martes, 2 de mayo de 2017

Efecto Collins

Fráncfort, circa 1890

Esta vez el maestro Collins (pongámonos de pie) nos lleva de Londres a Fráncfort, de la sede de una firma comercial al hospital psiquiátrico de Bedlam, de la Universidad de Wurzburgo al armario de una inquietante habitación rosa. 

Si van a leer esa pieza de cámara magistralmente pensada y escrita que se llama La hija de Jezabel (en la extraordinaria traducción de Catalina Martínez Muñoz, Alba Editorial), les auguro unos tres (cuatro, a lo sumo) días de goce puro. Justo lo que van a tardar en devorárselo. Lo siento, el placer suele durar poco.

Este hombre, en dos frases, te atrapa con su inteligencia, con su ritmo narrativo, con su creación de ambientes. Y no solo eso: te secuestra, se hace dueño de tu voluntad, te hipnotiza. Por eso, no se asusten. Tendrán en esos tres o cuatro días inapetencia por todo, excepto por regresar a casa -quizá con las manos temblorosas-, despachar rápidamente a cualquiera que se ponga por medio, abrir el libro y meterse de nuevo en esa historia, sin pausas y sin horas por delante. 

Se trata de una "posesión literaria" en toda regla. 

Se llama efecto Collins.

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo....ahora mismo yo estoy siendo objeto de esa maravillosa posesión.....

    Magistral

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  2. Buenas tardes.
    Aquí un nuevo seguidor asiduo del autor, victima del subyugante efecto Collins desde el año pasado, los saluda desde Colombia.
    Que maravilla!

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