miércoles, 2 de agosto de 2017

Lo que es justo y correcto



Emerson es de esos autores que hay que tener siempre entre dedos y bajo atenta y vigilante mirada.

«Para estar en soledad las personas necesitan retirarse tanto de su habitación como de la sociedad. No estoy solo mientras leo o escribo, aunque nadie esté a mi lado. Pero si alguien quiere estar realmente solo que mire a las estrellas. Los rayos que provienen de esos mundos celestes le separarán de lo que toca. Podríamos pensar que la atmósfera se hizo transparente con la finalidad de dar al hombre, a través de los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime. ¡Qué grandes parecen desde las calles de las ciudades!»

Dejarse llevar por su ritmo y por su sabiduría es un regalo que, por sí solo, celebra y justifica el hecho de haber aprendido a leer. En una tarde lluviosa de invierno, junto a una chimenea, o en un claro día de verano, a la orilla de un río o al pie de un árbol, la lectura de Emerson es tan reconfortante y amplificativa que difícilmente se disuelve luego en nuestra memoria.

«Las estrellas inspiran cierta reverencia porque aunque siempre están presentes, son inaccesibles, pero todos los elementos naturales dejan una impresión semejante, cuando la mente está abierta a su influencia. La naturaleza nunca muestra una apariencia mezquina. Ningún hombre sabio vulnera su secreto, ni sacia su curiosidad desvelando toda su perfección.

La naturaleza no se convierte en juguete para un espíritu elevado. Las flores, los animales, las montañas, reflejan la sabiduría de su mejor momento, tanto como habían deleitado la sencillez de su infancia.»
 
Verdad, Bondad y Belleza, la tríada esencial platónica, impregna toda su obra, especialmente la que dedicó de manera tan admirable a la relación del hombre con la naturaleza. Verdad, Bondad y Belleza que es lo mismo que decir Filosofía, Ética y Arte.

«Para hablar claro, pocos adultos son capaces de ver la naturaleza. La mayor parte de las personas no ven el sol, o al menos su visión es superficial. El sol solo ilumina el ojo humano pero brilla en la mirada y el corazón del niño. El amante de la naturaleza es aquel cuyos sentidos internos y externos están realmente ajustados entre sí; aquel que retiene el espíritu de la infancia aunque llegue a la edad adulta. Su relación con el cielo y la tierra se convierte en su alimento diario. En presencia de lo natural, un delicioso sentimiento salvaje recorre a las personas a pesar de sus penas. La Naturaleza dice «esta es mi criatura» y a pesar de sus impertinencias disfrutará conmigo. No solo el sol o el verano, sino que cada momento y estación rinde su tributo de deleite. Cada momento, cada cambio corresponde a un estado diferente de la mente, desde el mediodía jadeante a la tenebrosa medianoche. La naturaleza es una configuración que se adapta así de bien tanto a la comedia como a la tragedia. Con buena salud, el aire es un acicate de increíbles virtudes. En el crepúsculo, atravesando un simple campo, charcos de nieve, bajo un cielo nublado, sin que cruzara por mis pensamientos nada de especial fortuna, disfruté de una alegría perfecta, una emoción vecina al temor. También en los bosques el hombre puede dejar atrás su edad, como la serpiente su piel, y ser un niño a pesar del tiempo. En los bosques se siente la eterna juventud. En estas plantaciones de Dios reina el decoro y la santidad, y se celebra un festival perenne en el que el invitado no podría cansarse de ello ni en mil años. En los bosques regresamos a la razón y la fe. Si me fijo bien, siento que nada malo puede acontecer en mi vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad que la naturaleza no pueda reparar. Sobre la tierra desnuda —con mi cabeza bañada por el aire libre e inmerso en el espacio infinito—, desaparece todo rastro de egoísmo. Me convierto en un transparente globo ocular; no soy nada; veo todo; las corrientes del Ser Universal me atraviesan; soy parte o partícula de Dios. El nombre del amigo cercano suena entonces ajeno y accidental: ser hermano o conocido, dueño o sirviente, es entonces una nimiedad y un trastorno. Soy amante de la belleza incontenible e inmortal. En la naturaleza salvaje encuentro algo más amado y afín que en las calles o las aldeas. En la tranquilidad de un paisaje, y especialmente en la lejana línea del horizonte, el hombre observa algo tan hermoso como su propia naturaleza.»

Emerson es de esas lúcidas mentes que avisaron del batacazo que el hombre podía estar a punto de darse si seguía gastando esa soberbia de creerse dueño de todo, el único ser creado a imagen y semejanza de Dios, el rey del mambo. Y eso un ser que le ha vuelto la espalda a todo lo que no sea su propio interés, que depreda y utiliza lo que se le ponga por delante, que no tiene el más mínimo respeto por el resto de criaturas vivas que con él comparten y lo comparten en usufructo el mundo.

«La mayor delicia que proporcionan los campos y bosques es la sugerencia de la oculta relación entre humanos y plantas. Ni estoy solo, ni soy ningún extraño. Me saludan y yo a ellos.

En medio de la tormenta el balanceo de las ramas es a la vez para mí nuevo y antiguo. Me sorprende, y a la vez no me es desconocido. El efecto que produce es el mismo que cuando un pensamiento elevado, o una intensa emoción me embarga, siento que es justo y que ocurre lo correcto.»

La edición de los dos hermosos textos que el pensador de Concord dedicó a la Naturaleza los ha reunido la editorial La Línea del Horizonte en un precioso volumen, con excelente traducción de Salvador Sediles y de Carlos Muñoz Gutiérrez, quien firma además una espléndida introducción titulada "El Virgilio americano".

lunes, 24 de julio de 2017

Homo umbilicus

Egon Schiele, Autorretrato con el ombligo al aire, 1911

Pienso en estos días en lo estimulante que resulta la idea de una teoría de la evolución de las especies inacabada o errónea, incluso fracasada, en la iluminadora visión de que el hombre es solo un eslabón en la cadena de la evolución biológica y que aún está en pleno proceso de desarrollo hacia estadios más perfeccionados, estadios en los que adquirirá más consciencia de su propia condición, de su supremacía, de su responsabilidad y -si así lo quiere- de su enorme capacidad (casi milagrosa) de cuidar y respetar el mundo que habita y a las personas -especialmente a las más débiles- que con él lo comparten. 

Es plausible y consolatorio (aunque esto último solo sirva para que los escépticos, como yo, acerca de las buenas intenciones del ser humano nos autoengañamos) aquello que Skolimowski, en su espléndido y necesario ensayo La mente participativa, comenta sobre Koestler: 

«Arthur Koestler ha insistido en que la evolución cometió un error al desarrollar tanto nuestras capacidades intelectuales y tan poco nuestro sentido moral. Creía que ésta sería la causa de nuestra perdición y anduvo desesperado debido a este "desliz". Pero la desesperación no ayuda; es muy probable que la próxima fase de nuestro desarrollo evolutivo consista precisamente en desplegar un espectro de sensibilidad que facilite la adquisición de un sentido más profundo de la moral, una compasión más verdadera y un entendimiento más hondo de todo lo que existe, incluyéndonos a nosotros mismos.»

Sí, es bonito. Pero me temo que del homo sapiens al homo sensibilis o al homo moralis queda mucho. A lo mejor queda tanto que nunca tendrá lugar. De momento, día tras día, año tras año, hecho tras hecho, lo que vamos es hacia la consolidación del homo umbilicus (es decir, el señor o la señora que se dedica a mirarse a jornada completa su santo ombligo, anhelando que a él o a ella el mundo no le importune), o hacia el homo destructor, que es la eterna y nunca abiertamente confesada genuina vocación del bípedo implume.

jueves, 22 de junio de 2017

Las máscaras de Dios


Decir que Si la editorial Atalanta no existiera, habría que inventarla no es un eslogan que yo deje caer por aquí periódicamente, que también, sino que es una verdad como un templo (a ser posible budista, que suelen ser muy llamativos y generosamente proporcionados). Lo que Jacobo Siruela, en poco más de diez años, ha conseguido con Atalanta es lo que muchos editores -la gran mayoría- no consiguen en toda una vida y lo que, desde luego, ningún editor serio estaría dispuesto a negar como lo máximo que se puede llegar a lograr en esa profesión: convertir tu marca en autoridad, tu sello en garantía, tu catálogo en referente.

Desde su fértil retiro ampurdanés y junto a Inka Martí, su mujer (no sé si esto es políticamente incorrecto y habría que decir esposa o desposada o persona del género femenino que guarda una relación conyugal con respecto a, vaya usted a saber), Jacobo, como digo, está confeccionando paso a paso, gota a gota y libro a libro un catálogo que, por su coherencia y osadía, es un verdadero oasis para un lector inquieto del siglo XXI.

Atalanta suma y sigue. La última gran alegría que me ha proporcionado -y supongo que igualmente a todos los que les fascina la mitología (una de las líneas medulares de la editorial)- es la publicación actualizada de un clásico monumental como es Las máscaras de Dios, de Joseph Campbell, obra que aparecerá en cuatro volúmenes y de la que acaba de salir el primero, dedicado a la Mitología primitiva.

Todo lo que podría yo decir sobre lo que significa esta obra ya lo ha dicho, y mucho mejor que yo, Luis Alberto de Cuenca, en una magnífica reseña aparecida hace unas semanas. Así que les dejo el enlace aquí para que puedan leerlo si les apetece, y así nos ahorramos -ustedes leerlo y yo escribirlo- ruido textual absolutamente innecesario. 
 
Jospeh Campbell, hacia 1940
Campbell, que dedicó toda su vida al estudio de la mitología comparada, demostró el enorme parecido que guardan unos mitos con otros en cualquier parte del planeta, acuñando para ello el término monomito. Como dice Cuenca en su reseña, "la aventura del héroe, sea cual sea el origen étnico o geográfico de su protagonista, es la misma siempre. Las historias de Osiris, Prometeo, Odín, Moisés, el Buda o nuestro Jesucristo son parecidas. Temas como el robo del fuego, el diluvio, el país subterráneo donde habitan los muertos, el nacimiento de una madre virgen o el héroe resucitado aparecen en todas las latitudes del planeta Tierra, envueltos, eso sí, en ropajes diferentes, pero albergando un único esqueleto narrativo y una misma sustancia conceptual. Esa es la idea nuclear que inspira Las máscaras de Dios y toda la obra de Campbell."

Universalidad y atemporalidad del mito que es razón más que suficiente para no obviar (como se ha empeñado el materialismo desasosegante y ciegamente orgulloso desde el siglo XVII hasta hoy) ese componente esencial y propio del ser humano que es el espiritual, el imaginativo y que lo vincula con el cosmos (su casa en alquiler), le desencadena de lo corpóreo ("El cuerpo no es más que el traje", decía William Blake) y le impele a saber más y más para intentar sofocar al menos alguna de las preguntas de la tríada esencial: Quién soy, De dónde vengo y -sobre todo- Hacia dónde voy.

El mito es la respuesta del hombre ante lo no hollado, ante lo desconocido, ante el vacío. Por eso es tan fascinante.

martes, 13 de junio de 2017

Faros en un mundo a oscuras


«Los tiempos son ciertamente malos para la defensa y el cultivo de las humanidades. La cultura general no es rentable, a primera vista, como lo es la formación especializada y la seria preparación técnica para cualquier carrera u oficio.
En un mundo preocupado por la conquista de nuevos puestos de trabajo, por la especialización, por la preparación tecnológica cada vez más precisa, la rentabilidad de la cultura humanística no resulta nada evidente. Por otro lado, esos objetivos de un examen crítico, afán universal de comprensión de los demás humanos y una visión personal del mundo no parecen figurar entre las propuestas ideales de ningún grupo político. El humanismo de ese estilo crítico y universal no parece rentable en política, al menos a corto plazo. (Y es difícil de conjugar, de modo general, con ciertos intereses nacionalistas, por ejemplo.)
En una cultura dominada por los medios de comunicación de masas, de los que la auténtica calidad intelectual ha sido marginada (valga la programación de la televisión española en conjunto como botón de muestra), es muy difícil que el pasado cultural —ese mundo de saber y sentir que se conservaba como aleccionador y modélico— mantenga, no ya su prestigio, sino una cierta presencia, y es imposible que la alta cultura conserve cierta autoridad en los medios más populares. La lectura sigue siendo —a pesar de todas las sofisticadas y cómodas tecnologías de comunicación a gran escala y largas distancias— el fundamental medio educativo, por sustanciales razones, en lo que toca a la más elevada educación. Pero incluso leer, a fondo y en silencio, puede volverse un difícil deporte en un mundo desgañitado por el ruido y abrumado por una inmensa e indigerible masa de informaciones urgentes, angustiosas, vocingleras y triviales. El abandono de las humanidades se nos presenta como una amenaza en este contexto tan desfavorable, pero eso no nos impide seguir empeñados en combatir por ellas, si es que creemos en su necesidad para una vida más digna y valiosa. El ser humano no puede renunciar ni a su condición histórica, ni a la conciencia de que la vida humana está construida sobre los logros, espléndidos, costosos y sufridos, de todo un vasto y variado pasado histórico que necesitamos recordar y revalorizar. El conocimiento de la historia —con mayúsculas o minúsculas— y de la poesía y la literatura en la larga tradición cultural de Occidente —en un sentido amplio— es necesario para una "vida examinada", según la máxima socrática, y lo es para una existencia en nuestro mundo, con una enriquecida y productiva perspectiva intelectual».

El profesor García Gual —siempre estimulante e inteligente, quizá por eso no ha tenido suficientes apoyos para entrar en la Real Academia Española, ¡país de badulaques!— acaba de publicar, retomando algunos textos ya aparecidos en su Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (Península, 1999), este maravilloso libro, que es una defensa (apasionada) de las humanidades y un repaso a los grandes hitos y a la interpretación y reinterpretación de la cultura clásica a lo largo de la historia. 

Hoy más que nunca, para resistir, para no claudicar ante el tsunami del pensamiento único, del sentimiento único y de la gilipollez única, universal y gratuita, hemos de tener aliados, compañeros de viaje, voces cálidas y amigas que nos mantengan abiertos los ojos, la mente, que nos alienten y nos guíen. Y ¡qué mejor que los lejanos, fiables, sabios faros de los griegos y los latinos!

jueves, 8 de junio de 2017

La generosidad del fanatismo


«Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma y otra, el fanático está más interesado en el otro que en si mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto».

Esta brillante y certera reflexión de Amos Oz sobre la esencia del fanatismo (en cualquiera de sus múltiples manifestaciones) me sirvió ayer de colofón para el Taller de lectura Educar en el fanatismo (niños programados) que he tenido el placer de impartir en Granada desde final de abril.

Unamuno, una vez más, ha triunfado, y su Apolodoro ha hecho reír y sufrir, pensar y emocionar. Gosse, por su parte, se ha ido ganado lenta y progresivamente a los lectores, con su sincera y meticulosa confesión de una niñez asfixiada por un padre dotado de un radicalismo religioso (nótese el oxímoron) altamente nocivo. Gosse es un extraordinario escritor y su Padre e hijo un libro de los que se incrustan en la memoria de los que lo leen y no se va de allí jamás. Ni debería irse.

Por lo demás, esta mañana me he desayunado con este titular de prensa, que recoge las palabras de uno de los terroristas de Londres: "Por Alá mataría hasta mi madre".

Lo dicho.