martes, 1 de septiembre de 2015

Feliz mundo éste


Con esta espléndida cubierta de Sol Undurraga para Un mundo feliz, de Aldous Huxley (Origo ediciones, 2014), les anuncio el regreso a mi escritorio, por si ustedes quieren pasar por aquí y leer mis contingentes, inconexas e inútiles cavilaciones.  

viernes, 17 de julio de 2015

Hasta septiembre

Skydiving, por Philip Ringler

Un año más, los valores extremos -extremísimos, en esta ocasión- de la temperatura ambiental, me obligan a hacer un pequeño descanso para reponer fuerzas y recuperar sensaciones estimables. Volveré en septiembre, cuando empieza el declive del verano. Entonces será el momento de encontrarnos de nuevo. Mientras tanto, me dedicaré a leer, demorándome a propósito, La montaña mágica, y me daré algún que otro chapuzón para rebajar mi alarmante calidez corporal, a la manera en que están a punto de hacerlo esos niños de la imagen de arriba: apuntando bien alto en el salto. A veces, mirando hacia abajo es cuando alcanzamos mayor altura. 

Sean moderados y agradecidos. Contemplen el azul del cielo, la serenidad de la naturaleza. Disfruten de los días y de sus horas, del silencioso transcurrir del tiempo. De la maravillosa nimiedad de nuestra irrepetible existencia. Exíjanse un poco más como personas. No claudiquen, ni ante la horterada ni ante los cómodos convencionalismos. No dejen que su inteligencia (no se fíen de ella) se les vuelva en contra o les haga daño. Sobre todo intenten, si pueden, evitar dos cosas: la exposición prolongada al sol, y ser quienes no son (se ahorrarán  disgustos adicionales, especialmente con ustedes mismos). Algún día, recuerden, mucho más adelante, transcurridos los años, echarán la vista atrás y dirán con desabrimiento: ¡Ojalá fuese aquel verano de 2015, era feliz entonces! Pero eso son defectos de fabricación, designios humanos.    

(Me he parecido un poco a Polonio dándole consejos a Laertes. Ustedes perdonen).

Lo dicho. Hasta septiembre.

lunes, 13 de julio de 2015

Lo que no se explica

Adrien Guignet. Encuentro entre Cambises II y Psaménito III (Detalle)

«El primer narrador de los griegos fue Heródoto. En el capítulo catorce del tercer libro de su Historia hay un relato del que mucho puede aprenderse. Trata de Psaménito. Cuando Psaménito, rey de los egipcios, fue derrotado por el rey persa Cambises, este último se propuso humillarlo. Dio orden de colocar a Psaménito en la calle por donde debía pasar la marcha triunfal de los persas. Además dispuso que el prisionero viera a su hija pasar como criada, con el cántaro, camino de la fuente. Mientras todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psaménito se mantenía aislado, callado e inmóvil, los ojos pegados al suelo. Y tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución. Pero cuando luego reconoció entre los prisioneros  a uno de sus criados, un hombre viejo y empobrecido, sólo entonces comenzó a  golpearse la cabeza con los puños y a mostrar todos los signos de la más profunda pena. 
Esta historia permite recapitular sobre la condición de la verdadera narración. La información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva. Sólo vive en ese instante, debe entregarse totalmente a él, y en él manifestarse. No así la narración, pues no se agota. Conserva sus fuerzas acumuladas y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo. Por eso Montaigne volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado? Y él mismo Montaigne responde: "Porque estando tan saturado de pena sólo requería el más mínimo agregado para derribar las presas que la contenían". Eso según Montaigne. Pero asimismo podría decirse: "No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio". O aún: "El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajarnos. La visión de ese criado significó la relajación". Heródoto no explica nada. Su informe es absolutamente seco. Por ello, esta historia aún está en condiciones de producir sorpresa y reflexión. Se asemeja a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservaron su capacidad germinativa hasta nuestro días.»
Walter Benjamin. El narrador, 1936

lunes, 6 de julio de 2015

Lujos veraniegos

Un lujo veraniego es, por ejemplo, escuchar estas dos excelentes conferencias de Rosa Sala Rose sobre la vida y la obra de Thomas Mann. Auriculares y clic aquí.

viernes, 3 de julio de 2015

Pauvre diables

Barbusse y su amigo Carl Joseph Bagabus, a quien dedica este aforismo

En la página 123 de sus Pensamientos volátiles para días de cansancio extremo, libro al que ya nos hemos referido aquí en alguna ocasión, escribe Barbusse una sentencia que, a mi parecer, es bastante precisa y enjundiosa:

La creencia de que los demás sí son felices no solo es errónea y distorsionada, sino que es una de las mayores fuentes de nuestra infelicidad.

La querencia que el autor profesa a este aforismo nos la prueba el hecho de que, de todos los aforismos que componen su obra -más de doscientos-, es éste uno de los pocos que no se nos presenta a página desnuda, sino que va acompañado de un texto que, por su brevedad y contenido más bien abstruso -todo hay que decirlo-, no me atrevería a calificarlo de nota aclaratoria o exégesis. El texto es el siguiente:

* Tras la fachada de inconsciente hipocresía o congénita impostura de nuestros semejantes se esconde -raro es el caso en que no- una vida disconforme o insatisfecha, cuando no amargamente en conflicto. La razón de por qué la mayoría de nuestros congéneres se comporta como si esta vida fuese de lo más imperturbablemente navegable, disimulando todo -o casi todo- lo que como humanos sienten, es un enigma tan solo comparable a cómo se levantaron la pirámides de Egipto. Orgullo, pudor o una pertinaz incapacidad para admitir su humanidad podrían ser hipótesis más o menos plausibles. Así como Don Quijote veía gigantes donde había molinos, así nosotros solemos ver dicha donde hay decorado. Eso puede hacernos percibir -conviene estar precavidos- como seres anómalos, insólitos, marginales. Pero no es verdad: todos buscamos el bálsamo, aunque no hay tal; todos deambulamos en busca de ese alimento anhelado y desconocido del que hablaba Kafka, aunque todo el mundo lo vive secretamente (contarlo sería como airear nuestra vulnerabilidad y nos mostraría sinceros, luego idiotas, a los ojos de los demás). Rumiantes de nosotros mismos, somos pauvre diables, especialmente tú, sí, tú que ahora me lees y quizás te crees que no lo eres. Tiempo tendrás de descubrirlo.  

Mucho se ha hablado de ese que aparece en la primera parte del aforismo. Fíjense que Barbusse escribe "La creencia de que los demás son felices...", cuando podría haber escrito "La creencia de que los demas son felices...". Jean Clotat, insigne crítico y estudioso de la obra del autor, ha puesto de manifiesto el importante papel que, a su juicio, tiene el adverbio en la composición interna de este aforismo. "Este funciona -dice Clotat- como un elemento de significado absolutamente contrario al que, a simple vista, parece expresar el significante, esto es, como una negación, como una autoexclusión del propio sujeto que habla, con respecto a ese sentimiento de felicidad revelado por otros -los demás- y que es percibido como algo ajeno, extraño o inexperimentado. Pocas veces un ha tenido una carga semántica tan potente; si ese no se hubiera escrito, si no apareciera ahí colocado en la posición exacta dentro de la frase, los resultados hubiesen sido muy distintos y, por seguro, mucho menos brillantes. Esto demuestra -concluye Clotat- la gran sutileza, el alcance moral y la deslumbrante economía expresiva con la que Barbusse ha concebido sus aforismos que, vistos hoy con perspectiva, son  de una frescura y de una maestría indiscutibles".

Yo no he entendido gran cosa, nací corto de entenderas, qué se le va a hacer, hum...  Sí quiero añadirles que este aforismo está dedicado -así reza al menos en el ejemplar que manejo (2ª ed., publicado por la casa Hanger e Hijos, de Leyden, sin fecha)- a Carl Joseph Banagus, íntimo amigo e instructor particular de tenis del escritor durante su juventud.

Si la última frase -en estilo directo e imperativo- que aparece en el texto que acompaña al aforismo está dirigida o no a Banagus no lo sabemos. Barbusse nunca se ha pronunciado al respecto (destesta hablar de sus obras). Tal vez simplemente sea un recurso estilístico de carácter amplificativo y admonitorio, sin más, aunque sí parece cierto, según opinión de algunos de sus más reputados biógrafos, que el autor podría haber profesado cierta envidia a Bagabus, por gozar éste de una estilizada técnica tenística, inalcanzable por él, de ahí que el susodicho rapapolvo pudiera estar destinado a él. En fin, esta cuestión la dejamos en manos de futuras investigaciones.

Arriba, el retrato de ambos amigos mientras descansaban de un entrenamiento en el pabellón de deporte de la finca del autor. Barbusse, ni que decir tiene, es el de la izquierda, el que aparece sosteniendo una raqueta y fumando; Bagabus es el del fondo, sumido en cavilaciones, hemos de suponer relativas a cómo sacar más provecho como tenista del famoso autor de Pensamientos volátiles.

Les saluda,
E. Duvenand

viernes, 26 de junio de 2015

El champán nunca en jarra de cerveza

Un libro para leer detenidamente y saborear, para reconocerse humano.

No, no, tranquilidad, que no perecí ahogado por el chapuzón de salutación estival del pasado domingo, por mucho que algunos lo auguraran y se mofaran de mi estilo natatorio, o por lo muy cruelmente fría que estuviera el agua, que lo estaba (he de reconocerlo). 

No. Sigo vivo. 

Y sigo aquí, disfrutando la candencial belleza del Anton Reiser, leyendo párrafos como este:
A ciertas horas, Anton Reiser buscaba otra vez su amada soledad, aunque ahora tuviese un amigo. Y cuando hacía buen tiempo iba por las tardes al prado que había junto al río, a las afueras de Hannover, y buscaba un sitio donde, entre guijarros, corría un claro arroyo que acababa vertiendo sus aguas en el río que por allí pasaba. Como se dirigía allí tantas veces, aquel sitio se había convertido para él en una especie de hogar en plena naturaleza. Y se sentía, en efecto, como en casa, cuando se sentaba allí y no estaba constreñido por paredes ni muros, sino que disfrutaba sin fin de todo lo que le rodeaba.
O como este: 
A veces se afanaba durante horas enteras tratando de saber si era posible pensar sin palabras. Y así dio con el concepto de "existencia" como límite del pensar humano, y todo le pareció oscuro y árido, y entonces veía a veces la breve duración de su existencia, y la idea, o más bien la no-idea, del no ser estremecía  su espíritu. No podía explicarse que él existiera ahora realmente y que alguna vez no hubiera existido: así, sin apoyo ni guía, vagaba errante por los caminos de la metafisica. 
O este otro:
Los monólogos de Hamlet le hicieron fijar la atención por primera vez en la totalidad de la vida humana; ya no pensaba que estaba solo cuando se sentía atormentado, agobiado, maniatado. Reiser empezó a ver en ello el destino general de la humanidad. 
O este:
Le emocionaron a Anton las palabras dirigidas a los hipócritas que observan diligentemente todas las prácticas exteriores de la religión  y llevan en el pecho un corazón hostil.
O bien: 
Con la lectura se le había abierto de golpe un mundo nuevo encontrando en él un gusto que le resarció en cierto modo de todo lo desagradable de su mundo real. Cuando en su entorno sólo había gritos y reproches y discordia familiar, y cuando él buscaba en vano un compañero de juegos, se precipitaba sobre su libro. 
O también: 
Pero cosa curiosa: al principio, siempre que quería escribir algo, le venían a la pluma las siguientes palabras. "¿Qué es mi existencia, qué es mi vida?". Por eso, se podían leer aquellas palabras en varios trocitos de papel que él había desechado, al no ser posible seguir escribiendo en ellos como hubiera querido.
 O este también: 
Tampoco llegaba a comprender entonces por qué aquellos altos árboles, que aislados y dispersos aquí y allá por el prado, proyectaban su sombra con el sol del mediodía, le hacían un efecto tan extraño y maravilloso. No caía en la cuenta de que era precisamente el hecho de que esos árboles estuviesen solos, a intervalos grandes e irregulares, lo que daba a aquel paraje el aspecto solemne y mayestático que siempre le causaba tan honda emoción. Cuando él paseaba bajo esos árboles solitarios, su propia soledad adquiría un carácter en cierto modo sagrado y venerable. Siempre que caminaba bajo aquellos árboles, volaba con el pensamiento a temas sublimes, moderaba el paso, inclinaba la cabeza, y todo su ser era más grave y solemne. Luego se perdía en el bosquecillo vecino y se sentaba a la sombra de un arbusto, donde, con  el ruido de la cercana cascada, se entregaba a agradables fantasías o leía. 
O:
El artificioso entramado que es una vida humana consta de una  cantidad infinita de pequeñeces, la cuales resultan ser extraordinariamente importantes dentro de ese entramado, por insignificantes que parezcan en sí mismas.

Que ¿por qué me demoro tanto? 

Porque el libro lo pide. Lo exige. Exige una lectura detenida y atenta, apaciguada y sensible. Es un libro para degustar y saborear. Para reconocerse humano. Y me habla tanto de mí, a mí mismo, así, al oído, susurrando, quedamente. Los libros no son salchichones (aunque algunos parecen creer que sí), cada uno exige un ritmo, una mirada, una aproximación. Y por encima de eso está esto: nunca debe beberse el champán en jarra de cerveza, ¿no les parece?