martes, 23 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 4. La escandalizadora realidad

Baudelaire y Flaubertante los tribunales (caricatura de Batistao)
«La sala del Palacio de Justicia de París estaba llena la mañana del 29 de enero de 1857. El abogado imperial Ernest Pinard, de quien más tarde se dijo que era autor de una colección de poemas eróticos y aficionado a la pornografía, acusa, durante una hora y media, a la novela Madame Bovary por obscenidad. El juez de turno es un literato aburrido de los casos comunes y en varios momentos, según cuenta Geoffrey Wall, el biógrafo de Gustav Flaubert, no puede contener la risa frente a la solemnidad del fiscal. Siete meses más tarde Pinard volverá al ataque contra otro de los libros que abren el camino de la modernidad: Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

Ocurridos en enero y agosto de 1857, ambos escritores debieron comparecer ante Pinard por acusaciones que incluso entonces sorprendieron a la opinión pública francesa. La discusión acerca de la pertinencia de los delitos imputados (ofensa a la moral religiosa y a la moral pública) no tiene sentido hoy en día. A Madame Bovary se la condena por un puñado de escenas en que el ojo del narrador es demasiado lascivo o mezcla peligrosamente lo sagrado con lo profano, como cuando se le otorga la extremaunción a Emma, y se enumeran sus pecados y sus bellezas corporales. A los seis poemas de Las flores del mal se los acusa de “cantar la carne sin amarla”, de destilar un veneno embriagante y abyecto, como en “Lesbos”, donde el poeta es iniciado en los misterios del amor entre mujeres. La vara con que se mide la obscenidad de las obras no está clara ni siquiera para los propios acusadores, que operan como cirujanos tratando de extirpar un tejido canceroso de una masa de carne sana. La importancia de estos juicios, empero, radica en la posibilidad de pensar, de allí en más, a la literatura como una esfera independiente, que ya no debe justificar sus temas, formas y procedimientos ante nadie que no sea el ávido público lector que, en parte impulsado por los escándalos de los juicios, encontraron ambos textos. Las actas de estos juicios nos permiten volver al momento en que se empezó a pensar la separación entre autor y narrador, entre poeta y yo lírico.

El fiscal Ernest Pinard
Originalmente, Flaubert pensó publicar Madame Bovary en la Revue de Paris en entregas quincenales a partir de julio de 1856. Que su primera novela viera la luz fue un incordio para el escritor: los editores retrasaban la salida de las entregas por miedo a una acusación de inmoralidad (la revista ya estaba bajo sospecha) y por desacuerdos entre ellos. Le propusieron hacer recortes de escenas enteras que para Flaubert eran imprescindibles. Aceptó de mala gana, adelantándose al juicio y acusándolos de ensañarse con los detalles y perder de vista el verdadero sentido de la obra. Finalmente, decidió además publicarla en su versión íntegra con el editor Michel Lévy. El juzgado citó al autor, al editor y al distribuidor en diciembre de ese mismo año. La obra recibió en un primer momento halagos del poeta Lamartine, cuyas promesas de apoyo se esfumaron cuando sobrevino el juicio.

Una paradoja interesante se instala al leer estas actas. La lectura que hace Pinard de la novela de Flaubert es minuciosa, exhausta y detallista. Mientras el defensor se limita a argüir que la novela condena el pecado mostrando cuáles son sus consecuencias, Pinard pone el ojo en las escenas que revelan, pese a lo que está dispuesto a aceptar, que Flaubert es un maestro de la prosa. Incluso Pinard lo expresa: el trabajo de Flaubert es admirable desde el talento, pero execrable desde lo moral. El famoso pasaje en el que Emma y Léon se acuestan por primera vez dentro de un coche de alquiler que da vueltas frenéticas por Ruán muestra que para decirlo todo a veces es mejor callar casi todo. Y la potencia de la elipsis no se le escapa al fiscal: que no esté explícito no significa que no comprenda lo que un texto puede decir más allá de su letra. Y es que Flaubert pudo condenar a su personaje estéticamente, pero nunca éticamente. El error de la defensa consiste en querer demostrar que si bien la heroína se revuelca en el fango casi sin culpas durante la mayor parte de la novela, tarde o temprano el autor le propina su merecido como expiación de un comportamiento inadecuado. Pinard es agudo, y sabe del poder de la literatura.

Jules Sénard, abogado de Flaubert
Un segundo argumento en su contra tiene que ver con el efecto que podría producir la lectura de la obra en el público femenino, el bovarismo a pleno. En una carta, Flaubert no deja dudas al respecto: “No escribo para muchachitas, escribo para el hombre culto”. En realidad, lo que verdaderamente molesta al fiscal tiene su origen en la nueva poética que enarbola Flaubert como parte de la estética realista, sobre todo en lo que refiere a la supresión de la jerarquía entre temas altos y bajos y al tratamiento del narrador y del punto de vista. Pinard no es moderno y no comprende aún que autor y narrador son cosas distintas. El último argumento de Sénard, el abogado de Flaubert, parece un manotazo de ahogado: tienen que absolverlo porque escribe bien. Así se hizo, previa reprimenda. El tribunal consideró que la novela carecía de severidad en el lenguaje como para condenar efectivamente a su heroína, que la reproducción de caracteres y de color local “conduciría a un realismo que sería la negación de lo bello y de lo bueno”, que los pasajes acusados eran reprensibles pero poco numerosos en comparación con la extensión total de la novela y, finalmente, que Flaubert “cometió el error de perder a veces de vista las normas que todo escritor que se respete nunca debe violar”, aunque esto no fue causa suficiente para encontrar al autor culpable del delito que se le imputaba.

El abogado defensor de Baudelaire intentó apelar a argumentos similares en su juicio. Chaix D´est Ange empieza con la misma perorata de que el mal que se pinta es el mal que se condena, para luego utilizar un recurso mucho más eficaz, la lectura de los poemas. “Oigan. Escuchen qué versos. ¿Quién puede condenar a un poeta como éste?” En efecto, este tribunal lo condenó, aunque no por el cargo de ofensa a la moral religiosa, pero sí por ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres. Baudelaire debía suprimir seis poemas del volumen y pagar una multa de trescientos francos. Lo que más le molestó no fue la acusación por inmoralidad (Baudelaire ya sabía que sus poemas ofenderían a la moral burguesa, allí radicaba parte de su fuerza), sino que éstos, según la sentencia, conducían “a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor”, lo que le produjo bastante irritación.

Ilustración para una edición de Madame Bovary
Los juicios que sufrieron ambos autores abren, en la literatura del siglo XIX, una discusión insoslayable: la cuestión de la autonomía del arte, la relación entre literatura y sociedad. Lo singular es que ambas defensas parecen estar construidas sobre un desvío. Los dos abogados argumentan equivocadamente, puesto que tanto Madame Bovary como Las flores del mal no pintan el mal para condenarlo, como suponen los letrados, sino que inauguran lo que Rancière llama, en Política de la literatura, una nueva circulación de lo sensible. Rancière llama “democracia de la literatura” a “una cierta forma de intervenir en el reparto de lo sensible que define al mundo que habitamos: la manera en que éste se nos hace visible y en que eso visible se deja decir, y las capacidades e incapacidades que así se manifiesta.” ¿Cómo decir lo nuevo? La literatura moderna irrumpe a pesar de las resistencias que ofrecen los viejos bastiones del arte. El problema de ambas obras parece residir en la incomodidad que genera la falta de adecuación entre estilo y contenido. Lo que se juzga, más allá de los temas, es una forma de mirar, una forma de sentir. Los fiscales y acusadores piensan que están hablando sobre el contenido de estos dos libros, pero en realidad lo incierto, lo moderno radica allí donde narrador y yo poético establecen una relación nueva con aquello que designan.»

(Extracto de "El juicio a los malditos", por Dolores Gil)
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ACTIVIDAD 4:
Francisco Umbral ironizaba sobre el proceso judicial a Flaubert al contraponer su forma de vida burguesa y casi monacal al escándalo social que provocó su obra: "Al solterón más casto y feo de Francia, al masturbador literario de su prosa, al solitario que sólo vive orgías de tabaco y aburrimiento, en sus paraísos de humo y gramática, se le pone un proceso por inmoral." A propósito de este juicio:

a) ¿Por qué crees que se habló tanto en el proceso acerca del subtítulo de la obra Madame Bovary: "costumbres de provincia"?
b) La sentencia fue un alegato contra todo tipo de realismo literario. Comenta qué aspectos se recriminaban.
c) ¿Crees que el Estado puede y debe meterse en todo aquello que pueda perturbar gravemente la convivencia frente a posibles intereses o derechos individuales, o, por el contrario, el Estado ni puede ni debe meterse en todo, incluso aunque se perturbe gravemente la convivencia, es decir; su poder es relativo y, en cualquier caso, no está legitimado a anteponer las necesidades de la comunidad frente a los derechos individuales? Da tu opinión personal y razónala.

FUENTES PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:
Grandes escándalos literarios [programa de radio La palabra con tapas]
Actas del juicio a Flaubert (resumen)

¡¡Envía tu actividad a elinfiernodebarbusse@gmail.com, junto con las demás que se proponen en Otoño Flaubert, antes del 3 de noviembre y gana uno de los tres ejemplares de La señora Bovary  (Alba Editorial) que se sortean!!

8 comentarios:

  1. "La discusión acerca de la pertinencia de los delitos imputados (ofensa a la moral religiosa y a la moral pública) no tiene sentido hoy en día"

    Quieres decir en Francia, querido Barbusse, un 0,000000001% de este genéricamente intolerante planeta, todavía...

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  2. por cierto, me encanta eso de “cantar la carne sin amarla”; creo que el acusador también era un poeta, malogrado como el que habita en el interior de todo notario

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  3. No conocía el libro de Ranciere que se menciona en el artículo. Tiene una pinta cojonuda.

    Sí, mucho de lo que se habla aquí también lo explica, creo yo de forma magistral, Jauss en Historia de la literatura como provocación. Al asimilar el concepto de horizonte de expectativas aplicado a literatura a raíz de la publicación de Madame Bovary acabé de comprender que el arte que se recuerda, si perdura, es porque abre un nuevo horizonte de expresión y fomenta una nueva sensibilidad estética entre los lectores.

    Lo de Baudelaire me parece más comprensible dado que es explícito. Si juegas con fuego, lo normal es que te quemes. En Flaubert siempre me ha resultado injusto y desproporcionado. Vale, que dice con recochineo aquello de "tengo un amante", pero me parecen peores los puteríos de Sorel en Rojo y negro e igual de macabros los pasajes finales de Stendhal. Siempre he creído que lo Flaubert fue una caza de brujas en toda regla. Una vendetta. No es que Flaubert se caracterizase por su don de gentes, y menos con sus enemigos literarios.

    Muy interesante, por cierto, la pregunta de la última actividad. Se podría escribir un libro sobre el tema. Mi respuesta es no, claramente. Sólo hace falta aproximarse a la obra de Mandelstam para entender lo perjudicial que es la intervención del Estado en materia de ficción.

    Saludos.

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    1. Recuerda que el ser distinto, pensar diferente, estar al margen es motivo de odio mezclado con envidia. La alteridad provoca mucho sofoco y mucho rechazo. No pasar por el aro de lo que se espera, salir por la tangente, tener tu propio criterio molesta a los demás en grado superlativo. Pensar es un suicido. No descarto tampoco yo lo de la caza de brujas.

      Un saludo.

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  4. Estoy totalmente de acuerdo, pensar diferente, estar al margen, no pasar por el aro, salirse del redil, ir contracorriente, ser politicamente incorrecto, tiene su coste......algunos lo pagaron muy caro, hoy más que nunca se sigue pagando

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