lunes, 23 de febrero de 2015

¡Ya era hora, Gervasio!


Mes de gastos este porque, a lo que ya he señalado con el dedo por aquí, se viene a sumar esta nueva entrega (cuarta ya, ¡y parece que fue ayer!) de Gervase Fen: El misterio de la mosca dorada (primer caso del detective y profesor de Oxford). Aún con el agradable regusto del anterior Trabajos de amor ensangrentados en el paladar, me pregunto por dónde nos saldrá este buen hombre ahora. Traduce -como siempre a Crispin- José C. Vales, flamante ganador del Nadal (el premio, no el tenista) de este año, que esta vez nos obsequia con un postfacio (¿qué dirá?). Preciosa cubierta. Compra indefectible.   

viernes, 20 de febrero de 2015

Poderosamente mi atención


Falta hacía una nueva edición y traducción de este clasicazo de Scott, y nos la ofrece Alba Editorial, con esta contundencia.   

jueves, 19 de febrero de 2015

La incultura tiene los días contados


Notición. Ya podemos compatibilizar la lectura de los grandes clásicos y de los no tan clásicos sin que esto hurte tiempo de oro a otras actividades más enriquecedoras. Y eso gracias a este invento de Jean Marc Coté que va a suponer un espaldarazo a la industria cultural, especialmente en España, donde lo más que se lee son los titulares de la primera página del Marca. Estará en venta en grandes almacenes a partir del Día del Libro, fecha prevista para su lanzamiento. ¡Se acabó perdernos a la Esteban gimiendo como una chiva destetada por culpa de Balzac o Dostoievski, hombre ya! 

Imagen: El siglo XXI, Jean Marc Coté, 1899

martes, 17 de febrero de 2015

La mirada de Bainbridge
("Lo que dijo Harriet" de Beryl Bainbridge)

Beryl Bainbridge en el salón de su casa

En ocasiones un libro me gana menos por lo que me cuenta que por cómo me lo cuenta, por mucho que lo primero sea lo que me ha llevado hasta él. El estilo, la gestualidad, la manera de mostrar -o de ocultar- el mundo, la mirada, en definitiva, de su autor es para mí igualmente importante -en ocasiones más- que la trama o su intención narrativa. Lo decía Flaubert: la novela es forma. Y aquí, en Lo que dijo Harriet, hay mucho y bueno de eso, de cómo se hace literatura. Por mucho que lo que nos cuente sea intenso y pertubador, dramático y grotesco, que lo es, para mí el mayor logro de este excelente relato circular reside en cómo Bainbridge expone, dosifica, tamiza, coloca las piezas, mueve ficha. 

La infancia es un tema al que han prestado atención, con más o menos acierto, numerosos escritores. Aquellos que han logrado transmitirnos con verosimilitud la complejidad del mundo de un niño son relativamente pocos. Su éxito probablemente resida en la determinación con la que se han alejado de las visiones idílicas y simplistas con que, por lo general, se etiqueta esa etapa de la vida, y en la honestidad con la que abordan la contrucción de sus personajes, sin eludir complejidad y ambigüedad, y con la idea muy clara de que ser niño y ser infantil son, claramente, conceptos distintos. En algunas ocasiones, pueden llegar a ser, incluso, conceptos contrapuestos. Ocurre con las dos niñas protagonistas de esta novela cuya acción Beryl Bainbridge sitúa en un pueblecito costero de Inglaterra, Formby, a mitad de la década de 1950 y para la que se inspira en un suceso real, el caso Parker-Hulme, un crimen que conmocionó a la sociedad británica de su época. Novela que insinúa más que dice, novela de ambiente y de entrelíneas. 

Tildada de repulsiva por muchos editores que no se atrevieron a publicarla -la escritora tuvo que dejar su manuscrito aguardando en un cajón varios años hasta verlo impreso, algo que ocurrió en 1972-, la obra de Bainbridge nos habla con desafección de la maldad y los afectos contraindicados, y por más que fuese tachada en su época de abominable, Lo que dijo Harriet resulta, leído hoy, un certero retrato sobre la manipulación y sobre cómo algunas personas tejen el destino de otras, jugando, sutil y confusamente, a su antojo. Y como otras, por diversas razones -enamoramiento, debilidad o simple miedo (a la soledad o a sí mismas, si es que entre ambas hay alguna diferencia)- lo consienten.
  
Estación de botes salvavidas de Formby, mediados de 1950

"Yo no quería que Harriet me dijera esas cosas. Tenía tanta confianza y fe en ella que, fuera lo que fuera lo que me dijera, yo lo aceptaba tal cual, y la mayoría de las cosas que me hacía creer últimamente eran dolorosas. Parecía terrible que a los trece años hubiese alcanzado lo mejor de mí, que ya nunca pudiese ser mejor", dice en un momento de la obra, consciente de su condición, pero incapaz de desasirse de ella, su joven protagonista y narradora (de la que, curiosamente, desconocemos su nombre). Bainbridge es sobria hasta en los momentos más sobrecogedoramente reveladores.

He leído que años después de su publicación, esta novela fue aclamada como una pequeña obra de arte. No es extraño, el arte no busca complacencia, no busca aplauso. Busca verdad. Por cierto, impecable traducción la de Alicia Frieyro.

martes, 10 de febrero de 2015

Larga vida, señor barón


Y a propósito del XVIII, se me rebela el barón Münchausen y me dice que él también existe. ¡Cómo no, señor barón! Mire, para compensarle le dedico hasta una entrada a usted solito. Además, está vuesencia de plena actualidad, con esa preciosa edición de sus aventuras que Nórdica acaba de publicar. Y encima con traducción de Íñigo Jáuregui e ilustrada por Javier Zabala. ¡Se va usted a quejar! Pues claro que también existe. Faltaría más. Fíjese qué favorecido le he sacado en la imagen de arriba, sobrevolando las líneas enemigas sobre una bola de cañón. No, no es de Zabala la ilustración, sino de Gottfried Franz, tiene ya unos añitos. Es que me encanta Franz. Y me encanta usted, eh, con su extravagancia y su absurdo y sus divertidas peripecias. No se enfade, hombre. Larga vida, señor barón. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Una biblioteca del XVIII

Retrato de un personaje desconocido, ca. 1775

Desde el punto de vista literario el XVIII es un siglo fascinante y por el que siento una especial y permanente atracción. Por lo general, no se conoce o frecuenta tanto como el XIX (el gran siglo de la novela) o el -más próximo a nosotros- siglo XX, lo que es una lástima porque el siglo de las Luces nos ha regalado obras extraordinarias, vigorosas y divertidas que hoy constituyen verdaderos clásicos a los que siempre es placentero llegar y reconfortante volver.

Con lo ya leído y lo que debería haber leído pero aún no he leído y, por tanto, me queda por leer, he confeccionado una lista de trece obras dieciochescas fundamentales (escritas en pleno siglo o muy en los albores del siguiente, pero que encuadran plenamente con el espíritu del Clasicismo) y que toda buena biblioteca particular debería albergar en sus estantes para disfrute propio -y reiterado- o de extraños (tambien reiterado, si procede). 

Se trata, claro de una selección personal, pero equilibrada y muy representativa, creo, que incluye obras satíricas, picarescas, de aventuras, de formación, filosóficas, biográficas, líricas, cómicas... En cualquier caso, todas y cada una proporcionan un gran aprovechamiento personal y horas de auténtico disfrute. Indico a continuación del título y autor, la edición -o ediciones, en algunos casos concretos- que un buen amigo aconsejaría a otro.


Tom Jones. Henry Fielding (Espasa Clásicos/Cátedra)
Las penas del joven Werther. Goethe (Alba) 
Cándido. Voltaire (Blackie Books) 
Robinson Crusoe. Daniel Defoe (Edhasa/Mondadori)
Michael Kohlhaas. Heinrich von Kleist (Alba)
Las aventuras de Gulliver. Swift (Mondadori/Valdemar/Galaxia/Sexto Piso)
Las amistades peligrosas. Choderlos De Laclos (Galaxia Gutenberg)
Jacques el fatalista. Diderot (Backlist)
Tristram Shandy. Laurence Sterne (Alfaguara)
Vida de Samuel Johnson. James Boswell (Acantilado)
Orgullo y prejuicio. Jane Austen (Alba)
Anton Reiser. Karl Philipp Moritz (Pre-textos)
Hiperión o el eremita en Grecia. Hölderlin (Hiperión)