jueves, 27 de junio de 2013

Un domingo cualquiera


Estas dos delicatessen aguardan, pacientes, a ser devoradas, de cabo a rabo, por un perspicaz lector —por ejemplo, usted— un domingo cualquiera de un verano cualquiera —éste, por ejemplo—, con tan solo un descanso —como mucho dos— para ingerir líquidos y frugales alimentos, a la sombra benéfica de un árbol, de un toldo o de una sombrilla de playa. Edita —impecable, ya saben, como siempre— Acantilado.  

sábado, 22 de junio de 2013

Este verano podría ser frío


Sé que sí. Que me reitero. Que es mi fijación. Mi obsesionante recurrencia. Mi manía bibliográfica. Mi vicio literario. Vale, sí, lo admito. Y ahora -dirán ustedes-, otra vez London, ¿a cuenta de qué? Pues, la verdad es que pocos acuentasdequé me harían falta para recomendarles a este escritor una vez más, pero, en esta ocasión los hay, y si no los hubiera, los buscaría -eso también es verdad-, y no me sería difícil encontrarlos, por cierto. El primer acuentadequé -porque hay varios- es que me lo estoy pasando pipa pasiflora (como diría esa enjundiosa escritora, ya más que una promesa, que es MM) con la lectura de El vagabundo de las estrellas (qué capacidad de fabulación, qué fluidez narrativa, qué voz), hipnotizante novela.

El segundo acuentadequé es la recentísima edición de Encender una hoguera que acaba de poner en la calle Periférica. En 1902, London, recibió un encargo de la revista juvenil Youth’s Companion y escribió esta narración ambientada en el gélido Yukón que seis años después, en 1908, corrigió y aumentó dotándola de mayor carga dramática y psicológica y publicándola en el Century Magazine. Es un apasionante y durísimo relato -considerado uno de los mejores de su autor- que ya ha conocido otras recientes ediciones en nuestra lengua, como la preciosa de El Rey Lear, ilustrada por Raúl Arias, que cuenta con la vibrante traducción de Catalina Martínez Muñoz. La novedad que incluye el volumen de Periférica es que presenta -por primera vez- en un mismo volumen las dos versiones que escribió el autor.


Como estoy seguro de que les va a encantar el relato antes citado -en caso contrario pásense a no más tardar por urgencias médicas, porque pueden sufrir algo más grave de lo que creen-, aprovecho -y éste es el tercer acuentadequé-, para señalarles la existencia de un magnífico volumen de relatos de London en Cátedra con el que ustedes pueden seguir deleitándose con la literatura de la mejor clase. Es el mejor aire acondicionado para los rigores veraniegos que conozco: genera un gran bienestar, refresca en pocos minutos y es, además, económico y silencioso. 

Y, por último, un cuarto acuentadequé. Desde hace tiempo persigo -con ahínco, con vehemencia irreductible- hacerme con una primera edición de The Call of the Wild, publicada por MacMillan en 1903. Mírenla. ¿Acaso no es bonita, evocadora? Con esas ilustraciones, tan únicas, gastadas, de Bull, Goodwin y Hooper. Estoy en ello, pero, claro, un ejemplar en buen estado que esté disponible en el mercado no baja de una cierta cantidad que ya me gustaría a mí gastar silbando la Traviata. Se me ha ocurrido que, puesto que hoy es mi cumpleaños, podrían ustedes ponerse de acuerdo y ejercer el sano y bondadoso ejercicio del altruísmo iniciando una colecta para tal fin. No sé, es una idea. 

The call of the wild, Macmillan Company, 1903
Ilustración de Goodwin para The call of the wild, 1903

Ven, había unos cuantos acuentasdequé londonianos. Siempre los hay, o debería haberlos. Podría seguir con alguno más, pero, como les he dicho, es mi cumpleaños, y me tomo el día libre. Ya saben, este verano podría ser frío. Yo que ustedes, me abrigaría. Sin dudarlo. 

miércoles, 19 de junio de 2013

El grito de Bukowski
("La senda del perdedor" de Charles Bukowski)


Hay quien grita y es su grito estridente, superficial, anodino. Se diría que chilla más que grita. Y chillar no es gritar (aunque el diccionario los dé como sinónimos). Chillar puede hacerlo cualquiera. (En verdad, estamos rodeados -y hartos- de gente que chilla). Pero un grito, un grito redondo, reverberado, no es habitual. Para gritar hace falta talento. Es lo que hace que el grito perdure, se haga inextinguible. El verdadero grito no admite poses ni concesiones. Ni artificios, ni florituras. Se grita, sin más, pese a todos, pese a uno mismo. Se grita con rotunda honestidad y con todas las -impredecibles e insospechadas- consecuencias.
"Sabía que yo no era completamente sano. Todavía sabía, como cuando era niño, que albergaba algo extraño en mi interior. Me sentía como destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible."
Bukowski grita (¿quién podría dudarlo?, sólo los miopes que tachan de superficial su literatura, los que se quedan únicamente con lo accesoriamente escatológico). Su fama de escritor directo y desvergonzado ya la conocía antes de leer su obra. Ahora, que acabo de leer La senda del perdedor, corroboro aquellos primeros epítetos que me llegaron de oídas, pero añado otros -no menos, para mí, importantes- que pareció no advertir -o si lo advirtió, jamás lo destacó- su vasta legión de devotos lectores. Y es que detrás de la brutalidad de lo narrado, encuentro un delicado e insospechado humor; detrás de la provocación, un disimulado desvalimiento; detrás de la desolación, una sincera ternura. ¿Cómo hacer navegable, si no, sin esos tres ingredientes, la sordidez que Bukowski pone encima del tablero?
"Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre... ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme."
El escritor, sobrio, ante su máquina de escribir.

El extrañamiento ante un mundo que no se comprende es lugar común en Bukowski. Y para transmitir eso, para llegar al lector, para pulsarle, para lograr que su personaje -Hank Chinaski, su álter ego- resulte ser al mismo tiempo atroz y sensible, intimidante y estoico, desagradable y admirable hace falta talento. Hasta para vomitar (literariamente) hace falta talento. Justo el que no tienen los innumerables -también legión- imitadores que ha tenido -y tiene- el escritor.

¿Cuál de las escenas que nos narra Bukowski en La senda del perdedor puede escapar a la atención de un sensible lector? ¿Cuál de ellas no resulta magistral por su honda naturalidad, su impronta de verosimilitud, su innegable fuerza narrativa? La humillación del padre de Hank a raíz del altercado de las naranjas, el bautizo del perro callejero, las palizas continuas de las que es objeto el protagonista, la expectación y voluptuosas reacciones que provoca en los alumnos del colegio la escurridiza falda de la profesora de inglés, el descubrimiento súbito de fascinación por la literatura.... son algunos de los momentos inolvidables de la novela.   


La autenticidad es la principal característica de la obra de Bukowski. Nada de maquillaje y de gestos fotogénicos. Parece tomarse en serio aquellos versos de Píndaro: "Llega a ser el que eres". Sus libros pueden gustar o no, pero lo que hace este escritor es literatura en estado puro -libre de sermones, ejemplaridades y cursilerías-, radiografía íntima, ejercicio radical de instrospección, escritura como purga y como salvación (junto con el alcohol, eso sí). Es este rasgo -creo yo-, la honestidad -también la valentía- ante la cuartilla en blanco, lo que hace que su obra se mantenga vigente y nos llegue fresca y contundente, como la fecha en la que fue escrita.
"Le oí coger la badana de afilar. Todavía me dolía la pierna derecha. No servía de nada, habiendo sufrido la badana antes muchas veces. El mundo entero estaba allí fuera indiferente a todo, pero no servía de nada. Había millones de personas ahí fuera, perros, gatos, pájaros, edificios, calles, pero no importaba. Sólo estaba mi padre y la badana de afilar, el baño y yo. Usaba aquella badana para afilar la navaja de afeitar, y por las mañanas temprano yo le odiaba con su cara blanca de espuma, de pie delante del espejo afeitándose. Entonces me pegó el primer golpe. El sonido de la badana era plano y fuerte, el sonido era casi tan malo como el dolor del golpe. La badana cayó otra vez. Era como si mi padre fuera una máquina golpeando con aquella badana. Tenía el sentimiento de estar en una tumba. La badana cayó otra vez y yo pensé que aquella seguramente era la última. Pero no lo era. Cayó otra vez. Yo no le odiaba. Simplemente, no podía creérmelo, quería librarme de él. No podía llorar. Me sentía demasiado mal para llorar, demasiado confundido. La badana cayó otra vez, luego se detuvo. Yo me puse de pie y esperé. Le oí colgar la badana.

—La próxima vez —dijo—, no quiero encontrar ni una hoja. Le oí salir del baño. Cerró la puerta. Las paredes eran hermosas, la bañera era hermosa, el lavabo y la cortina de la ducha eran hermosos, hasta el water era hermoso. Mi padre se había ido."
Bukowski y su padre. Una relación difícil.

La senda del perdedor está publicada en España por la editorial Anagrama (como toda la obra narrativa del autor). Si usted la lee en español, intente ser benevolente con algunas reiteradas patadas al diccionario con que nos obsequia (¿adrede?) el traductor, Jorge Berlanga -hijo del genial director de cine, por cierto-, el cual, por lo demás, logra una versión bastante solvente y sonora de la obra.

Leer a Bukowski marca un antes y un después, dicen. También dicen que nadie olvida cómo conoció o quién le recomendó al autor. A través de lectores de varias generaciones su grito persiste. Es el grito de un misántropo nihilista, de un borrachín feo e insolente, de un perdedor en un mundo donde ganan los complacientes y serviles, la gente dispuesta a renunciar a sí misma. Bukowski contra el mundo y contra sí mismo. Bukowski ante una máquina de escribir y con una botella de whisky en la mano. Al fin, todos somos perdedores. Un libro espléndido, de veras.

lunes, 17 de junio de 2013

Fieles alianzas

Me encanta la renovación que está haciendo Alianza con su ya clásica colección Libro de Bolsillo. Remozada en papel, en maqueta, en tipografía, en dimensiones, en traducciones, en cubiertas. Es un lujo para cualquier lector poder acceder por solo diez euros -euro arriba, euro abajo-, a obras de la calidad que incluye esta editorial en su impresionante catálogo. Títulos de siempre, con diseños atractivos, en busca de nuevos lectores. Un ejemplo de cómo modernizar exitosamente una colección manteniendo la fidelidad a sí misma. Los compraría por docenas...


 

lunes, 10 de junio de 2013

Sobre feria y feriantes


Fue una revelación el sábado la Feria del Libro de Madrid. Pululando, junto a mi amigo A., alrededor de sus coloristas casetas -coloristas por su contenido, no por su continente, y más coloristas aún por cuanto el cielo de Madrid amaneció nublado-, tuve la suerte de descubrir a pujantes escritores que están intentando, con tesón y humilde honestidad, hacerse un hueco en este mundo tan difícil de la literatura. Paz Padilla, Carmen Bazán y Mario Vaquerizo son tres claros ejemplos de oficio literario bien entendido, cuyas obras, ya clásicos instantáneos -me atrevo a vaticinar-, suponen una visión muy meditada y decididamente rupturista con respecto a la novela metaliteraria que tanto han cultivado los escritores de la generación de la década pasada, y cuyo mejor exponente es, como sabemos, Vila-Matas. De esos tres flamantes y prometedores autores yo tan solo he tenido el gusto de leer, hasta el momento, la obra de Carmen Bazán, la extraordinaria Una nueva vida es posible -título que parece sacado de la mente de Paulo Coelho-, y les aseguro que no leía algo tan introspectivo y audaz desde el Faulkner de Mientras agonizo. En fin, ojalá no le ocurra como a Carmen Laforet -que después de su novela Nada no publicó nada- y  Bazán nos obsequie con muchos más auténticos uppercuts como éste. 

Otro de los pesos pesados del sábado en la feria y cuya caseta quedaba pared con pared con la de Muñoz Molina -al que por cierto, pasé de largo, ya saben que la literatura basura no me interesa-, era Mercedes Milá. Su gran número de admiradores -mucho de los cuales eran jóvenes de no más de dieciocho años, por aquello de que Milá se estudia ya, merecidamente, en los libros de texto de bachillerato-, daban la vuelta al quiosquillo-cafetería. No es de extrañar. Su nervuda y rítmica prosa tiene un sello propio y está dotada de una profundidad imaginativa que recuerda a la mejor Flannery O'Connor o, si acaso, a la gran Carson McCullers de La balada del café triste. En su nuevo libro, el inolvidable Lo que me sale del bolo, Milá se vuelve a superar y nos lleva a lugares de nuestro yo que ni Montaigne hubiese sospechado que se pudiesen explorar, ni Henry James expresar. Desde luego, esta autora va camino de convertirse en la nueva Ana María Matute y, tiempo al tiempo, en la mejor escritora española de la primera mitad del siglo XXI. El tiempo lo dirá. Veremos. Y confiemos.

Además de estos autores revelación, también pude ver por allí a Luis Alberto de Cuenca, Andrés Trapiello, Javier Cercas, Juan José Millás, Julio Llamazares, Edmundo Pérez Soldán, Fernando Aramburu... Éstos, a juzgar por la menguada hilera de parroquianos que se congregaban en las proximidades de la caseta donde los habían colocado, debían de ser de una talla intelectual más discreta que los primeros, los cuales acaparaban tumultuosas humanidades. Al autor de la magistral La vida iba en serio no pude verlo, pues al ser éste un ser -como Voltaire- tan menudo físicamente, el río de admiradores que esperaban la anhelada firma tapaba por completo su figura.

Las casetas de las editoriales, lo mejor. Era muy agradable contemplar sus colecciones completas con todos los ejemplares perfectamente ordenados por tamaños y series, rutilantes, a la completa e inmediata disposición del lector interesado. En la caseta de Anagrama, Jorge Herralde, con pelo grisáceo y encrespado, miraba, ausente, al infinito. En la de Periférica, una chica muy amable me reveló el título de la obra de London que publicarán próximamente y a la que han dado tanto suspense (en absoluto es para tanto, ya les digo). Más allá, en la caseta de Impedimenta (compartida con Asteroide y Nórdica), un señor con cara de besugo, vestido con traje colonial y con gafas de concha talla XL -parecía uno de esos personajes orondos y complacientes que pueblan las novelas de Dashiell Hammett-, no paraba de hablar -sin previamente haberle preguntado- acerca de las gracias del que supuestamente -decía- era su libro-criatura: un Pequeño diccionario de cinema para mitómanos amateur, el cual, por cierto, estaba bellamente ilustrado por Ana Bustelo. Finalmente, antes de abandonar la feria, en el stand de Errata Naturae me llamó la atención una Guía de la novela negra, que aun no siendo novedad, a mí se me reveló como tal. Según me comentó la entusiasta dependienta, el autor de esta guía es un secreto bajo llave, pues, aunque aparece firmada bajo el nombre de Héctor Malverde, resulta que se trata de un seudónimo y que solo el dueño de la editorial conoce la verdadera identidad del mismo. Lo único que ha trascendido de él es que se trata de un hombre del mundo de la cultura, que residió varios años en Berlín, que es amante del cine y que odia a Galdós.

Cuando estaba saliendo del Retiro, lentamente caía la lluvia sobre toda la feria y los feriantes.

jueves, 6 de junio de 2013

Vibrante Literatura
("El misterio del cuarto amarillo" de Gaston Leroux)


Estas dos ilustraciones de Gonzalo Izquierdo plasman dos momentos extraordinarios de la novela que me ha tenido sepultado en el sofá el pasado fin de semana. ¡Qué placer, que intensidad de lectura, qué querer saber más, ávidamente, del misterio que se va desgranando poco a poco bajo la rotunda lógica y el análisis más exhaustivo! Esta obra acaba de renovar mis ganas de más libros así, de historias que tienen la propiedad de hipnotizarte y de agarrarte y de captar toda tu atención y toda tu concentración hasta tal punto de que solo deseas que te dejen tranquilo para volver a abrir sus páginas y gozar en aquella maravillosa y estimulante ficción. Magia de la literatura. Razón del arte. 

¿Qué les voy a decir de esta obra de Leroux? Que la lean, ya, ahora. Que apaguen su televisor, que enciendan su mente, que abran su libro, que perdonen las inclemencias de la traducción (no hay edición española que se salve, pero da igual), que gocen, en definitiva, de El misterio del cuarto amarillo

Ahora rememoro (y comprendo) a mi amiga S., en el instituto, entre clase y clase, embutida en esta novela (como en tantas otras, antes y después). Alguien (no recuerdo quién) pasaba por allí y un día, con intención de mofa, le comentó: "Pero, ¿tanto te gusta leer? ¡Menuda pérdida de tiempo! Yo prefiero hacer otras cosas." Ella, inmutable, sentenciaba: "¿No has leído este libro, por ejemplo? Pues no sabes lo que te pierdes." (Yo miraba escéptico, sin aliarme, a uno y a otro.)

Después de veinticinco años, me viene contundente a la memoria esta imagen de entonces, no gastada, y le doy la razón sin condiciones a mi amiga S. A veces caprichos del tiempohan de pasar veinticinco años  para enmendar una ignorancia.

Reencuentro y felicidad con la Literatura. Vibrante Literatura.

miércoles, 5 de junio de 2013

Odi et amo


«Una relación íntima entre dos personas es un instrumento de tortura entre ellas, ya sean personas de distinto sexo o del mismo. Todo ser humano lleva dentro de sí una cierta cantidad de odio hacia sí mismo, y ese odio, ese no poder aguantarse a sí mismo, es algo que tiene que ser transferido a otra persona, y a quien puedes transferirlo mejor es a la persona que amas.»

Enrique Vila-Matas. Dublinesca

Imagen: Óleo de Giorgio de Chirico, 1915

lunes, 3 de junio de 2013

Perros protagonistas

Hay veces que un escritor se mete en la piel de un perro y lo crea -y cree- protagonista. Ya lo hizo don Miguel de Cervantes con su inolvidable Coloquio de los perros libro que supongo y espero hayan leído, en caso contrario sería realmente lamentable, donde los canes Cipión y Berganza adquieren por las noches el don del habla, y dialogan y razonan con una sensibilidad, sentido común y comprensión extraordinariamente más humanos que los que suele mostrar el propio homo sapiens

Otros escritores de talla han seguido después con el dicho experimento, desde Jack London (Colmillo blanco) hasta Paul Auster (Tombuctú), pasando por Virginia Woolf (Flush) y Manuel Mújica Lainez (Cecil) [por cierto, qué gran narrador este último, y qué lamentable es todavía más lamentable que el hecho de no haber leído la obra ejemplar cervantina antes referida, el que maravillas tales como Los ídolos o El laberinto estén sepultadas o ninguneadas en nuestras librerías por la avalancha cochambrosa de infernos y demás petarderíos industriales.]

A mí, que soy fan de los perros y de los libros con perro (en justa proporción a mi severa antipatía por los gatos y por los libros con gato) y, por otra parte, admiro y leo y sigo y estudio la literatura rusa, es lógico que me atraiga a priori esta obra de Gueorgui Vladímov, El fiel Ruslán. Recién editada por Libros del Asteroide, es una parábola de las falsas esperanzas que despertó la muerte del dictador Stalin en la Unión Soviética. La novela se centra en Ruslán, un perro guardián en un campo de trabajo del Gulag soviético que, de la noche a la mañana, él, junto con sus compañeros, ven cómo los campos se vacían de prisioneros y cómo sus amos, los guardias, a los que aman incondicionalmente, les abandonan a su suerte. Publicada en Alemania no en la URSS, claro, después de que su autor lograra sacar clandestinamente el manuscrito de su país, El fiel Ruslán es considerada una gran obra, una de las mejores novelas rusas de la segunda mitad del siglo XX. (Qué rázon tenía Bulgákov con aquello de que los manuscritos no arden.)

El perro como símbolo y víctima, como vehículo para plasmar el horror y la irracionalidad (y no precisamente perruna.)

"Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro", decía Byron. En ocasiones (muchas), soy de la opinión del cojo barón. Como también parece Vladímov.