lunes, 15 de julio de 2013

Déjense vivir


Llegó la época de descanso acuático y este infierno cierra hasta principios de septiembre. Diviértanse, mientras tanto. Como ellos, los de arriba -hoy fantasmas-, sonrientes nadadores al borde del mar y al borde casi -por un instante- de la inasible felicidad. Y si no, limítense a vivir, déjense vivir, sin exigencias, sin cohibiciones, sin augurios. Recuerden, si acaso, lo que decía Wordsworth: "La belleza siempre permanece en el recuerdo."

Que pasen un buen verano.


Imagen: Europeana

martes, 9 de julio de 2013

Excepciones

A veces, hago excepciones, sigo recodos, encuentro inteligencias que saben escribir bien -muy bien- en la España contemporánea. Y concedo, entonces, la gracia de entrar en mi mente a un autor vivo cuyas obras no tienen, quizás, más allá de 10 -¿15, como mucho?- años de existencia. A veces, ya digo. Pocas. Muy pocas.

A veces, un nombre me asalta de pronto, insistente, en mi errabundo y desordenado peregrinaje por las literaturas. Ocurre con este nombre: Pablo d'Ors. Nunca lo había oído. O quiza sí, y no había reparado en él. Pero resulta que me lo encuentro -no al nombre, sino al hombre- en televisión, en una tertulia seria (esto no es un oxímoron, las hay; mejor dicho, la hay) que me aborda en mi siesta un domingo de junio. Y después, buscando no se qué, lo encuentro de nuevo, como autor destacado del mes en la editorial Impedimenta, que acaba de reeditar Andanzas del impresor Zollinger. Y, más adelante -¿más casualidades?-, al hilo de una búsqueda que nada tiene que ver, en principio, con su vida ni con su obra, descubro en internet estas líneas maravillosas que pertenecen al comienzo de su libro El estupor y la maravilla, las memorias de ficción de un vigilante de museo:

"La noche en que Gabriele volvió a aproximar su rostro al mío (todavía no tan cerca como antaño, pero mucho más, ciertamente, que las semanas anteriores) supe que me quería como nadie me había querido antes. Esa noche tan dulce (y las siguientes lo fueron más, pues ella fue aproximándose poco a poco hasta llegar a la cercanía deseada) supe que la vida era justa conmigo al brindarme lo mismo que yo le había dado: durante veinticinco años había vigilado a los demás; ahora, al fin, era a mí a quien vigilaban. Con ese celo que da el amor al propio oficio, durante veinticinco años había vigilado los cuadros en un museo; ahora, cuando ya casi era un viejo, era yo el vigilado con esa incomprensible entrega y abnegación que sólo puede brindarse al ser amado.

Y fue entonces, con los ojos cerrados, con la respiración de Gabriele todavía caliente en mi piel, cuando decidí escribir este libro: las memorias de un vigilante de museo. Pocos días antes, en unos de los bancos de Schwarzenberg -el jardín romántico de mi ciudad natal, desde donde se distingue con toda nitidez una de las fachadas del museo-, ella me había dicho "Todo esto tienes que contarlo", comentario al que yo había sonreído con indulgencia, como quien tiene la sabiduría demasiado domestica, acaso incomunicable. Había sonreído vanidoso, pues con aquellas pocas palabras me decía por primera vez que mi vida podía aspirar a cierta posteridad. "Todo esto tienes que contarlo", había dicho Gabriele tras escuchar el relato de mis historias, tan insignificantes. Y así empecé a ver grande lo que hasta entonces había visto pequeño.

Ella me vigilaba por las noches para saber que no me había muerto; yo escribiría durante el día para que el mundo supiera que había vivido. Ahora sé que sólo escribimos para que en algún lugar de la Tierra alguien abra nuestros libros por las noches y sienta nuestra respiración cerca, como una brisa tibia en la piel."


A veces un mismo nombre, machaconamente, me hace señales, me busca, me balbucea para que yo sea el que complete lo que tiene que decirme. El nombre de Pablo d'Ors me ha asaltado en tres ocasiones durante el último mes. Él va a ser mi excepción de este verano. Tal vez las andanzas y aventuras, en forma de novela picaresca con toques alemanes, del joven August Zollinger, o tal vez la mirada reveladora sobre lo cotidiano del vigilante de museo Alois Vogel (si hay algo por lo que siento fascinación es por el microcosmos de vida que podemos encontrar en los museos). No he decidido aún cuál de las dos obras leeré, quizá las dos. Ambas prometen, se lo prometo.

martes, 2 de julio de 2013

El momento Dostoievski


Uno es idiota y no puede remediarlo. Y por muchos ensayos, por muchas posturas que uno experimente delante del espejo, no puede dejar de ser idiota. Jamás dejará de ser idiota. Absolutamente idiota. Irredimiblemente idiota. Uno es idiota por condición, por vocación, tal vez. Uno es idiota como el que es rubio o pelirrojo, como el que es alto o bajo, como el que tiene los ojos azules o negros. Uno apuesta y se abate (¿o ese abatimiento estaba ya en nuestros orígenes cromosómicos?). Uno lanza remos al mar abierto y en calma chicha, y recoge abruptos oleajes que te arrastran, indefectiblemente, a la deriva. Para volver a salir de costa, para volver a confiar en la llanura oceánica, para volver a conocer la insolencia adusta de las olas. Una sacudida tras otra solo son capaces de admitirlas los idiotas. Porque solo los idiotas son idiotamente reincidentes. 'Quien siembra, recoge', 'recibes lo que das', dicen. Simples clichés, pamplinas con que algunos se consuelan del vacío. Es el momento de leer El idiota para comprobar que hay otros idiotas más idiotas que uno y poder, de este modo -como un verdadero idiota-, conformarse. Es el momento de leer a Dostoievski. Lo haré pronto. Muy pronto.

(Transcripción de unos apuntes manuscritos de Barbusse, escritos a lápiz y, posteriormente, tachados. Sin data)