martes, 28 de enero de 2014

No te detengas


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

(No te detengas. Walt Whitman)

Imagen:Retrato fotográfico de Walt Whitman, 1877

viernes, 24 de enero de 2014

Caigan, déjense caer


Quizá no lo han visto y no se han enterado. O quizá lo han visto y han preferido mirar para otro sitio, disimuladamente, con un desabrido mohín en la boca, como si fuese algo que no tiene -ni quieren que tenga- que ver con ustedes. De ese modo -se dicen, se mienten a sí mismos-, su conciencia queda liberada, queda exenta del fatigoso e ingrato trabajo de tener que desaflojar el deseo, aquietar el ansia, minimizar el impulso súbito. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Sea como fuere, yo estoy aquí -recuerden- para no dejar pasar lo que es necesario saber, lo que debe saberse, lo que -a su pesar y en el fondo- exigen saber. Y saben -ya lo dijo Wilde- que el mejor modo de vencer una tentación es caer en ella. 

Por eso, déjense caer,
caigan,
disfruten cayendo...

martes, 21 de enero de 2014

Excusatio non petita
("El coloquio de los perros" de Cervantes)


Con esta edición ilustrada de El coloquio de los perros recién publicada por Nórdica, que desde ayer está disponible en librerías, no hay excusa posible para que el desaprensivo -varón o mujer: utilizo el género neutro- que aún no haya leído esta obra fundamental de la literatura española de todos los tiempos lo haga ahora.

Desde que el homínido dejó de ser cuadrúpedo y se puso de pie y se convirtió en homo sapiens hasta hoy, poco ha cambiado su manera esencial de ser, poco ha modificado sus intereses y sus comportamientos. Eso lo sabía bien Cervantes. Y también sabía que los defectos del hombre son incorregibles, que tropieza y tropezará no una, ni dos, ni tres, sino incontables veces con la misma piedra. Y que así somos in secula seculorum, defectuosos por naturaleza, sin remedio posible. Por eso las ejemplaridades de sus novelas son eternas y tienen plena vigencia. Porque tenía un ojo clínico, único y espectacular, para captar lo esencial de la condición humana, sus/nuestras debilidades -y sus/nuestras elevaciones, que de cuando en vez, también mostramos. Y todo ello con sabiduría, con humor, con una benevolencia que es su marca de la casa -sin juicios ni arengas-, y haciendo uso del castellano más cristalino y punzante, más cálido y luminoso, más sereno y más apabullante que haya podido imprimirse jamás.

De la producción cervantina, aparte del Don Quijote, destaca por mérito propio esta novela ejemplar donde los perros Cipión y Berganza adquieren el don del habla y se cuentan sus vidas al mismo tiempo que nos radiografían de manera implacable la sociedad española del XVII. Es mi preferida, desde luego, junto con El celoso extremeño y junto con esa carcajeante genialidad que es El retablo de las maravillas (uno de los más lúcidos retratos de la estupidez humana y de su preocupación por la apariencia).

Aquí, el booktrailer del libro.

viernes, 17 de enero de 2014

El hallazgo imposible
("La flor azul" de Penelope Fitzgerald)


Aún sin saber plenamente su significado, Novalis anhelaba la flor azul que continuamente veía en sueños y que, más tarde, se convertiría en el símbolo fundamental del romanticismo alemán. Fue el primero en escribir sobre ella. Lo hace en su novela Heinrich von Ofterdingen, en la que el protagonista de la historia, el joven Heinrich, tras el encuentro con un extraño, sueña que camina por un paraje misterioso y entra en una cueva que contiene una brillante flor azul, rodeada de cientos de flores de diversos colores. Heinrich solo tiene ojos para la flor azul, a la que contempla lleno de ternura. En el símbolo de la flor azul no solamente se aúnan la naturaleza, el hombre y el espíritu humano, sino que representa además el afán por el conocimiento de la naturaleza y consecuentemente, de uno mismo. La flor azul es el sentido de la vida, la justificación de nuestra existencia. El rosebud -salvando las distancias, pero no la intención- de Welles. El hallazgo imposible.

La escritora británica Penelope Fitzgerald se ha atrevido a narrar la vida de Friedrich von Hardenberg -Novalis, para la historia de la literatura-, centrándose en el amor sublime y arrebatado que éste sintió por Sophie von Kühn y que le embarcó en una relación contra corriente, no sólo debido a la extrema juventud de la muchacha, sino también a su pertenencia a una familia burguesa sin parentesco con la nobleza. La obra, que viene avalada con el National Book Critics Circle Award, ya fue publicada en España por Mondadori en los pasados noventa, pero ahora ha sido rescatada, reeditada y remozada -nótese la majestuosa portada- con cargo a Impedimenta. Mantiene sabiamente esta edición la impecable traducción de Fernando Borrajo.

Junto con Holderlin, Kleist y Goethe, Novalis forma parte del selecto círculo de escritores del XVIII alemán que a mí más me atraen, me gustan y me interesan (estos verbos no son sinónimos, ojo). ¿Cómo no voy a sentir, por tanto, devoción por esta novela, contenida y exquisita, que fagocité en un solo día en un manoseado ejemplar de la biblioteca? Recuerdo que a la mañana siguiente era tal mi curiosidad por el personaje, que volví a la biblioteca en busca de más libros sobre él, y me llevé a casa la exhaustiva biografía que Antonio Pau publicó con el título Novalis, la nostalgia de lo invisible. Ambas obras, la de Fitzgerald y la de Pau, sirvieron para prender definitivamente mi simpatía por el autor de los Himnos a la noche. Su temprana muerte -escasos días antes de cumplir los veintinueve años de edad- fue esencial para construir el mito romántico del poeta que en buena medida él ha pasado a representar. Tanto en su persona como en su obra, Novalis poseía las características que el espíritu de su época, y más exactamente la cultura alemana de ese momento, necesitaban para ofrecer una figura opuesta al razonado clasicismo de Goethe y la Enciclopedia francesa. 

En la desolación que le produce la muerte de Sophie, el gran amor de su vida, con solo quince años, el poeta escribe: 
"¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?
Ya reposan quienes tanto amamos;
en su tumba termina nuestra vida.
Miedo y dolor invaden ahora el alma.
No hay nada más que buscar.
El corazón está lleno; el mundo, vacío."
Fecundo en símbolos, enigmático, Novalis, es una especie de místico, un buscador de luz entra las sombras. Así lo vio Georg Trakl (otra vida breve, del siguiente siglo), que tiene un poema póstumo dedicado a él y que dice así: "Flor azul / su canto vive aún en la casa nocturna del dolor". 

En La flor azul, la novela, Fitzgerald transmite con mirada contemporánea la vida palpitante de una persona que va detrás de sí, que se busca incansablemente. El entorno social y cultural de la Alemania en que vivió Novalis se presenta magistralmente a los ojos del lector (aprendan los autores de novela histórica).

Ustedes que no son tontos -ni lo parecen- deberían no pasar por alto esta maravilla de libro.

miércoles, 15 de enero de 2014

Twain vivió aquí

Situada en Hartford, Connecticut, esta casa fue el hogar de Mark Twain (y de su mujer e hijos) desde 1874 hasta 1891, año en que la familia se mudó a Europa, como consecuencia de una mala inversión de sus finanzas. La casa, de diecinueve habitaciones, es de estilo gótico victoriano. En ella el autor escribió algunas de sus obras más conocidas: Las aventuras de Tom Sawyer, El príncipe y el mendigo, Vida en el Misisipi, Las aventuras de Huckleberry Finn, Un vagabundo en el extranjero y Un yanqui en la corte del Rey Arturo. En 1962 fue declarada Lugar Histórico Nacional de los Estados Unidos. Desde 1974 se le realizó una restauración multimillonaria y una ampliación dedicada a servir como exposición de la vida y obra de Twain.

El escritor en su gabinete

jueves, 9 de enero de 2014

Ilustrar lo insondable


Ana Juan ha puesto en imágenes Otra vuelta de tuerca. El resultado es una colección de ilustraciones con las características habituales a las que nos tiene acostumbrados esta gran artista valenciana: personalidad, capacidad para sugerir y belleza plástica. La excelencia de su trabajo es incuestionable y habla por sí sola. Arriba tienen un ejemplo, basta mirarlo para admirarlo.

Quien a estas alturas no haya leído (o sí, depende) la novela de Henry James, clásico de la literatura de fantasmas (o no, depende), dispone ahora de la edición de Galaxia Gutenberg con este gran valor añadido. La interpretación que hace Ana de Otra vuelta de tuerca es profunda, meditada y valiente, plasmando el supuesto desorden psicológico de la protagonista en símbolos de gran intensidad y expresividad visual. Exquisitez y talento. ¿Una imagen vale más que mil palabras? A veces puede ser. En este caso, la imagen completa al texto, va más allá, se mueve en el terreno de aquello que James insinúa, o no termina de escribir, o escribe a medias. Ilustrar es eso, en definitiva. Ofrecer una lectura gráfica. Apostar por una personal exégesis de lo narrado.

De la traducción ya no respondo -no he conseguido averiguar quién es su autor- y es que aún me escuece horrores la herida que abrió en mis interioridades la nefanda traducción de Grandes esperanzas de Dickens que esta editorial publicó sin pudor el año pasado. Así que ándense con ojo. Y, si pueden, con dos. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Rotundidades bajo la cochambre
("En la orilla" de Rafael Chirbes)

Dice que bebe en Galdós, que es su maestro, su indiscutible maestro. Pero yo creo que en su literatura hay más de la descomunal catarata narrativa y de la visión sarcásticamente pesimista de un Cela que del realismo no desaforado del autor de los Episodios nacionales. Dice que él refleja lo que ve, lo que observa, pero el resultado es un mosaico de voces y de tramas, de revelaciones y de intensidades nada frecuente -totalmente infrecuente, diría- en el panorama de la literatura española actual y no tan actual.

Su voz me resulta poderosa. Mucho. Pasmosamente poderosa. Hay en su obra, cómo decirlo, una imprevisible rotundidad, un uso preciso del idioma, una musicalidad afinada en cada frase, en cada página, en cada capítulo. Uno espera -incrédulo ante tanta consistencia- el bajón, el desfloje en la urdimbre de la escritura, el momento en que el globo argumental se desinfle. Pero no. Esto no llega. Fluye, invade, arrasa, permanece la buena literatura. 

Soy poco dado a frecuentar -ya me conocen- los barrios narrativos más cercanos en el tiempo. A veces lo hago y me doy un paseito por ellos. La insulsez, la cursilería, la vacuidad o simplemente el aburrimiento son los sinónimos de lo que me he encontrado en la mayoría de estas incursiones. En otras, las menos, como ha ocurrido con esta lectura de En la orilla, asisto, atónito, al descubrimiento de que sigue habiendo auténticos escritores, tal que Chirbes, debajo de tanta promocionada cochambre literaria.