuntos serios (en el sentido de vitales, de desencadenantes del discernimiento) con las herramientas más sabias que pueden emplearse en literatura (y probablemente también en la vida): un gran sentido del humor y de la ligereza. Pasear por sus libros -sí, pasear, porque esa es la sensación de libertad y de frescura que se siente al leerlos- supone siempre una experiencia vívida y memorable. Sus personajes, sus historias, a fuerza de sencillas, se quedan para siempre en nuestras retinas, en la cara oculta de nuestro cerebro, y surgen, de pronto, cuando menos te lo esperas (o sí, sí te lo esperas) para recordarte que quejarse sin motivo es de canallas y de desagradecidos. Y esto, d'Ors lo hace con extrema facilidad, sin sermones ni cursilerías, sino dibujándonos una permanente sonrisa en los labios.

Alois Vogel, protagonista de este admirable y precioso libro, fue un niño, un adolescente y un joven enfermizo, que dejó por completo de estar enfermo a los treinta y cuatro años de edad, al ser contratado por el Museo de los Expresionistas de Coblenza, donde trabajará de vigilante hasta su jubilación. Con esa ingenuidad fértil y entrañable que le caracteriza, Vogel se define desde el principio, para que no haya malentendidos por parte de algún lector despistado: «Los que todavía hoy acuden a los museos son gente extraña: raros, inadaptados, solitarios, enfermos... Pero a mí siempre me ha interesado la gente así; yo mismo soy un inadaptado y un solitario y un enfermo. Soy indefectiblemente uno de ellos; cualquiera que me conozca, y aun sin conocerme, puede testificarlo».

Y, después, Vogel describe muy bien el entorno donde va a pasar tantas horas, días y años de su vida, al mismo tiempo que nos da el tono (entre surrealista, lúcido y cómico) en el que se dispone a narrar sus memorias:

«En realidad, la gente más interesada en arte es, con frecuencia, la que menos visita los museos. Según he observado a lo largo de estos últimos veinticinco años, ocupado en vigilar algunas salas del Museo de los Expresionistas de mi ciudad natal, el visitante habitual no dedica la mayor parte de su visita a contemplar las obras de arte, sino a observar al resto de los visitantes. El visitante común suele fijarse a menudo en sus propios zapatos, así como en los ajenos y, por supuesto, en las uñas de sus manos, que apostaría que se observan cuando se visita un museo mucho más que en cualquier otra circunstancia. Si un hombre pasa a diario de uno a dos minutos mirando sus uñas -establezcamos este promedio-, ese mismo hombre duplicará y hasta triplicará esa marca el día en que visita un museo, en que llegará a invertir cuatro y hasta cinco minutos para mirarse esas mismas uñas. Pero, junto a las uñas y a los zapatos, propios y ajenos, el visitante esporádico también dedica un tiempo no desdeñable a mirar los focos o el techo, o los estores, o las baldosas, o los bancos -en los que tanto le gustaría sentarse, si estuvieran libres- o, en fin, el regulador de la temperatura, que es, sin duda, junto al extintor de incendios, uno de los objeto más observados».

El arte es co-protagonista de esta novela. Alegría desbordante, Paul Klee, 1939  

El estupor y la maravilla es todo un tratado de la mirada y de cómo, si nos fijamos bien, si estamos suficientemente atentos, podremos comprobar que todo alrededor nuestro es un misterio. Pero, para descubrir esto, es necesario desaprender la mirada, reconducirla a su estado primigenio y más perfecto, que es nuestra mirada de niño. Esto lo sabe bien Alois Vogel: «Sí, este pequeño niño me ha enseñado a mirar o, por decirlo mejor, a no cansarme de mirar», dice. Y añade: «Cuando algo fatiga, es que aún no se mira bien; quien se cansa de mirar algo no está todavía dentro de lo que mira. Por eso, precisamente, se cansa. En realidad, las personas empiezan a quererse cuando aprenden a mirarse; eso que llamamos amor consiste, después de todo, en mirar como conviene. Después de mirar algo adecuadamente, ya no podemos ser los mismos; después de mirar algo mucho tiempo, no podemos sino cambiar de vida».

El estupor y la maravilla es también una exaltación del arte como vía para recuperar el asombro ante el misterio de existir. Porque, como dice Vogel, «se puede vivir cuando todo es un misterio; cuando no es un misterio, resulta insoportable». Y, lo que es peor, aburrido. «Y el aburrimiento -de nuevo Vogel-  es el más grave insulto a la vida»

lunes, 5 de noviembre de 2018

Lectura Frankenstein, caps. 18-24 (y final)

Ilustración de F. Solé y F. del Amo, 2006

Actividades 

A) Di qué momento de la novela plasma la ilustración que puedes ver arriba y, después, cita una frase o párrafo del libro que sirva de pie descriptivo a la misma. 

B) Observa estas ilustraciones (solo para participantes inscritos) y elige para cada una de ellas un pie descriptivo adecuado de entre los que se ofrecen a continuación: 
1. Habíamos acordado descender el Rin en barco desde Estrasburgo a Rotterdam, donde podíamos coger un barco para Londres. 2. "Recuerda esto: estaré a tu lado en tu noche de bodas". 3. Aproveché esos minutos de oscuridad y arrojé el cesto al mar. 4. Entré en la habitación donde estaba el cadáver y me condujeron hasta el ataúd. 5. Elizabeth estaba allí, sin vida, atravesada en la cama, con la cabeza colgando y el semblante pálido y desencajado, semioculto por los cabellos. 6. Hacía algunas semanas que me había procurado un trineo y unos perros, y de este modo había atravesado las nieves a increíble velocidad. 7. "Aún estamos cercados por los icebergs y en inminente peligro de ser aplastados si chocan entre sí". 8. Me arrojé sobre ella y la abracé con ardor; pero su mortal languidez y la frialdad de sus miembros me hicieron comprender que lo que ahora sostenía en mis brazos había dejado de ser la Elizabeth a la que había querido y amado. 9. Permanecí sentado junto a su lecho, vigilándole; tenía los ojos cerrados, y me pareció que dormía; pero poco después me llamó con voz débil. 10. Las olas se lo llevaron rápidamente, perdiéndose en la oscura lejanía. 11. Aquellos fueron los últimos momentos de mi vida en que gocé de felicidad. Navegábamos bastante deprisa; el sol abrasaba, pero nos protegíamos de sus rayos con una especie de toldo, mientras disfrutábamos de la belleza del paisaje. 12. Elegí una de las islas más remotas de las Orcadas como lugar de mi trabajo. Era el marco apropiado para una obra de este género, ya que se trataba de una roca cuyos altos acantilados azotaban continuamente las olas. 13. Verdaderamente, me hallaba abismado en tenebrosos pensamientos, y no prestaba atención a cómo descendía el lucero de la tarde, ni a los reflejos que en el Rin producía el dorado amanecer. 14. Observé que se acercaba más gente. Sus rostros expresaban una mezcla de ira y de curiosidad que me irritaba, y en cierto modo me alarmaba. 15. "Observa aquel castillo encaramado sobre el precipicio; y aquel otro, en la isla, casi oculto entre el follaje de aquellos hermosos árboles". 16. "Sígueme; voy en busca de los hielos eternos del norte, donde sentirás el suplicio de los fríos y del hielo, a los que soy insensible". 17. Al principio supusieron que se trataba del cadáver de algún ahogado que el mar habría arrojado a la playa; pero al examinarlo, descubrieron que no tenía las ropas mojadas.  
C) Completa esta guía de lectura (solo para participantes inscritos).

D) Comparte tu opinión, en la zona de comentarios, acerca de alguna o todas de las siguientes cuestiones de debate:
1.- ¿Qué te ha parecido la novela? Justifícalo. 
2.- La Criatura: ¿víctima o verdugo? 
3.- ¿Qué crees que tiene esta obra para ser un clásico plenamente vigente hoy día? O lo que es lo mismo: ¿sobre qué parece advertirnos Mary Shelley con este relato-mito?

MATERIALES DE APOYO

Se aportan a los participantes en esta última parte de la lectura varios ensayos y estudios introductorios a la novela, los cuales, no siendo en absoluto necesarios para hacer las actividades ni para comentar las preguntas de debate, sí son recomendables como documentos para un cambio de impresiones o una reflexión más detenida sobre lo leído:
Envía tus respuestas a elinfiernodebarbusse@gmail.com y comenta las preguntas de debate antes del 18 de noviembre. Es la fecha de cierre de este Otoño Shelley.