miércoles, 27 de febrero de 2013

Libros que me llaman

Hay libros que me llaman. No sé, oigo como un murmullo, como el intermitente pero vigoroso reclamo de un mirlo, o una mirla nunca los distinguí bien, que proviene del fondo del océano bibliográfico (justo el más interesante) de la librería.

Es algo así como un gorjeo parecido a riiii, pouk-pouk-pouk, aunque otras veces también adopta el sonido de tchink tchouk, tchouk, o el más breve chink-chink. Depende. En este caso, la tipología concreta del reclamo no me pregunten ustedes por qué, porque no lo sé es de las de riiii, pouk pouk pouk. Lo que sí sé es que, frecuentemente, a dicho gorjeo o llamada le sigue el reconocimiento visual de algún marchamo de calidad del producto. En el caso que nos ocupa es el sello de Alba Editorial y el distintivo de la colección "rara avis" (recordemos que en ella se han editado algunos títulos sabrosísimos: El libro de la señorita Buncle, La formación de una marquesa, El mensaje del muerto...).

Siguiendo con el gorjeo que les comentaba, decirles que éste no tiene por qué implicar una familiaridad por mi parte o alguna inclinación preferente de tipo literario hacia el autor del libro que me llama. En absoluto. Más bien todo lo contrario, de ahí lo sorprendente del fenómeno. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, no tengo el gusto de conocer a la señora Barbara Comyns. Pero me llama. Y me llama más cuando me entero de que La hija del veterinario es una novela del año 1959. Y más aún cuando en el dossier de prensa de la obra se cita a Flannery O'Connor y a Dickens. Y se habla de una vieja casona de un oscuro barrio de Londres. Y se perciben cierto tintes góticos. Y se califica de "novela inquietante y fantasiosa pero perfectamente controlada por una voz narrativa delicada, intencionada e inteligente." Y se resalta su dosis de humor. Y se alude a una crítica de Graham Greene (un autor que detesto, por cierto, pero para el caso es igual) en la que destaca el talento extraño y poco convencional de la autora para observar admirablemente, con simplicidad infantil, los sucesos más fantásticos o más ominosos...

Son muchos indicios, como ven. Por eso La hija del veterinario me llama (y no porque figure un loro o así en la cubierta, ya les he dicho que el gorjeo es de mirlo o, en su defecto, de mirla). Y yo me fío de mi oído (pocas veces yerra).

En este caso el gorjeo parece querer indicar que esta obra de Comyns es una deliciosa ficción. Y yo ansío buenas sólidas ficciones.

Lo decía Chesterton: La literatura es un lujo; la ficción una necesidad.

Pues eso, una necesidad.

lunes, 25 de febrero de 2013

El origen de los políticos


«Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios, vivió durante unos cuantos años contenta y satisfecha. Dios también estaba contento. Decididamente pensaba, he hecho una gran obra. Mis criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor y la audacia, y por encima de todo, como don supremo, he puesto en sus cerebros la inteligencia.

Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a poco se fueron tornando tristes. La tierra se convirtió en un lugar de amargura. Unos se desesperaban, otros se volvían locos, otros llegaban hasta quitarse la vida. Y todos convenían en que el origen de sus males era la inteligencia, que por medio de la observación y el autoanálisis les mostraba su insignificancia en el universo y les hacia sentir la inutilidad de la existencia en esta ciega y perdurable corriente de las cosas. Entonces estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios, para pedirle que les quitase la inteligencia. Dios, como es natural, se quedó estupefacto ante tal embajada, y estuvo a punto de hacer un escarmiento severísimo, pero como es tan misericordioso, acabó por rendirse a las suplicas de los hombres.

Yo, hijos míosles dijo, no quiero que padezcáis sinsabores por mi causa, pero, por otra parte, no quiero quitaros tampoco la inteligencia, porque sé que no tardaríais en pedírmela otra vez. Además, entre vosotros no todos opinan de la misma manera; hay algunos a quienes les parece bien la inteligencia; hay otros a quienes no les ha alcanzado ni una chispita en el reparto y quisieran tenerla. En fin, es tal la confusión, que para evitar injusticias vamos a hacer las cosas de modo que todos quedéis contentos. Hasta ahora la inteligencia la llevabais forzosamente en la cabeza, sin poder separaros de ella. Pues bien; de aquí en adelante, el que quiera podrá dejarla guardada en casa para volverla a sacar cuando le plazca.

Dicho esto, el buen Dios sonrió en su bella barba blanca y despidió a sus hijos, que partieron contentos.

Cuando volvieron a sus casas se apresuraron a guardar cuidadosamente la inteligencia en los armarios y en los cajones. Sin embargo, había algunos hombres que la llevaban siempre en la cabeza; éstos eran unos hombres soberbios y ridículos que querían saberlo todo.

Había otros que la sacaban de cuando en cuando, por capricho o para que no se enmoheciese.

Y había, finalmente, otros que no la sacaban nunca. Estos pobres hombres no la sacaban porque jamás la tuvieron; pero ellos se aprovecharon de la ordenanza divina para fingir que la tenían. Así, cuando les preguntaban en la calle por ella, respondían ingenuos y sonrientes: “¡Ah! La tengo muy bien guardada en casa.”

Esta sencillez y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes llamaron a estos hombres los políticos, que es lo mismo que hombres urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres fueron ganando la simpatía y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los más arduos negocios humanos; es decir, la dirección y gobierno de las naciones.

Así transcurrieron muchos siglos. Y como al fin todo se descubre, las gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la inteligencia en la cabeza ni la tenían guardada en casa.

Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo.

Pero era ya tarde; la tradición estaba creada; el perjuicio se había consolidado.

Y los políticos llenaban los parlamentos y los ministerios.»

(Extracto de: Antonio Azorín. José Martínez Ruiz, 'Azorín', 1903)


Imagen: Un ganso y dos hombres sin cabeza, Sir Nathaniel Dance-Holland (1735-1811)

miércoles, 20 de febrero de 2013

Papiniándose


Este que ven ahí arriba, que parece un cruce entre Gustav Mahler y Hector Berlioz, es el escritor italiano Giovanni Papini, hacia 1908. Leer a Papini marca. Yo lo leí con veinte años y, desde entonces, entró a formar parte de mi particular devocionario literario. Papini tiene la capacidad de salir de las páginas del libro, sentarse al lado del lector, hombro con hombro, y arrojarle a la cara con impudicia, aun con crueldad su verdad, que, a veces, es la verdad, y que tiene mucho que ver con su impostura, su cobardía y su inconsciencia de vivir. 

Papini sacude (en eso deberíamos estar de acuerdo). Es directo, taladrador. Nítido. Desmelenado.

Lo trágico cotidiano (1906), El piloto ciego (1907) y Palabras y sangre (1912) son tres magníficos volúmenes de relatos por llamarlos de alguna manera, aunque más preciso sería calificarlos de reveladoras pesadillas. De esos tres volúmenes, los dos últimos se han editado en español por Rey Lear. El primero, Lo trágico cotidiano, desde que Orbis lo publicó dentro de la Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, hacia 1987, no se ha vuelto a reeeditar, y eso sí que es una tragedia. Ojalá se subsane pronto y se complete la trilogía. 

Relatos como 'Dos imágenes en un estanque' (en el que el protagonista mata a su propio yo del pasado, al que termina aborreciendo), '¿Por qué quieres amarme?' (irónico y destructor), 'El reloj detenido a las siete' (emotiva metáfora de la vida), '¿Quién eres?' (cómo nos sentiríamos si se hubiese borrado nuestra biografía y un día nadie nos reconociera), 'El espejo que huye' (una original y vehemente versión del carpe diem horaciano) o '453 cartas de amor' (sarcástico planteamiento racional del enamoramiento) son de esas lecturas que dejan poso y, que al recordarlas, dudamos si siempre habitaron nuestro subconsciente. Tal es su fuerza y la huella que dejan.

Cuando leeemos a Papini, no podemos evitar sentir una sutil punzada en nuestro interior. Quizá porque sabemos que lo que nos dice, lo que nos susurra o nos grita con voz tan poderosa, nos lo está diciendo a nosotros y solo a nosotros. Nos señala con el dedo, nos interroga, nos angustia. Y es imposible que el lector no llegue a preguntarse secretamente: ¿cómo es posible que sepa quién soy yo?

Estos días, lluviosos y amansados, releo a Papini. Y sigue siendo estremecedor e insolente. Un auténtico genio.

El piloto ciego, editado por El Rey Lear.

lunes, 11 de febrero de 2013

Ibsen a la carta


El otro día mi amiga N. me refirió la existencia de una web donde uno puede ver con perfecta calidad una selección de programas del histórico Estudio 1 de RTVE. Ella había visto el Calígula de Camus con el impresionante José María Rodero y me recomendaba vivamente -sabiendo que me gustaría- que le echara un vistazo. Estudio 1 es un espacio mítico de la televisión en España que acercó el teatro a las casas de millones de espectadores. La calidad de las obras escogidas, las excelentes interpretaciones y las impecables realizaciones le han convertido en un referente de cómo debe entenderse la divulgación de la Cultura en televisión. 

Así que, haciendo caso de la recomendación de mi amiga N., el sábado noche apagué la televisión, encendí el ipad, y me metí en la web de Estudio 1 en Rtve A la carta. Como quien no quiere la cosa y curioso por comprobar si estos programas habían resistido bien el paso del tiempo, me puse a ver Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. El actor José Bódalo, con una interpretación descomunal, da vida al doctor Stockmann. Y como quien no quiere la cosa, lo que empezó siendo una visita escéptica por mi parte, se convirtió en una hora y media de sincero disfrute. Tanto la puesta en escena como el cuidado con que se trataba el texto del autor noruego eran magníficos. Los actores, espléndidos, de primera fila. Además de Bódalo, están Irene Gutiérrez Caba, José Vivó y Manuel Zarzo, entre otros. 

"Traficamos con inmundicias y podredumbre. ¡Toda nuestra vida social, tan floreciente, se funda en una mentira!", dice el doctor Stockmann al alcalde en Un enemigo del pueblo, después de haberle informado de que las aguas del balneario están fuertemente contaminadas y de que es necesario cambiar las tuberías de alcantarillado. Sin embargo, el alcalde no quiere escuchar hablar siquiera de un cambio de tuberías. Las obras serían costosas y tomarían largo tiempo, ¿y de qué vivirían los habitantes del pueblo mientras el balneario estuviera cerrado?  

La actualidad de Un enemigo del pueblo nos muestra a políticos expertos en dobles lenguajes, medios de comunicación que se presentan funcionales al poder y que pactan con éste, intereses particulares enmascarados bajo la noción de "bien común" y una opinión pública a la que se sacraliza al tiempo que se la manipula obscenamente. ¿Les suena de algo?

En fin, ya saben. Les hago partícipes de la recomendación de mi amiga N. Lo tienen aquí. Merece mucho la pena. El teatro también es literatura. Y la televisión, un día, también fue algo más que un espectáculo grotesco, algo más que gente en platós aplaudiendo, atronadoramente, estupideces y chabacanerías. Cuesta creerlo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Negar para afirmarse
("La soledad del corredor de fondo" de Alan Sillitoe)

A veces es necesario y reconfortante decir no. Sólo dos letras: n y o. NO. Practicamos poco este monosílabo. Y deberíamos hacerlo porque es beneficioso para nuestra salud, mental y física. Cuando decimos no, estamos -como decía Sartre- optando por un absoluto.

Decir no quiere decir no pasar por el aro, no dejarse manejar, no transigir con el bastardo. En la negación se niega al otro, a todo el que no sea yo. Por eso es el acto más honesto -también el más egoísta- y el más libre. 

Hay muchas maneras de decir no. No siempre es necesario pronunciarlo. Basta con actuar cuando de uno se espera la inacción. O, al contrario, quedarse quieto cuando de uno se espera un gesto. Esta última es la manera de decir no que más me gusta: quedarse quieto. Permanecer inmóvil mientras sobre nosotros se fija la mirada incrédula y desautorizada de los que gobiernan el mundo: los aprovechados, los corruptos, los indignos. Eso es lo que hace Colin Smith, el personaje de La soledad del corredor de fondo. No cae. No se inclina. No es moneda de cambio.

Colin es un joven que vive con su madre y sus hermanos en un barrio obrero de Nottingham. No tiene meta alguna y su vida es un asco. Un día, a raiz de un robo en una panadería, es ingresado en un reformatorio. Dotado con excepcionales cualidades para el atletismo, va ganando puestos en la institución penitenciaria y se convierte en la figura en la que las autoridades proyectan sus aspiraciones correccionales. Haciendo que Colin gane carreras demostrarían a la sociedad su valiosa labor convirtiendo a muchachos descarriados en hombres rectos. Ahí, jovencito, aprenderás lo que es correcto, sabrás qué esperamos de ti, encontrarás una meta. Y durante un tiempo la encuentra, es cierto que la encuentra: la meta es la libertad, las sensaciones que experimenta al correr a través de los hermosos bosques de los alrededores de Nottingham. Mírala, mira la meta, ahí está, corre, Colin, corre, ¿no oyes cómo vitorea la gente tu nombre? Sólo faltan unos metros, Colin, unos metros y la libertad, unos metros y el derecho a ser considerado un honrado y respetable ciudadano británico. Porque eso es lo que quieres, Colin, ¿verdad? Responde, Colin, decídete, ¿es eso lo que quieres, o no?

A veces perder -dejarse perder- es ganarse. Y eso lo sabe bien -más bien lo intuye- el joven protagonista de este relato inolvidable de Alan Sillitoe. Por eso justo cuando, con una clara ventaja sobre el resto de corredores,  se dispone a cruzar la línea de meta (la meta de esa carrera que le conducirá al éxito, pero también a la deslealtad a sí mismo), se detiene. Es su manera de decir no, yo no, conmigo no. Es un momento grandioso. La negación como afirmación personal. La derrota como victoria.

La secuela de la rebeldía es siempre la soledad, eso también lo sabe bien Colin Smith. ¿Pero acaso la soledad importa algo frente a la independencia, la valentía, la nobleza del carácter?


La soledad del corredor de fondo. Alan Sillitoe. Traducción de Mercedes Cebrián. Editorial Impedimenta, 2013. El volumen incluye, además, otros relatos del autor.