lunes, 6 de julio de 2015

Lujos veraniegos

Un lujo veraniego es, por ejemplo, escuchar estas dos excelentes conferencias de Rosa Sala Rose sobre la vida y la obra de Thomas Mann. Auriculares y clic aquí.

viernes, 3 de julio de 2015

Pauvre diables

Barbusse y su amigo Carl Joseph Bagabus, a quien dedica este aforismo

En la página 123 de sus Pensamientos volátiles para días de cansancio extremo, libro al que ya nos hemos referido aquí en alguna ocasión, escribe Barbusse una sentencia que, a mi parecer, es bastante precisa y enjundiosa:

La creencia de que los demás sí son felices no solo es errónea y distorsionada, sino que es una de las mayores fuentes de nuestra infelicidad.

La querencia que el autor profesa a este aforismo nos la prueba el hecho de que, de todos los aforismos que componen su obra -más de doscientos-, es éste uno de los pocos que no se nos presenta a página desnuda, sino que va acompañado de un texto que, por su brevedad y contenido más bien abstruso -todo hay que decirlo-, no me atrevería a calificarlo de nota aclaratoria o exégesis. El texto es el siguiente:

* Tras la fachada de inconsciente hipocresía o congénita impostura de nuestros semejantes se esconde -raro es el caso en que no- una vida disconforme o insatisfecha, cuando no amargamente en conflicto. La razón de por qué la mayoría de nuestros congéneres se comporta como si esta vida fuese de lo más imperturbablemente navegable, disimulando todo -o casi todo- lo que como humanos sienten, es un enigma tan solo comparable a cómo se levantaron la pirámides de Egipto. Orgullo, pudor o una pertinaz incapacidad para admitir su humanidad podrían ser hipótesis más o menos plausibles. Así como Don Quijote veía gigantes donde había molinos, así nosotros solemos ver dicha donde hay decorado. Eso puede hacernos percibir -conviene estar precavidos- como seres anómalos, insólitos, marginales. Pero no es verdad: todos buscamos el bálsamo, aunque no hay tal; todos deambulamos en busca de ese alimento anhelado y desconocido del que hablaba Kafka, aunque todo el mundo lo vive secretamente (contarlo sería como airear nuestra vulnerabilidad y nos mostraría sinceros, luego idiotas, a los ojos de los demás). Rumiantes de nosotros mismos, somos pauvre diables, especialmente tú, sí, tú que ahora me lees y quizás te crees que no lo eres. Tiempo tendrás de descubrirlo.  

Mucho se ha hablado de ese que aparece en la primera parte del aforismo. Fíjense que Barbusse escribe "La creencia de que los demás son felices...", cuando podría haber escrito "La creencia de que los demas son felices...". Jean Clotat, insigne crítico y estudioso de la obra del autor, ha puesto de manifiesto el importante papel que, a su juicio, tiene el adverbio en la composición interna de este aforismo. "Este funciona -dice Clotat- como un elemento de significado absolutamente contrario al que, a simple vista, parece expresar el significante, esto es, como una negación, como una autoexclusión del propio sujeto que habla, con respecto a ese sentimiento de felicidad revelado por otros -los demás- y que es percibido como algo ajeno, extraño o inexperimentado. Pocas veces un ha tenido una carga semántica tan potente; si ese no se hubiera escrito, si no apareciera ahí colocado en la posición exacta dentro de la frase, los resultados hubiesen sido muy distintos y, por seguro, mucho menos brillantes. Esto demuestra -concluye Clotat- la gran sutileza, el alcance moral y la deslumbrante economía expresiva con la que Barbusse ha concebido sus aforismos que, vistos hoy con perspectiva, son  de una frescura y de una maestría indiscutibles".

Yo no he entendido gran cosa, nací corto de entenderas, qué se le va a hacer, hum...  Sí quiero añadirles que este aforismo está dedicado -así reza al menos en el ejemplar que manejo (2ª ed., publicado por la casa Hanger e Hijos, de Leyden, sin fecha)- a Carl Joseph Banagus, íntimo amigo e instructor particular de tenis del escritor durante su juventud.

Si la última frase -en estilo directo e imperativo- que aparece en el texto que acompaña al aforismo está dirigida o no a Banagus no lo sabemos. Barbusse nunca se ha pronunciado al respecto (destesta hablar de sus obras). Tal vez simplemente sea un recurso estilístico de carácter amplificativo y admonitorio, sin más, aunque sí parece cierto, según opinión de algunos de sus más reputados biógrafos, que el autor podría haber profesado cierta envidia a Bagabus, por gozar éste de una estilizada técnica tenística, inalcanzable por él, de ahí que el susodicho rapapolvo pudiera estar destinado a él. En fin, esta cuestión la dejamos en manos de futuras investigaciones.

Arriba, el retrato de ambos amigos mientras descansaban de un entrenamiento en el pabellón de deporte de la finca del autor. Barbusse, ni que decir tiene, es el de la izquierda, el que aparece sosteniendo una raqueta y fumando; Bagabus es el del fondo, sumido en cavilaciones, hemos de suponer relativas a cómo sacar más provecho como tenista del famoso autor de Pensamientos volátiles.

Les saluda,
E. Duvenand

viernes, 26 de junio de 2015

El champán nunca en jarra de cerveza

Un libro para leer detenidamente y saborear, para reconocerse humano.

No, no, tranquilidad, que no perecí ahogado por el chapuzón de salutación estival del pasado domingo, por mucho que algunos lo auguraran y se mofaran de mi estilo natatorio, o por lo muy cruelmente fría que estuviera el agua, que lo estaba (he de reconocerlo). 

No. Sigo vivo. 

Y sigo aquí, disfrutando la candencial belleza del Anton Reiser, leyendo párrafos como este:
A ciertas horas, Anton Reiser buscaba otra vez su amada soledad, aunque ahora tuviese un amigo. Y cuando hacía buen tiempo iba por las tardes al prado que había junto al río, a las afueras de Hannover, y buscaba un sitio donde, entre guijarros, corría un claro arroyo que acababa vertiendo sus aguas en el río que por allí pasaba. Como se dirigía allí tantas veces, aquel sitio se había convertido para él en una especie de hogar en plena naturaleza. Y se sentía, en efecto, como en casa, cuando se sentaba allí y no estaba constreñido por paredes ni muros, sino que disfrutaba sin fin de todo lo que le rodeaba.
O como este: 
A veces se afanaba durante horas enteras tratando de saber si era posible pensar sin palabras. Y así dio con el concepto de "existencia" como límite del pensar humano, y todo le pareció oscuro y árido, y entonces veía a veces la breve duración de su existencia, y la idea, o más bien la no-idea, del no ser estremecía  su espíritu. No podía explicarse que él existiera ahora realmente y que alguna vez no hubiera existido: así, sin apoyo ni guía, vagaba errante por los caminos de la metafisica. 
O este otro:
Los monólogos de Hamlet le hicieron fijar la atención por primera vez en la totalidad de la vida humana; ya no pensaba que estaba solo cuando se sentía atormentado, agobiado, maniatado. Reiser empezó a ver en ello el destino general de la humanidad. 
O este:
Le emocionaron a Anton las palabras dirigidas a los hipócritas que observan diligentemente todas las prácticas exteriores de la religión  y llevan en el pecho un corazón hostil.
O bien: 
Con la lectura se le había abierto de golpe un mundo nuevo encontrando en él un gusto que le resarció en cierto modo de todo lo desagradable de su mundo real. Cuando en su entorno sólo había gritos y reproches y discordia familiar, y cuando él buscaba en vano un compañero de juegos, se precipitaba sobre su libro. 
O también: 
Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venían a la pluma las siguientes palabras. "¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Por eso, se podían leer aquellas palabras en varios trocitos de papel que él había desechado, al no ser posible seguir escribiendo en ellos como hubiera querido.
 O este también: 
Tampoco llegaba a comprender entonces por qué aquellos altos árboles, que aislados y dispersos aquí y allá por el prado, proyectaban su sombra con el sol del mediodía, le hacían un efecto tan extraño y maravilloso. No caía en la cuenta de que era precisamente el hecho de que esos árboles estuviesen solos, a intervalos grandes e irregulares, lo que daba a aquel paraje el aspecto solemne y mayestático que siempre le causaba tan honda emoción. Cuando él paseaba bajo esos árboles solitarios, su propia soledad adquiría un carácter en cierto modo sagrado y venerable. Siempre que caminaba bajo aquellos árboles, volaba con el pensamiento a temas sublimes, moderaba el paso, inclinaba la cabeza, y todo su ser era más grave y solemne. Luego se perdía en el bosquecillo vecino y se sentaba a la sombra de un arbusto, donde, con  el ruido de la cercana cascada, se entregaba a agradables fantasías o leía. 
O:
El artificioso entramado que es una vida humana consta de una  cantidad infinita de pequeñeces, la cuales resultan ser extraordinariamente importantes dentro de ese entramado, por insignificantes que parezcan en sí mismas.

Que ¿por qué me demoro tanto? 

Porque el libro lo pide. Lo exige. Exige una lectura detenida y atenta, apaciguada y sensible. Es un libro para degustar y saborear. Para reconocerse humano. Y me habla tanto de mí, a mí mismo, así, al oído, susurrando, quedamente. Los libros no son salchichones (aunque algunos parecen creer que sí), cada uno exige un ritmo, una mirada, una aproximación. Y por encima de eso está esto: nunca debe beberse el champán en jarra de cerveza, ¿no les parece?

lunes, 22 de junio de 2015

Je vous salue, été

Monsieur Barbusse, dando la bienvenida al verano
 
Leyendo este poemita de Sarah Kirsch, que les copio más abajo, y dándose su primer chapuzón de la temporada, saludó monsieur Barbusse ayer la entrada del verano.

Bien temprano se encaminó hacia un rinconcito de su finca, a la zona más apartada del jardín, justo donde está el estanque que circunvalan árboles frutales y cítricos y que favorece -por la calidez de sus aguas y lo virginal de su entorno- el baño detenido y plancentero. 

¡Verano, yo te saludo!, gritó, mientras se colocaba en posición de lanzamiento al borde de la rampa de madera que hace las veces de trampolín. Lo dijo en francés, claro, pero quedaría un pelín petulante que yo no se lo transcribiera a ustedes debidamente traducido. Segundos después deslizaba su cuerpo por la masa acuática de color turquesa, cuyo reflejo proyectaba figuras romboidales en las paredes de cemento.

El día lo completó -según yo pude observar- fumando en pipa, jugando al ajedrez con monsieur Lenitier y, ya muy al final de la tarde, leyendo -paladeando, debería decir más bien, a juzgar por los mohínes que aprecié en su rostro- un libro del que (lo lamento) sólo pude entrever el título: creo que ponía Anton Reiser o algo así. 

Es todo. Llegó un verano más. Y, ahora, el poemita:

 
Ave de presa dulce es el aire
yo nunca volé como tú sobre hombres y árboles
para lanzarme en picado bajo el sol
llevar conmigo a la luz lo robado
y alejarme volando en el verano.


miércoles, 17 de junio de 2015

Verdades provisionales

Un joven Barbusse, de espaldas, en la época en que escribió Verdades provisionales

Llama la atención que sea Verdades provisionales la obra de Barbusse que hoy la crítica seria considere como "la más lograda de su producción", pues no es otra cosa que un compendio juvenil de aforismos y juegos filológicos existencialistas que el autor compuso en tan solo quince días, durante una estancia estival en el balneario de Pyrmont, en la Baja Sajonia.

El libro, que destaca por su lenguaje cimbreante y enérgico (que aún hoy puede resultar chocante a algunos lectores gazmoños), gana enteros cuando aborda los temas que se convertirán en los leitmotivs de toda su obra posterior, a saber: la identidad prevalente en un mundo incomprensible, el borreguismo consentido, y la salvaguarda de la verdadera cultura escrita ante la barbarie de la intelectualidad pseudoilustrada.

En el prólogo de la primera edición de la obra, publicada en Hannover, sin fecha, Barbusse planta cara a aquellos de sus contemporáneos que "pretenden expresar, mediante un lenguaje alambicado, plano y acomodaticio, las nuevas complejidades de la condición humana, cuando en realidad éstas exigen una mayor precisión y emoción estilísticas". En dicho prólogo, el autor justifica el título de su obra, establece asimismo las bases de su poética y se sitúa personalmente en relación al mundo. Podemos hacernos una idea del tono de su prosa de entonces, y de su carácter misantrópico y filantrópico al mismo tiempo, con este fragmento que les extracto:

Entre decir que la vida es una maravilla y decir que la vida es una mierda hay un abismo, mil tonalidades diferentes, una paleta amplísima de colores. No hay una verdad a secas; tampoco una mentira. De lo que resulta que la mayoría de las verdades son verdades provisionales. Verdades que sirven como salvavidas en una noche de mar tempestuoso o en la conmovedora quietud de una mañana sin nubes, da igual, en cualquier caso son verdades comodín, sin afán perdurable ni validez universal.
Nada es permanente, ni siquiera las innumerables posibilidades de autoengaño. Todo es provisional, pasajero. Decir que la vida es una maravilla no deja de ser una provisionalidad. Lo mismo que decir que la vida es una mierda. Resultan aseveraciones inconsistentes -aunque válidas-, por cuanto existe algo que denominamos temporalidad y, por encima de ello, algo que llamamos transformación.

Todo cambia (esa sería una de las pocas verdades verdaderas, absolutas, siempre hay  excepciones para la regla). Y la naturaleza es cambio. Pero los hombres, que no se creen animales racionales sino los reyes del mambo (de ahí su cataclismo), resulta que esto lo llevan muy mal, ilusionados como están, desde niños, con que es posible retener la vida, el amor o el tiempo. (Qué ridículos y vanidosos son. Es para morirse de la risa). Más vale salir pronto de ese pueril ensueño y reparar en que, si todo cambia y nada se retiene ni se detiene, la verdad es, entonces, únicamente valedera para lo que dura cada estado que vamos recorriendo. Por eso yo prefiero buscar equilibrios, afirmaciones menos taxativas y más calificadas, que sirvan igualmente tanto para una existencia miserable como exultante. Prefiero, por ejemplo, decir que la vida es una mierda maravillosa. O que la vida es una maravilla de mierda (mucho más elegante). [..]

Verdades provisonales es un libro tan actual como cuando se publicó. A veces, los libros más apresuradamente escritos resultan los más inconscientemente madurados. Ahora la editorial Mayúscula está interesada en hacer una edición ilustrada de este libro, que supuso una nueva manera de introspección expresiva y que, sin duda, como decía su autor en la dedicatoria del libro, "conectará con aquellos lectores desencantados que no recuerdan ya cuándo estuvieron encantados".

E. Duvenand.

jueves, 11 de junio de 2015

Cuatro noches, una mañana


Con esta rotunda belleza presenta Nórdica una nueva edición de Noches blancas, de Dostoievski. No voy a hablar ahora del argumento de esta novela corta, que transcurre en la ciudad de San Petersburgo a lo largo de cuatro noches y una mañana. Eso ya lo doy por sabido por los avanzados visitantes que frecuentan este blog. Tranquilos, por tanto, no les aburriré contándoles eso tan innecesario sobre un libro como es de qué va. Solo remarcar, eso sí, que en esta obra de juventud, Dostoievski ya nos deja boquiabiertos con su manera de escrutar y diseccionar las grandes pasiones que mueven al ser humano: el amor, la ilusión, la esperanza, el desamor, el desengaño. En esto no tiene rival. Es, sin duda, como decía Stefan Zweig, «el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos.».

Pero centrémonos en esta edición. Su atractivo (por no decir su atractivísimo) es doble: la traducción es nueva, que falta hace con Dostoievski (da un poco de sarpullido eritematoso ver que todavía hoy algunos editores siguen recurriendo, impúdicamente, a las achacosas y muy envejecidas traducciones de Cansinos Assens, que, por muy meritorias que fueran en su día, ya ha llovido). La que ha encargado Nórdica viene firmada por Marta Sánchez-Nieves, sobre la que bastaría decir, para hacernos una idea de su calidad profesional, que es la cotraductora de la extraordinaria versión de Los hermanos Karamázov para Alba editorial. Y eso es lo mismo que decir que Fiódor Mijáilovich está en muy buenas y cuidadas manos. 

Eso por una parte. Por otra, este Noches blancas incluye unas ilustraciones espectaculares de Nicolai Troshinsky, un joven ilustrador ruso afincado en Madrid, del que no conocía nada, pero de cuyo trabajo me he enamorado de inmediato. La fluidez de su dibujo, su delicada combinación cromática, el enorme poder evocador de su grafismo es, desde luego, impresionante. Les dejo aquí abajo el vídeo de presentación del libro por si quieren comprobar lo que les digo. Pongan pantalla completa y disfruten. 




Un resumen y una intuición. El resumen: un libro para leer, disfrutar, contemplar y conservar. De esos que hay que atrapar de inmediato y que si deja pasar de largo, con el tiempo, le remorderá cruelmente la conciencia y le provocará severos trastornos del sueño. La intuición: Dostoievski ya no tiene excusa para no venir el año que viene a la Feria del Libro madrileña a firmar ejemplares de esta preciosa edición de Noches blancas.