miércoles, 12 de septiembre de 2012

La cerilla de Faulkner

Mutilados de cuerpo. Mutilados de afecto, de compasión, de alegría. Así son los personajes que pueblan las páginas bestiales de este libro terrible. Si la literatura, como decía Faulkner, es una cerilla que nos permite comprobar la absoluta oscuridad que nos circunda, esta obra de Hermann Ungar es, sin duda, el máximo exponente práctico de tal afirmación. Libro de la soledad (la más atroz, la vivida en compañía de otros), del desamor (o mejor debería decir del desprecio) y de la esclavitud psicológica. De la imposibilidad -siempre presente, como un estigma- de comunicarnos con los demás. Pobre Franz Polzer, personaje central, víctima de su infancia y de su innata cobardía, de su alteridad y de su paranoia. Las primeras frases del libro lo captan atrapado en su madeja de rutina aséptica: "Desde los veinte años, Franz Polzer era empleado de banca. Todos los días, a las ocho menos cuarto de la mañana, salía hacia el despacho, nunca un minuto antes ni un minuto después. Cuando doblaba la esquina de su calle, el reloj de la torre daba tres campanadas." Y, más adelante, nos damos cuenta, poco a poco, de detalles que configuran su perturbadora y compleja mirada: "Nada más ver la silueta de su tía en la habitación iluminada, Franz Polzer comprendió que la desnudez de la mujer era repelente. Ante la sombra de la tía y ante Frau Porges, le horrorizaba pensar que aquel cuerpo no estaba cerrado. De que tenía un corte, una abertura insondable. Como la carne desgarrada, como una herida." Obra de prosa directa y sin adornos, descarnada. La enfermiza y perversa relación entre Polzer y Porges (entre Polzer y el mundo, en realidad) me recuerda a la que se retrata en Auto de fe de Elías Canetti (libro que aún tengo en la mesilla, sin terminar, por demasiado asfixiante). La sombra de Kafka se proyecta sobre Ungar, pero en este también escritor checo hay, en mi opinión, más respiraderos. Penetrante y expresionista, lúcida e inmisericorde, sin tapujos, Los mutilados, publicada originalmente en 1923 y rescatada ahora por Siruela (y también por Backlist), es una rotunda e incuestionable y absoluta obra maestra.

5 comentarios:

  1. Qué ingenio, el de Faulkner, ¿verdad? No he leído nada de Ungar, pero lo conozco precisamente a través de los críticos de la obra de Kafka. Me lo apunto para cuando esté preparada, tanta intensidad necesita su momento. Saludos!!

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    1. Haces bien en apuntártelo, Mónica, porque es una pieza de literatura con mayúsculas, auténtica e impactante. No te la pierdas. Y me alegro de encontrarte de nuevo por aquí.
      Un saludo.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo contigo, un obra excepcional. Lo mejor que he podido leer este verano.
    Un abrazo.

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  3. Gran blog que pienso frecuentar... le recominedo vivamente, si le ha gustado este Ungar, dos piezas editadas hace años por Seix Barral: "Chicos y asesinos" y la estremecedora "La clase". de este dilecto escritor enfermo germánico...

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  4. Gracias, amigo, por partida triple. Y bienvenido.
    Un saludo.

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