martes, 30 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 6. Los rostros de Emma Bovary

Madame Bovary, dirigida por Claude Chabrol, 1991
«¿Cómo era madame Bovary? Sabemos que tenía la piel trigueña, el pelo oscuro y los ojos de color complicado, ¿pero su nariz, su barbilla? ¿Encaja su figura bien en el hombro? ¿Son sus tobillos elegantes? ¿Cómo visualizar sus hombros? De todas las grandes heroínas de ficción, Emma es probablemente la que más desacuerdos causará entre los lectores en cuanto a su apariencia física. No podemos remontarnos, como sí con Dickens, a algún grabado manchado de las primeras ediciones, pues Flaubert los odiaba y los prohibió en sus libros. Los cinéfilos podrían figurarse a Emma como Jennifer Jones, pero dado que eso implica aceptar el parecido de Flaubert con James Mason, no avanzamos mucho. Mario Vargas Llosa se enamoró profundamente de Emma desde cuando leyó por primera vez Madame Bovary en París en 1959, y al comienzo de [La orgía perpetua], este homenaje brillante, inteligente, poco convencional y ferozmente sensible a Flaubert, nos cuenta cómo desde entonces está bajo el hechizo de Emma, de su rebeldía social, de su poder erótico, de su vulgaridad y de sus promesas de violencia. Pero no la describe físicamente. ¿Puede uno enamorarse de una mujer y no saber qué pinta tiene? O tal vez él nos está ocultando la imagen que tiene, por celos. (Julian Barnes. "Un antiguo enamorado de Emma", 2010) 

«Ella es más ardiente que apasionada. Ama la vida, el placer, el amor mismo más de lo que ama a un hombre; está hecha para tener amantes, no un amante. (...) Emma no muere de amor sino de debilidad y a causa de su absoluta incapacidad para mirar hacia adelante, con una ingenuidad que la convierte en presa fácil del engaño, también en los negocios. Vive en el presente y es incapaz de resistirse al más mínimo impulso.» (Albert Thibaudet. Gustave Flaubert, 1935) 

«No hay que ser feminista para darse cuenta de que Flaubert asesina a Emma Bovary. ¿Cuál es su motivo? Hay una dosis de autocastigo, naturalmente, pero Flaubert era demasiado fuerte para ser destruido prematuramente por el principio de realidad. Emma es al mismo tiempo mucho menos fuerte que su creador y mucho más vital. Me temo que el motivo del asesinato fue la envidia por su vitalidad: el sadismo del autor es tan crucial en la tragedia de Emma como el masoquismo del autor.» (Harold Bloom. Genios, 2005)

El asesino Flaubert. Grasofismo de Margarita García Alonso, 2011

«Pero no es sólo el hecho de que Emma sea capaz de enfrentarse a su medio —familia, clase, sociedad—, sino las causas de su enfrentamiento lo que fuerza mi admiración por su inapresable figurilla. Esas causas son muy simples y tienen que ver con algo que ella y yo compartimos estrechamente: nuestro incurable materialismo, nuestra predilección por los placeres del cuerpo sobre los del alma, nuestro respeto por los sentidos y el instinto, nuestra preferencia por esta vida terrenal a cualquier otra. Las ambiciones por las que Emma peca y muere son aquellas que la religión y la moral occidentales han combatido más bárbaramente a lo largo de la historia. Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir en sí esa profunda exigencia sensual que Charles no puede satisfacer porque ni sabe que existe, y quiere, además, rodear su vida de elementos superfluos y gratos, la elegancia, el refinamiento, materializar en objetos el apetito de belleza que han hecho brotar en ella su imaginación, su sensibilidad y sus lecturas. Emma quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville..., y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la aventura y el riesgo...» (Mario Vargas Llosa. La orgía perpetua, 1974)

«[Emma Bovary es] de naturaleza un poco perversa, una mujer de falsa poesía y de falsos sentimientos.»  (Gustave Flaubert. "Carta a Leroyer de Chantepie", 30-3-1853)

«Fui injusto cuando dije que Madame Bovary era idiota. O cuando lo dijo uno de mis personajes; que es lo mismo, aunque no del todo. (...) Y como digo, tal vez sea verdad lo de injusto. O cruel. Puede que mi capacidad de compasión disminuya con los años y con el espectáculo —grotesco, inagotable—de la nunca sorprendente estupidez humana, incluida la mía. Y es cierto. Quizá sea injusto enternecerse con don Quijote y despreciar a Emma Bovary. A los dos se les fue la olla creyendo que la vida podía ser como en las novelas baratas; y es verdad que late el mismo idealismo trágico en salir a deshacer entuertos que a buscar una pasión amorosa en un pueblecito de provincias. Hasta ahí, estamos de acuerdo. Sin duda la peor idiotez de Madame Bovary fue el dinero. Entramparse hasta el corsé. Si hubiera tenido sentido común, o recursos económicos, otro habría sido su destino. Pero ni el estatus social ni el momento eran adecuados para una pobre soñadora provinciana. Cuanto tuvo en su vida fueron dos imbéciles y medio: sus dos amantes y el marido. Y por supuesto: si hubieran sido treinta los hombres de su vida, habrían sido treinta imbéciles. También reconozco que es difícil arreglárselas cuando no sólo la satisfacción sexual, sino las posibilidades de sentirse amada y acompañada, dependen de un mundo de hombres que te acusan de puta si lo intentas y de idiota si fracasas. Hay poco espacio ahí para los héroes, en efecto. Para las heroínas. Y resulta una soberbia injusticia pedir a todas las mujeres que se curtan para sobrevivir.» (Arturo Pérez Reverte. "Sobre mujeres y héroes", 2011)

Madame Bovary, dirigida por Vincente Minnelli, 1949
«¿Qué es lo que hace que [...] millones de lectores vean a Emma con admiración y se identifiquen con ella? Y hasta los que la desdeñan, en el fondo saben que no es un juego de niños. No se trata de juzgarla, sino de entender el enigma Emma. Por esto, es preciso retomar en forma sintética algunos rasgos característicos de Emma y plantearse esta pregunta: Qui est-elle? ¿Quién es ella? Trágica, habitada por el fracaso, solitaria, asfixiada por la angustia, incomprendida, suicida. No hay duda, ella es un enigma. Y es tan compleja, tan difícil de descifrar como la vida misma. Con todo eso, ella no tiene nada de sobrenatural, nada ajeno a la naturaleza humana.El deseo profundo de la felicidad, los vicios y las virtudes, no son más que cosas mundanas. Aunque ella sea amable para algunos, repulsiva para otros, ella está quizás en cada uno de nosotros.» (Nacer Ouabbou. "De Madame Bovary a la orgía perpetua", 2004)

«El libro es todo un retrato de la medianidad, pero me pregunto si Emma alcanza a eso. La suya es una medianía estrecha, incluso para una persona poco imaginativa y de escasa presencia "social". Es mayor que la capacidad de su conciencia, considerada en términos generales: en resumen, sentimos que es menos esclarecida de lo que habría podido ser no sólo si el mundo le hubiera ofrecido más puntos de contacto, sino en el caso de que ella hubiese tenido más puntos de contacto que ofrecer.» (Henry James. "Gustave Flaubert". En: Notes on novelists, 1914)

«Flaubert se ve morir como un perro mientras esa puta de Emma Bovary vivirá eternamente.» (George Steiner. Los logócratas, 2003) 
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ACTIVIDAD 6:
Como vemos, hay tantos rostros para Emma Bovary como lectores de la novela de Flaubert. Unos la admiran y otros la detestan, pero a nadie deja indiferente. Centrándonos en este personaje:
a) Cita al menos seis adjetivos que se hayan utilizado para definirlo.
b) ¿Qué crees que quiere decir el profesor de literatura y crítico americano Harold Bloom con que Emma Bovary es una "heroína sin estilo"?
c) El cine también se ha sentido atraído por este personaje en distintas ocasiones. Investiga sobre las adaptaciones cinematográficas que se han realizado de la novela de Flaubert hasta la fecha y nombra qué actrices han encarnado el papel de la señora Bovary.   

FUENTES PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:
Emma Bovary vista por Harold Bloom

¡¡Envía esta última actividad a elinfiernodebarbusse@gmail.com, junto con las cinco anteriores propuestas en Otoño Flaubert, antes del 3 de noviembre y gana uno de los tres ejemplares de La señora Bovary  (Alba Editorial) que se sortean!!

viernes, 26 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 5. Un Quijote con faldas

Mujer leyendo. Henri Matisse, 1894
«Si en algo refleja su maestría el escritor de novelas es en la creación de los personajes. Gustave Flaubert plasma en el perfil de Madame Bovary toda su creatividad, intuición, habilidad psicológica, sus propias vivencias, y aquellas que prestó de otros autores. Emma Bovary es un personaje muy conocido dentro y fuera del mundo literario, su idiosincrasia es tipificada bajo el síndrome de “bovarismo”, que se asocia inmediatamente al “quijotismo”, ya que Madame Bovary constituye una sátira similar al Quijote de Cervantes. Los dos escritores dramatizan los efectos perniciosos producidos por ciertos libros. El Quijote devora libros de caballería y termina imitándolos en su propio estilo jocoso y cómico. Emma Bovary devora libros de romance y ella, de la misma manera, los imita de un modo loco, frívolo y trágico. La gran diferencia entre los dos es que Cervantes considera a sus personajes con benevolencia, mientras que Flaubert describe a Emma determinada a una condena impenitente. La comedia cervantina apunta a un mundo mejor, pero la oscura y trágica visión de la novela de Flaubert no presenta ninguna alternativa positiva, por lo que se clasifica a Flaubert entre los escritores nihilistas. El autor de Madame Bovary tiene en mente mostrar día tras día, minuto a minuto, los pensamientos y las acciones de su heroína. Muestra sin compasión sus defectos, hasta el punto de que el lector toma una actitud más tolerante que su progenitor.

Don Quijote leyendo. Adolf Schrödter, 1834
Su creación permite a Flaubert expresar la riqueza de las formas de ficción que estaban en boga hasta que la novela se elevó a un género literario más alto: novelas de adulterio, damas sentimentales a la vez virtuosas y no virtuosas; idilios, romances y tragedias en escenarios exóticos coloniales; descripciones pormenorizadas arqueológicas de pompa y tiempos pasados que enmarcan héroes nobles, sorprendentemente modernos en su mediocridad; panoramas realistas de encumbramiento social inescrupuloso y atractivas imágenes de capitales como una ciudad de placer, misterio y crimen. Está claro que Flaubert leía para escribir y Madame Bovary para soñar. Emma es un Quijote del siglo XIX. El paralelismo entre Don Quijote y Madame Bovary ya es clásico.

En cuanto al bovarismo, este es un término acuñado por la psiquiatría en los primeros años del siglo XX, mediante el cual se designa un estado psicopatológico, relacionado con la personalidad de Emma Bovary, como satisfacción inmediata y exclusiva de sensaciones personales. 

En términos psicopatológicos, la anomalía consiste en una alteración del sentido de la realidad, de raíz esquizoide, por la que una persona se considera otra distinta de la que realmente es. El término lo introdujo el psicólogo francés Jules Gaultier, antes del advenimiento de Freud y del psicoanálisis. Gaultier define esta patología como la evasión en lo imaginario por insatisfacción. “La distancia que existe en cada individuo entre lo imaginario y lo real, entre lo que es y piensa que se es“. Así se expresó Gaultier cuando tomó el caso de Emma como el diseño de una forma de enfermedad mental, en los comienzos de la psiquiatría, una ciencia formada a la luz de la visión romántica de la psyche.

El psicólogo Jules Gaultier
La novela centra su atención en las múltiples perspectivas que le ofrece el personaje, su devenir psicológico y la descripción de sus estados de ánimo. Mario Vargas Llosa dice que el autor descubrió o inventó su sistema de trabajo, mientras escribía Madame Bovary, porque es uno de los escritores más lúcidos respecto a este proceso de conversión de lo real en ficticio.

Una de las características más importantes del personaje, Emma Bovary, es el conflicto entre su naturaleza romántica y su tendencia hacia la desilusión. A la edad de 13 años fue incapaz de resistir la melancólica atmósfera del convento y se sumergió en novelas románticas cuyas historias quiso que se hicieran realidad. Los sucesos que creía que iban a mejorar su vida, tales como el convento, la vida matrimonial, nunca se cumplieron. Esta situación pone de manifiesto la distancia entre la imaginación y la realidad, propia de la idiosincrasia de Emma y su "bovarismo". En consecuencia, Emma es considerada como un personaje real del siglo XIX, también del siglo XX y de la actualidad. Su creador, al diseñarla, obtuvo como resultado un singular universal, para un imaginario colectivo, por eso subsiste hoy después de 150 años.»

(Fragmento de "Diseño de un personaje: Madame Bovary", por Nelly Vélez Sierra)
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ACTIVIDAD 5:
A) Fue José Ortega y Gasset (aunque suele atribuírse erróneamente a Varga Llosa) quien, en un artículo titulado "Flaubert, Cervantes, Darwin", calificó a Emma Bovary como "un Don Quijote con faldas". Cita y explica brevemente los paralelismos que pueden encontrarse entre ambos personajes.
B) El término "bovarismo" es un término derivado de la novela de Flaubert. Explica su significado, su uso, etc.

FUENTES PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:
La huella cervantina en Flaubert: Madame Bovary y la reminiscencia quijotesca, por Ramón García Pradas

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miércoles, 24 de octubre de 2012

Liebre por liebre


Es difícil hablar de Siempre hemos vivido en el castillo sin desvelar algo de su enigmático interior, aunque en su interior se desvele muy poco, justo solo lo que le interesa a su protagonista y narradora, Mary Katherine Blackwood, Merricat, una adolescente de dieciocho años que vive con su hermana Constance, su anciano tío Julian y su gato Jonas en una casa solariega a las afueras de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra. Detrás de la monótona, apacible y feliz cotidianidad, aunque plagada de particularidades, en la que viven los Blackwood, se esconde un secreto que el lector irá descubriendo sólo fragmentaria e intrincadamente: el envenenamiento, con arsénico, seis años atrás, de los demás miembros de la familia. Ése –el suspense– es uno de los sabrosos ingredientes que esta obra presenta y el que hace que los ojos se nos adhieran como ventosas a la letra impresa, sin que reparemos siquiera en la idea de interrumpir la lectura –acaso una vez, a lo sumo dos, para estirar piernas– a lo largo de sus doscientas páginas. 

Pero no solo es la historia, el trasunto narrativo con que Shirley Jackson nos gana y nos arrastra donde quiere, sino sobre todo su potencia estilística, su grandiosa manera de escribir, como quien no hace esfuerzo alguno, con esa facilidad que solo tienen los arduos trabajadores de la frase, los artesanos del verbo y del adjetivo. 

Y, luego, claro, está Merricat, uno de los personajes adolescentes más sólidos de la literatura norteamericana de mediados del siglo pasado. Sí, por encima –al menos para mí– de Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, o de Scout de Matar a un ruiseñor, está Merricat, esa joven socialmente torpe, retraída, despectiva en su trato con los demás, intencionadamente pueril –a veces parece más una niña de doce años que una chica de dieciocho–, burlona, intuitiva, perspicaz, divertida, sádica. Su carta de presentación, ya desde el mismo arranque de la novela, no deja lugar a dudas acerca de su singular personalidad: "Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menundo pienso que con poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto".

Shirley Jackson, ca. 1940
Para Merricat, cualquier cosa fuera de lo habitual se convierte en una amenaza, así que, cuando a mitad de la obra se vislumbra un "cambio" que podría afectar la pacífica convivencia de los habitantes de su casa, ella está dispuesta a todo para impedirlo, y ese todo incluye la puesta en práctica de su brujería, una suerte de magia sencilla, basada en amuletos. Esta irrupción en la novela de un tema como es la vulnerabilidad de nuestras vidas ante una presencia sobrevenida que tiene visos de modificar lo que, ingenuamente, deseamos que perdure inalterable, es, en mi opinión, uno de los puntos fuertes de la obra, y constituye el elemento tensional que permite que la narración evolucione hasta llegar a un clímax que prepara, a su vez, un final tan feliz como simbólicamente perverso. A estas alturas de la lectura, me acuerdo de otra espléndida novela de suspense gótico, La noche del cazador, de Davis Grubb, seguramente porque suscitó en mí parecidos sentimientos de inquietud, a pesar de que su escenario y conflicto son muy distintos.

Pero volvamos a Merricat. Cabría pensar en la más pequeña de los Blackwood como en alguien con algún trastorno psicopatológico, aunque si realmente está loca, se trata de una locura “poética”, como bien señala Joyce Carol Oates en el excelente posfacio a la obra. Sea como fuere, la protagonista es quien nos cuenta la historia y, por tanto, por muy convincente y persuasiva que su voz pueda resultar –como, sin duda, resulta–, el lector atento debe dejar un resquicio a la duda y desconfiar de la fiabilidad de lo narrado. En este sentido, se ha comparado Siempre hemos vivido en el castillo con Otra vuelta de tuerca de Henry James, donde, como sucede aquí, los hechos narrados tienen una alta probabilidad de enmascarar un tabú que se convierte en el asunto alrededor del cual gira todo discurso y acción.  

Shirley Jackson es autora de una no muy extensa obra, pero venerada por escritores tales como Richard Matheson, Jonathan Lethem, Stephen King o la misma Joyce Carol Oates, entre otros. Nacida en San Francisco, vivió solo cuarenta y nueve años; poco después de la aparición de Siempre hemos vivido en el castillo (1962), su última obra publicada, murió a causa de la adicción a las anfetaminas, el alcoholismo y la obesidad mórbida. Sabemos que en los últimos meses de su vida sufrió una agorafobia aguda, parecida a la que sufren las dos hermanas de la novela, que le impedía salir de casa. Tras su muerte, su hijo, Laurence Hyman, confesó que su madre poseía un tablero Ouija y unos quinientos libros sobre ocultismo.

Siempre hemos vivido en el castillo es una novela abierta, ambigua, inteligente (y como tal recibe y trata al lector). Hoy que el mundo editorial parece más empeñado en vendernos copia por original, mediocridad por talento, humo por Literatura, gato por liebre, tenemos la suerte de poder acceder a esta excelente edición de Minúscula –gracias, Valeria Bergalli– de la ya clásica novela de Shirley Jackson. Afortunadamente, aún hay liebres que se venden por liebres. 

martes, 23 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 4. La escandalizadora realidad

Baudelaire y Flaubertante los tribunales (caricatura de Batistao)
«La sala del Palacio de Justicia de París estaba llena la mañana del 29 de enero de 1857. El abogado imperial Ernest Pinard, de quien más tarde se dijo que era autor de una colección de poemas eróticos y aficionado a la pornografía, acusa, durante una hora y media, a la novela Madame Bovary por obscenidad. El juez de turno es un literato aburrido de los casos comunes y en varios momentos, según cuenta Geoffrey Wall, el biógrafo de Gustav Flaubert, no puede contener la risa frente a la solemnidad del fiscal. Siete meses más tarde Pinard volverá al ataque contra otro de los libros que abren el camino de la modernidad: Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

Ocurridos en enero y agosto de 1857, ambos escritores debieron comparecer ante Pinard por acusaciones que incluso entonces sorprendieron a la opinión pública francesa. La discusión acerca de la pertinencia de los delitos imputados (ofensa a la moral religiosa y a la moral pública) no tiene sentido hoy en día. A Madame Bovary se la condena por un puñado de escenas en que el ojo del narrador es demasiado lascivo o mezcla peligrosamente lo sagrado con lo profano, como cuando se le otorga la extremaunción a Emma, y se enumeran sus pecados y sus bellezas corporales. A los seis poemas de Las flores del mal se los acusa de “cantar la carne sin amarla”, de destilar un veneno embriagante y abyecto, como en “Lesbos”, donde el poeta es iniciado en los misterios del amor entre mujeres. La vara con que se mide la obscenidad de las obras no está clara ni siquiera para los propios acusadores, que operan como cirujanos tratando de extirpar un tejido canceroso de una masa de carne sana. La importancia de estos juicios, empero, radica en la posibilidad de pensar, de allí en más, a la literatura como una esfera independiente, que ya no debe justificar sus temas, formas y procedimientos ante nadie que no sea el ávido público lector que, en parte impulsado por los escándalos de los juicios, encontraron ambos textos. Las actas de estos juicios nos permiten volver al momento en que se empezó a pensar la separación entre autor y narrador, entre poeta y yo lírico.

El fiscal Ernest Pinard
Originalmente, Flaubert pensó publicar Madame Bovary en la Revue de Paris en entregas quincenales a partir de julio de 1856. Que su primera novela viera la luz fue un incordio para el escritor: los editores retrasaban la salida de las entregas por miedo a una acusación de inmoralidad (la revista ya estaba bajo sospecha) y por desacuerdos entre ellos. Le propusieron hacer recortes de escenas enteras que para Flaubert eran imprescindibles. Aceptó de mala gana, adelantándose al juicio y acusándolos de ensañarse con los detalles y perder de vista el verdadero sentido de la obra. Finalmente, decidió además publicarla en su versión íntegra con el editor Michel Lévy. El juzgado citó al autor, al editor y al distribuidor en diciembre de ese mismo año. La obra recibió en un primer momento halagos del poeta Lamartine, cuyas promesas de apoyo se esfumaron cuando sobrevino el juicio.

Una paradoja interesante se instala al leer estas actas. La lectura que hace Pinard de la novela de Flaubert es minuciosa, exhausta y detallista. Mientras el defensor se limita a argüir que la novela condena el pecado mostrando cuáles son sus consecuencias, Pinard pone el ojo en las escenas que revelan, pese a lo que está dispuesto a aceptar, que Flaubert es un maestro de la prosa. Incluso Pinard lo expresa: el trabajo de Flaubert es admirable desde el talento, pero execrable desde lo moral. El famoso pasaje en el que Emma y Léon se acuestan por primera vez dentro de un coche de alquiler que da vueltas frenéticas por Ruán muestra que para decirlo todo a veces es mejor callar casi todo. Y la potencia de la elipsis no se le escapa al fiscal: que no esté explícito no significa que no comprenda lo que un texto puede decir más allá de su letra. Y es que Flaubert pudo condenar a su personaje estéticamente, pero nunca éticamente. El error de la defensa consiste en querer demostrar que si bien la heroína se revuelca en el fango casi sin culpas durante la mayor parte de la novela, tarde o temprano el autor le propina su merecido como expiación de un comportamiento inadecuado. Pinard es agudo, y sabe del poder de la literatura.

Jules Sénard, abogado de Flaubert
Un segundo argumento en su contra tiene que ver con el efecto que podría producir la lectura de la obra en el público femenino, el bovarismo a pleno. En una carta, Flaubert no deja dudas al respecto: “No escribo para muchachitas, escribo para el hombre culto”. En realidad, lo que verdaderamente molesta al fiscal tiene su origen en la nueva poética que enarbola Flaubert como parte de la estética realista, sobre todo en lo que refiere a la supresión de la jerarquía entre temas altos y bajos y al tratamiento del narrador y del punto de vista. Pinard no es moderno y no comprende aún que autor y narrador son cosas distintas. El último argumento de Sénard, el abogado de Flaubert, parece un manotazo de ahogado: tienen que absolverlo porque escribe bien. Así se hizo, previa reprimenda. El tribunal consideró que la novela carecía de severidad en el lenguaje como para condenar efectivamente a su heroína, que la reproducción de caracteres y de color local “conduciría a un realismo que sería la negación de lo bello y de lo bueno”, que los pasajes acusados eran reprensibles pero poco numerosos en comparación con la extensión total de la novela y, finalmente, que Flaubert “cometió el error de perder a veces de vista las normas que todo escritor que se respete nunca debe violar”, aunque esto no fue causa suficiente para encontrar al autor culpable del delito que se le imputaba.

El abogado defensor de Baudelaire intentó apelar a argumentos similares en su juicio. Chaix D´est Ange empieza con la misma perorata de que el mal que se pinta es el mal que se condena, para luego utilizar un recurso mucho más eficaz, la lectura de los poemas. “Oigan. Escuchen qué versos. ¿Quién puede condenar a un poeta como éste?” En efecto, este tribunal lo condenó, aunque no por el cargo de ofensa a la moral religiosa, pero sí por ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres. Baudelaire debía suprimir seis poemas del volumen y pagar una multa de trescientos francos. Lo que más le molestó no fue la acusación por inmoralidad (Baudelaire ya sabía que sus poemas ofenderían a la moral burguesa, allí radicaba parte de su fuerza), sino que éstos, según la sentencia, conducían “a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor”, lo que le produjo bastante irritación.

Ilustración para una edición de Madame Bovary
Los juicios que sufrieron ambos autores abren, en la literatura del siglo XIX, una discusión insoslayable: la cuestión de la autonomía del arte, la relación entre literatura y sociedad. Lo singular es que ambas defensas parecen estar construidas sobre un desvío. Los dos abogados argumentan equivocadamente, puesto que tanto Madame Bovary como Las flores del mal no pintan el mal para condenarlo, como suponen los letrados, sino que inauguran lo que Rancière llama, en Política de la literatura, una nueva circulación de lo sensible. Rancière llama “democracia de la literatura” a “una cierta forma de intervenir en el reparto de lo sensible que define al mundo que habitamos: la manera en que éste se nos hace visible y en que eso visible se deja decir, y las capacidades e incapacidades que así se manifiesta.” ¿Cómo decir lo nuevo? La literatura moderna irrumpe a pesar de las resistencias que ofrecen los viejos bastiones del arte. El problema de ambas obras parece residir en la incomodidad que genera la falta de adecuación entre estilo y contenido. Lo que se juzga, más allá de los temas, es una forma de mirar, una forma de sentir. Los fiscales y acusadores piensan que están hablando sobre el contenido de estos dos libros, pero en realidad lo incierto, lo moderno radica allí donde narrador y yo poético establecen una relación nueva con aquello que designan.»

(Extracto de "El juicio a los malditos", por Dolores Gil)
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ACTIVIDAD 4:
Francisco Umbral ironizaba sobre el proceso judicial a Flaubert al contraponer su forma de vida burguesa y casi monacal al escándalo social que provocó su obra: "Al solterón más casto y feo de Francia, al masturbador literario de su prosa, al solitario que sólo vive orgías de tabaco y aburrimiento, en sus paraísos de humo y gramática, se le pone un proceso por inmoral." A propósito de este juicio:

a) ¿Por qué crees que se habló tanto en el proceso acerca del subtítulo de la obra Madame Bovary: "costumbres de provincia"?
b) La sentencia fue un alegato contra todo tipo de realismo literario. Comenta qué aspectos se recriminaban.
c) ¿Crees que el Estado puede y debe meterse en todo aquello que pueda perturbar gravemente la convivencia frente a posibles intereses o derechos individuales, o, por el contrario, el Estado ni puede ni debe meterse en todo, incluso aunque se perturbe gravemente la convivencia, es decir; su poder es relativo y, en cualquier caso, no está legitimado a anteponer las necesidades de la comunidad frente a los derechos individuales? Da tu opinión personal y razónala.

FUENTES PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:
Grandes escándalos literarios [programa de radio La palabra con tapas]
Actas del juicio a Flaubert (resumen)

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viernes, 19 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 3. La primera novela moderna

Ilustración de A. Richemont para una edición de Madame Bovary

«En septiembre de 1849, poco antes de emprender el viaje que, durante casi dieciocho meses le llevaría, en compañía de Maxime du Camp, a Egipto, Palestina, Siria, Turquía, Grecia e Italia, Flaubert terminó la redacción de La tentación de san Antonio y quiso recabar la opinión de sus amigos Du Camp y el poeta Louis Bouilhet. La lectura del manuscrito duró tres días y la opinión de sus amigos-críticos fue rotunda: «Tíralo al fuego, y no hablemos nunca más del asunto.» Bouilhet fue más allá: «Tu musa queda condenada a pan y agua, o el lirismo la matará. Deberás escribir algo más terrestre, como los Parents pauvres de Balzac, por ejemplo. ¿Por qué no la historia de Delamare...?»

Eugene Delamare era un médico rural de Normandía que murió de pena después de que su mujer, Delphine lo engañara y lo arruinara. Esta historia, en el fondo la misma que la de Madame Bovary (1856) no es la única fuente documental de la novela. Otra fue el manuscrito de las Memorias de Madame Ludovica, que descubrió Gabrielle Leleu en la Biblioteca de Ruán en 1846. Estas memorias son un relato de las aventuras y desventuras de Louise Pradier, esposa del escultor J. Pradier, dictadas por ella misma. La historia tiene un gran parecido, con la salvedad de la anécdota del suicidio, con la de Emma Bovary. Flaubert, motivado tanto por su bondad como por su curiosidad profesional, mantuvo con Louise Pradier una estrecha relación, aun cuando la burguesía la despreciara por considerarla «una mujer caída», y es probable que fuese la misma Louise Pradier la que entregara el manuscrito al escritor. A pesar de ello, frente a las insistentes preguntas de los lectores ansiosos por saber quién había servido de modelo para su heroína, Flaubert contestó siempre con su ya clásica frase: «Madame Bovary soy yo.»

Primera edición de la obra (1857)
El mérito de Flaubert consiste en otorgar a una vulgar historia de adulterio una carga de humanidad tal que enciende el interés de los lectores de todos los tiempos. «En Madame Bovary no hay nada cierto -diría en su correspondencia- es una historia totalmente inventada, no he puesto en ella nada de mis sentimientos, ni de existencia... El artista ha de ser en su obra como Dios en la creación: se le nota por todas partes, pero no se le ve.»

Madame Bovary, con su inexorable objetividad -con la que Flaubert intentó un registro desapasionado de todas las características e incidentes que podían iluminar la psicología de sus personajes y su papel en el desarrollo lógico de la historia- inaugura una nueva época en la literatura. En esa descarnada objetividad de la prosa flaubertiana había influido considerablemente un gran amigo del autor, Alfred Le Poittevin, escritor riguroso y crítico inflexible que insistía en sus ideas estrictas sobre la impersonalidad del arte. Flaubert era sensible a las opiniones de su amigo.

La elaboración de Madame Bovary se prolongó durante cinco años. Maxime du Camp fracasó en sus intentos de acortar este plazo. Finalmente, la novela apareció en la Revue de Paris por entregas, entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre de 1856. La obra le costó al autor un proceso por inmoralidad (enero-febrero de 1857) en el que logró la absolución, ante el mismo tribunal que seis meses más tarde condenaría, por el mismo motivo, a Charles Baudelaire, creador de Las flores del mal. No fueron por cierto los problemas judiciales posteriores a la publicación los escollos más graves que debió superar Flaubert. Lo verdaderamente duro fue vencer el desaliento que lo asediaba a menudo en la dilatada etapa de la creación, saber reafirmarse en su rigurosa y mesiánica concepción del arte, desoír opiniones escépticas y amargas como la de Théophile Gautier: «¡Eres un ingenuo, Flaubert! ¿Crees en la misión del escritor, en el ministerio del poeta, en la divinidad del arte? El escritor vende papel impreso igual que un comerciante de tejidos vende pañuelos, sólo que la tela se paga mejor que las! palabras. Cuando un libro se termina hay que publicarlo y venderlo lo más caro posible. Hacer obras de arte, yo lo sé bien, es la enfermedad de los comienzos, como la escarlatina es la enfermedad de la infancia.»

Flaubert diseccionando a Enma Bovary
Cuando Flaubert escribe Madame Bovary se olvida de que es Flaubert y considera todos los problemas desde el punto de vista femenino. Es de esta manera que hay que interpretar su «Madame Bovary soy yo». En realidad, no tuvo que esforzarse mucho para penetrar en su personaje. Emma Bovary rechaza la vida tal como es y la desea como la describen los poetas. Se emborracha de palabras, cree en las pasiones eternas, se ve viviendo en castillos como en las novelas de Walter Scott. Y esta necesidad de evasión, de exotismo, de humo, es el romanticismo del que Flaubert estaba traspasado. Pero, si Emma sucumbe al chocar con la realidad, Flaubert se salva al convertir esa realidad en la materia de su arte. También a Flaubert le resultaba intolerable la realidad tal como es, pero supo sublimarla gracias a su férrea creencia en el poder purificador de la literatura. Emma Bovary no tenía ese recurso a su alcance. Por eso perdura en la juventud sentimental de su muerte.»

(Fragmento de Historia de la literatura universal. Ed. Orbis)
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ACTIVIDAD 3:
Para Mario Vargas Llosa Madame Bovary puede considerarse la primera novela moderna por el empleo de técnicas narrativas como el monólogo interior o el perfil antiheróico de sus personajes, entre otras consideraciones. Explica dichos aspectos.
¿Qué quiere decir Vargas Llosa con que Flaubert narra con tal objetividad que "se convierte en el libertador del personaje y del lector"?
Comenta brevemente en qué consistía el método flaubertiano de la mot juste (palabra justa).

FUENTES PARA REALIZAR LA ACTIVIDAD:
Madame Bovary: una de mis novelas favoritas (audio), por Mario Vargas Llosa
Flaubert: nuestro contemporáneo, por Mario Vargas Llosa 

¡¡Envía tu actividad a elinfiernodebarbusse@gmail.com, junto con las demás que se proponen en Otoño Flaubert, antes del 3 de noviembre y gana uno de los tres ejemplares de La señora Bovary  (Alba Editorial) que se sortean!!

jueves, 18 de octubre de 2012

Simenon o el milagro de Lourdes

Para mí es la noticia de este otoño, literariamente hablando, se entiende. Lo apuntaba aquí hace unos meses, cuando la editorial lo anunció en un comunicado. Aunque yo sigo -perdone usted, Vallcorba, por mi escepticismo- sin creérmelo del todo. Que se propongan editar -tomo a tomo, nada de tochos antiergonómicos, antiestéticos, antianatómicos- la obra completa de Simenon, que ronda casi los 500 títulos, y además que eso sea en España, un país donde goza de triste y rotunda aplicación -así nos va- la ley de Stanivlav Lem ("Nadie lee. Los pocos que leen no entienden nada. Los pocos que entienden, lo olvidan enseguida."), eso, digo, la recuperación de toda la producción policíaca simenoniana, sería poco menos milagroso que la manifestación virginal de Lourdes. Desde luego, lo que sí es una realidad, al margen de que Acantilado equipare o supere en prodigio, andando el tiempo, la famosa aparición mariana, es que ya están a disposición de todos los lectores sabios las dos novelas que inauguran la colección: El gato y Pietr, el Letón

En El gato, el escritor de la eterna pipa en mano, nos cuenta como Émile, un obrero retirado y algo tosco, conoce a Marguerite, una mujer afectada y puritana que vive en el recuerdo de un pasado mejor, con quien termina casándose para compartir su soledad. Pero pronto las desavenencias entre ambos se hacen evidentes y la vida matrimonial se transforma en un infierno. La desa­parición del gato de Émile es el detonante de un cruel enfrentamiento que lleva a los ancianos a la destrucción. Hace poco, en un espléndido  artículo que escribía Marta Sanz sobre el autor belga, titulado Maigret contra Sherlock Holmes, decía que la elección de los viejos como foco narrativo "se relaciona con el cuestionable carácter de la vulnerabilidad y con preguntas sobre si la compasión es posible, si a veces equivocamos el objeto de la compasión o desde qué altura se genera el sentimiento de compadecer al otro." Y, desde luego, mucho de esta ambigüedad hay en El gato.

El segundo título que se ha publicado, Pietr, el Letón, es la primera novela en la que hace aparición el comisario Maigret, quien andará tras los pasos de Pietr Johannson, conocido como Pietr el Letón, un famoso delincuente perseguido por las autoridades de toda Europa. La policía parisina es informada de la llegada del estafador a la estación del Norte, mientras que el descubrimiento de un cadáver en el tren que lo ha traído provoca un conflicto de identidades.


Simenon es sinónimo de verosimilitud de personajes, destreza para ahondar comportamientos, fuerza de la atmósfera social. Su estilo, en cambio, nos recuerda a Hemingway: objetivo, directo, despojado de ornamentos, poderoso. Gide, Benjamin, García Márquez, Banville, Faulkner, Henry Miller o Fellini, por citar solo a unos cuantos confesos devotos de Simenon, no podían estar equivocados sobre la calidad de su escritura. Lo que demuestra, y en el caso del creador de Maigret con insolencia, que escritor prolífico no tiene por qué ser sinónimo de escritor mediocre, intrascendente o agotado.

Ahora que este fin de semana pronostican lluvia y bajada de temperaturas, métanse en casa, sillón confortable y orejero, pipa (ad libitum) y un buen Simenon entra las manos. Los milagros pueden existir, o casi.

martes, 16 de octubre de 2012

Otoño Flaubert 2. Un ermitaño en Croisset

Pabellón de Flaubert en su finca de Croisset

«El 26 de diciembre de 1858, Flaubert le escribe a Mlle. Leroyer de Chantepie: "Un livre n'a jamais été pour moi qu'une maniere de vivre dans un milieu quelconque. Voilà ce qui explique mes hésitations, mes angoisses et ma lenteur" [Un libro ha sido siempre para mí una manera de vivir en un medio dado. Esto explica mis dudas, mis miedos y mi lentitud]. La frase resume maravillosamente el método flaubertiano: esa lenta, escrupulosa, sistemática, obsesiva, terca, documentada, fría y ardiente construcción de una historia. Igual que su poética, Gustave descubrió (inventó) su sistema de trabajo mientras escribía Madame Bovary; aunque sus textos anteriores le habían exigido esfuerzo y disciplina —sobre todo la primera Tentation—, sólo a partir de esta novela quedaría perfectamente definida esa suma de rutinas, manías, preocupaciones y ocupaciones que le permitían el máximo rendimiento. Una manera de vivir en un medio dado: esa profunda compenetración con un "medio", para recrearlo verbalmente, es algo que Flaubert consigue mediante la entrega absoluta de su energía y de su tiempo, de su voluntad y de su inteligencia, a la tarea creativa. Unos meses después de la carta citada, usa la misma fórmula para explicar su trabajo a Mme. Jules Sandeau: "Un livre a toujours été pour moi une maniere spéciale de vivre, un moyen de me mettre dans un certain milieu" [Un libro siempre ha sido para mí una forma especial de vivir, una manera de situarme en un determinado entorno] (Carta del 7 de agosto de 1859). 

Louis Bouilhet
Se levanta a eso del mediodía y, luego de desayunar con su madre, o solo con su perro, y de leer la correspondencia (las cartas de Louise llegaban a diario), dedica una hora a dar clases de gramática, historia y geografía a su sobrina Caroline, cuya educación se había empeñado en vigilar personalmente. A las dos de la tarde se encierra en las habitaciones contiguas que son su dormitorio y su escritorio; éste tiene una terraza desde la cual se divisa el (en ese entonces) bello y tranquilo paisaje: las aguas del Sena, la tierra fértil, las suaves colinas con álamos.  Permanece en el escritorio, donde, frente a la ventana, se halla su gran mesa redonda y una banca de roble. Cubre la mesa un tul verde, para impedir que los criados Julie y Narcisse ordenen el riguroso desorden de fichas, cuadernos y papeles que lo atestan. Un mazo de plumas de oca irrumpe de un recipiente, junto al tintero, que es una rana de cristal. Hay estantes con libros, un diván cubierto por la piel de un oso blanco, y aquí y allá, muchos de los objetos que trajo del Oriente: un narguilé, muchas pipas, un cocodrilo embalsamado. En invierno mantiene encendida la chimenea y en verano trabaja con las ventanas abiertas, vestido casi siempre con una bata de seda blanca que le llega hasta los pies. Escribe hasta las siete u ocho de la noche, hora en que sale a cenar con su madre y luego hace un rato de sobremesa con ella. Regresa al escritorio, donde sigue absorbido en la novela hasta las dos o tres de la madrugada. A esa hora todavía tiene ánimos para escribir a Louise cartas extensas, en las que, algunas veces, se muestra exultante porque ha trabajado bien, y otras, la mayoría, loco de furor por haber pasado horas tratando de mejorar una sola frase.

Fachada de la casa de Flaubert en Croisset
Hasta octubre de 1853, este horario rígido cambiaba ligeramente los fines de semana, que Louis Bouilhet venía a pasar con él a Croisset. Los amigos permanecían encerrados todo el domingo en el escritorio, leyéndose y criticándose mutuamente —de manera implacable— el trabajo de la semana. Gustave tenía confianza total en la opinión de Bouilhet y solía acatar los consejos de éste, quien, a lo largo de la redacción de Madame Bovary, fue una segunda conciencia crítica para Flaubert. Pero Gustave y Louis dedican también muchos domingos a comentar con detalle —y a corregirlos, rehaciendo estrofas enteras— los poemas que les envía Louise Colet. Esa venida de Bouilhet, a quien Flaubert quiso siempre entrañablemente, era una de las pocas distracciones de su vida monacal, un asueto que esperaba con avidez durante la solitaria y extenuante semana. Cuando Bouilhet partió a París, en octubre de 1853, el domingo se convirtió en un día idéntico a los otros.

Gabinete del escritor
Suele fumar muchas pipas al día, a veces hasta quince. Se ha comprobado que la luz de sus ventanas, eternamente encendidas, servía de faro a los pescadores de cangrejos de la región. Visita poco Rouen, salvo por cuestiones de trabajo. Así, va al Hôtel-Dieu, para que su hermano Achille lo asesore sobre la patología del pie deforme cuando está relatando la operación de Hippolyte, y hace otro viaje especial para documentarse en el hospital y en la biblioteca sobre envenenamientos con arsénico antes de narrar el suicidio de Emma.»

(Fragmento de La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary, por Mario Vargas Llosa) 
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ACTIVIDAD 2:
A) Indica qué relación guarda cada una de las siguientes entradas con la vida y obra de Flaubert (p.e.: Ruán: ciudad natal del escritor):

1. Maupassant. 2. Louise Colet. 3. Grecia. 4. Cervantes. 5. La educación sentimental. 6. Byron. 7. Salambó. 8. Año 1857. 9. La tentación de San Antonio (cuadro de Brueghel). 10. Maxime Du Camp. 11. Elise Schlésinger. 12. Croisset. 13. Mémoires d'un fou. 14. Louis Bouilhet. 15. Cartago. 16. "Madame Bovary soy yo." 17. George Sand. 18. Años 1849-1851.

FUENTES PARA TRABAJAR LA ACTIVIDAD:
Vida y obra de Flaubert, por Germán Palacios 

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