martes, 12 de mayo de 2015

La resta inadvertida


«Suelo extrañarme cuando veo a los unos pedir tiempo y a los otros, los solicitados, dispuestos a dárselo. Unos y otros atienden a aquello por lo que se pide el tiempo, ninguno al tiempo en sí: se pide como si no fuera nada, como si no fuera nada se da. Se juega con el bien más valioso de todos, pero los engaña el que sea un bien incorpóreo, el que no esté a la vista, de manera que se considera muy barato, más todavía, que su precio es casi nada.

Las pensiones, los subsidios la gente las recibe con mucho cariño y en ellos invierte su esfuerzo, su trabajo o su empeño: nadie aprecia el tiempo; se le maneja con soltura, como si fuera gratuito. Ahora bien, esos mismos ¡mira cómo cuando enferman, si hay de verdad peligro de muerte, se postran suplicantes ante los médicos, cómo si temen la pena de muerte, están dispuestos a gastar todo lo que tienen con tal de seguir vivos! ¡Tan grande es en ellos la disparidad de sus sentimientos!

Y es que si, tal como el de los pasados, se le pudiera poner delante a cada cual el número de sus años futuros, ¡cómo temblarían al ver que les quedaban pocos, cómo mirarían por ellos! Como que es fácil administrar lo positivo aunque sea escaso; hay que guardar con mayor cuidado aquello que no sabes cuándo habrá de faltarte.

Y no tienes por qué pensar sin embargo que ellos desconozcan lo mucho que vale esa cosa: suelen decir a los que quieren muchísimo que están dispuestos a darles una parte de sus años. Se los dan sin darse cuenta, y se los dan además de manera que se los restan a sí mismos sin añadírselos a los otros. Pero no se dan cuenta precisamente de que se los restan; por eso soportan ellos esa pérdida derivada de una resta inadvertida.

Nadie te restituirá esos años, nadie de nuevo te devolverá tu propia persona. Irá por donde antes solía la vida, sin echar atrás o retener su carrera; no armará jaleo ninguno, no te dará aviso ninguno de su velocidad: se deslizará callada. Ella no llegará más lejos por mandato de rey ni por aprobación del pueblo: tal como la dejaron salir el primer día habrá de correr, nunca hará etapa, nunca se entretendrá. ¿Qué pasará? Tú estás atareado, la vida se apresura; llegará entretanto la muerte, para la cual, lo quieras o no, habrás de tener tiempo de sobra.»

Sobre la brevedad de la vida. Séneca. Trad. de Francisco Socas Gavilán. 

Imagen: Meine Schüler und ich. Arthur Siebelist, 1902

10 comentarios:

  1. Una profunda y ciertísima reflexión, señor Barbusse. Está claro quién es su autor, pero me gustaría saber también quién es el autor de ese precioso cuadro que la ilustra, me tiene fascinada.

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  2. Es tan acertado que casi he sentido un escalofrío; más aún, considerando que este texto tiene mucha vigencia en el momento que estoy viviendo ahora. Hay obras que son valiosas no por lo que enseñan, sino porque te corroboran algo que tú ya sabías o, al menos, sospechabas.

    Saludos.

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    1. Por cierto, estoy completamente de acuerdo con Elena Rius: el cuadro que acompaña a la entrada es una maravilla.

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    2. Es que, en realidad, esos son los grandes libros, ¿no te parece?. Los que te descubren a ti mismo. Los que te identifican con lo allí escrito, que tú reconoces y encuentras en ti mismo, que tú mismo pensabas o y sentías, pero eras incapaz de expresar con tal precisión.

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  3. No conocia a Siebelist. Me hadejado turulato. Al punto de "robarle" la idea y utilizar alguno de sus cuadros para mi propio blog. Lo de los "subsidios" puesto en boca de Séneca, también me ha dejado turulato, para que nos vamos a engañar. ;-)

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    1. Bueno, en realidad esa palabra es latina: subsidium. El traductor aclara, en nota al pie, que eran donativos institucionales llamados "congiaria" (porque al principio consistían en un "congius", una medida, de aceite o trigo).

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    2. Aaah!. Ya sospechaba yo que ahí había gato encerrado; este ha resultado ser la nota al pie de página ¡congionudo!.

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