martes, 3 de marzo de 2015

La literatura y la salchicha de Bolonia

Cut and come again. George Dance, ca. 1768

«Un autor debe considerarse a sí mismo, no como un caballero particular que ofrece un banquete a los demás con gesto caritativo sino más bien como quien tiene una casa de comidas en la que todo el mundo es bien recibido a cambio de su dinero. En el primer caso, es de sobra conocido que el anfitrión ofrece la comida que a él le place y aunque ésta resulte indiferente, e incluso desagradable al gusto de sus comensales, éstos no deben encontrarle defecto alguno, sino que, por el contrario, su buena educación les obligará a aprobar y encomiar abiertamente todo cuanto se les presente. Lo opuesto ocurre cuando se trata del dueño de un establecimiento público. Las personas que tienen que pagar lo que comen insisten en que se dé gusto a su paladar por exquisito o caprichoso que sea; y si cuanto les ofrecen no les resulta agradable, no dudarán en hacer uso de su derecho a censurar, a lamentarse y a maldecir sin traba alguna la comida que se les ofrece.  

Para impedir, por tanto, que sus clientes se puedan sentir ofendidos ante tal decepción es costumbre entre los hospederos honrados y de buen sentido, presentar una minuta que todos puedan consultar en cuanto hacen su entrada en la casa. De esta manera, enterados de la clase de comida que les espera, pueden quedarse y regalarse con lo que se les ha preparado, o salir en busca de otro establecimiento más acomodado a sus gustos.

Como no desdeñamos tomar prestado el ingenio o la discreción de cualquiera que sea capaz de proporcionamos una u otra cosa, hemos condescendido a tomar una cierta inspiración de estos honrados avitualladores, y así estableceremos no sólo una minuta general de todo cuanto va a ofrecerse, sino que además proporcionaremos al lector una guía particular de cada plato que haya de servirse en éste y en los siguientes volúmenes.

El manjar que aquí ofrecemos no es otro que la "naturaleza humana". No creo que mi sensible lector, por muy exquisito que sea en sus gustos, se sorprenda, se indigne o se ofenda por no haberle nombrado más que un solo artículo. La tortuga -como el concejal de Bristol, bien instruido en asuntos de comida, sabe por experiencia- contiene, además de la deliciosa gelatina que constituye un bocado exquisito, muchas diferentes clases de alimento. Tampoco el ilustrado lector puede ignorar que, en la naturaleza humana, aunque se designe con un solo nombre, existe una variedad tan prodigiosa, que antes daría fin un cocinero a todas las diversas especies de alimentos animales y vegetales del mundo que un autor consiguiera agotar tan extenso tema.

Tal vez los más delicados opongan a esto la objeción de que este plato es demasiado común y vulgar, porque no es otro el que constituye el tema de todas las novelas, cuentos, comedias y poemas que en el mercado abundan. Al sibarita le basta para rechazar muchas exquisitas viandas, tachándolas de comunes y vulgares, el hecho de que pueda encontrarse en los lugares más despreciables algo que se ofrece bajo el mismo nombre. Pero lo cierto es que la naturaleza auténtica es tan difícil de encontrar en los escritores como en las tiendas el jamón de Bayona o la salchicha de Bolonia. 

Pero la gracia del conjunto reside, continuando con la misma metáfora, en el arte de cocinar del autor. Pope ha dicho:

El verdadero ingenio es saber aderezar lo natural;
Lo que a menudo pensamos, sin acertar con su expresión.

El mismo animal que tiene el honor de que su carne se coma en la mesa de un duque, puede degradarse en otra parte, y hasta tener el infortunio de que alguno de sus miembros se exhiba colgado en el tugurio más inmundo de la ciudad. ¿Dónde, pues, se encuentra la diferencia entre el alimento del noble y del mozo de cuerda si no es en el aderezo, la guarnición y la presentación? De aquí que el uno provoque e incite el más lánguido apetito, y que el otro apague y sacie el más agudo y violento.

De la misma manera, la excelencia del alimento mental reside menos en el tema que en la habilidad del autor para bien aderezarlo. Espero, por tanto, que el lector se sienta complacido al advertir que, en la presente obra, hemos seguido fielmente uno de los más elevados principios del mejor cocinero que ha producido nuestra era, o acaso la del mismo Heliogábalo. Este gran hombre, como es bien sabido de todos los amantes del buen yantar, comienza presentando cosas sencillas a sus hambrientos huéspedes, elevándose después gradualmente a medida que los estómagos se van sintiendo repletos, acabando con los más exquisitos refinamientos de las salsas y de las especias.

Del mismo modo, ofreceremos al principio al aguzado apetito de nuestro lector la naturaleza humana en la forma más llana y sencilla en que puede encontrarse en el campo, para presentar después las platos aderezados en la forma más exquisita de la cocina francesa e italiana con la afectación y el vicio que las cortes y ciudades proporcionan. Y por este medio, no dudamos de que al lector le quedará un insaciable deseo de leer, del mismo modo que se supone que la persona que acabamos de mencionar ha inducido a comer a muchas otras.

Tras este preludio, un poco largo, no detendremos más el apetito de aquellos a quienes habiéndoles gustado nuestra minuta, deseen empezar a comer, y procederemos a servirles directamente el primer plato de nuestra historia.»

Henry Fielding. Tom Jones (Libro I, cap. 1). Trad. de María Casamar

lunes, 23 de febrero de 2015

¡Ya era hora, Gervasio!


Mes de gastos este porque, a lo que ya he señalado con el dedo por aquí, se viene a sumar esta nueva entrega (cuarta ya, ¡y parece que fue ayer!) de Gervase Fen: El misterio de la mosca dorada (primer caso del detective y profesor de Oxford). Aún con el agradable regusto del anterior Trabajos de amor ensangrentados en el paladar, me pregunto por dónde nos saldrá este buen hombre ahora. Traduce -como siempre a Crispin- José C. Vales, flamante ganador del Nadal (el premio, no el tenista) de este año, que esta vez nos obsequia con un postfacio (¿qué dirá?). Preciosa cubierta. Compra indefectible.   

viernes, 20 de febrero de 2015

Poderosamente mi atención


Falta hacía una nueva edición y traducción de este clasicazo de Scott, y nos la ofrece Alba Editorial, con esta contundencia.   

jueves, 19 de febrero de 2015

La incultura tiene los días contados


Notición. Ya podemos compatibilizar la lectura de los grandes clásicos y de los no tan clásicos sin que esto hurte tiempo de oro a otras actividades más enriquecedoras. Y eso gracias a este invento de Jean Marc Coté que va a suponer un espaldarazo a la industria cultural, especialmente en España, donde lo más que se lee son los titulares de la primera página del Marca. Estará en venta en grandes almacenes a partir del Día del Libro, fecha prevista para su lanzamiento. ¡Se acabó perdernos a la Esteban gimiendo como una chiva destetada por culpa de Balzac o Dostoievski, hombre ya! 

Imagen: El siglo XXI, Jean Marc Coté, 1899

martes, 17 de febrero de 2015

La mirada de Bainbridge
("Lo que dijo Harriet" de Beryl Bainbridge)

Beryl Bainbridge en el salón de su casa

En ocasiones un libro me gana menos por lo que me cuenta que por cómo me lo cuenta, por mucho que lo primero sea lo que me ha llevado hasta él. El estilo, la gestualidad, la manera de mostrar -o de ocultar- el mundo, la mirada, en definitiva, de su autor es para mí igualmente importante -en ocasiones más- que la trama o su intención narrativa. Lo decía Flaubert: la novela es forma. Y aquí, en Lo que dijo Harriet, hay mucho y bueno de eso, de cómo se hace literatura. Por mucho que lo que nos cuente sea intenso y pertubador, dramático y grotesco, que lo es, para mí el mayor logro de este excelente relato circular reside en cómo Bainbridge expone, dosifica, tamiza, coloca las piezas, mueve ficha. 

La infancia es un tema al que han prestado atención, con más o menos acierto, numerosos escritores. Aquellos que han logrado transmitirnos con verosimilitud la complejidad del mundo de un niño son relativamente pocos. Su éxito probablemente resida en la determinación con la que se han alejado de las visiones idílicas y simplistas con que, por lo general, se etiqueta esa etapa de la vida, y en la honestidad con la que abordan la contrucción de sus personajes, sin eludir complejidad y ambigüedad, y con la idea muy clara de que ser niño y ser infantil son, claramente, conceptos distintos. En algunas ocasiones, pueden llegar a ser, incluso, conceptos contrapuestos. Ocurre con las dos niñas protagonistas de esta novela cuya acción Beryl Bainbridge sitúa en un pueblecito costero de Inglaterra, Formby, a mitad de la década de 1950 y para la que se inspira en un suceso real, el caso Parker-Hulme, un crimen que conmocionó a la sociedad británica de su época. Novela que insinúa más que dice, novela de ambiente y de entrelíneas. 

Tildada de repulsiva por muchos editores que no se atrevieron a publicarla -la escritora tuvo que dejar su manuscrito aguardando en un cajón varios años hasta verlo impreso, algo que ocurrió en 1972-, la obra de Bainbridge nos habla con desafección de la maldad y los afectos contraindicados, y por más que fuese tachada en su época de abominable, Lo que dijo Harriet resulta, leído hoy, un certero retrato sobre la manipulación y sobre cómo algunas personas tejen el destino de otras, jugando, sutil y confusamente, a su antojo. Y como otras, por diversas razones -enamoramiento, debilidad o simple miedo (a la soledad o a sí mismas, si es que entre ambas hay alguna diferencia)- lo consienten.
  
Estación de botes salvavidas de Formby, mediados de 1950

"Yo no quería que Harriet me dijera esas cosas. Tenía tanta confianza y fe en ella que, fuera lo que fuera lo que me dijera, yo lo aceptaba tal cual, y la mayoría de las cosas que me hacía creer últimamente eran dolorosas. Parecía terrible que a los trece años hubiese alcanzado lo mejor de mí, que ya nunca pudiese ser mejor", dice en un momento de la obra, consciente de su condición, pero incapaz de desasirse de ella, su joven protagonista y narradora (de la que, curiosamente, desconocemos su nombre). Bainbridge es sobria hasta en los momentos más sobrecogedoramente reveladores.

He leído que años después de su publicación, esta novela fue aclamada como una pequeña obra de arte. No es extraño, el arte no busca complacencia, no busca aplauso. Busca verdad. Por cierto, impecable traducción la de Alicia Frieyro.

martes, 10 de febrero de 2015

Larga vida, señor barón


Y a propósito del XVIII, se me rebela el barón Münchausen y me dice que él también existe. ¡Cómo no, señor barón! Mire, para compensarle le dedico hasta una entrada a usted solito. Además, está vuesencia de plena actualidad, con esa preciosa edición de sus aventuras que Nórdica acaba de publicar. Y encima con traducción de Íñigo Jáuregui e ilustrada por Javier Zabala. ¡Se va usted a quejar! Pues claro que también existe. Faltaría más. Fíjese qué favorecido le he sacado en la imagen de arriba, sobrevolando las líneas enemigas sobre una bola de cañón. No, no es de Zabala la ilustración, sino de Gottfried Franz, tiene ya unos añitos. Es que me encanta Franz. Y me encanta usted, eh, con su extravagancia y su absurdo y sus divertidas peripecias. No se enfade, hombre. Larga vida, señor barón.