martes, 20 de diciembre de 2016

Clásicos para regalar esta Navidad, 4
(«El paseo», de Robert Walser)


«Sin pasear estaría muerto», escribió Robert Walser. Esta frase no deja de ser una ironía, sobre todo si se tiene en cuenta que falleció, el día de Navidad de 1956, durante una de sus prolongadas caminatas. Su cadáver apareció sobre un lecho nevado. Lo encontraron unos muchachos que regresaban a casa después de estar jugando en la nieve. Cumplió, al final, su principal anhelo: desaparecer, disolverse, no ser tenido en cuenta, ser nadie, un cero. Lo consiguió en el blanco cegador de la nieve. «No puede ser una muerte más metafórica sobre la pureza de su estilo y de su vida», ha dicho Vila-Matas. Sin duda.

Para Walser, pasear era sinónimo de estar vivo, de incluirse en el mundo, de admirarlo. Andaba deprisa –el día de su fallecimiento, un testigo comentaba que lo vio alejarse a un trote impensable en un hombre de su edad–, pero le gustaba demorarse con las pequeñas sorpresas que le reservaban los días. «El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez», escribe en El paseo, esta brevísima pieza, este libro sencillo para almas sencillas (siendo sencillo lo opuesto a simple) que Siruela ha reeditado felizmente con motivo de los sesenta años que se cumplen de la muerte del escritor.           . 

Ver, mirar, sentir. Como por primera vez. Ese parece ser el lema de Walser. Recuperar la mirada. Renovar la sensación de asombro, de estar vivo, eso que estamos perdiendo a pasos agigantados. En un mundo tan virtual y tecnologizado como el de hoy, en el que miramos tanto y vemos tan poco, en el que sabemos todo y no conocemos nada, cobra nueva vida esta impresionante lección de sencillez, de amor por lo pequeño, de admiración por lo que tenemos al alcance de la mano que es El paseo.

El cuerpo de Walser en la nieve
Escritor minoritario y terriblemente libre, antecedente de Kafka, Walser es en sí mismo un misterio. Solitario empedernido, pasó sus últimos 23 años en el sanatorio psiquiátrico de Herisau, entregado al silencio y al retiro total. Allí no escribió ni una línea. «Yo aquí no he venido a escribir, sino a volverme loco», dejó dicho.

Y también, en El paseo: «A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado. Pero pienso que es bello luchar. Un hombre no se siente orgulloso de las alegrías y del placer. En el fondo lo único que da orgullo y alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los sufrimientos soportados con paciencia. Pero no gusta derrochar palabras a este respecto. ¿Qué hombre honrado ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos, osados deseos, dulces y elevadas concepciones de la felicidad se cumplieron, sin tener que hacer descuentos en ellas?»

Misterioso, grandioso Walser. 

1 comentario:

  1. Está claro que este blog debería de llamarse "Lo más selecto", como el libro de relatos de Henry James. No me cabe duda. Cuando en casi todos los demás blogs más o menos potables se recomienda lo obvio, lo que toca, lo consabido, tú le echas un par y señalas sin despeinarte a Walser, Uhlman, Ferlosio... Mi más sincera enhorabuena.

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