martes, 12 de diciembre de 2017

Clásicos para regalar esta Navidad, 3
(«Cuentos de perros», de Rudyard Kipling)



«Donde quiera que haya niños existe una Edad de Oro, dice Novalis. Y si además de niños, hay perros, esa Edad, más que de Oro, es Dorada». Esto lo dejó escrito Eneas Barbusse en su aclamado volumen Pensamientos volátiles para días de cansancio extremo (Leyden, Hanger e Hijos, sin año).

A los perros los han hecho protagonistas literarios muchos escritores de gran talla, desde nuestro Cervantes hasta Paul Auster, pasando por Chesterton, Mujica Lainez, Clarín, Stefan Zweig, Jack London, Bulgákov, Virignia Woolf  y un largo etcétera.

La ocasión es ahora para el grandioso Rudyard Kipling y esta exquisita edición que nos ofrece Alba de sus Cuentos de perros, donde el escritor británico reunió dos años antes de morir, en 1934, nueve relatos y cuatro poemas, la mayoría publicados anteriormente en revistas o libros. Picarescos o heroicos, domésticos o casi fantásticos, de India a Inglaterra pasando por los parajes helados del Ártico, estos cuentos tratan por supuesto de la lealtad, pero sobre todo de cómo el ser humano proyecta en los animales adiestrados para la compañía o el trabajo su propia personalidad y sus propios deseos, y de cómo alcanza a definirse a través de ellos.

Los teólogos se han planteado a lo largo del tiempo si los perros tienen alma o no. Tomás de Aquino afirmaba que las almas de los animales brutos no son inmortales, por lo que no negaba que la tuviesen. Juan Pablo II dejó bien clarito que sí la tenían. Luego vino Benedicto XVI, que lo negó (no sé si influido por el espíritu santo, que es más de la facción de los pichones). Y ahora Francisco ha zanjado el tema, al menos de momento, diciendo que «los animales poseen un soplo vital recibido por Dios». Es lo más razonable, desde luego. Lo contrario sería creer que solo los seres humanos -por nuestra cara bonita- somos los únicos, en toda la expresión de la Naturaleza, tocados por la varita de la transcendencia. No cabe mayor soberbia.

Yo no sé si los animales -los perros, en este caso- tienen alma o no. Lo que sin duda tienen es corazón. De eso sí que estoy seguro. Y también estoy seguro de que hay animales más nobles y más importantes que determinados seres de nuestra "privilegiada" especie (no hay que hacer un gran esfuerzo para que se nos vengan ejemplos a la cabeza).

«¡Cuánta humanidad tenemos los humanos aún que aprender de los perros!», anotaba mi antepasado Barbusse en otro de sus Pensamientos. Bendito sabio. 

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